Parte 1:
El olor a plástico quemado y café hirviendo todavía me provoca náuseas. Recuerdo el sonido de los cortocircuitos estallando frente a mí, reduciendo a humo y chispas el trabajo que me había costado meses de madrugadas sin dormir.
Mi nombre es Nayeli. Siempre fui consciente de que no encajaba en el Instituto Bicentenario. Era un colegio de “niños bien”. Los pasillos estaban llenos de privilegios, autos de lujo y apellidos compuestos que parecían sacados de una revista. Yo, en cambio, era una joven afromexicana originaria de la Costa Chica. Llegué a ese mundo de cristal gracias a mi cerebro y a una beca del cien por ciento. Pero para ellos, mi piel muy oscura era motivo de miradas despectivas que se convirtieron en mi pan de cada día.
Esa mañana, el gimnasio estaba repleto por la Feria Nacional de Ciencias. Mientras mis compañeros exhibían proyectos construidos con piezas importadas carísimas, yo presentaba mi mayor orgullo: un dron de búsqueda y rescate guiado por un algoritmo de inteligencia artificial. Lo armé recolectando componentes electrónicos desechados, programando cada línea de código desde cero. Era mi boleto para cumplir mi sueño en la robótica.
Entonces llegó Sofía. Ella lideraba el grupo de las “fresas” del salón. Nunca perdían la oportunidad de hacerme comentarios racistas, llamándome “sombra” o diciéndome en la cara que mi lugar era limpiando los baños de la escuela, no estudiando física cuántica. Minutos antes de que los jueces pasaran a evaluar, ella y su grupito se pararon frente a mi stand.
—Ay, pobrecita, ¿en serio crees que este montón de basura va a ganar algo? —se burló Sofía, mirándome con un desprecio que me heló la sangre.
En un movimiento rápido, que ella hizo pasar por accidental, derramó su vaso entero de café hirviendo directo sobre la placa principal de mi dron. El plástico se derritió de inmediato. Las carcajadas resonaron como eco por todo el pasillo. Sentí que el mundo entero se me venía encima. Con el corazón roto y los ojos llenos de lágrimas de pura impotencia, estuve a punto de salir corriendo del gimnasio para esconderme. El director ya me miraba con desprecio, a punto de descalificarme por no tener un proyecto funcional.
Pero justo cuando creí que mi vida estaba destruida, las puertas del auditorio se abrieron de par en par.
¡NUNCA IMAGINÉ LO QUE ESTABA A PUNTO DE OCURRIR!
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