Parte 1:
Me llamo Javier. El viento helado de noviembre golpeaba mi rostro mientras caminaba sin rumbo por los empedrados callejones de Guanajuato.
Mi traje azul marino a la medida, que alguna vez representó mi éxito, ahora se sentía como una maldita burla. Estaba en la ruina total. Me lo habían quitado todo.
Mis manos temblaban dentro de los bolsillos. Mis dedos rozaron un pedazo de papel arrugado. Mi último billete de quinientos pesos. Todo el dinero que me quedaba en este mundo antes de rendirme por completo.
Me detuve en seco. Frente a mí, sentada sobre la banqueta de piedra, estaba ella.
Una niña diminuta. Su vestido amarillo estaba manchado de tierra y grasa. Abrazaba con fuerza una muñeca de trapo deshilachada. Sus grandes ojos oscuros me miraron con una mezcla de hambre y terror absoluto.
Me arrodillé lentamente para quedar a su altura. El adoquín congelado traspasó la tela de mi pantalón. Saqué el billete y se lo extendí.
—Toma, pequeña. Compra algo de comer —susurré, con la voz quebrada.
Sus manitas ásperas y sucias apenas rozaron el papel cuando un grito violento rompió el bullicio de la calle.
—¡Déjala en paz, infeliz! —rugió una voz ronca detrás de mí.
Me giré de golpe. Un hombre corpulento, con aliento a mezcal barato y ojos inyectados en sangre, se acercaba a zancadas. Levantó un pedazo de madera pesada, listo para estrellarlo contra mí.
—No es lo que piensas —dije, levantando las manos.
—¡Sé exactamente lo que quieres, bas*ra! —escupió el hombre. Le arrebató el billete a la niña con una brutalidad que me revolvió el estómago—. Ustedes los riquillos se creen dueños de todo.
La niña comenzó a llorar en silencio, encogiéndose y aferrando su muñeca contra su pecho. Entonces vi las marcas moradas en sus pequeños brazos desnudos. Un nudo me estranguló la garganta.
El hombre dio un paso hacia mí, levantando su arma improvisada. Los turistas y transeúntes a nuestro alrededor apresuraron el paso, apartando la mirada. Nadie iba a ayudarme.
—Lárgate ahora mismo, o te juro que te m*to aquí en la calle —siseó el sujeto, con los dientes apretados.
Yo no tenía nada que perder. Mi vida ya estaba destrozada. Pero al mirar los ojos aterrorizados de esa niña, supe que no podía dejarla ahí. Me puse de pie lentamente, apretando los puños.
¿QUÉ HARÍAS TÚ SI FUERAS AMENAZADO EN LA CALLE POR DEFENDER A UNA NIÑA INDEFENSA Y TE DIERAS CUENTA DEL HORRIBLE SECRETO QUE ESCONDÍA?
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