
Cuando abrí los ojos, vi luces blancas y olía a desinfectante barato. Estaba en la cama de un hospital, con la garganta ardiendo después de tragar tanto lodo. Apenas tenía fuerzas, pero mi alma, como un animal herido, se quedó quieta para poder sobrevivir.
En la pantalla de un celular, veía la transmisión de mi propio funeral.
Ahí estaba Jeffrey, mi marido, con traje negro y un rostro de viudo perfecto, hablando de amor eterno. A su lado estaba Rita, mi mejor amiga, la misma con la que compartí madrugadas de hambre en el orfanato. Llevaba un pañuelo blanco, fingiendo una tristeza tan ensayada que casi daba risa.
Mis dedos temblaban de rabia al verlos. Cerré los ojos y recordé cómo Jeffrey me empujó por el acantilado con mi vestido de novia, cómo Rita me miró con asco, y cómo la primera palada de tierra cayó sobre mi cara mientras me enterraban por los treinta millones del seguro. Lo habían preparado todo.
Yo seguía viendo el video desde la cama, invadida por una calma fea y peligrosa.
Parte 2
El sonido del ventilador de techo, que giraba cojeando sobre mi cabeza, era lo único que rompía el silencio de aquella habitación de hospital. Yo seguía mirando la pantalla del teléfono, viendo cómo Jeffrey abrazaba a Rita en mi supuesto funeral, cuando la puerta se abrió despacio. Un hombre de unos cuarenta años entró en la habitación. Tenía ojeras marcadas, la camisa arrugada y una mirada que mezclaba un alivio profundo con una culpa que yo no entendía. Se acercó a los pies de mi cama y se quedó ahí, de pie, como si tuviera miedo de asustarme.
“Emma”, dijo con una voz ronca.
Tragué saliva, sintiendo todavía el rasguño de la tierra en mi garganta. “¿Quién eres?”, logré articular.
“Soy Cris Riley”, respondió, sentándose en la silla de plástico junto a mi cama.
El apellido me golpeó. Riley Group. Era una de las familias más ricas y poderosas del país, dueños de edificios, corporativos y de un mundo al que yo jamás había pertenecido.
“No entiendo qué haces aquí”, le dije, apretando el teléfono contra mi pecho. “Yo no tengo a nadie. Crecí en un orfanato. Mi esposo y mi mejor amiga acaban de intentar matarme”.
Cris soltó un suspiro pesado y se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. “Precisamente por el orfanato tardamos tanto en encontrarte, Emma. O mejor dicho, Vivian. Tu verdadero nombre es Vivian Riley. Te secuestraron cuando eras apenas una niña. Cambiaron tu identidad y borraron todos tus documentos”.
Solté una risa seca que me desgarró la garganta. “Te equivocaste de persona. Si yo fuera de esa familia, alguien me habría sacado del hoyo donde me crié. Alguien me habría salvado antes de que me tiraran a un barranco”.
Pero Cris no sonrió. Metió la mano en su saco y sacó un sobre manila. Me mostró fotografías viejas. Una niña pequeña de tres años, con mis mismos ojos, en los brazos de una mujer elegante. Luego, un señor mayor, de rostro duro pero mirada cansada. “Tu abuelo murió creyendo que jamás volverías a casa”, me explicó Cris, con un tono que no admitía dudas. “Tenemos pruebas de ADN, registros antiguos. Eres Vivian, la heredera legítima. Yo soy el hijo adoptivo de la familia, crecí con ellos. Legalmente soy tu tío, aunque no tengamos la misma sangre. Le prometí a tu abuelo que, si te encontraba, te iba a proteger”.
Miré las fotos. Sentí un vértigo espantoso. Toda mi vida había sido una mentira. La escasez, el hambre, las humillaciones, la necesidad desesperada de que alguien me quisiera… todo eso me había llevado directo a los brazos de Jeffrey. Él había olido mi vulnerabilidad a kilómetros. Se había dado cuenta de que yo tenía un seguro de vida viejo que me hicieron sacar en mi primer trabajo fijo, y me convenció de ampliarlo por treinta millones, diciéndome que era “por seguridad, amor”. Y yo, como una estúpida, firmé.
“Podemos ir a la policía ahora mismo”, me dijo Cris, sacándome de mis pensamientos. “Tenemos los indicios. Podemos detener este circo hoy mismo”.
Miré de reojo la pantalla de mi celular. Jeffrey seguía hablando frente al altar, con su maldita cara de víctima.
“No”, le dije, con una frialdad que yo misma desconocía.
“Vivian, intentaron matarte. Tenemos que…”
“Todavía no, Cris”, lo interrumpí. “No quiero justicia solamente. Quiero que sientan lo mismo que me hicieron sentir a mí. Quiero que confíen, que sientan que ganaron, que sonrían. Y cuando estén en la cima, quiero que el mundo entero se les venga encima”.
Cris me miró fijamente. “La venganza te puede comer viva”.
“A mí ya me enterraron viva”, le contesté, sosteniéndole la mirada. “No queda mucho que comer”.
Lo único que permití que Cris hiciera ese día fue intervenir en el funeral. Mientras yo veía la transmisión desde la clínica, sus contactos lograron infiltrarse en el sistema de proyección del salón. De pronto, en medio de las lágrimas de cocodrilo de Jeffrey, la pantalla gigante detrás del altar cambió. Ya no era el video emotivo que él había preparado. Era un mensaje que yo había grabado esa misma mañana, usando sombras para ocultar mi rostro.
Mi voz, débil y distorsionada, resonó en todo el salón: “Hace frío aquí abajo. ¿Por qué no bajan a acompañarme?”.
El silencio en el video fue absoluto. Vi cómo Rita soltaba un grito ahogado y se llevaba las manos a la boca. Jeffrey se puso pálido, blanco como el papel. Durante un segundo clave, perdió la máscara. Sus ojos no buscaron a su amada esposa muerta, buscaron las salidas del salón. Buscó salvarse él mismo.
“¿Quién hizo esto?”, gritó Jeffrey frente a todos los invitados que empezaban a murmurar asustados.
Apagué el celular y se lo entregué a Cris. Por primera vez en mi vida, sentí que yo tenía el control.
Pasó un año completo.
Un año en el que desaparecí de la faz de la tierra. Físicamente me reconstruyeron el rostro de los golpes y rasguños profundos de la caída, pero el cambio más grande fue por dentro. Aprendí a caminar con la cabeza alta, a usar ropa que no intentara esconderme, a ocupar el espacio que me correspondía. Bajé de peso por salud, pero sobre todo, recuperé mi cuerpo como quien recupera una casa que ha sido saqueada. Cris fue un maestro implacable. Me enseñó de negocios, me obligó a leer contratos, me llevó a reuniones donde me exigía hablar y defender mi postura. “No basta con tener dinero”, me repetía, “si no entiendes cómo funciona, otros van a decidir por ti”.
Mientras yo me convertía en la presidenta del Riley Group, Jeffrey y Rita disfrutaban de mi “muerte”. Con los treinta millones del seguro, él salvó su mediocre empresa. Compraron coches de lujo, hicieron fiestas y, como era de esperarse, anunciaron su compromiso.
El día que llegó la invitación dorada a mi despacho, no pude evitar reírme a carcajadas. “Jeffrey Payne y Rita Salazar tienen el honor de invitar a su boda”.
“Qué considerados”, le dije a Cris, pasándole la tarjeta. “Me invitan a ver cómo celebran mi asesinato”.
Cris se recargó en el marco de la puerta de mi oficina, con el ceño fruncido. “No tienes que ir”.
“Claro que sí”.
“Vivian…”
“No voy a ir como Emma. Voy a ir como la presidenta del Riley Group”.
El día de la boda, llegué al salón de eventos más exclusivo de la ciudad enfundada en un vestido negro impecable. No era por luto, era una puta advertencia. El lugar estaba repleto de empresarios, políticos locales y buitres de la alta sociedad. Rita llevaba un vestido blanco ajustado que, irónicamente, se parecía muchísimo al que yo tenía puesto la noche que me tiraron al barranco. Jeffrey estaba junto a ella, brillante, sudando ambición.
Cuando los de seguridad anunciaron mi nombre en la entrada, el murmullo de la gente fue instantáneo.
“Es Vivian Riley. La heredera. Nunca sale en público”.
Jeffrey giró la cabeza. Al verme, sus ojos se abrieron de par en par, pero no me reconoció. Yo ya no era la Emma asustadiza del orfanato. Se acercó a mí casi corriendo, oliendo el dinero como un perro hambriento.
“Señorita Riley, es un verdadero honor”, me dijo, tendiéndome la mano.
“Jeffrey Payne”, respondí, estrechando su mano con firmeza. “He oído hablar mucho de usted”.
“Espero que puras cosas buenas”.
“Depende de quién las cuente”, dije, clavando mi mirada en la suya.
Rita llegó a su lado casi de inmediato. Me barrió de arriba a abajo con una mezcla de envidia e inseguridad que no pudo esconder. “Gracias por venir”, balbuceó.
“No me podía perder esta boda”, le contesté con una sonrisa afilada.
Momentos antes de que empezara la ceremonia, le hice llegar mi regalo de bodas a la suite de la novia. Una caja inmensa envuelta en papel plateado. Uno de los meseros me confirmó que la había abierto. Dentro de la caja, había un vestido de novia idéntico al que yo llevaba la noche que me intentaron matar, pero manchado de tierra seca. Y una pequeña tarjeta que decía: “Ojalá no veas ni un centavo del seguro”.
Vi a Rita salir al pasillo hecha un manojo de nervios, buscando a Jeffrey. Le enseñó la tarjeta con las manos temblando. “¿Qué significa esto, Jeffrey?”, le susurraba, aterrorizada.
“Debe ser una maldita broma, no hagas un escándalo aquí”, le contestó él, empujándola levemente para que se callara.
Me acerqué a ellos lentamente por la espalda. “Perdón por la talla del vestido”, dije, haciendo que ambos dieran un brinco. “Me dijeron que a Jeffrey le gustaban las mujeres con curvas y creo que exageré”.
Rita apretó los dientes, a punto de llorar de rabia, mientras Jeffrey soltaba una risita nerviosa y patética. “La señorita Riley tiene un excelente sentido del humor”.
“A veces”, contesté. Di un paso hacia él, bajando la voz. “También tengo mucho capital disponible. Me enteré de que su empresa está buscando inversionistas urgentes”.
Vi cómo se le iluminaron los ojos. Era el mismo cabrón de siempre. El dinero lo volvía estúpido. “Podríamos hablar en privado”, sugirió, casi babeando.
“Después de la ceremonia”, le dije, dándome la vuelta.
Pero la avaricia de Jeffrey era más grande que su compromiso. Justo cuando debía caminar hacia el altar, inventó una excusa, dejó a Rita plantada frente al juez y se fue directo a la suite del hotel donde yo le había dicho que lo esperaría. Cuando entró, creyéndose el hombre más irresistible del mundo, cerró la puerta y me miró con descaro.
“Sabía que había algo entre nosotros, Vivian”, me dijo, acercándose.
“¿Tan rápido se le olvida que dejó a su novia allá abajo?”, le pregunté.
Él hizo un ademán de desprecio con la mano. “Rita es muy complicada. Para serte honesto, nunca la amé”.
“Qué curioso. La gente dice que usted hablaba igual de su primera esposa, Emma”.
El nombre le borró la sonrisa por una fracción de segundo, pero se recuperó rápido. “Emma era… una buena mujer. Pero el pasado se queda en el pasado”.
“¿Y usted siempre deja el pasado enterrado?”.
No entendió la ironía. Dio un paso más, invadiendo mi espacio, con la camisa a medio abotonar. “No seas tímida, Vivian”, susurró.
Fue entonces cuando abrí de un tirón la puerta doble que conectaba con la habitación de al lado. Ahí estaban sentados Cris y tres de los socios más importantes del gremio empresarial de la ciudad. La cara de Jeffrey se desfiguró. Su dignidad rodó por el suelo.
“Señor Payne”, dijo uno de los empresarios, mirándolo con asco. “¿Qué no hoy era su boda?”.
Jeffrey empezó a tartamudear, tratando de arreglarse la camisa. Yo bajé la mirada, fingiendo estar profundamente incómoda. “Yo solo quería hablar de números con él, señores. Creo que malinterpretó por completo la situación”.
Cris no se anduvo con rodeos. Lo agarró de las solapas del saco y lo empujó hacia la salida. “Lárgate de aquí antes de que llame a seguridad”.
Jeffrey salió tropezando al pasillo, y ahí estaba Rita. Tenía el velo torcido y el maquillaje corrido por las lágrimas de furia. “¿Me dejaste botada en el altar para venir a meterte con ella?”, le gritó, y antes de que él pudiera inventar otra mentira, Rita le cruzó la cara de una bofetada.
Varios invitados que habían subido a buscar al novio grabaron todo con sus celulares. La gran boda del año no terminó en un matrimonio feliz, terminó siendo el chisme de todos los noticieros locales. Y yo, desde la puerta de la suite, sentí una satisfacción oscura y pesada.
Pero el juego apenas empezaba.
Como era de esperarse, el fracaso de la boda no alejó a Jeffrey de mí. Los parásitos como él no se alejan cuando huelen una billetera abierta. Durante las siguientes semanas me mandó flores, mensajes, correos pidiendo disculpas. Me juraba que Rita lo había manipulado, que su empresa estaba al borde de la quiebra y que yo era la única que podía salvarlo.
Decidí recibirlo en mi despacho. Cris estaba furioso con la idea.
“No me gusta nada de esto, Vivian”, me advirtió.
“A mí tampoco”.
“Entonces cancela la cita”.
“Precisamente por eso tengo que verlo frente a frente”.
Jeffrey llegó con un ramo inmenso de rosas blancas, luciendo ojeras que ni el mejor maquillaje lograba ocultar. “Vivian, te agradezco con el alma que me recibas”, dijo, sentándose frente a mi escritorio.
“Tienes cinco minutos, Jeffrey”.
“Solo quiero que sepas que Rita está inestable. Siempre lo estuvo. De hecho, mi pobre Emma sufrió muchísimo por culpa de las manipulaciones de Rita”.
Me quedé helada por un segundo. La facilidad que tenía este hombre para reescribir la historia y hacerse la víctima era monstruosa. “¿Su primera esposa? Yo creía que usted amaba a Emma”, le dije, controlando el asco en mi voz.
Él bajó la cabeza, haciéndose el dolido. “La quise… a mi manera”.
A mi manera. Esa maldita frase que usan los cobardes para justificar cómo destruyen a la gente.
Le deslicé una carpeta por la mesa. Era una invitación para participar en una licitación millonaria del Riley Group. “Presente su mejor propuesta. Si vale la pena, hacemos negocios”.
Jeffrey casi se tira al suelo a besarme los pies. “Te lo juro, Vivian, no te voy a defraudar”.
Mientras tanto, Rita se estaba hundiendo en su propia miseria. Me mandaba mensajes anónimos llenos de insultos, se paraba afuera de las oficinas para vigilar a Jeffrey. Una de mis fuentes me contó que ella había encontrado en su casa los recibos de las joyas carísimas que Jeffrey me había estado mandando. Habían tenido una pelea a gritos. “¿Sesenta y cinco millones en joyas para ella? ¡Estás enfermo!”, le había gritado Rita.
Jeffrey le había contestado con la frialdad que lo caracterizaba. “Es una inversión empresarial”.
“¡Soy tu esposa, cabrón!”, le reclamó ella, aunque la boda no se hubiera firmado.
“No. Eres el peor error que cometí después de Emma”.
Escuchar eso debió haber destrozado a Rita, y por un microsegundo, sentí algo parecido a la lástima. Pero luego recordé sus manos aventando tierra sobre mi cuerpo herido. Recordé su risita nerviosa en el bosque. La traición de una amiga duele más porque ella tenía las llaves de todos tus miedos.
El día de la presentación de la licitación, Jeffrey estaba al frente de la sala de juntas, proyectando sus gráficas ante todos mis socios. De repente, la pantalla parpadeó. Mi equipo de sistemas hizo su trabajo. En lugar de los números de su empresa, aparecieron imágenes del acantilado. Luego, la foto de un vestido de novia enterrado en el lodo. Y finalmente, la voz distorsionada resonó en las bocinas de la sala: “Estoy esperando abajo”.
Todos los ejecutivos se quedaron mudos, mirando a Jeffrey. “¿Qué diablos es esto, Payne?”, exigió saber uno de los socios mayores.
Jeffrey empezó a sudar frío, apagando el proyector a manotazos. “Es… es un maldito hackeo, una broma de pésimo gusto”.
Yo me recargué en mi silla, cruzando las manos. “Señor Payne, ¿cómo murió exactamente su esposa Emma?”.
“Fue un trágico accidente”, tartamudeó. “Estábamos tomándonos fotos en el mirador y resbaló”.
“¿Y por qué la policía nunca encontró el cuerpo?”.
“El terreno era demasiado peligroso, había mucha maleza”.
“Qué conveniente”, murmuré.
Rita, que había logrado colarse a la reunión como parte del equipo de su empresa, perdió los nervios y abrió la boca cuando no debía. “Emma no hubiera querido ser una carga para nadie”.
El silencio en la sala se volvió sepulcral.
“¿Una carga?”, pregunté, arqueando una ceja.
Rita se puso blanca. Jeffrey intentó rescatarla, desesperado. “Lo que Rita intenta decir es que Emma era una mujer humilde, no le gustaban los problemas…”.
“No”, lo interrumpí, tajante. “Creo que la señorita Salazar ha dicho exactamente lo que piensa”.
Jeffrey perdió los estribos, acorralado. “Mire, Emma era débil. Siempre lo fue. Era una mujer llena de traumas”.
Ahí estaba. Frente a todos los inversionistas, se quitó la máscara de viudo sufrido y dejó salir al miserable que llevaba dentro. Cris, que estaba de pie en una esquina, intervino con voz de trueno.
“El Riley Group no hace ni hará negocios con empresas dirigidas por basura que humilla a mujeres vulnerables, huérfanas o con sobrepeso. Se acabó la junta”.
Jeffrey trató de disculparse, casi llorando, pero los guardias de seguridad los escoltaron hacia la salida.
Pero Rita fue la primera en quebrarse de verdad.
Días después, Jeffrey la corrió de su casa y le pidió el divorcio formal. Ella, cegada por el odio y la desesperación, contrató a un matón barato para intentar asustarme. Fue un plan estúpido. Cris y mi equipo de seguridad privada interceptaron al tipo antes de que siquiera se acercara a mí. La policía se lo llevó, y Rita terminó arrinconada en una bodega abandonada que usábamos para guardar archivo muerto, rodeada por mis abogados.
Entré al lugar con un abrigo largo y el cabello recogido. Rita estaba sentada en una silla, temblando como una hoja.
“Señorita Riley, se lo ruego, yo no quería hacerle daño. Jeffrey me obligó a hacerlo”, sollozó, viéndome entrar.
“¿A qué te obligó, Rita?”, le pregunté, caminando lentamente hacia ella.
“A todo. A lo del fraude, a lo del seguro de Emma. Yo no quería matarla. Él me enredó”.
“Cuéntamelo todo”, le exigí.
Y cantó. Soltó todo el veneno. Confesó que Jeffrey había planeado casarse conmigo únicamente para cobrar el seguro. Que la póliza millonaria se había activado justo antes del viaje al bosque. Que él la convenció de que yo no valía nada, que nadie me iba a buscar. “Yo solo lo ayudé a mover el cuerpo porque me amenazó, tenía mucho miedo”, lloraba Rita.
“¿El cuerpo?”, le pregunté.
“Sí, pensamos que ya estaba muerta con la caída”.
“Pero no lo estaba, Rita”.
Ella levantó la vista y me miró a los ojos. Vi el momento exacto en el que su cerebro conectó las piezas. La confusión inicial se transformó en un terror absoluto.
Me acerqué a ella y le repetí la misma frase que me había dicho en el orfanato años atrás. “Hasta la basura tiene estándares, ¿verdad?”.
Rita abrió la boca, incapaz de respirar. “No… no puede ser”.
Me quité los lentes oscuros que llevaba puestos. “Hola, Rita”.
Se llevó las manos al pecho, como si le estuviera dando un infarto. “¡Emma!”.
“Vivian”, la corregí, sintiendo asco de escuchar mi viejo nombre salir de su boca. “Emma murió el día que su mejor amiga le echó tierra en la cara”.
Rita se tiró al suelo, de rodillas, agarrándose de mi abrigo. “¡Perdóname! Por favor, te lo suplico. ¡Éramos hermanas! Compartíamos la comida, crecimos juntas…”.
“No éramos hermanas”, le respondí, apartándome de ella con brusquedad. “Yo te traté como a una hermana, que es muy distinto”.
“¡Jeffrey me lavó el cerebro!”.
“Claro. Pero tus manos también estaban llenas de mi sangre y de tierra”.
Lloró a gritos, arrastrándose en el piso de cemento. Al principio pensé que iba a sentir satisfacción viéndola así, humillada. Pero no sentí nada. Me di cuenta de que su llanto no era por el daño que me hizo, sino porque la habían atrapado.
“Voy a hacer lo que tú me pidas”, balbuceó, limpiándose los mocos. “Voy a declarar en contra de Jeffrey ante la policía”.
“Lo harás”, le aseguré.
Una luz de esperanza asomó en sus ojos. “¿Entonces me vas a perdonar?”.
La miré por última vez. Vi a la niña asustada del orfanato, pero también vi a la mujer despiadada que planeó mi muerte. “Te perdono lo suficiente como para no pudrirme el alma odiándote. Pero no lo suficiente para salvarte de la cárcel”.
Hice una señal con la mano y los policías, que esperaban afuera de la bodega, entraron. Rita empezó a gritar, a insultarme, diciéndome que yo seguía enamorada de Jeffrey y que por eso la castigaba a ella. No podía estar más equivocada. Él era el plato fuerte, y para él necesitaba un escenario perfecto.
Cuando se hizo pública la noticia del arresto de Rita por fraude a su propia empresa, Jeffrey vino a buscarme a mi despacho, fingiendo estar impactado. “Pobre Rita”, me dijo, sentándose con un cinismo repugnante. “Siempre supe que estaba enferma de la cabeza, pero nunca imaginé que llegaría a tanto. Me robó dinero y me dejó casi en la ruina”.
Era mentira. Rita sí había robado, pero los auditores de Cris habían descubierto que la empresa de Jeffrey era una fachada para lavado de dinero, contratos falsos y fraudes digitales. Los treinta millones de mi seguro de vida habían sido inyectados para tapar esos huecos fiscales.
“Puedo ayudarte a salir de este problema”, le dije, mirándolo a los ojos.
Él me miró como si yo fuera un ángel caído del cielo. “Vivian, no entiendo por qué eres tan buena conmigo después de todo”.
“Quizá veo algo especial en ti”, le contesté, reprimiendo las ganas de vomitar.
Y el muy imbécil se lo creyó. Un par de semanas después, me invitó a cenar a un salón privado. Había velas, música de fondo y champaña. Cuando menos lo esperaba, se arrodilló torpemente y sacó un anillo de diamantes obsceno.
“Vivian Riley, quiero pasar el resto de mi vida contigo. Cásate conmigo”, me propuso.
Fingí sorpresa, llevándome las manos a la boca. “Jeffrey… es demasiado rápido”.
“Cuando el amor es real, no importa el tiempo, Vivian”.
“Tengo que hablarlo con mi tío Cris”, le dije, bajando la mirada tímidamente.
Su mandíbula se tensó. “¿Él es el que toma las decisiones por ti?”.
“Mi familia es lo más importante para mí”.
Esa misma semana organicé una cena en la mansión. Estaba Cris, y habíamos invitado a Saúl Walsh, un empresario joven, multimillonario y muy apuesto. Durante la cena, Saúl, siguiendo el guion que le habíamos preparado, me ofreció una fusión corporativa inmensa si yo aceptaba comprometerme con él. Jeffrey se puso pálido del coraje.
“Yo no tendré el dinero de este señor”, saltó Jeffrey, poniéndose de pie, “pero te doy todo lo que tengo, Vivian. Mi empresa, mis acciones, mi casa, mis autos. Todo es tuyo”.
“¿Estarías dispuesto a poner eso por escrito?”, le pregunté.
“Sí, lo que sea”, aseguró, ciego por los celos y la avaricia.
Cris, cruzado de brazos, intervino. “Eso me gustaría verlo firmado ante notario”.
Al día siguiente, Jeffrey firmó un acuerdo prenupcial brutal. Le cedió el control absoluto de los activos clave de Payne Corporation al Riley Group. Él firmó sin leer bien las letras chiquitas, convencido de que al casarnos, todo mi imperio pasaría a ser suyo. “Confío en ti ciegamente, mi amor”, me dijo al firmar.
“Qué bonito es el amor”, le sonreí.
Días después, la bomba estalló. Con las pruebas de los fraudes que Cris había recopilado y la confesión grabada de Rita, las cuentas de Jeffrey fueron congeladas por la Secretaría de Hacienda. La policía ministerial cateó sus oficinas. Los periódicos locales lo destrozaron en primera plana. Lo había perdido absolutamente todo.
Me llamó por teléfono, completamente histérico. “¡Vivian, tu tío me puso una trampa! ¡Quiere arruinar nuestra boda, tienes que ayudarme!”.
“Tranquilízate, Jeffrey”, le dije con voz calmada. “Ven al viejo mirador del parque natural. Donde empezamos todo. Necesitamos hablar lejos de la policía”.
Hubo un silencio largo del otro lado de la línea. “¿Al mirador del acantilado? No sé si sea buena idea salir de la ciudad ahora”.
“¿Qué pasa? ¿Acaso no confías en mí?”.
“Sí… sí confío”.
Llegué al bosque al anochecer. El viento frío golpeaba los pinos exactamente igual que la noche de mi supuesta muerte. No llevaba vestido esta vez. Llevaba botas tácticas y una chamarra oscura, lista para moverme rápido.
Jeffrey llegó en su coche patinando en la terracería. Bajó corriendo, con la barba crecida de días, los ojos inyectados en sangre y sudando a mares. “Vivian, vámonos de aquí, la ministerial me está buscando por todos lados”.
“¿Y por qué te buscan, Jeffrey?”, le pregunté sin moverme.
“Por culpa de Rita. Inventó mentiras, puras malditas mentiras”.
“Rita ya confesó todo”, le solté.
Se quedó paralizado. “¿Qué confesó?”.
“Que mataste a Emma por los treinta millones del seguro”.
Su rostro se desfiguró. El empresario encantador desapareció y vi al mismo asesino frío que me había empujado al vacío. “Rita está completamente loca”, gruñó.
“También le dijo a la policía que la obligaste a enterrarla en este mismo bosque”.
“Vivian, escúchame…”.
“¿Y sabes qué es lo más gracioso de todo esto, Jeffrey? Que Emma nunca se murió”.
El viento aulló entre los árboles. Jeffrey me miró a los ojos. La confusión en su rostro se transformó en sospecha, y luego, en puro y absoluto terror.
Me bajé el cierre de la chamarra y aparté mi cabello hacia un lado, mostrándole una cicatriz profunda en la base de mi cuello. La misma marca que me hice con una rama cuando caí al fondo del barranco, la misma que él vio mientras me arrojaba la tierra.
“No…”, susurró, retrocediendo un paso.
“Sí”.
“Emma…”.
“Te tardaste demasiado en darte cuenta, mi amor”.
“¿Cómo es posible…?” balbuceó, temblando.
“Arrastrándome como un animal. Sangrando. Respirando lodo. Aferrándome a la vida mientras tú brindabas por mi muerte en el salón de fiestas”.
Su cara se torció en una mueca de odio puro. “Todo este teatro… ¿fuiste tú?”.
“No, Jeffrey. Tú lo hiciste todo. Yo solo quité la alfombra bajo la que escondiste tu basura”.
Soltó una carcajada enferma y desquiciada. “Mírate nada más. Crees que por tener dinero y usar otro nombre eres distinta. Sigues siendo la misma gorda patética y urgida de amor de siempre”.
Meses antes, esas palabras me hubieran destrozado el alma. Esa noche, no significaron nada. “No, Jeffrey. Emma era la que te amaba y te creía. Vivian solo vino a destruirte”.
Dio un paso hacia mí. “Si yo me voy a la cárcel, tú te vienes conmigo al infierno”, gritó, y de su saco sacó una navaja.