Parte 1:
El golpe de la vara no tardó. Escuché el chasquido en el aire y luego el quejido ahogado de mi madre.
El mundo se me volvió rojo.
—¡No la toques, hijo de la ch*ngada! —grité. Mi voz tronó tan duro que varios trabajadores soltaron lo que llevaban en las manos.
Apenas el día anterior había firmado la venta de mi aplicación a una empresa tecnológica extranjera. El muchacho que de adolescente remendaba tenis con pegamento se había vuelto multimillonario. Había regresado a los cerros secos de Jalisco en un automóvil negro, con una promesa clavada en el alma: volver por mi madre.
Seis años pasaron desde que salí de ahí con una maleta rota. Mi madre, Doña Elena, a quien dejé sola tras la m*erte de mi padre. Pero no sentí que regresaba a mi pueblo, sentí que entraba de nuevo al infierno.
El calor de la terracería subía espeso y pegajoso. Al llegar a las ladrilleras, vi a hombres y mujeres tiznados cargando ladrillos ardientes, sudando s*ngre. En medio de todos, mi madre caminaba con una tabla sobre los hombros, cargando quince ladrillos hirviendo, tambaleándose.
El capataz de bigote grasoso le gritó que pagaría hasta el aire que respiraba. Ella tropezó y un ladrillo cayó a sus pies. Fue entonces cuando la golpeó.
Crucé la distancia en dos zancadas y le quité la tabla de encima. La abracé con delicadeza; estaba demasiado delgada, demasiado rota.
Le pregunté al capataz cuánto debía. Me respondió que quinientos veinte mil pesos. En menos de diez minutos pedí una transferencia a mi abogado y le mostré el comprobante bancario a todos.
—Mi madre se va conmigo —le dije.
El capataz tragó saliva y dijo que primero tenía que autorizarlo Don Eladio. Don Eladio era el cacique, dueño del agua, de media tierra del pueblo y hasta del miedo.
No pasaron ni veinte minutos cuando llegó en su camioneta. Era un hombre de casi setenta años, de cabello blanco peinado hacia atrás y una calma venenosa en la mirada.
—Vaya, vaya. Mira nomás quién volvió. El hijo brillante de Elena —dijo con una sonrisa.
Mi madre se tensó detrás de mí.
—No le hagas caso, mijo. Vámonos —murmuró ella
Pero el viejo levantó la mano.
—¿Nunca te preguntaste por qué tu madre prefirió romperse el lomo aquí antes que pedirte ayuda? —me dijo—. ¿Nunca te preguntaste de dónde salió el dinero para que estudiaras, o quién pagaba tus medicinas cuando te enfermaste de niño?.
¿QUÉ OSCURO SECRETO ME ESTABA OCULTANDO MI MADRE, Y POR QUÉ EL HOMBRE MÁS PELIGROSO DEL PUEBLO ME MIRABA COMO SI FUERA SUYO?
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