Pensé que era una estafa más de la gente que se aprovecha del dolor ajeno. Se acercó a nosotros en la plaza, sola y con su vestidito desgastado. Me miró a los ojos y me juró que podía curar a mi pequeño de ocho años. Me reí en su cara por la tremenda frustración. Sin embargo, el pequeño frasquito de agua que sacó de su bolsillo guardaba un secreto inexplicable.

Parte 1:

El sol caía a plomo sobre el parque de nuestra colonia, dibujando sombras alargadas sobre la cantera de una vieja fuente seca. El crujido de las llantas sobre la grava marcaba mi condena diaria. Ahí estaba yo, empujando la silla de ruedas de mi hijo Diego. A sus ocho años, sus piernas, que antes no paraban de correr por toda la casa, ahora descansaban inertes bajo una cobijita de lana.

Desde el a*cidente, habíamos intentado todo. Los doctores en el hospital me habían dicho que solo el tiempo diría si volvería a caminar. Pero el tiempo solo nos había traído silencio y desesperanza.

—Apá —me dijo Dieguito, con una voz que apenas rompía el ruido del parque—, ¿crees que hoy pase algo diferente?

Le esbocé esa sonrisa falsa que usamos los padres cuando estamos rotos por dentro. —Todo es siempre posible, mijo.

Nos detuvimos junto a la fuente olvidada, con sus bordes de piedra cuarteados. Fue entonces cuando la vi. Era una niña pequeñita, no mayor de diez años. Llevaba un vestido descolorido que le quedaba inmenso y unas trenzas despeinadas que delataban días de descuido en la calle. Pero sus ojos… eran fijos, vivos y sin un gramo de miedo.

Se paró frente a mí, me clavó la mirada como si llevara horas esperándome.

—Adópteme —soltó de golpe. Luego, levantó su dedito y señaló las piernas de mi niño. —Yo puedo curar a su hijo.

Me quedé helado. El coraje y el cansancio me apretaron el pecho. Había escuchado a extraños prometer milagros a cambio de dinero desde que salimos del hospital.

—Ese no es un tema con el que se juegue, chamaca —le respondí, tratando de mantener la voz calmada.

Pero ella no parpadeó. Negó con la cabeza. —No estoy jugando. Sus piernas no están rotas —susurró. —Solo duermen.

Diego se inclinó hacia ella, con un brillo de curiosidad en la mirada. —¿Cómo puedes saber eso? —preguntó mi niño.

Apreté los puños sobre los mangos de la silla. —¿Dónde están tus papás? —le exigí saber. —Se fueron —respondió ella—. Pero no están lejos.

Metió la mano en la bolsa de su vestido raído y sacó un pequeño frasco de cristal. Adentro, un líquido transparente brillaba débilmente capturando la luz del sol de la tarde. Sentí un escalofrío recorrerme.

—¿Qué es eso? —pregunté. —Agua —dijo ella—.

Me reí con amargura, un sonido totalmente seco. —Absolutamente no.

La niña ni se inmutó y se giró directo hacia Diego. —¿Sientes que te pican las piernas en las noches?

Los ojos de mi hijo se abrieron de par en par. —A veces… como hormiguitas.

Mi risa se apagó de inmediato. Nadie sabía eso. Nadie. Ella destapó el frasco cerca de los pies de mi hijo, mirándome con una seguridad que me dobló las rodillas.

¿QUÉ ERA ESE EXTRAÑO LÍQUIDO Y POR QUÉ AQUELLA NIÑA SABÍA EL SECRETO DE MI HIJO?

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