Parte 1:
Te aseguro que la sngre te herviría, güey. Así empezó todo en el bloque C de uno de los penales más peligrosos. El silencio fue total en el comedor. Nadie respiraba, porque todos sabían que cuando yo, el líder más temido y snguinario del patio, me levanto de mi mesa, alguien termina en la enfermería… o peor.
Yo soy un gigante de dos metros, lleno de t*tuajes hasta en los párpados. Fijé mi mirada en Don Héctor, un ruco de 70 años que ni siquiera debería estar ahí. El hombre apenas podía sostener su bandeja de comida porque estaba temblando. Mis manos sudaban frío, pero mi rostro no mostraba ninguna emoción.
Caminé directo hacia el abuelo, agarré su plato de sopa hirviendo y puré, y sin decir ni media palabra, ¡PUM!, se lo volteé todo en la cabeza al pobre Don Héctor.
¡No manches, la escena era desgarradora!. El abuelito cayó de rodillas, llorando, cubierto de comida asquerosa. Mientras tanto, los guardias crruptos solo se reían desde sus esquinas y los demás reos miraban con terror. Parecía el acto más cbarde, c*lero y cruel del mundo. Pobre vato, todos pensaron que ese era su fin.
La culpa me carcomía la garganta al escuchar sus sollozos, pero sabía que retroceder significaba firmar una sentencia definitiva.
¿¡POR QUÉ UN HOMBRE COMETERÍA UN ACTO TAN DESPIADADO CONTRA UN ANCIANO INOCENTE, SABIENDO QUE ESE PLATO ESCONDÍA UN SECRETO MORTAL!?
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