“Mi propia madre prefería mantener a mi hermano el inútil que darme 10 pesos para un bolillo. Esta es mi venganza.”

Me escondí detrás de los arbustos de la prepa, temblando, con las rodillas entumecidas. En una mano tenía la mitad de un bolillo frío y duro como piedra; en la otra, la mitad de una salchicha que acababa de robar.

El hambre me ardía en el estómago como si tuviera ácido. Mi visión se nublaba por momentos. Hacía semanas que mi mamá me había dado mis últimos 200 pesos para sobrevivir todo el mes.

De pronto, escuché los pasos acercándose.

—¡Mírenla! —gritó una voz cargada de asco—. ¡Resulta que tú eras la muerta de hambre que le robaba las salchichas a los gatitos!

Una mano me agarró del brazo con fuerza y de un manotazo me tiraron la comida al piso. La salchicha rodó por la tierra. Mi corazón latía tan fuerte que me dolía el pecho. Levanté la mirada y vi a mis compañeras, las niñas de dinero del salón, mirándome con una mezcla de horror y desprecio.

—¿Cómo puedes ser tan mserable? —escupió una de ellas, con la cara roja de coraje—. ¡Hasta la comida de los animales te peleas, pndeja!

Las lágrimas me empezaron a escurrir por la cara, calientes y pesadas. Quise hablar, quise decirles que lo sentía, que mi mamá se había gastado todo el dinero en las clases de regularización de mi hermano menor y a mí me había dejado sin un peso. Quise explicarles que llevaba tres días comiendo solo las sobras que dejaban en las mesas de la cafetería.

Pero no pude. Mi boca solo temblaba.

—Yo… yo no soy mala… —balbuceé, retrocediendo un paso y abrazándome el estómago vacío—. Tengo mucha hambre… perdónenme.

Sentí que el aire me faltaba. Las caras de mis compañeras se volvieron borrosas. El mundo empezó a dar vueltas y todo se volvió completamente negro mientras mi cuerpo se desplomaba contra el piso de cemento.

Parte 2

Desperté en la enfermería de la escuela con el zumbido de mis propios oídos y una aguja de suero clavada en el dorso de la mano derecha. El olor a alcohol clínico me mareó un poco. Al girar la cabeza, vi que el buró junto a mi cama estaba sepultado bajo una montaña de papitas, galletas, chocolates y jugos.

Mi mente viajó de golpe a mi infancia. Desde que era una niña pequeña, crecí bajo la constante “motivación” de mi madre. Apenas aprendí a caminar, me dijo que era una niña muy inteligente y, desde ese día, jamás me volvió a cargar en brazos. Si me caía y me raspaba las rodillas, solo me miraba desde arriba y me ordenaba que me levantara sola. En el kínder, me aplaudía por ser “independiente” y me obligaba a regresar caminando sola a la casa. En la primaria, me dijo que ya era una adulta y me metió a un internado. En la secundaria, me felicitó por ser tan “comprensiva” con el esfuerzo de mis padres, y usó eso como excusa para no darme ni un solo peso de domingo. Sin dinero, me pasaba los recreos viendo cómo mis compañeras compraban plumas de colores bonitos y papitas en la cooperativa, mientras yo me escondía en un rincón mintiéndome a mí misma, repitiéndome que yo no quería esas cosas.

Toda mi frustración la canalicé en los libros. Puse toda mi alma en el estudio y, gracias a eso, siempre fui el primer lugar de toda la generación. Cuando terminé la secundaria, mi puntaje fue el más alto del estado. Los directores de admisiones de las preparatorias de paga más exclusivas de la ciudad casi le tiran la puerta a mi mamá rogando que me inscribiera. Me ofrecían tres años de colegiatura gratis, sin cobro de cuotas adicionales, y hasta bonos en efectivo.

Mi mamá eligió la prepa más absurdamente cara de todas, la que tenía a los maestros más elitistas y las instalaciones más lujosas. Pero no lo hizo por mí. Lo hizo porque el director de ese colegio privado le hizo una promesa: si yo aceptaba entrar con ellos para subirles el prestigio académico, le asegurarían un lugar a mi hermano menor, Mateo, en su escuela secundaria. Por supuesto, mis papás tendrían que pagar la altísima colegiatura de Mateo completa. La única forma de que a él lo becaran era si lograba ser el primer lugar de la generación, igual que yo, algo imposible para él.

La noche antes de mi primer día de clases, mi mamá estaba sentada en el sillón de la sala, soltando unos suspiros dramáticos y pesados. Fui a servirme un vaso de agua y la escuché. Le serví un vaso a ella también. —Lucía —me dijo con voz de víctima—, tu hermano va muy mal en la escuela. Estas vacaciones le pagué un curso de regularización con un maestro famosísimo que me costó casi 400 mil pesos. Y con la inscripción y las cuotas, se nos fueron otros 50 mil. La verdad es que en la casa ya no hay dinero, tú nos vas a entender y apoyar, ¿verdad?

Mis dedos temblaron alrededor del vaso de cristal. Mi mamá me metió a la fuerza un billete de 500 pesos en la mano que tenía libre. —Yo sé que tú eres la más comprensiva de esta casa. Mateo no se compara contigo. Solo tienes que sacar los tres primeros lugares de la generación y la escuela te va a dar un bono en efectivo. Sentí que la sangre se me helaba. Solté el billete y cayó al piso. Mi mamá frunció el ceño, visiblemente molesta, se agachó a recogerlo y me dijo que me abriría una cuenta de débito vinculada a la suya. Solo pude asentir con la cabeza en silencio.

En la secundaria, como yo era la matada del salón, mis compañeros me pagaban por hacerles la tarea y los trabajos. Para que los maestros no me cacharan, aprendí a imitar a la perfección la letra de los demás. Durante esos tres años, quitando lo poco que gastaba en comprarme útiles baratos o alguna chuchería para engañar al hambre, logré ahorrar unos 1,500 pesos. Me dije a mí misma que debía apretarme el cinturón el primer mes, estudiar como enferma y ganar ese bono de los tres primeros lugares.

Al día siguiente, llegué sola a la escuela para el inicio de cursos. Antes de cruzar la puerta del salón, ya escuchaba el escándalo. ¿A dónde se fueron de vacaciones?. Me senté en silencio en el lugar que tenía mi nombre y me puse a escuchar las historias de verano de mis nuevos compañeros. Decir que no sentía envidia sería una mldita mentira. Sacudí la cabeza tratando de sacar esos pensamientos. —Ay, yo me gasté todo el límite de la tarjeta adicional que me dio mi hermano en una bolsa de diseñador, y de castigo me bajó el límite a un millón de pesos al mes, qué heva —decía una niña. —Jajaja, pues mi papá se puso tan feliz de que entré a esta escuela que me rentó una isla privada en las Maldivas por quince días para mí solita —presumía otro. —A mí mi mamá me dijo que si salgo en el cuadro de honor este mes, me va a comprar la computadora gamer más top que exista. —Yo me la pasé persiguiendo a mi artista favorito por toda su gira mundial en Europa, súper cansado pero valió la pena —agregó alguien más.

El maestro entró y el salón se quedó mudo. Repartieron los libros y eligieron a la jefa de grupo. De inmediato, la jefa mandó un código QR al grupo de WhatsApp para cobrar la cuota del salón: 1,500 pesos por persona. Abrí mi celular y vi un mensaje de mi mamá. Me había depositado exactamente 250 pesos en la tarjeta vinculada. Juntando mis ahorros de la secundaria, pagué la cuota del salón y me quedaron apenas unos 30 pesos libres. En total, sumando el efectivo que traía, tenía menos de 800 pesos para sobrevivir todo el m*ldito mes.

Llegué a los dormitorios del colegio. Eran cuartos gigantescos para cuatro personas, con literas de madera fina y escritorios individuales abajo, aunque a las niñas fresas les parecía “incomodísimo” tener que subir escaleras. Yo venía de un cuarto de secundaria donde dormíamos 16 niñas amontonadas con dos mesas largas de plástico en el centro. Como casi no tenía cosas, terminé de desempacar rápido. Me senté a esperar a que ellas terminaran para ir a la cafetería. —Oye, Lucía, ¿me ayudas a tender mi cama? ¡Porfis! Llevo media hora y me queda hecha un asco —me rogó Ximena, saliendo de entre las cobijas de plumas con el cabello todo alborotado. —¡Ay sí, Lucía, a mí también! Te quedó súper perfecta la tuya —suplicó Valeria. —¡A mí también, a mí también, porfa! Si yo la tiendo, te juro que no voy a poder dormir —chilló Sofía. Asentí en silencio y, una por una, les fui tendiendo y acomodando sus camas. Una hora después, terminé exhausta y me senté a tomar agua. Ximena se acercó y me regaló un broche para el cabello. —Ten, venía de regalo cuando compré mi bolsa, no me vayas a hacer el feo, es que mi hermano me recortó la tarjeta. Al rato te invito a cenar —me dijo. Valeria me dio una caja de mascarillas coreanas. —Son buenísimas para cualquier tipo de piel, pruébalas —sonrió. Sofía me regaló una pluma fuente elegantísima. —La compré en mi viaje a Europa. Tú eres la cerebrito del salón, yo la verdad ni estudio, sería un desperdicio que yo la usara —dijo.

Esa noche, mientras ellas jugaban en sus celulares, busqué los precios de los regalos en internet para no quedarme con la duda. El broche costaba 30 mil pesos; las mascarillas, 7 mil; y la pluma, más de 16 mil pesos. Ximena me había dicho que “no le hiciera el feo”, cuando yo tendría que hacerle la tarea a medio estado para poder comprar algo así. Guardé todo con cuidado. Me prometí a mí misma que jamás vendería esos regalos, porque, aunque para mí valían una fortuna, eran su muestra sincera de amabilidad, como si me hubieran regalado un chicle.

Pero la amabilidad no quita el hambre. Mis 800 pesos no me iban a durar. Empecé a comer de forma m*serable. En la mañana: un huevo duro, un bolillo y agua caliente gratis. En la tarde: arroz con un poco de carne molida y caldo gratis por 15 pesos. En la noche: una sopa instantánea o fideos con tres hojas de lechuga por 10 pesos. A veces, para ahorrar, compraba dos bolillos en la mañana y guardaba uno para la cena. Mis compañeras de cuarto solo fueron a la cafetería el primer día, después dejaron de ir porque la comida se les hacía “asquerosa”.

Según mis cálculos, comiendo a medias, podría aguantar hasta los exámenes mensuales y cobrar mi bono. Pero la vida es c*lera. Se me olvidó que me iba a bajar la regla. Me acabé las toallas que traía de mi casa y tuve que comprar más en el minisúper de la escuela. Ese paquete de toallas de día y de noche me costó el equivalente a mi comida de 20 días. El dinero se me esfumó de las manos. Además, las regaderas funcionaban con una tarjeta de recarga. Para no gastar, empecé a bañarme un día sí y un día no, lavándome a jicarazos con agua fría los demás días.

A la mitad del mes, mi tarjeta estaba en ceros. Quise buscar trabajo los fines de semana, pero en todos lados me batearon por ser menor de edad. No me quedó de otra que dejar de comer. Desayunaba un bolillo y cenaba otro; en la tarde solo tomaba agua hasta que sentía que la panza me iba a explotar, pero el hambre seguía ahí, desgarrándome por dentro. Era un dolor tan fuerte y desesperante que en las clases no podía ni concentrarme. Mi cerebro solo gritaba por comida. Por culpa de esa debilidad, me fue mal en el examen mensual. Quedé en primer lugar de mi salón, pero en cuarto lugar de toda la generación. Por un m*ldito lugar, perdí la beca en efectivo.

Sostuve mis calificaciones en silencio, sintiendo que me asfixiaba. Ximena me dio una palmada en la espalda. —¡Wow, primer lugar del salón, eres una p*nche genio! —me felicitó—. Oye, tu celular está sonando, ¿no lo escuchas por la emoción? Reaccioné y vi la pantalla: era mi mamá. Las boletas electrónicas le llegaban al mismo tiempo a los padres. Contesté. —¡¿Qué carajos estabas haciendo?! ¡¿Cómo que sacaste el cuarto lugar?! —me gritó histérica. No le respondí a su reclamo, mi instinto de supervivencia habló por mí: —Mamá… ya no tengo dinero para comer. Su voz se volvió más aguda y agresiva: —¡Pues claro que no tienes! ¡Si hubieras sacado los tres primeros lugares ya tendrías tu dinero! ¡Lucía, tu papá y yo nos rompemos la madre trabajando, tú eres la que más nos comprende! Estudia más, a la próxima sacas la beca y ya. Colgó de golpe. Le valió madres que le acabara de decir que me estaba muriendo de hambre.

Revisé la aplicación del banco. Mi mamá me había depositado otros mserables 250 pesos para el nuevo mes. Quería berrear de impotencia, pero ya ni lágrimas me salían. ¿Por qué chingdos tenía yo que ser la “comprensiva”? ¿Quién me iba a comprender a mí? Esos 250 pesos se acabaron rápido. Estaba tan desesperada que empecé a robar sobras en la cafetería cuando nadie me veía: medios bolillos duros o panes que alguien había mordido y dejado en el plato. Pero no todos los días tenía esa “suerte”.

Esa tarde me escondí detrás de los arbustos cerca de las canchas para comerme un pan duro y frío. De pronto, escuché unos maullidos y la voz de unas niñas de mi salón: —¡Michi, mira lo que te trajimos! Tu salchicha favorita y sobrecitos de carne. Las vi reír y acariciar al gato callejero. Yo estaba escondida entre las hojas, viéndolas ser felices, sintiéndome como una m*ldita rata de alcantarilla. —Ay, qué hermoso, come súper rápido. Bueno, hay que dejarle la otra salchicha pelada aquí para que se la coma al rato. ¡Vámonos por un Starbucks antes de la clase! —dijeron, alejándose riendo. Me quedé en cuclillas hasta que dejé de escuchar sus pasos. Mis piernas estaban entumecidas. Salí del arbusto, caminé hacia el gato, apreté los dientes y le robé la mitad de la salchicha. Salí corriendo de las canchas sintiendo que un monstruo me perseguía, llorando de pura vergüenza. Perdóname, michi, tengo mucha hambre. Te juro que el próximo mes gano la beca y te compro croquetas, pensé.

Pero días después me cacharon. Volví a esconderme, agarré la salchicha, y de pronto una mano me agarró el brazo con furia. Me tiraron la comida al piso. —¡Resulta que eras tú la muerta de hambre que le robaba la comida a los gatitos! ¿Cómo puedes ser tan c*lera? ¡Peleándote por las sobras de un animal! —me gritaron. No pude defenderme. Era la verdad. —Seguro eres de esas enfermas que maltratan gatos en internet. ¡Eres un asco! —me escupió otra. Levanté la cabeza de golpe, con las lágrimas escurriéndome. —¡No! ¡Yo no soy así, se los juro! —lloré, retrocediendo y abrazándome el estómago vacío. La visión se me oscureció. —Tengo mucha hambre… perdónenme —fue lo último que dije antes de desmayarme. Escuché a lo lejos a una de ellas maldecir y pedir ayuda para llevarme a la enfermería.

Ahora, de regreso al presente, estaba sentada en la cama de la clínica con la jefa de grupo y mis compañeras rodeándome. —¡No mmes, qué susto nos metiste! De verdad, estás en los huesos, no necesitas matarte de hambre para bajar de peso. Te compramos todas estas papitas, pero hacer dieta así está muy cabrn —me dijo la jefa de grupo, asustada. Apreté las sábanas blancas con mis manos pálidas, bajando la mirada mientras mis lágrimas mojaban la tela. —No estoy a dieta —susurré con la voz rota—. Perdónenme. De verdad me estaba muriendo de hambre. No tengo dinero para comprar comida. Les juro que no lo vuelvo a hacer. La habitación se sumió en un silencio pesado, sepulcral. Solo escuché un alboroto de pasos rápidos y apresurados saliendo del cuarto. Cuando levanté la vista, estaba completamente sola con el buró lleno de comida.

Me quedé acostada esperando a que se terminara el suero. Cuando el doctor entró a quitarme la aguja, le pregunté asustada cuánto le debía. Me puso una bandita con cuidado y me dijo suavemente: —No debes nada, mija. Vete a tus clases. Me daba demasiada vergüenza enfrentar a mis compañeras, así que agarré todas las papitas, me las llevé al dormitorio y pedí permiso para ir a mi casa ese fin de semana.

Al abrir la puerta de mi casa, el olor a comida inundó mi nariz. La mesa de centro y el comedor estaban repletos de charolas y platillos de comida de restaurante. Escuché a mi mamá hacer ruido en la cocina y gritar alegremente: —¡¿Ya llegó el rey de la casa?! ¡Apúrate a empacar todo esto para mandárselo a Lucía! Dice que la comida de la escuela está horrible y la última vez que la vi estaba súper flaca, me rompió el corazón. ¡Habla, viejo! Mi mamá salió de la cocina con una sonrisa, pero al ver que la que estaba ahí era yo y no mi papá, el rostro se le desfiguró por el pánico.

No la miré a los ojos. Mi vista estaba clavada como un láser en el pollo asado, el pescado al mojo de ajo, las milanesas empanizadas y los postres que atestaban la mesa. Un banquete digno de reyes. —¡Lu… Lucía! ¿Qué haces aquí? —tartamudeó, intentando bloquear la mesa con su cuerpo. —¿No que ya no había dinero en la casa? Toda esta comida no se ve nada barata, ¿eh? —le dije, con la voz temblando de rabia. Ella sacudió la cabeza, con los ojos desviados. —No, esto… esto es un encargo que me pidieron hacer… no es nuestro… La interrumpí de un grito: —¡Te acabo de escuchar clarito! ¡Todo esto es para Mateo! ¡Dame dinero! Ya no tengo para tragar.

Su cara pasó del pánico a la rabia pura. —¡Si no tienes dinero es por tu culpa por no echarle ganas y sacar la beca! ¡Y todavía vienes a exigirme! Sabía que no me iba a dar ni un centavo. Caminé como zombi hacia el comedor, me senté y, sin usar cubiertos, agarré los trozos de carne con las manos y me los empecé a meter a la boca a la fuerza. Tragaba sin masticar, desesperada. Mi mamá reaccionó dando un alarido, corrió hacia mí y me empujó tan fuerte que caí de espaldas contra el suelo. —¡Estás loca, Lucía! ¡Eres una p*nche desquiciada! —me gritó a todo pulmón.

Me quedé tirada en el piso, mirándola con los ojos vacíos. —Dame dinero. Dame dinero. Dame dinero —comencé a repetir como disco rayado, sin expresión en la cara. Mi mamá me miró con verdadero terror. Retrocedió unos pasos, murmurando: —Estás loca… de verdad estás mal de la cabeza. Metió la mano a su bolsa, sacó unos billetes arrugados de diferentes colores y me los aventó a la cara con asco. —¡Trágate esto y lárgate! ¡Vete a la ching*da!

Mis manos, llenas de grasa y salsa, recogieron los billetes del piso como si fueran basura. Me puse de pie y le volví a extender la mano. —Esto no me alcanza. Los conté al levantarlos. Son 700 pesos, no me sirve ni para llegar al próximo examen. Quizás realmente le di miedo o ya no quería lidiar conmigo, porque sacó otros billetes de a cien y me los tiró al suelo con desprecio. Los recogí, di media vuelta y salí de ahí. Al cerrar la puerta, di un último vistazo a esa mesa llena de comida. Debí haberme dado cuenta antes. En esa casa, solo ellos tres eran una familia. Yo era una extraña. Ella amaba a mi hermano, a mi papá, a sí misma… a todos menos a mí.

Regresé a la prepa bañada en mugre y grasa. La gente se me quedaba viendo raro en la calle por mi cabello enredado y mi ropa manchada. Me metí a las regaderas de los dormitorios, me tallé hasta quitarme el olor a tristeza, y me fui directo a la clase de estudio nocturno. Al llegar a mi lugar y abrir mi escritorio, en lugar de mis cuadernos, me topé con un cerro de comida. Había pan dulce, leche de caja, galletas, sándwiches… de todo. Ximena me picó el hombro con su pluma. Volteé. —Fueron los chavos de atrás. Dicen que les da un chngo de vergüenza darte la cara y me pidieron que te pidiera perdón por ellos —me susurró. ¿Perdón? ¿Por qué me iban a pedir perdón a mí? Fui yo la que le robó la comida a un pobre animal. —Ellos no me deben nada. Yo fui la que la cgó. Tengo que devolverles esto. Ya fui a mi casa y le saqué dinero a mi mamá, ya tengo para comer —le dije. Ximena se puso a llorar de la nada. —Pues ve y diles tú, a mí no me estés molestando —lloriqueó.

En el receso, cargué toda la comida y fui a buscar a la jefa de grupo. —No puedo aceptar esto. Yo fui la que robó. Yo me equivoqué, no me tienen que pedir perdón —le dije. La chava se puso súper nerviosa, empujándome la comida de regreso contra el pecho. —No, no, quédatela, cómetela. Si no la aceptas es porque nos odias y no voy a poder dormir en la noche —me rogó casi al borde del colapso. No me quedó de otra más que aceptarla. Ella soltó un suspiro de alivio. —Pero oye, ¿qué vas a hacer? ¿Bajaste de calificaciones porque tenías hambre, verdad? —me preguntó. Asentí, muerta de pena. —Pues esto no te va a durar para siempre, y comer puras papitas te va a hacer daño. Mejor te presto lana, le echas ganas este mes, ganas tu beca y me pagas —me propuso. Ximena se asomó de repente. —Yo también te presto. Y si no me pagas, equis, con que me sigas tendiendo la cama me doy por bien servida —dijo.

Bajé la cabeza, debatiéndome internamente durante un largo rato. Finalmente, tomé una decisión y solté la bomba: —Oigan… ¿necesitan que alguien les haga la tarea?. Cincuenta pesos por trabajo. El grupito a mi alrededor se quedó callado. —¿Es… es muy caro? Bueno, se los dejo en treinta pesos los fáciles y cincuenta los difíciles —corregí rápido, aterrada de perder la oportunidad. De repente, los hijos de los políticos y empresarios del salón empezaron a gritar indignados. —¡¿Cincuenta pesos?! ¡¿Me estás viendo cara de pobre o qué?! ¡Yo te doy mil varos pero haz la mía primero! —gritó uno. —¡Tsss, mil pesos! ¿Te declaraste en bancarrota, wey? ¡Yo ofrezco cinco mil! —gritó otro fresa brincando sobre una butaca. —¡Cálmense, cálmense! —los frené en seco, asustada por los números absurdos—. Treinta los cortos, cincuenta los largos. No cobro más. Si jalan, voy a armar un grupo de WhatsApp y mandaré un sticker; los primeros cinco que lo contesten son las tareas que hago hoy. El salón se cayó a gritos exigiéndome que hiciera el grupo ya. Mi celular se trabó por completo de tantos mensajes. El wey que había ofrecido cinco mil pesos fue el primero en ganar el lugar. —¡A huevo! ¡Tantos años jugando Call of Duty me dieron los reflejos de un dios! ¡Hoy sí me desvelo jugando en paz! —festejó, y me transfirió de inmediato 150 pesos. Ese día gané 750 pesos limpios. Ya podía comer.

Tener el estómago lleno te regresa el alma al cuerpo. El mes pasado, el hambre no me dejaba ni escuchar a los maestros; mi mente solo repetía como eco: comida, comida, comida. Ahora, estaba cien por ciento enfocada en clases. Hacía tareas para ganar dinero, y de vez en cuando iba con la jefa de grupo a darle sobres de carne al gatito de las canchas. Los fines de semana me quedaba encerrada en la escuela mientras todos presumían a qué antro de lujo iban a ir. La neta, no tenía ni un gramo de ganas de regresar a mi casa; yo no cabía en ese lugar.

Pasó un mes entero y mi mamá no me mandó ni un pnche WhatsApp. Cuando publicaron los resultados del segundo examen mensual, quedé en primer lugar de toda la escuela. Me depositaron mi beca de 15,000 pesos. Lo primero que hice fue pedir aguas de limón para todo mi salón, para agradecerles por cuidarme y por inventarse pretextos pndejos para regalarme comida todo el mes. Le pedí prestado un diablito a la conserje de los dormitorios y me fui a la entrada de la prepa a recoger los vasos de agua.

No esperaba encontrármela ahí. Mi mamá apareció de la nada en la reja de la escuela, como si el infierno del mes pasado jamás hubiera existido. Caminó hacia mí con una sonrisa enorme y un tóper térmico de cuatro pisos en las manos. —¡Mi niña hermosa! Mira las delicias que te preparó tu mami. Hice costillas a la BBQ, pollito frito, tu pescado favorito y un caldito que dejé hirviendo tres horas. ¡Puro antojo tuyo! —canturreó. Agarré el diablito, di media vuelta y quise correr hacia adentro de la escuela, pero me agarró del brazo. —Ay, Lucía, ¿sigues enojada con mamá? —dijo con tono dulce. Siempre era lo mismo. Así me manipuló toda la vida. Me daba una cachetada para tirarme al piso y luego me ofrecía un dulce para que la perdonara. Se le llenaron los ojos de lágrimas fingidas. —¿Por qué no me hablas, mija? Dime qué hice mal y lo arreglo, pero no me ignores. Mira todo lo que cociné para ti… Intentó ponerme los tópers a la fuerza en las manos, pero yo reaccioné con un manotazo. Los recipientes salieron volando y se estrellaron contra el pavimento. El caldo humeante, la carne y el pescado quedaron regados en la banqueta. Mi mamá se soltó llorando a gritos al ver la comida en el suelo. —¡Esa comida no es para mí! Las costillas, el pollo, el pescado… ¡esas son las comidas favoritas de Mateo, no las mías! —le grité con todo el dolor de mi pecho. Intenté empujar el diablito otra vez, pero me jaló de la camisa. —¡Lucía, vámonos a la casa! ¡Hace mucho que no vas, te extraño un montón! —chilló.

En ese momento, salieron los juniors del salón con cajas de pizza y bolsas de Kentucky Fried Chicken que habían pedido. Venían muertos de risa. —¡Nuestra cerebrito número uno nos invitó la bebida, así que nosotros invitamos la comida! —gritó Santiago, uno de los fresas. Iker, el güey que siempre andaba presumiendo dinero, soltó una carcajada. —¡Le dije a mi jefe que ya le estoy echando ganas, le mandé foto de mi tarea y el viejo se emocionó tanto que me depositó un millón a la tarjeta! ¡Te debo la vida, Lucía! Si mi papá se entera que mi diez es tuyo, me mata —bromeó Iker. (Ese era el mismo Iker que al principio quería pagar cinco mil por tarea).

El grupito se acercó a la puerta y me vieron forcejeando con mi mamá. —Oye, genio, ¿qué haces aquí afuera? Ya llegó la traga, solo faltan tus agüitas —me gritó Iker. Luego miró a Santiago—. Güey, ¿estás ciego? Ayúdale a cargar el diablito a la jefa. Santiago apareció rodando un carrito de conserje que se había robado de la caseta, le puso una silla plegable encima y me hizo una reverencia. —Súbale, su majestad. Cuando lleguemos a la universidad, te juro que te voy a llevar en un Bugatti, pero por hoy confórmate con esto —se burló amablemente.

Ignoraron la existencia de mi mamá con una maestría increíble. Iker me zafó del agarre de mi madre con una sutileza impecable y me ayudó a sentarme en la silla del carrito. Mi mamá se quedó paralizada. Sus dramas siempre le funcionaban con mi papá, pero hoy no supo qué hacer ante esos idiotas ricos. Cuando vio que me alejaba, reaccionó y empezó a gritar mi nombre como loca: —¡Lucía! ¡Lucía, regresa el fin de semana por favor! Iker, que iba empujando el carrito, se limpió la oreja con el dedo meñique e hizo una mueca de asco hacia Santiago. —Wey, la seguridad de la escuela está de la ch*ngada. Voy a tener que ir a amenazar al director. Si no arregla esto, mi papá le va a cancelar la donación de 20 millones para el gimnasio. —Sí, wey, imagínate que un día se meta un loco y me secuestre por guapo —le siguió el juego Santiago. No pude aguantar y me solté riendo. Iker me guiñó un ojo. —Ahorita saliendo de clases voy y le meto un susto al director —dijo. Me moría de pena de que me llevaran empujando por los pasillos mientras todos se nos quedaban viendo, pero por dentro sentía un calorcito en el corazón. Ellos no me preguntaron nada. No me juzgaron. Solo protegieron mi dignidad rota.

Llegamos al salón y empezamos a repartir la comida. Regina, la niña más fresa, intocable y tóxica del salón, me hizo una seña para que saliera al pasillo con sus dos amigas. Me tocó la cara con sus uñas acrílicas larguísimas, llenas de cristales de Swarovski que brillaban con el sol. —Tú eres una niña lista. Sabes lo que tienes que decir y lo que te tienes que callar, ¿verdad? —me amenazó con voz de seda. Mi cerebro empezó a girar a mil por hora intentando recordar si le había faltado al respeto. Sus tareas siempre se las entregaba perfectas y a tiempo. ¿Qué diablos quería esta vieja loca? El ruido de sus uñas tecleando en la pantalla de su iPhone último modelo me puso los nervios de punta. —¿Bueno, papi? —contestó, poniendo la llamada en altavoz y mirándome fijamente—. Papi, de verdad le estoy echando muchas ganas. Hasta me duele la mano de tanto escribir resúmenes. ¿No me crees? Espérate, aquí está la matada de mi salón, la que sacó el número uno y se va a ir becada a la UNAM, pregúntale a ella. Me puso el teléfono en la boca y me clavó una mirada asesina. Pasé saliva pesadamente. —Ho… hola, señor. Soy Lucía. Regina de verdad está estudiando muchísimo. La tarea de ayer la hizo toda ella solita. —¿Ah, sí? A ver, Lucía, ¿qué calificación sacaste tú en el examen mensual? Porque mi asistente ya me pasó el reporte del director —respondió la voz gruesa de un señor al otro lado de la línea. Sentí que me iba a desmayar de nuevo. Un minuto de silencio que se sintió como un siglo. —Señor… saqué el primer lugar de toda la generación. Noventa y nueve sobre cien. Escuché una carcajada retumbar en la bocina. —¡Jajaja! ¡Esa es mi princesa! Ya creció mi niña, ya se hizo responsable. ¡Pásame el número de tu tarjeta, te voy a depositar otros tres millones de pesos de mesada por el esfuerzo! Regina agarró el teléfono con una sonrisa triunfal. —Ay, papi, es que sí cansa mucho estudiar. Cómprame también un coche nuevo, ¿sí? Ándale… —rogó. Su papá aceptó muerto de risa y colgó. Regina me miró súper orgullosa, sacó de su bolsa un iPhone de paquete, nuevecito, y me lo aventó a las manos. —Ten. Lo compré ayer pero ya no me gustó el color. Tira esa basura que traes, siempre que mandas el m*ldito sticker de las tareas te tardas años en cargar y me ganan los lugares —me ordenó, antes de darse la vuelta y regresar al salón moviendo las caderas.

Me quedé babeando viendo el teléfono en mis manos. Costaba casi 40 mil pesos. Me senté en mi pupitre, comiendo pizza con una mano y copiando tareas con la otra, feliz de la vida.

Pero la paz me duró poco. Antes de que terminara la clase de estudio nocturno, un grupo de chavos de otro salón entró pateando la puerta. Solté mi pluma y los vi marchar directamente hacia mí. Fernanda, la jefa de grupo del salón C, azotó las palmas de sus manos contra mi pupitre con furia. —¡Lucía! ¡Regrésanos el dinero de nuestro salón, pinche ratera! —gritó a todo pulmón.

El ambiente en el salón de clases se cortó de tajo, como si alguien hubiera desenchufado el ruido de repente. Fernanda, la jefa de grupo del salón de al lado, mantenía las manos golpeando con furia mi escritorio, respirando agitadamente y clavándome una mirada llena de veneno. La pluma que yo tenía en la mano, con la que estaba terminando de hacer los resúmenes que me habían pagado, resbaló de mis dedos y cayó sobre la madera con un sonido seco.

—¿De qué dinero me estás hablando? —le pregunté, sintiendo que el corazón me empezaba a latir en la garganta. —No sé de qué me hablas.

Fernanda soltó una risa irónica, temblando de puro coraje. —¡No te hagas la mrta de hambre, pndeja! ¡Saca los 20,000 pesos de la cuota de nuestro salón que te robaste! —gritó a todo pulmón, haciendo que hasta los del pasillo se asomaran. Fruncí el ceño, completamente desconcertada y asustada. —Estás loca. Yo no sé nada de ningún dinero de su salón —me defendí, poniéndome de pie lentamente.

Fernanda se inclinó sobre mi lugar, invadiendo mi espacio personal. —Ay, por favor, no te hagas la mosca muerta. Todos en esta escuela saben que eres la única alumna pobretona becada que no paga colegiatura. ¡Si fuiste capaz de robarle una m*sera salchicha a los gatos de la calle, tienes antecedentes de ratera! —escupió con desprecio.

Sostuve su mirada, aunque por dentro me estaba muriendo de la vergüenza al recordar lo de la salchicha. —Sí, soy becada porque saqué el primer lugar de toda la ciudad y el director rogó para que yo entrara a esta escuela —le respondí, intentando que no me temblara la voz—. Y sí, acepto que tuve tanta hambre que le quité la comida a un gato, fue un error y ya compré croquetas para pedirle perdón al michi. Lo asumo. Pero que me acuses de robar dinero que ni conozco, eso no te lo voy a permitir. ¿Qué pruebas tienes para venir a gritarme?

Fernanda sonrió con malicia, se dio la vuelta y jaló del brazo a un chavo de su salón, un tal Hugo, sacándolo de entre la multitud de alumnos que ya se habían juntado a ver el chisme. —Ayer en la noche, Hugo vio clarito cómo, después de la hora de estudio, te metiste a escondidas a nuestro salón por la puerta trasera y te saliste casi diez minutos después —dijo Fernanda, señalándome con el dedo índice—. ¿A qué más ibas si no era a robar? Hugo asintió con la cabeza, sacando su celular con actitud prepotente. —Ahorita les voy a enseñar el video para que todos vean que esta “cerebrito” es una vil ratera —anunció Hugo, buscando en su galería.

Justo en ese milisegundo de tensión, mi celular nuevo, el iPhone carísimo que me acababa de regalar Regina, empezó a sonar con fuerza. Contesté por puro reflejo. —¿Qué pedo, Lucía? ¿Ya está mi tarea? —sonó la voz exigente de Regina—. Tengo que mandarle foto a mi mamá en menos de un minuto o me va a cancelar la tarjeta, y si eso pasa, te juro que te arrastro. Iba a responderle a Regina, pero Fernanda me arrebató el iPhone de las manos con un manotazo violento. —¡Miren esto! ¡Aquí está la prueba perfecta! —gritó Fernanda levantando mi celular para que todos lo vieran—. ¡Esta gata se estaba muriendo de hambre hace unas semanas, no tenía ni para tragar, y mágicamente hoy trae el iPhone más nuevo que cuesta más de 40,000 pesos! ¿De dónde sacó el dinero si no fue de lo que nos robó?

Su lógica parecía tan perfecta y sus acusaciones sonaban tan creíbles, que sentí cómo el pánico me paralizaba. Todo encajaba en su mldita mentira. De pronto, una sombra alta bloqueó mi vista. Era Iker. Con una calma pasmosa, se acercó a Fernanda, le quitó mi celular de las manos de un tirón y me lo devolvió. —Fernanda, relájate un chngo —le dijo Iker, mirándola con frialdad.

Antes de que alguien más pudiera procesar lo que pasaba, el sonido de una cachetada brutal resonó en todo el salón. ¡PAAS! Fernanda se tambaleó hacia atrás, agarrándose el cachete rojo. Regina, que acababa de entrar al salón, estaba parada frente a ella, respirando con furia, arreglándose el cabello con una mano. —¡A ver, pndeja! ¡Yo todavía no sé si ya terminó mi tarea y tú le andas arrebatando el teléfono! —gritó Regina, furiosa—. ¡Mi mamá me acaba de subir la mesada a tres millones de pesos y quiero que me compre una bolsa Hermès esta semana! ¡Si me arruinas mi dinero, te mto!

Ver a Regina furiosa era como ver a un demonio de lujo. Me acerqué a ella temblando, jalándole un poquito el saco del uniforme. —Oye… tu tarea ya está lista, la dejé en tu escritorio —le susurré muerta de miedo. La cara de Regina se relajó un poco al escucharme, pero de inmediato volvió a endurecerse al mirar a Fernanda de arriba a abajo con asco. —A ver, marginal. Acabo de escuchar por el teléfono que andas diciendo que mi gata aquí robó para comprarse un celular —dijo Regina, cruzándose de brazos. Santiago, que venía detrás de Iker, se rio y le siguió el juego: —Sí, Regina. Esta vieja dice que Lucía se robó 20,000 pesos para comprarse el iPhone. Regina dio un paso hacia Fernanda, mirándola como si fuera un insecto aplastado. —Ese teléfono se lo aventé yo en la tarde porque no me gustó el color. ¿Me estás diciendo que yo, Regina, me robé los mserables 20,000 pesos de su salón de pdiodos para comprar un celular? —siseó con una voz helada.

Iker no se aguantó la risa y se burló de ellos. —Uy, no. ¿Pues no que traían pruebas muy cañonas? A ver tu video, güey —le dijo Iker a Hugo. Hugo, sintiéndose acorralado, le puso play al video y lo mostró a todos. En la pantalla del celular se veía una figura oscura, escabulléndose en la noche, con una mochila en la espalda y jalando un costal gigante de rafia. Y sí, esa figura era yo. Lo supe de inmediato.

Fernanda, con la marca de los dedos de Regina todavía en la cara, me señaló con odio. —¡Ahí están las pruebas! —berreó histérica—. Aunque el celular se lo hayan regalado, ¡ella entró a robar! ¡Mírenla cómo va arrastrando ese costal, ahí llevaba escondido todo el dinero del salón! Sintiéndome asfixiada, pero sabiendo que tenía que defenderme, caminé rápido hacia la esquina trasera del salón, donde tenía escondido mi enorme costal de rafia. Lo agarré con fuerza, lo arrastré hasta el centro del salón, justo enfrente de Fernanda, y lo vacié de golpe sobre el piso de mármol. El sonido metálico y plástico inundó el silencio. Pedazos de cartón viejo, latas de Coca-Cola aplastadas, y botellas de plástico cayeron rodando por el piso.

Santiago se acercó riendo, pateó ligeramente un cartón viejo y miró a Fernanda con burla. —Uy, ten cuidado con este cartón, no lo vayas a romper. Ha de valer como 20,000 pesos, es cartón fino —se burló, haciendo que todo nuestro salón estallara en carcajadas. Iker abrazó a Santiago por los hombros. —Trátalo con respeto, güey, es el tesoro de su salón —añadió.

El rostro de Fernanda se quedó completamente blanco, sin una gota de sangre. Empezó a temblar, retrocediendo un paso. —No… no puede ser… —murmuraba, al borde del colapso emocional. De pronto, se volvió loca, se abalanzó sobre mí y me agarró de los brazos clavándome las uñas—. ¡¿Dónde escondiste el dinero?! ¡¿En tu mochila?! ¡Seguro lo fuiste a esconder a tu cuarto de los dormitorios! Iker la agarró de los hombros y la empujó con fuerza, apartándola de mí, poniéndose frente a mí como un muro. —Le vuelves a poner una mano encima y te rompo la mdre, pndeja —le advirtió Iker.

Ximena tuvo que agarrar a Regina, que ya estaba lista para soltarle otra cachetada a Fernanda, y se paró junto a nosotros para defenderme. —A ver, idiota —le dijo Ximena a Fernanda—. Todo el salón sabe que Lucía se la pasa recogiendo latas y cartón de los botes de basura después de clases para sobrevivir. Hasta el director le dio permiso de hacerlo. Y para que te enteres, pobretona, nuestro salón recolectó 1,500 pesos por persona a principio de año. Sin contar a Lucía, tenemos más de 400,000 pesos en nuestra caja del salón. ¿De verdad crees que Lucía ignoraría nuestros 400,000 pesos para ir a robarse las m*serables moneditas de su grupo?

De pronto, Santiago apareció detrás de Iker con una sonrisa de oreja a oreja y le aventó su celular. —¡Iker, checa lo que acabo de encontrar en los videos del dron! —dijo emocionado. Iker atrapó el teléfono y le dio play. Era un video grabado desde un dron, en alta definición. —Mmh… este güey me parece súper conocido. ¿No es el p*ndejo de Hugo? —dijo Iker, pausando el video justo cuando la cara de Hugo y de Fernanda se veían claritas en la pantalla. —Iker, mi dron graba en 4K y hasta graba el audio a distancia, no me subestimes —le presumió Santiago. En el video, se escuchaba claramente la voz de Fernanda diciéndole a Hugo que las cámaras de seguridad del colegio estaban en mantenimiento, y que era el momento perfecto para robarse el fondo de su salón y echarle la culpa a la “muerta de hambre” de Lucía.

Iker le pasó el celular a Regina para que lo viera. Regina levantó una ceja y clavó sus ojos llenos de rabia en los dos mentirosos. —Tienen diez segundos para explicarme qué m*erda es esto —amenazó Regina con voz letal. Hugo, al ver la mirada psicópata de Regina, sintió que las piernas se le hacían de agua. Cayó de rodillas al piso, temblando como un perro asustado, sudando frío y casi llorando. —¡Fue ella! ¡Todo fue idea de ella! —gritó Hugo, señalando a Fernanda—. Me dijo que las cámaras no servían y que culpar a Lucía era el crimen perfecto. ¡Ella me obligó! Hugo, desesperado, se arrastró de rodillas hasta los zapatos de diseñador de Iker y Regina, suplicando. —¡Perdónenme! ¡Se los juro que no lo vuelvo a hacer! ¡Por favor, no me hagan nada! —lloraba Hugo. Iker se rió con asco y lo apartó con el pie. —Güey, ¿por qué nos pides perdón a nosotros? Le estás pidiendo perdón a la persona equivocada —le dijo, señalándome a mí. Regina, harta del show, me agarró del brazo y me jaló hacia ella. Por primera vez desde que la conocía, me habló con un tono casi amable. —Tú relájate. Nosotros nos encargamos de esta basura. Tú nomás sigue haciéndonos las tareas perfectas —me dijo. Asentí con la cabeza súper rápido, todavía temblando.

A la semana siguiente, me enteré que a Fernanda y a Hugo los expulsaron definitivamente de la escuela. Al principio solo los iban a suspender un mes, pero Iker, Regina, Santiago y Ximena se fueron directamente a la oficina del director y lo amenazaron con que sus familias iban a retirar los más de 120 millones de pesos en donaciones e inversiones que le daban a la escuela si no corrían a esos dos. El director no tuvo de otra más que correrlos.

Ese semestre se pasó volando. El último día de exámenes finales, salí de la escuela sintiéndome libre. Me paré afuera del colegio, frente a un puesto ambulante, y me compré una marquesita gigante, rellena de Nutella y queso de bola. Tenía meses ahorrando para darme ese lujo. Pero justo cuando le iba a dar la primera mordida, una camioneta Mercedes-Benz negra se frenó rechinando las llantas frente a mí. La puerta se abrió y Regina, junto con sus dos guardaespaldas, me agarró de la mochila y me jaló hacia el interior de la camioneta como si me estuvieran secuestrando. —¡Regina! ¡Ay, por Dios! ¿Qué hice mal ahora? ¡Dame chance de explicarte! —grité aterrada, apretando mi marquesita contra el pecho. Regina me miró con fastidio, chasqueó la lengua y sacó su celular. Le transfirió 2,000 pesos al del puesto de marquesitas y cerró la puerta de la camioneta.

Media hora después, llegamos a una zona residencial exclusivísima en Lomas de Chapultepec. Las casas ahí no bajaban de los 500 millones de pesos. Me quedé con la boca abierta mientras bajábamos del auto. Apenas iba a morder mi postre, sosteniéndolo con cuidado. —Oye, Regina… ¿qué estamos haciendo aquí? —le pregunté con voz chiquita. Regina ni me peló. Dio dos palmadas en el aire y, de inmediato, un mayordomo de traje impecable y dos muchachas de servicio salieron a recibirnos. El mayordomo se inclinó ligeramente y me entregó unas llaves de plata. —Señorita Lucía, nosotros tres nos encargaremos de todas sus comidas, ropa y necesidades durante estas vacaciones de invierno —me dijo el hombre, súper formal. Volteé a ver a Regina con cara de pánico. Ella sonrió con arrogancia, levantando la barbilla. —Iker me contó que tu mamá fue a buscarte a la escuela la otra vez. Asumí que no quieres regresar a esa pocilga que llamas casa, así que te vas a quedar aquí todo el invierno. El mayordomo te va a traer las libretas de las tareas de invierno de todos nosotros para que las resuelvas, y él mismo se va a encargar de enviarlas cuando las termines —me explicó Regina con naturalidad.

Me quedé helada. Estaba a punto de llorar de gratitud. —Regina… de verdad, esto es demasiado gasto… —le dije con la voz rota. Ella soltó una carcajada que resonó en el jardín de la mansión. —Ay, niña, no te emociones. Esta casa estaba vacía. Le dije a mi papá que te iba a invitar todo el invierno a estudiar para que se me pegara lo inteligente, y el viejo se emocionó tanto que me depositó otros 10 millones de pesos. Nomás vas a tener que escribir, de lo demás no te preocupes. Y de vez en cuando voy a venir a sacarme unas selfies contigo estudiando para mandárselas a mi papá —me dijo, acomodándose los lentes de sol.

Descubrí que casi todos mis “clientes” del salón vivían en esa misma zona residencial o muy cerca. Mientras yo vivía como reina, ellos estaban haciendo las estafas más descaradas del mundo con sus papás. Regina le hablaba a sus papás desde la playa: —Ay mami, yo estoy súper estresada. Ustedes allá relajándose y yo acá estudiando con Lucía. Mis deditos ya no aguantan, ¿me puedes comprar la bolsa Chanel de 100,000 pesos que vi? —les decía, y le depositaban al instante. Ximena también lo hacía: —¿No me crees que estoy estudiando, hermanito? ¡Te juro que estoy en casa de Lucía haciendo resúmenes! Deja que termine esta hoja y te hago videollamada. Auméntame la tarjeta de crédito otro medio millón, ándale —exigía. Santiago era peor: —¡Mami, ve la foto! Estoy aquí con Iker preguntándole unas ecuaciones a Lucía. ¿Ya viste que sí le echo ganas? Cómprame el dron nuevo que te pedí, el de uso militar —le lloraba a su mamá por teléfono.

Durante todo ese mes de vacaciones, mi mamá me marcó cientos de veces. Me mandó audios llorando, mensajes exigiéndome que regresara para Navidad y Año Nuevo. Los ignoré absolutamente todos. La primera vez que me preguntó dónde estaba, solo le contesté: “En casa de una amiga, no voy a ir”. Para Año Nuevo, los papás de mis compañeros me mandaron regalos carísimos y canastas de comida gourmet, agradecidos de que yo estuviera “ayudando” a sus hijos a estudiar. Esa noche, hasta salimos a la terraza a ver los fuegos artificiales. En un solo mes de hacer tareas ajenas, ahorré dinero suficiente para vivir sobrada todo el próximo semestre, subí unos kilos y hasta los cachetes se me veían más llenitos y rosados.

El mes se acabó, y el mayordomo me llevó de regreso a la escuela en una camioneta de lujo. —La veo en las vacaciones de verano, señorita Lucía —se despidió antes de irse. Justo cuando crucé la puerta, me llegó una notificación del banco. Me habían depositado mi beca del fin de semestre: 20,000 pesos limpios. Festejé yéndome directo al carrito a comprarme otra crepa gigante, que ya llevaba meses con el antojo. Iba caminando súper feliz hacia los dormitorios, mordiendo mi crepa, cuando de los arbustos de la entrada salió una botarga humana. Era Mateo, mi hermano menor. Estaba el doble de gordo, sudando como puerco, y me cerró el paso respirando con dificultad. Levantó una mano grasosa y me apuntó con el dedo. —¡Lucía, saca todo el dinero de la beca y dámelo! —me exigió con voz chillona, escupiendo saliva al hablar—. Ya saqué la cuenta. De los tres exámenes, perdiste uno, pero ganaste dos, y ahorita te acaban de dar otra lana. ¡Son casi 40,000 pesos, dámelos ya!

Sus ojos de cerdo recorrieron la ropa de diseñador que yo traía puesta, ropa vieja que Regina ya no quería y me había regalado. —¿Seguro te robaste mis 40,000 pesos para comprarte ropa de marca, verdad perra? —me gritó furioso. Miré mi ropa y luego lo miré a él, confundida. —¿De qué estupideces estás hablando? ¿Cuáles “tus” 40,000 pesos? —le pregunté. Mateo enfureció, dio un manotazo y me tiró mi crepa al suelo. —¡¿Con qué derecho te gastas mi dinero?! ¡Mi mamá dijo que todo el dinero de la casa es mío! ¡¿Con qué derecho te compras marcas con mi lana?! —berreó, rojo de la furia.

—¿Qué pedo, cerebrito? ¿Qué haces aquí parada? —escuché la voz arrastrada de Iker a mis espaldas. Iker y Santiago venían caminando con los brazos cruzados, burlándose como siempre. Pero no tuve ni tiempo de contestarles, porque Regina apareció caminando rapidísimo en sus tacones de 10 centímetros, como una pnche emperatriz bajando al infierno. ¡PAAS! Regina le metió un cachetadón a Mateo que le volteó la cara. Mateo se agarró la mejilla gorda, mareado, y la miró con odio. —¡Yo nomás le vine a pedir el dinero a mi hermana, a ti qué te importa, pnche vieja metiche! ¿Tú quién te crees que eres? —le gritó Mateo a Regina. Regina ni siquiera lo dejó terminar. Levantó la mano otra vez y le acomodó una cachetada de revés. ¡PAAS! —¿Que quién soy, cerdo asqueroso? Mi familia invierte 40 millones de pesos al año en esta escuela, ¿eso responde tu pnche pregunta? —le gritó Regina, con los ojos echando chispas. Hizo una señal con la mano, y sus dos guardaespaldas se acercaron corriendo y agarraron a Mateo por los brazos, arrastrándolo hacia la salida. Mateo pataleaba como puerco en el matadero. —¡Te vas a cagar, Lucía! ¡Tu dinero es mío! ¡Le voy a decir a mi abuela para que te agarre a ptazos! —gritaba mientras lo aventaban a la calle.

Ese mismo día, Iker llegó al salón con una bolsa enorme llena de marquesitas y crepas para todos. Me dejó la mía en mi escritorio. —Ya quedó arreglado lo del cerdito de tu hermano. Fui con la directora y le dije que le marcara a tu mamá. Le advirtió que si tu promedio bajaba por culpa del estrés que te provocan, iban a expulsar a tu hermano de la secundaria y les iban a cobrar todo lo que deben —me dijo Iker, dándole una mordida a su crepa antes de irse a sentar. La amenaza funcionó como magia. Mi mamá dejó de joderme la vida. Solo me mandaba mensajes de vez en cuando lloriqueando por dinero cuando sabía que me caía la beca. Yo solo le contestaba: “Bueno, me salgo de la escuela y me pongo a trabajar en el Oxxo”, y con eso se callaba al instante, aterrorizada de que Mateo perdiera su lugar en la escuela por mi culpa.

Así pasaron dos años. Dos años en los que además de hacer tareas, empecé a vender en internet toda la ropa, tenis y bolsas de lujo que Regina y Ximena ya no querían. Junté tanto dinero que pagué por adelantado los cuatro años de mi carrera universitaria. El tiempo voló, y llegó el día de los resultados de los exámenes de admisión a la UNAM y al Tec de Monterrey. Cuando entregaron los resultados de nuestra preparatoria, mi puntaje estaba tan alto que ni siquiera salía publicado, lo tenían oculto por ser el mejor del estado. En el salón, todos mis compañeros fresas estaban presumiendo a qué partes del mundo se iban a ir a estudiar. —¡Ya ven, se los dije! ¡Lucía sacó el puntaje para entrar a donde le dé la gana! —gritó Ximena. —Sí, güey. ¿Y supieron lo del pndejo de su hermano? El güey creyó que iba a entrar en automático a la prepa, pero reprobó todo y lo mandaron a la chngada. Su familia tiene que pagar los tres años de secundaria y una multa de 600,000 pesos. Dicen que su familia está en la ruina —chismeó Santiago. —Ayy qué hueva —dijo Iker—. Yo me voy a Australia el próximo mes. A ver si me peleo con un canguro.

Llegó el momento de la ceremonia de graduación en el auditorio principal. Me tocó dar el discurso de la generación. Estaba parada en el atril, con el micrófono en la mano, llorando de pura emoción. Hice tres reverencias hacia mis compañeros. —Le doy gracias a todos los alumnos del grupo A. Si no fuera por ustedes y su corazón gigante debajo de esa actitud ruda, yo no estaría hoy parada aquí —les dije, con la voz quebrada por el llanto.

Pero la vida no me podía dejar tener un momento de paz. Desde la parte de atrás del auditorio, una voz chillona y rasposa rompió el silencio. —¡Esa chamaca ratera es mi nieta! ¡Y si yo no doy el permiso, no va a ir a ninguna pinche universidad! —gritó mi abuela. Abrí los ojos como platos. Ahí, caminando por el pasillo central, venía mi abuela, una señora seca y mala, junto con mi mamá, mi papá y el cerdo de Mateo. Se habían colado burlando a los guardias. Mateo me miró con una envidia asquerosa, tragando saliva al ver mis zapatos y mi vestido fino. —¡Ya escuchaste a la abuela! Sin su permiso no vas a ir a ningún lado —se burló Mateo. Mi cuerpo entero empezó a temblar de coraje. Apreté el micrófono hasta que los nudillos se me pusieron blancos. —¡Yo pasé el examen por mis propios hevos! ¡A mí nadie me tiene que dar permiso de estudiar! —les grité desde el escenario. Mi papá, que venía jalando a mi mamá, soltó una carcajada amarga. —Te lo dije desde el principio, vieja pndeja. Que las mujeres estudien no sirve de nada. ¡Mírala qué alzadita nos salió! —le dijo mi papá a mi mamá, dándole un empujón que casi la tira. Mi abuela asintió con furia. —Sí sirve, pndejo. Con un título universitario la podemos casar con algún cabrón que nos pague una buena dote por ella, y así sacamos a Mateo adelante —dijo la vieja, apuntándome con su dedo arrugado—. ¡Bájate de ahí y vámonos a la casa, Lucía! ¡O te saco a trancazos! —¡Ándale, regrésate a la casa para que te pongan tu putza! —se rió Mateo.

Antes de que las cosas se salieran más de control, el sonido de unos tacones retumbó en el auditorio. Regina se puso de pie, acomodándose su vestido de diseñador, y caminó lentamente hacia mi “familia”. Mateo la reconoció de inmediato y empezó a temblar. —¡Tú… tú qué vas a hacer! ¡No te me acerques, loca, que aquí está mi abuela y mi papá! —tartamudeó Mateo, cag*do de miedo y cubriéndose la cara. Regina sonrió con una dulzura macabra, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja. —No te preocupes, gordo asqueroso. Yo no le pego ni a las mujeres ni a los niños —le dijo Regina con una voz suave. Pero antes de que Mateo pudiera suspirar de alivio, Regina levantó la mano. ¡PAAS! ¡PAAS! ¡PAAS! ¡PAAS! Cuatro cachetadas seguidas, fortísimas. Dos para Mateo y dos para mi papá. Regina, con sus uñas largas y decoradas, los señaló a los dos con desprecio. —Es una verdadera lástima que ustedes dos no sean mujeres. Y la anciana y la estúpida de allá atrás tampoco son niñas. Así que no aplican mis reglas —dijo Regina con cinismo. Mi abuela, al ver la cara roja de su nieto adorado, pegó un grito de guerra y se quiso abalanzar sobre Regina para arrancarle los pelos. Los guardaespaldas de la familia de Regina la interceptaron en el aire, agarrándola de los brazos como si fuera un costal. Iker corrió hacia Regina y le ofreció una toallita húmeda desinfectante. —Ten, Regina, límpiate rápido, no te vayas a pegar una infección por tocar la basura —le dijo Iker. Regina se limpió los dedos uno por uno, con calma total. —Sáquenlos a patadas —les ordenó a sus guardias.

Los cuatro fueron arrastrados fuera del auditorio. Mateo iba gritando como marrano atorado en un cerco: —¡Atrévete a no regresar a la casa, Lucía! ¡Todo lo de la familia es mío, no vas a ver ni un peso, p*rra!

Esa noche, acostada en mi cama del dormitorio, no podía dejar de pensar en lo que gritó el cerdo de mi hermano. “Todo lo de la familia es mío”. Tenía razón, no me importaba su dinero piojoso, me importaba mi libertad. Si mi nombre seguía pegado legalmente a ellos, mi abuela o mi papá podían hacer un trámite y cagarme la vida universitaria o el trabajo. Necesitaba separarme de ellos legalmente, emancipar mis papeles, cambiar mi registro.

A la mañana siguiente, me fui a plantar tempranito afuera de la mansión de Regina. Estaba ella parada junto a una Suburban blindada, dándole órdenes a sus sirvientas para empacar porque se iba de viaje. —A ver, habla rápido que tengo prisa. Mis papás nos obligaron a Iker y a mí a irnos de vacaciones juntos por el estúpido compromiso arreglado que tienen nuestras familias, así que me urge irme a emborrachar para aguantarlo —me soltó Regina, revisando su celular. Tragué saliva, me incliné un poco y le dije: —Regina, por favor… necesito un último favor enorme. Necesito separar mis actas legales de mi familia. Necesito independizarme legalmente. Regina detuvo todo lo que estaba haciendo. Me miró a los ojos por unos segundos que parecieron eternos. Finalmente, movió la mano restándole importancia. —Ay, niña, eso es una pendejada. Súbete al coche —me ordenó.

Media hora más tarde, una limusina negra y dos camionetas con escoltas se estacionaron afuera de la humilde casa de mis papás. Entramos a la fuerza. Regina se sentó en el sofá desgastado de la sala, flanqueada por sus guardaespaldas y un abogado de traje carísimo. —Vengo a pedir que firmen la emancipación legal de Lucía. Quiero que renuncie a su herencia y ustedes a los derechos legales sobre ella —dijo Regina, sin inmutarse ante la cara de pánico de mis papás. Mi abuela, furiosa, le dio un golpe a la mesa de plástico. —¡Estás loca, escuincla! ¡Lucía es sangre de esta familia! ¡Y al menos de que se case y nos traigan una dote de millones, no va a firmar ni m*adres! —gritó la anciana, escupiendo saliva.

Regina suspiró, sacó su celular y empezó a tamborilear sus uñas largas contra la pantalla. —Fíjese, señora, que escuché que su gordo e inútil nieto reprobó el examen de la prepa. Pero resulta que con una llamadita mía, el director de la mejor prepa del estado lo puede admitir de inmediato, becado al cien por ciento —Regina hizo una pausa dramática, dejando la propuesta flotar en el aire—. Pero… si no firman ahorita, le llamo al director de todo el sistema educativo y me aseguro de que el cerdito no vuelva a pisar una escuela en su vida. Así que ustedes deciden: el futuro de su rey, o retener a la “gata”. Le mostró la pantalla del celular a mi mamá. Era el número directo del Secretario de Educación del estado. Mi mamá palideció, miró a mi abuela, luego a Mateo, y finalmente, apretando los dientes, le arrebató los papeles al abogado y los firmó. Mi papá y mi abuela hicieron lo mismo. Habían vendido mi libertad a cambio de una promesa vacía para su príncipe gordo.

Un rato después, estaba parada en la banqueta, con mis actas y mi independencia legal en las manos. El viento soplaba fuerte. El aire se sentía más libre que nunca. Leí mi nombre en el papel, sola, sin dependencias familiares. Las lágrimas me brotaron a cántaros. Corrí hacia Regina y la abracé con todas mis fuerzas, mojándole el saco carísimo de lágrimas. Regina me dio un par de palmaditas incómodas en la espalda. —Ya, ya. No llores, no arrugues la seda. Es cualquier cosa —me dijo, intentando sonar fría. Yo no podía dejar de llorar. —Regina… neta no sé cómo pagarte todo esto. Te juro que voy a trabajar como burro para pagarte todo el dinero y el paro que me hiciste —le prometí, sollozando. Regina me agarró de los hombros, me separó de ella y me sonrió con su típica actitud de dueña del mundo. —A ver, Lucía, yo soy una capitalista hecha y derecha. No hago favores gratis, ni negocios que me den pérdidas. Te acabo de contratar —me dijo con firmeza—. Vas a entrar a estudiar al Tec, y saliendo de la universidad te vienes derechito a trabajar como directora a la empresa de mi papá.

Solté una carcajada en medio de mis lágrimas, secándome los ojos con la manga. —Te juro lealtad eterna, jefa —le dije, sonriendo de verdad por primera vez en toda mi vida. Regina le hizo una seña a su chofer para que me llevara a las oficinas de su papá a firmar el contrato. Antes de que cerraran la puerta del coche, se agachó hacia la ventana y me guiñó un ojo. —Y ni te preocupes por el gordo. Lo metí a la escuela, sí, pero es un inútil, en tres meses lo expulsan de todos modos. Mi promesa ya la cumplí —se rió con malicia. A través de la ventana, vi cómo me entregaba un fólder de piel fina con documentos del corporativo. —Y ponte a leer esto. Eres mi nueva empleada. Si la cagas antes de que yo regrese de vacaciones, te descuento del sueldo, p*ndeja —me dijo Regina, sonriendo. Agarré la carpeta contra mi pecho. —Sí, jefa. Lo que mande la patrona —le contesté, viendo cómo su Suburban se alejaba hacia el aeropuerto, dejándome por fin en control absoluto de mi propio destino.

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