Parte 1:
El olor a moho y encierro se había impregnado en mi piel. Nunca imaginé que un día bajaría los escalones húmedos de la cava de mi propia hacienda, no como el dueño, sino como un prisionero sin salida.
Afuera, una tormenta furiosa había convertido los caminos de Hidalgo en lodo puro, dejándome completamente aislado. Adentro, el silencio me asfixiaba. Mi propio primo, Ramiro, había falsificado escrituras y comprado a un magistrado para arrebatarme todo. Sabía que, en cuanto firmaran esos papeles, él arreglaría un “accidente” para deshacerse de mí para siempre. Una pstola o algo peor; el papel de una orden ya pesaba más que cualquier ara.
Apoyé la frente contra los barrotes fríos de mi celda, cerrando los ojos con desesperación. Estaba solo y roto.
—Su merced….
Abrí los ojos de golpe. Frente a mí, iluminada apenas por un pequeño farolito de latón, estaba una niña. No tendría más de seis años. Llevaba un vestidito azul gastado con remiendos en los codos. Sus enormes ojos color miel me miraban fijamente, con una profundidad que me desarmó por completo.
—¿Cómo entraste aquí? —le solté, con la voz más áspera de lo que pretendía.
—Uno de los guardias fue por leña. Aproveché —respondió ella, sin un solo titubeo.
Se acercó a la reja y tocó el hierro frío con su manita. Me dijo que se llamaba Luz, y que había bajado a verme porque escuchó a los sirvientes decir que yo estaba triste y encerrado injustamente. Mi pecho se apretó. Hacía tanto tiempo que nadie me miraba como a un hombre, y no solo como el patrón de San Jerónimo.
Pero lo que salió de sus labios a continuación me heló la sangre y encendió una chispa absurda en mi interior.
—No llore, ¿sí? Mi mamá va a venir a salvarlo —dijo, con una seguridad que desafiaba a la realidad misma.
Antes de que pudiera preguntarle quién diablos era su madre, unos pasos pesados retumbaron en el pasillo.
¿QUIÉN ERA ESA MUJER Y QUÉ ESTABA DISPUESTA A ARRIESGAR POR UN HOMBRE CONDENADO?
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