El crujido del hielo bajo mi pecho sonó como un disp*ro en medio de la sierra. El agua me estaba congelando los huesos, pero no podía soltarla. Sus garras raspaban la capa de hielo, resbalando una y otra vez en su intento de salir de la laguna helada.
Era pesada, enorme. Su vientre abultado por el embarazo la jalaba hacia el fondo. Respiraba con dificultad, ahogándose, lanzando ruidos entrecortados.
El agua me empapaba la chamarra, cortándome la piel como navajas. Agarré su espeso pelaje mojado con mis dedos entumecidos por el frío. Di un jalón más, cerrando los ojos, hasta que por fin logré sacarla al hielo firme.
Ambos nos quedamos tirados. Yo jadeaba, echado hacia atrás para recuperar el aliento. Ella ni siquiera podía levantarse, rendida a mi lado.
Y entonces, el viento se detuvo. Un silencio extraño cayó sobre nosotros.
Sentí un picor en la nuca. Alguien estaba detrás de mí.
Me giré despacio, con las rodillas temblando.
A unos metros, los vi. Varios lobos de la manada estaban ahí.
Inmóviles, en silencio, con los ojos fijos en mí. Lo habían visto todo, pero para ellos, yo era una amenaza que estaba tocando a su hembra debilitada.
El más grande dio un paso al frente. Luego otro.
No había salida. Estaba de rodillas en el hielo, desarmado, sin fuerzas.
Él se lanzó rápido, silencioso, como una sombra.
¿¡QUÉ HARÍAS SI EL ACTO MÁS NOBLE DE TU VIDA ESTUVIERA A PUNTO DE COSTARTE CADA GOTA DE S*NGRE Y NO HUBIERA FORMA DE ESCAPAR!?
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