
PARTE 1
—Si te atreves a hacerle daño a Emilia, aunque sea con una mirada, lo nuestro se acaba en ese instante.
Diego me lo dijo con una seriedad tan ridícula que por poco me reí en su cara. Estábamos en la entrada de una cafetería cerca de Ciudad Universitaria, a unos pasos de donde me presentaría por primera vez a su famoso grupo: tres hombres y una mujer.
Yo asentí con una sonrisa dulce.
—Claro, Diego. Tus amigos son mis amigos.
Por dentro, sin embargo, algo se encendió. Porque cuando un hombre te advierte que otra mujer ocupa un lugar sagrado en su vida, no te está pidiendo respeto. Te está avisando que ya llegaste tarde a una batalla que nadie se atrevió a nombrar.
Mis amigas me habían dicho que estaba loca.
—Sara, eres preciosa, inteligente, tienes media facultad detrás de ti… ¿y vas a rebajarte por un tipo que le rinde homenaje a su “mejor amiga”?
Pero yo solo me acomodé el cabello y tomé a Diego del brazo.
Cuando entramos, la vi de inmediato.
Emilia estaba sentada justo en medio de la mesa, con un vestido blanco, el cabello castaño cayéndole sobre los hombros y una sonrisa de niña buena. A su lado estaban Mateo, alto, moreno, con brazos de gimnasio, y Sebastián, delgado, con lentes y mirada seria. Los dos parecían guardias de palacio.
—¡Tú debes ser Sara! —dijo Emilia, levantándose para tomarme ambas manos—. Qué bonita eres. Diego no exageró.
Su voz era suave, cálida, casi demasiado perfecta.
Mateo apenas me saludó con un gesto. Sebastián me dio la mano con una sonrisa falsa. Diego, en cambio, miraba a Emilia como si acabara de encontrar agua en el desierto.
—Emilia es como nuestra hermanita —me explicó—. Todos la cuidamos.
—Qué lindo —respondí—. Ahora entiendo por qué la quieren tanto.
Ella sonrió, pero por un segundo noté que sus ojos se endurecieron.
La comida llegó poco después. Diego le puso su chamarra sobre los hombros.
—Hace frío. No quiero que te enfermes.
Emilia se llevó una mano al pecho, fingiendo preocupación.
—Ay, Diego, no vayas a hacer que Sara se ponga celosa.
La mesa quedó en silencio.
Yo bajé la mirada, sonriendo.
—¿Celosa? Para nada. Me parece tierno que la cuiden tanto.
Los tres hombres respiraron tranquilos. Emilia no.
Unos minutos después, mientras todos hablaban, ella soltó un pequeño grito. Un poco de caldo tibio se había derramado sobre su vestido blanco. Antes de que yo pudiera moverme, Diego me empujó tan fuerte que caí al piso.
—¡Sara! —gritó—. ¿Qué te pasa?
Mateo se levantó furioso.
—Lo sabía. Todas llegan fingiendo ser buenas y luego atacan a Emilia.
Sebastián ajustó sus lentes.
—Nosotros prometimos protegerla. Nadie le hace daño.
Yo los miré desde el suelo. Emilia, entre lágrimas falsas, se aferraba al brazo de Mateo. Pero cuando nadie la vio, me dedicó una sonrisa mínima, venenosa.
Cualquier otra se habría ido.
Yo no.
Mis ojos se llenaron de lágrimas al instante.
—Perdón, Emilia —dije con la voz temblorosa—. No te vi. De verdad quiero llevarme bien contigo. Amo a Diego y no quiero problemas.
La sonrisa de Emilia se congeló.
—No fue su culpa —dijo al fin, obligada—. Déjenla.
Diego me ayudó a levantarme, incómodo, culpable.
Pero antes de que pudiera disculparse, Emilia habló otra vez.
—Vamos a la alberca. Diego prometió enseñarme a nadar.
Y como si yo no existiera, los tres se levantaron.
En la alberca, Emilia se pegó a Diego desde el primer segundo. Chillaba cada vez que el agua le tocaba la cintura y se colgaba de su cuello como si estuviera en medio del mar.
Yo salí del vestidor con mi traje de baño negro. No era provocativo, pero sí suficiente para que varios chicos voltearan.
Diego se quedó mirándome.
—Diego —dije con calma—, yo tampoco sé nadar. ¿Me enseñas?
Emilia le apretó el brazo.
—Lo siento, Sara. Hoy me toca a mí.
Diego dudó.
—Luego te enseño, ¿sí?
Sonreí.
—Claro.
Entonces un muchacho desconocido se acercó.
—Si él está ocupado, yo te enseño.
Diego se puso rojo.
—Es mi novia. Aléjate.
El chico se burló.
—Pues cuídala tú, porque pareces bastante ocupado con tu “hermanita”.
El comentario cayó como piedra.
Yo bajé la mirada, fingiendo incomodidad.
—No pasa nada. Quizá Mateo o Sebastián puedan enseñarme. Son tus amigos, Diego. Ellos no se aprovecharían de mí, ¿verdad?
Mateo torció la boca.
—¿Aprovecharme de ti? Ni que fueras una diosa.
—Perfecto —respondí—. Entonces ayúdenme.
A regañadientes, Mateo me sostuvo por la cintura mientras Sebastián me indicaba cómo mover las piernas. Desde el otro lado de la alberca, Emilia ya no sonreía.
De pronto fingí un calambre.
—Me duele —susurré, agarrándome de Mateo.
Él se quedó rígido. Sebastián se acercó preocupado.
—¿Dónde?
—La pierna.
Sebastián empezó a masajearme la pantorrilla bajo el agua. Mateo me sostenía todavía.
—¡Mateo! —chilló Emilia.
Él se asustó y me soltó de golpe.
Me hundí.
Tragué agua. Por reflejo, me aferré a Sebastián. Él intentó sostenerme, pero nuestros rostros chocaron y mis labios rozaron los suyos.
Cuando salí tosiendo, Emilia ya estaba frente a mí, furiosa.
—¿No te da vergüenza? Eres novia de Diego y te estás pegando a sus amigos delante de todos.
Abrí la boca para responder, pero Sebastián habló primero.
—No fue así.
Mateo apretó la mandíbula.
—Sara se estaba ahogando. Basta de inventar cosas, Emilia.
El silencio fue brutal.
Por primera vez, sus guardianes no la defendieron.
Y la princesa del grupo se quedó sola, mirándonos como si no pudiera creer lo que estaba a punto de perder…
PARTE 2
Emilia palideció. No mucho, apenas lo suficiente para que yo supiera que el golpe había dado donde debía.
—¿Están defendiendo a Sara? —preguntó Diego, confundido.
Sebastián no apartó la mirada.
—Estoy defendiendo la verdad.
Mateo se pasó una mano por el cabello mojado.
—Ya estuvo bueno de hacer teatro.
Emilia parpadeó rápido. Su carita de víctima intentó regresar, pero ya no tenía el mismo poder. Caminó hacia Diego, esperando que él la abrazara como siempre, pero él se quedó quieto. Me miraba a mí, luego a ella, como si por primera vez las piezas no encajaran.
Yo me envolví en una toalla y me senté en una banca.
Sebastián se acercó con una botella de agua.
—¿Estás bien?
—Gracias por decir la verdad —respondí.
Él bajó la voz.
—Nadie debería dejarte sola cuando todos te están atacando.
Había algo distinto en él. No era galantería ni culpa. Era decencia. Y eso, después de Diego, casi parecía lujo.
Emilia se acercó, todavía temblando de rabia.
—Sara, ¿podemos hablar a solas?
La miré sin sonreír.
—¿Para qué? ¿Para que nadie vea tu siguiente actuación?
Su rostro se tensó. Mateo soltó una risa seca. Diego tragó saliva.
Esa noche no le contesté a Diego ningún mensaje.
Al día siguiente, el campus amaneció raro. En la facultad, los murmullos corrían más rápido que los estudiantes. Emilia estaba en primera fila, impecable, con una blusa blanca y el cabello perfectamente peinado. Pero sus manos se retorcían sobre el cuaderno.
Diego se sentó dos filas atrás.
No a su lado.
Mateo llegó tarde y se sentó cerca de la puerta. Sebastián entró después, con el celular en la mano y una expresión decidida.
El profesor apenas empezó la clase cuando Emilia levantó la mano.
—Disculpe, profesor… ¿puedo salir? No me siento bien.
Lo dijo mirando a Mateo, esperando que se levantara.
Nadie se movió.
Emilia salió sola.
Cinco minutos después regresó con los ojos brillantes, apoyándose en el escritorio como si fuera a desmayarse.
—Perdón —susurró—. Todo esto me supera.
Mateo se puso de pie.
—Emilia, basta.
Ella lo miró, incrédula.
—¿Qué?
—Me escribiste hace rato. Me pediste que fingiera preocuparme y saliera detrás de ti para que todos vieran que todavía te necesitamos.
El salón quedó mudo.
Emilia negó con la cabeza.
—Eso no es cierto.
Sebastián levantó su celular.
—Sí lo es.
Y leyó el mensaje en voz alta.
Cada palabra fue una piedra. Cada frase le arrancó una capa a la imagen perfecta de Emilia. Cuando terminó, ella me miró con odio disfrazado de súplica.
—Sara, diles algo.
Me levanté despacio.
—No tengo nada que decir. Siempre fuiste tú quien hablaba por todos.
El profesor intentó recuperar el control, pero ya era tarde. Emilia salió corriendo. Esta vez nadie la siguió.
Diego me alcanzó en las escaleras.
—Sara, espera.
Me detuve.
—¿Qué quieres?
—Hablar. Explicarte.
—No necesitas explicarme nada. Necesitas explicártelo a ti.
Se quedó callado.
—Yo solo quería proteger a Emilia —dijo al fin—. Ella siempre ha sido frágil.
—No es frágil, Diego. Es cómoda.
Frunció el ceño.
—No digas eso.
—Ayer me empujaste al piso sin preguntar. Hoy, cuando ella volvió a actuar, dudaste antes de creerme. ¿Sabes qué significa eso?
No respondió.
—Que nunca me elegiste.
Su rostro se quebró.
—Yo te amo.
Lo miré con calma. Ya no estaba enojada. Eso era lo peor.
—No. Tú amas sentirte necesario.
Me quité el anillo sencillo que me había dado al inicio del semestre y lo puse en su mano.
—No voy a competir por un lugar que nunca fue mío.
Diego cerró los dedos alrededor del anillo. No intentó detenerme.
En la explanada, Sebastián estaba sentado en una banca con un libro abierto. Al verme, lo cerró.
—¿Todo bien?
Me senté a su lado.
—Terminé con Diego.
No sonrió. No celebró.
—Si necesitas silencio, puedo quedarme sin hablar.
Esa frase me hizo más daño que cualquier disculpa de Diego. Porque era simple. Porque era sincera. Porque nadie me había ofrecido silencio sin cobrarme obediencia.
Nos quedamos ahí hasta que el sol empezó a caer.
Esa noche recibí dos mensajes.
Uno de Mateo:
“Necesito hablar contigo. Me equivoqué.”
Y otro de Emilia:
“No me vas a destruir tan fácil.”
Sonreí sin ganas.
La guerra no había terminado.
A la mañana siguiente, en el comedor, Sebastián me esperaba junto a la ventana con dos cafés. Uno sin azúcar.
—Recordé cómo te gusta —dijo.
Antes de que pudiera responder, el ambiente cambió.
Emilia entró acompañada de dos chicas que no conocía. Venían vestidas parecido a ella, como si hubiera formado una nueva corte. Se detuvo frente a nuestra mesa con una sonrisa demasiado blanca.
—Buenos días, Sara. Veo que no pierdes el tiempo.
Sebastián dejó el café.
—Emilia, no empieces.
Ella lo ignoró.
—Hay rumores. Dicen que estás jugando con todos: Diego, Mateo, Sebastián… Qué curioso, ¿no?
Saqué mi celular.
—¿Rumores o capturas falsas?
Su sonrisa titubeó.
Yo abrí la conversación que Mateo me había enviado esa madrugada. En ella, Emilia le pedía ayuda para “hacer que Sara quedara como una cualquiera”. Le prometía que, si la apoyaba, todo volvería a ser como antes.
Sebastián leyó en silencio. Luego miró a Emilia.
—¿También querías usarlo a él?
El comedor entero parecía contener la respiración.
Emilia dejó de fingir.
—¿Y tú crees que ella te quiere? —escupió—. Sara solo vino a quitármelo todo.
Me levanté.
—No, Emilia. Yo no te quité nada. Solo dejé que todos vieran lo que tú hacías cuando nadie se atrevía a contradecirte.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero esta vez no supe si eran falsas.
—¿Qué quieres de mí?
Me incliné apenas hacia ella.
—Que dejes de llamar bondad a tu necesidad de controlar a todos.
Emilia se quedó inmóvil.
Por primera vez no tuvo respuesta.
Y cuando salí del comedor junto a Sebastián, escuché detrás de mí el sonido de una silla arrastrándose con violencia. No miré atrás, pero supe que algo se había roto.
El trono de Emilia acababa de caer… y todavía faltaba la verdad que nadie se atrevía a decir.
PARTE 3
Encontré a Emilia esa tarde en el jardín trasero de la facultad, sentada en una banca de piedra, sola. No llevaba maquillaje. Su vestido ya no parecía de princesa, sino de alguien que había pasado horas intentando no llorar.
No la estaba buscando. O tal vez sí.
—No vine a pelear —dije.
Ella no levantó la cabeza.
—Entonces, ¿para qué viniste?
Me senté en el extremo de la banca.
—No lo sé.
Durante un rato ninguna habló. El campus seguía moviéndose a lo lejos, pero ahí, entre los árboles, todo parecía suspendido.
—Todos me odian —murmuró.
—No. Solo dejaron de obedecerte. No es lo mismo.
Ella soltó una risa amarga.
—Para mí se siente igual.
La miré. Por primera vez no vi a la rival. Vi a una muchacha asustada, acostumbrada a sobrevivir siendo el centro de todo.
—¿Sabes qué pasa cuando creces creyendo que si no eres especial nadie se queda? —preguntó—. Empiezas a cuidar tu lugar como si fuera lo único que tienes.
—Y en el camino lastimas a todos.
Asintió lentamente.
—Sí.
No me pidió perdón. Quizá todavía no sabía cómo. Pero al menos dejó de mentir.
—No sé quién soy cuando nadie me admira —confesó.
Esa frase no me dio satisfacción. Me dio tristeza.
—Entonces averígualo —dije—. Pero sin escudos. Sin caballeros. Sin hacer sentir culpables a los demás por no girar alrededor de ti.
Emilia cerró los ojos.
—¿Crees que es tarde?
Me levanté.
—No. Pero la próxima vez que alguien te quiera, procura que sea por algo real.
Esa noche salí con Sebastián a un pequeño café de jazz en la colonia Roma. Llegó puntual, con camisa azul clara, jeans oscuros y los lentes un poco torcidos. No intentó verse perfecto. Eso me gustó.
Nos sentamos junto a la ventana. La música era suave, como si el lugar respirara lento.
—Quiero conocerte —dijo—. Sin Diego, sin Emilia, sin todo ese desastre.
—¿Y qué quieres saber?
Pensó un momento.
—Si alguna vez bajas la guardia.
Me tomó por sorpresa.
—A veces.
—¿Ahora?
Lo miré. No había presión en sus ojos. Solo paciencia.
—Ahora un poco.
Sonrió.
No hubo grandes promesas. No hubo frases de película. Solo dos personas hablando sin máscaras.
Cuando me acompañó a la residencia, no intentó besarme.
—Gracias por dejarme verte de verdad —dijo.
Y se fue.
Al día siguiente hablé con Mateo afuera del gimnasio. Estaba apoyado contra una columna, con la mandíbula apretada.
—Me usó —dijo sin rodeos—. Pero yo la dejé. Porque era más fácil seguirla que pensar por mí mismo.
—Eso también es una elección.
—Lo sé.
Se veía avergonzado. No buscaba que yo lo consolara. Solo quería decirlo en voz alta.
—Le dije que ya no contara conmigo.
—¿Qué respondió?
—Que sin mí iba a quedarse sola.
—¿Y tú?
—Le dije que eso no era culpa mía.
Por primera vez, Mateo me pareció más humano que intimidante.
—Te juzgué mal, Sara.
—Casi todos lo hicieron.
—Sebastián no.
Sonreí apenas.
—Sebastián mira distinto.
Nos despedimos sin abrazos ni promesas. Solo con una honestidad nueva, incómoda, necesaria.
Dos días después encontré a Emilia en un salón vacío. Estaba junto a la ventana, con un cuaderno abierto.
—¿Alguna vez quisiste ser como yo? —preguntó sin mirarme.
—Nunca. Pero sí quise destruirte.
Ella respiró hondo.
—Lo lograste.
Me giré hacia ella.
—No. Si todavía puedes decir la verdad, no estás destruida.
La puerta se abrió entonces.
Diego entró.
Nos miró a las dos, pero sus ojos se quedaron en Emilia.
—¿Podemos hablar?
Ella asintió. Yo iba a salir, pero Emilia levantó la mano.
—Quédate.
Diego tragó saliva.
—Todo esto se salió de control.
—No —respondió Emilia—. Solo dejó de estar escondido.
Él bajó la mirada.
—Yo permití muchas cosas. Me gustaba sentir que me necesitabas.
—Y yo te amarré con eso —dijo ella—. Porque tenía miedo de que, si no me cuidabas, te fueras.
Durante años, tal vez ninguno de ellos había dicho algo tan verdadero.
—Entonces esto es un adiós —murmuró Emilia.
Diego asintió.
—Es dejar de fingir que éramos algo sano.
No se abrazaron. No lloraron como en una novela. Solo se miraron con el cansancio de dos personas que al fin entendían cuánto daño se habían hecho por miedo a estar solas.
Antes de irse, Diego me miró.
—Sara, perdón.
—Te perdono —dije—. Pero ya no espero nada de ti.
Él aceptó esa frase como quien recibe una sentencia justa y salió del salón.
Emilia se quedó mirando la puerta.
—No ganaste —dijo.
—Tú tampoco.
—Pero ya no estamos mintiendo.
Eso era lo más parecido a una paz.
Las semanas siguientes fueron extrañas. El grupo dejó de existir como antes. Mateo cambió de horarios. Diego se volvió más silencioso. Emilia dejó de sentarse en el centro de todas las mesas. A veces la veía sola, a veces con otras chicas, pero ya no caminaba como si el mundo le debiera atención.
Yo dejé de actuar.
Mis amigas, aquellas que me habían advertido desde el principio, no dijeron “te lo dijimos”. Solo me hicieron espacio en el sillón y me pasaron una taza de café como si esa fuera su manera de abrazarme.
Una tarde, Sebastián apareció en las escaleras del edificio central con dos vasos.
—Sin azúcar —dijo, entregándome uno.
—¿Desde cuándo recuerdas eso?
—Desde que dejaste de fingir que te gustaba el té.
Me reí.
Nos sentamos juntos mientras el sol bajaba sobre el campus.
—¿Qué hacemos con este nuevo inicio? —preguntó.
Tomé su mano.
—Solo una regla: si algo duele, lo decimos. Nada de silencios que se pudren por dentro.
Sebastián asintió.
—Lento.
—Y honesto.
Nos besamos ahí, sin ceremonia, sin público, sin drama. Fue un beso tranquilo, cálido, real.
A lo lejos vi pasar a Emilia. Me miró. Yo también la miré. No había odio. No había triunfo. Solo una aceptación silenciosa.
Tal vez ninguna de las dos había sido la villana.
Tal vez solo éramos dos mujeres cansadas de ser invisibles.
Pero yo, por fin, ya no estaba jugando para ganar un lugar en la vida de alguien más.
Ahora estaba aprendiendo a quedarme donde no tuviera que competir para ser elegida.
PARTE 1
—Si te atreves a hacerle daño a Emilia, aunque sea con una mirada, lo nuestro se acaba en ese instante.
Diego me lo dijo con una seriedad tan ridícula que por poco me reí en su cara. Estábamos en la entrada de una cafetería cerca de Ciudad Universitaria, a unos pasos de donde me presentaría por primera vez a su famoso grupo: tres hombres y una mujer.
Yo asentí con una sonrisa dulce.
—Claro, Diego. Tus amigos son mis amigos.
Por dentro, sin embargo, algo se encendió. Porque cuando un hombre te advierte que otra mujer ocupa un lugar sagrado en su vida, no te está pidiendo respeto. Te está avisando que ya llegaste tarde a una batalla que nadie se atrevió a nombrar.
Mis amigas me habían dicho que estaba loca.
—Sara, eres preciosa, inteligente, tienes media facultad detrás de ti… ¿y vas a rebajarte por un tipo que le rinde homenaje a su “mejor amiga”?
Pero yo solo me acomodé el cabello y tomé a Diego del brazo.
Cuando entramos, la vi de inmediato.
Emilia estaba sentada justo en medio de la mesa, con un vestido blanco, el cabello castaño cayéndole sobre los hombros y una sonrisa de niña buena. A su lado estaban Mateo, alto, moreno, con brazos de gimnasio, y Sebastián, delgado, con lentes y mirada seria. Los dos parecían guardias de palacio.
—¡Tú debes ser Sara! —dijo Emilia, levantándose para tomarme ambas manos—. Qué bonita eres. Diego no exageró.
Su voz era suave, cálida, casi demasiado perfecta.
Mateo apenas me saludó con un gesto. Sebastián me dio la mano con una sonrisa falsa. Diego, en cambio, miraba a Emilia como si acabara de encontrar agua en el desierto.
—Emilia es como nuestra hermanita —me explicó—. Todos la cuidamos.
—Qué lindo —respondí—. Ahora entiendo por qué la quieren tanto.
Ella sonrió, pero por un segundo noté que sus ojos se endurecieron.
La comida llegó poco después. Diego le puso su chamarra sobre los hombros.
—Hace frío. No quiero que te enfermes.
Emilia se llevó una mano al pecho, fingiendo preocupación.
—Ay, Diego, no vayas a hacer que Sara se ponga celosa.
La mesa quedó en silencio.
Yo bajé la mirada, sonriendo.
—¿Celosa? Para nada. Me parece tierno que la cuiden tanto.
Los tres hombres respiraron tranquilos. Emilia no.
Unos minutos después, mientras todos hablaban, ella soltó un pequeño grito. Un poco de caldo tibio se había derramado sobre su vestido blanco. Antes de que yo pudiera moverme, Diego me empujó tan fuerte que caí al piso.
—¡Sara! —gritó—. ¿Qué te pasa?
Mateo se levantó furioso.
—Lo sabía. Todas llegan fingiendo ser buenas y luego atacan a Emilia.
Sebastián ajustó sus lentes.
—Nosotros prometimos protegerla. Nadie le hace daño.
Yo los miré desde el suelo. Emilia, entre lágrimas falsas, se aferraba al brazo de Mateo. Pero cuando nadie la vio, me dedicó una sonrisa mínima, venenosa.
Cualquier otra se habría ido.
Yo no.
Mis ojos se llenaron de lágrimas al instante.
—Perdón, Emilia —dije con la voz temblorosa—. No te vi. De verdad quiero llevarme bien contigo. Amo a Diego y no quiero problemas.
La sonrisa de Emilia se congeló.
—No fue su culpa —dijo al fin, obligada—. Déjenla.
Diego me ayudó a levantarme, incómodo, culpable.
Pero antes de que pudiera disculparse, Emilia habló otra vez.
—Vamos a la alberca. Diego prometió enseñarme a nadar.
Y como si yo no existiera, los tres se levantaron.
En la alberca, Emilia se pegó a Diego desde el primer segundo. Chillaba cada vez que el agua le tocaba la cintura y se colgaba de su cuello como si estuviera en medio del mar.
Yo salí del vestidor con mi traje de baño negro. No era provocativo, pero sí suficiente para que varios chicos voltearan.
Diego se quedó mirándome.
—Diego —dije con calma—, yo tampoco sé nadar. ¿Me enseñas?
Emilia le apretó el brazo.
—Lo siento, Sara. Hoy me toca a mí.
Diego dudó.
—Luego te enseño, ¿sí?
Sonreí.
—Claro.
Entonces un muchacho desconocido se acercó.
—Si él está ocupado, yo te enseño.
Diego se puso rojo.
—Es mi novia. Aléjate.
El chico se burló.
—Pues cuídala tú, porque pareces bastante ocupado con tu “hermanita”.
El comentario cayó como piedra.
Yo bajé la mirada, fingiendo incomodidad.
—No pasa nada. Quizá Mateo o Sebastián puedan enseñarme. Son tus amigos, Diego. Ellos no se aprovecharían de mí, ¿verdad?
Mateo torció la boca.
—¿Aprovecharme de ti? Ni que fueras una diosa.
—Perfecto —respondí—. Entonces ayúdenme.
A regañadientes, Mateo me sostuvo por la cintura mientras Sebastián me indicaba cómo mover las piernas. Desde el otro lado de la alberca, Emilia ya no sonreía.
De pronto fingí un calambre.
—Me duele —susurré, agarrándome de Mateo.
Él se quedó rígido. Sebastián se acercó preocupado.
—¿Dónde?
—La pierna.
Sebastián empezó a masajearme la pantorrilla bajo el agua. Mateo me sostenía todavía.
—¡Mateo! —chilló Emilia.
Él se asustó y me soltó de golpe.
Me hundí.
Tragué agua. Por reflejo, me aferré a Sebastián. Él intentó sostenerme, pero nuestros rostros chocaron y mis labios rozaron los suyos.
Cuando salí tosiendo, Emilia ya estaba frente a mí, furiosa.
—¿No te da vergüenza? Eres novia de Diego y te estás pegando a sus amigos delante de todos.
Abrí la boca para responder, pero Sebastián habló primero.
—No fue así.
Mateo apretó la mandíbula.
—Sara se estaba ahogando. Basta de inventar cosas, Emilia.
El silencio fue brutal.
Por primera vez, sus guardianes no la defendieron.
Y la princesa del grupo se quedó sola, mirándonos como si no pudiera creer lo que estaba a punto de perder…
PARTE 2
Emilia palideció. No mucho, apenas lo suficiente para que yo supiera que el golpe había dado donde debía.
—¿Están defendiendo a Sara? —preguntó Diego, confundido.
Sebastián no apartó la mirada.
—Estoy defendiendo la verdad.
Mateo se pasó una mano por el cabello mojado.
—Ya estuvo bueno de hacer teatro.
Emilia parpadeó rápido. Su carita de víctima intentó regresar, pero ya no tenía el mismo poder. Caminó hacia Diego, esperando que él la abrazara como siempre, pero él se quedó quieto. Me miraba a mí, luego a ella, como si por primera vez las piezas no encajaran.
Yo me envolví en una toalla y me senté en una banca.
Sebastián se acercó con una botella de agua.
—¿Estás bien?
—Gracias por decir la verdad —respondí.
Él bajó la voz.
—Nadie debería dejarte sola cuando todos te están atacando.
Había algo distinto en él. No era galantería ni culpa. Era decencia. Y eso, después de Diego, casi parecía lujo.
Emilia se acercó, todavía temblando de rabia.
—Sara, ¿podemos hablar a solas?
La miré sin sonreír.
—¿Para qué? ¿Para que nadie vea tu siguiente actuación?
Su rostro se tensó. Mateo soltó una risa seca. Diego tragó saliva.
Esa noche no le contesté a Diego ningún mensaje.
Al día siguiente, el campus amaneció raro. En la facultad, los murmullos corrían más rápido que los estudiantes. Emilia estaba en primera fila, impecable, con una blusa blanca y el cabello perfectamente peinado. Pero sus manos se retorcían sobre el cuaderno.
Diego se sentó dos filas atrás.
No a su lado.
Mateo llegó tarde y se sentó cerca de la puerta. Sebastián entró después, con el celular en la mano y una expresión decidida.
El profesor apenas empezó la clase cuando Emilia levantó la mano.
—Disculpe, profesor… ¿puedo salir? No me siento bien.
Lo dijo mirando a Mateo, esperando que se levantara.
Nadie se movió.
Emilia salió sola.
Cinco minutos después regresó con los ojos brillantes, apoyándose en el escritorio como si fuera a desmayarse.
—Perdón —susurró—. Todo esto me supera.
Mateo se puso de pie.
—Emilia, basta.
Ella lo miró, incrédula.
—¿Qué?
—Me escribiste hace rato. Me pediste que fingiera preocuparme y saliera detrás de ti para que todos vieran que todavía te necesitamos.
El salón quedó mudo.
Emilia negó con la cabeza.
—Eso no es cierto.
Sebastián levantó su celular.
—Sí lo es.
Y leyó el mensaje en voz alta.
Cada palabra fue una piedra. Cada frase le arrancó una capa a la imagen perfecta de Emilia. Cuando terminó, ella me miró con odio disfrazado de súplica.
—Sara, diles algo.
Me levanté despacio.
—No tengo nada que decir. Siempre fuiste tú quien hablaba por todos.
El profesor intentó recuperar el control, pero ya era tarde. Emilia salió corriendo. Esta vez nadie la siguió.
Diego me alcanzó en las escaleras.
—Sara, espera.
Me detuve.
—¿Qué quieres?
—Hablar. Explicarte.
—No necesitas explicarme nada. Necesitas explicártelo a ti.
Se quedó callado.
—Yo solo quería proteger a Emilia —dijo al fin—. Ella siempre ha sido frágil.
—No es frágil, Diego. Es cómoda.
Frunció el ceño.
—No digas eso.
—Ayer me empujaste al piso sin preguntar. Hoy, cuando ella volvió a actuar, dudaste antes de creerme. ¿Sabes qué significa eso?
No respondió.
—Que nunca me elegiste.
Su rostro se quebró.
—Yo te amo.
Lo miré con calma. Ya no estaba enojada. Eso era lo peor.
—No. Tú amas sentirte necesario.
Me quité el anillo sencillo que me había dado al inicio del semestre y lo puse en su mano.
—No voy a competir por un lugar que nunca fue mío.
Diego cerró los dedos alrededor del anillo. No intentó detenerme.
En la explanada, Sebastián estaba sentado en una banca con un libro abierto. Al verme, lo cerró.
—¿Todo bien?
Me senté a su lado.
—Terminé con Diego.
No sonrió. No celebró.
—Si necesitas silencio, puedo quedarme sin hablar.
Esa frase me hizo más daño que cualquier disculpa de Diego. Porque era simple. Porque era sincera. Porque nadie me había ofrecido silencio sin cobrarme obediencia.
Nos quedamos ahí hasta que el sol empezó a caer.
Esa noche recibí dos mensajes.
Uno de Mateo:
“Necesito hablar contigo. Me equivoqué.”
Y otro de Emilia:
“No me vas a destruir tan fácil.”
Sonreí sin ganas.
La guerra no había terminado.
A la mañana siguiente, en el comedor, Sebastián me esperaba junto a la ventana con dos cafés. Uno sin azúcar.
—Recordé cómo te gusta —dijo.
Antes de que pudiera responder, el ambiente cambió.
Emilia entró acompañada de dos chicas que no conocía. Venían vestidas parecido a ella, como si hubiera formado una nueva corte. Se detuvo frente a nuestra mesa con una sonrisa demasiado blanca.
—Buenos días, Sara. Veo que no pierdes el tiempo.
Sebastián dejó el café.
—Emilia, no empieces.
Ella lo ignoró.
—Hay rumores. Dicen que estás jugando con todos: Diego, Mateo, Sebastián… Qué curioso, ¿no?
Saqué mi celular.
—¿Rumores o capturas falsas?
Su sonrisa titubeó.
Yo abrí la conversación que Mateo me había enviado esa madrugada. En ella, Emilia le pedía ayuda para “hacer que Sara quedara como una cualquiera”. Le prometía que, si la apoyaba, todo volvería a ser como antes.
Sebastián leyó en silencio. Luego miró a Emilia.
—¿También querías usarlo a él?
El comedor entero parecía contener la respiración.
Emilia dejó de fingir.
—¿Y tú crees que ella te quiere? —escupió—. Sara solo vino a quitármelo todo.
Me levanté.
—No, Emilia. Yo no te quité nada. Solo dejé que todos vieran lo que tú hacías cuando nadie se atrevía a contradecirte.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero esta vez no supe si eran falsas.
—¿Qué quieres de mí?
Me incliné apenas hacia ella.
—Que dejes de llamar bondad a tu necesidad de controlar a todos.
Emilia se quedó inmóvil.
Por primera vez no tuvo respuesta.
Y cuando salí del comedor junto a Sebastián, escuché detrás de mí el sonido de una silla arrastrándose con violencia. No miré atrás, pero supe que algo se había roto.
El trono de Emilia acababa de caer… y todavía faltaba la verdad que nadie se atrevía a decir.
PARTE 3
Encontré a Emilia esa tarde en el jardín trasero de la facultad, sentada en una banca de piedra, sola. No llevaba maquillaje. Su vestido ya no parecía de princesa, sino de alguien que había pasado horas intentando no llorar.
No la estaba buscando. O tal vez sí.
—No vine a pelear —dije.
Ella no levantó la cabeza.
—Entonces, ¿para qué viniste?
Me senté en el extremo de la banca.
—No lo sé.
Durante un rato ninguna habló. El campus seguía moviéndose a lo lejos, pero ahí, entre los árboles, todo parecía suspendido.
—Todos me odian —murmuró.
—No. Solo dejaron de obedecerte. No es lo mismo.
Ella soltó una risa amarga.
—Para mí se siente igual.
La miré. Por primera vez no vi a la rival. Vi a una muchacha asustada, acostumbrada a sobrevivir siendo el centro de todo.
—¿Sabes qué pasa cuando creces creyendo que si no eres especial nadie se queda? —preguntó—. Empiezas a cuidar tu lugar como si fuera lo único que tienes.
—Y en el camino lastimas a todos.
Asintió lentamente.
—Sí.
No me pidió perdón. Quizá todavía no sabía cómo. Pero al menos dejó de mentir.
—No sé quién soy cuando nadie me admira —confesó.
Esa frase no me dio satisfacción. Me dio tristeza.
—Entonces averígualo —dije—. Pero sin escudos. Sin caballeros. Sin hacer sentir culpables a los demás por no girar alrededor de ti.
Emilia cerró los ojos.
—¿Crees que es tarde?
Me levanté.
—No. Pero la próxima vez que alguien te quiera, procura que sea por algo real.
Esa noche salí con Sebastián a un pequeño café de jazz en la colonia Roma. Llegó puntual, con camisa azul clara, jeans oscuros y los lentes un poco torcidos. No intentó verse perfecto. Eso me gustó.
Nos sentamos junto a la ventana. La música era suave, como si el lugar respirara lento.
—Quiero conocerte —dijo—. Sin Diego, sin Emilia, sin todo ese desastre.
—¿Y qué quieres saber?
Pensó un momento.
—Si alguna vez bajas la guardia.
Me tomó por sorpresa.
—A veces.
—¿Ahora?
Lo miré. No había presión en sus ojos. Solo paciencia.
—Ahora un poco.
Sonrió.
No hubo grandes promesas. No hubo frases de película. Solo dos personas hablando sin máscaras.
Cuando me acompañó a la residencia, no intentó besarme.
—Gracias por dejarme verte de verdad —dijo.
Y se fue.
Al día siguiente hablé con Mateo afuera del gimnasio. Estaba apoyado contra una columna, con la mandíbula apretada.
—Me usó —dijo sin rodeos—. Pero yo la dejé. Porque era más fácil seguirla que pensar por mí mismo.
—Eso también es una elección.
—Lo sé.
Se veía avergonzado. No buscaba que yo lo consolara. Solo quería decirlo en voz alta.
—Le dije que ya no contara conmigo.
—¿Qué respondió?
—Que sin mí iba a quedarse sola.
—¿Y tú?
—Le dije que eso no era culpa mía.
Por primera vez, Mateo me pareció más humano que intimidante.
—Te juzgué mal, Sara.
—Casi todos lo hicieron.
—Sebastián no.
Sonreí apenas.
—Sebastián mira distinto.
Nos despedimos sin abrazos ni promesas. Solo con una honestidad nueva, incómoda, necesaria.
Dos días después encontré a Emilia en un salón vacío. Estaba junto a la ventana, con un cuaderno abierto.
—¿Alguna vez quisiste ser como yo? —preguntó sin mirarme.
—Nunca. Pero sí quise destruirte.
Ella respiró hondo.
—Lo lograste.
Me giré hacia ella.
—No. Si todavía puedes decir la verdad, no estás destruida.
La puerta se abrió entonces.
Diego entró.
Nos miró a las dos, pero sus ojos se quedaron en Emilia.
—¿Podemos hablar?
Ella asintió. Yo iba a salir, pero Emilia levantó la mano.
—Quédate.
Diego tragó saliva.
—Todo esto se salió de control.
—No —respondió Emilia—. Solo dejó de estar escondido.
Él bajó la mirada.
—Yo permití muchas cosas. Me gustaba sentir que me necesitabas.
—Y yo te amarré con eso —dijo ella—. Porque tenía miedo de que, si no me cuidabas, te fueras.
Durante años, tal vez ninguno de ellos había dicho algo tan verdadero.
—Entonces esto es un adiós —murmuró Emilia.
Diego asintió.
—Es dejar de fingir que éramos algo sano.
No se abrazaron. No lloraron como en una novela. Solo se miraron con el cansancio de dos personas que al fin entendían cuánto daño se habían hecho por miedo a estar solas.
Antes de irse, Diego me miró.
—Sara, perdón.
—Te perdono —dije—. Pero ya no espero nada de ti.
Él aceptó esa frase como quien recibe una sentencia justa y salió del salón.
Emilia se quedó mirando la puerta.
—No ganaste —dijo.
—Tú tampoco.
—Pero ya no estamos mintiendo.
Eso era lo más parecido a una paz.
Las semanas siguientes fueron extrañas. El grupo dejó de existir como antes. Mateo cambió de horarios. Diego se volvió más silencioso. Emilia dejó de sentarse en el centro de todas las mesas. A veces la veía sola, a veces con otras chicas, pero ya no caminaba como si el mundo le debiera atención.
Yo dejé de actuar.
Mis amigas, aquellas que me habían advertido desde el principio, no dijeron “te lo dijimos”. Solo me hicieron espacio en el sillón y me pasaron una taza de café como si esa fuera su manera de abrazarme.
Una tarde, Sebastián apareció en las escaleras del edificio central con dos vasos.
—Sin azúcar —dijo, entregándome uno.
—¿Desde cuándo recuerdas eso?
—Desde que dejaste de fingir que te gustaba el té.
Me reí.
Nos sentamos juntos mientras el sol bajaba sobre el campus.
—¿Qué hacemos con este nuevo inicio? —preguntó.
Tomé su mano.
—Solo una regla: si algo duele, lo decimos. Nada de silencios que se pudren por dentro.
Sebastián asintió.
—Lento.
—Y honesto.
Nos besamos ahí, sin ceremonia, sin público, sin drama. Fue un beso tranquilo, cálido, real.
A lo lejos vi pasar a Emilia. Me miró. Yo también la miré. No había odio. No había triunfo. Solo una aceptación silenciosa.
Tal vez ninguna de las dos había sido la villana.
Tal vez solo éramos dos mujeres cansadas de ser invisibles.
Pero yo, por fin, ya no estaba jugando para ganar un lugar en la vida de alguien más.
Ahora estaba aprendiendo a quedarme donde no tuviera que competir para ser elegida.