Parte 1:
El lodo del panteón se me metía por los zapatos, pero el frío de la lluvia no era nada comparado con el hielo que sentía en el pecho.
Frente a mí, las tres lápidas de mármol blanco. Las fotos de mi hijo, mi nuera y mi pequeño Pablito me miraban bajo el agua que no paraba de caer.
Yo solo quería estar a solas con mis muertos. Quería contarles que la casa se siente inmensa, que el silencio me está volviendo loco. Pero entonces, escuché pasos chapoteando a mis espaldas.
Me giré despacio, apretando la mandíbula hasta que me dolieron los dientes.
Ahí estaban.
La señora traía un rebozo negro empapado pegado a la cara y un ramo de claveles blancos baratos en las manos temblorosas. El hombre a su lado, con su boina escurrida, me miraba con los ojos desorbitados, como si hubiera visto a un fantasma.
Eran los padres del infeliz que iba manejando brrch* aquella maldita noche.
Sentí cómo la sangre me hervía en las venas. Mi respiración cortaba el aire helado en pequeñas nubes blancas. Levanté el brazo derecho, tieso, y les apunté directamente a la cara.
Mi dedo temblaba de pura rabia.
—No tienen ningún derecho de pisar esta tierra —les dije.
Mi voz sonó ronca, pero cortó el sonido de la lluvia de tajo.
La mujer soltó un sollozo ahogado y apretó las flores contra su pecho. El viejo dio un paso hacia atrás, levantando una mano como queriendo calmarme.
Ellos no venían a llorar. Venían a buscar el perdón que su hijo nunca va a tener. Venían a limpiar su propia conciencia frente al desastre que dejaron.
—Don Arturo, por favor… —empezó a balbucear el hombre, con la voz quebrada.
Di un paso al frente, bloqueando las lápidas con mi propio cuerpo. No iba a dejar que su sombra tocara a mi familia. El pecho me dolía de tanta desesperación; el miedo a perder el control y hacer una lcr* luchaba contra la decencia que mi hijo siempre admiró en mí.
¿QUÉ HARÍAS TÚ SI TUVIERAS FRENTE A TI A QUIENES TE ARREBATARON TODO LO QUE AMABAS?!
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