Todos la daban por m*erta en el cunero tres. Escuché un secreto en el hospital y tomé una decisión impensable.

Parte 1:

—¿La del cunero tres? —preguntó una enfermera, recargada junto al garrafón de agua en el pasillo.

—Ahí sigue. Con ese corazón, nadie se anima. Ni nombre tiene la pobrecita.

Esa frase me congeló la sangre. Yo solo había ido al DIF de Guadalajara a pedir informes para un trámite de adopción. Quería hacer el papeleo correcto, pensando ingenuamente que la vida siempre respeta las reglas. Me llamo Mariana, tengo treinta y ocho años, un divorcio a cuestas, dos pérdidas que nunca supe nombrar, y una habitación en casa que se quedó vacía.

Me levanté de golpe.

—Perdón… ¿qué bebé? —pregunté, interrumpiendo su plática.

Una de ellas bajó la mirada, mientras la otra se acomodaba el gafete, viéndome como si hubiera roto una regla de oro.

—Señora, eso no le corresponde.

El silencio tenso que siguió me dio todas las respuestas que necesitaba. Más tarde, Beatriz, una trabajadora social, me soltó la realidad como si leyera un inventario de bodega. La bebé tenía seis meses y una cardiopatía congénita severa. Había sido abandonada al nacer. Legalmente no existía; solo le decían “la del cunero tres”.

Exigí verla, tragándome la rabia.

Caminé por pasillos desgastados que olían a cloro y cansancio, pasando junto a papás dormidos en sillas de plástico. Al entrar a cuidados neonatales, el sonido de los monitores me taladraba los oídos: Pip. Pip. Pip..

Y ahí estaba ella.

Era diminuta, con una sonda pegada a la mejilla y los puños apretados. Parecía estar peleando contra el mundo desde antes de aprender a llorar.

—No toque nada —me regañó una enfermera.

La bebé abrió sus enormes ojos negros, me miró fijo y me regaló una sonrisa temblorosa, mínima. Esa mueca débil fue suficiente para partirme el pecho en dos.

—Se llama Alma —susurré frente a la cuna.

Al día siguiente regresé temblando, cargando pañales y una cobijita amarilla que saqué de unos cajones llenos de vergüenza. La doctora me frenó en la puerta con una mirada de hielo.

—Antes de encariñarse, tiene que entender algo: esta bebé puede no sobrevivir.

Apreté la bolsa contra mi pecho, sintiendo que me faltaba el aire. Y de pronto, detrás de esa puerta blanca, escuché un llanto chiquito y desesperado

¿¡QUÉ IBA A PASAR SI SU CORAZÓN SE DETENÍA ESA MISMA NOCHE Y YO LA DEJABA SOLA!?

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