Mi madre y yo nos estábamos congelando en la sierra de Guachochi con solo unas cuantas papas para comer. Pero la verdadera pesadilla empezó cuando el comisario del pueblo y una mujer del gobierno llegaron a nuestra choza en medio de la nevada para llevarme a un albergue. Lo que el perro callejero que acababa de rescatar hizo esa noche destapó un oscuro secreto familiar.

Parte 1:

El viento helado bajaba desde la sierra de Guachochi, metiéndose por las rendijas de nuestra choza de lámina. Yo, Gael, tenía apenas diez años, pero ya sabía distinguir perfectamente cómo dolía el hambre por dentro y cómo el frío te calaba en todas partes.

Afuera, bajo una nevada cruel y espesa, dos camionetas apagaron sus motores. Tres golpes secos sacudieron nuestra puerta.

Mi madre, Jacinta, se limpió las manos temblorosas en el delantal. Sus ojos reflejaban un terror puro, como si al otro lado aguardara una sentencia.

“Tú no hables… pase lo que pase, tú no contestes feo”, me susurró bajito, con la garganta apretada.

Al abrir, una ráfaga metió un puñado de nieve hasta nuestra única mesa. Ahí estaba el comisario Evaristo, envuelto en una chamarra gruesa, acompañado por la licenciada Salcedo del DIF, la mujer de ojos de piedra. Detrás de ellos, un par de hombres cargaban una jaula metálica.

“Buenas noches, Jacinta… Venimos por el niño”, soltó Evaristo sin siquiera quitarse el sombrero.

Sentí que el mundo se me venía abajo, un vacío me recorrió desde el pecho hasta las rodillas.

“Hay reporte de falta de alimento, riesgo por temperatura extrema y presencia de un animal enfermo”, dijo la mujer abrazando su carpeta contra el pecho. “El niño se va a quedar unos días en un albergue”.

Me agaché de inmediato para abrazar a “Churro”, el perro callejero color canela, flaco y con una herida fea que apenas había rescatado días atrás. El animal no retrocedió. Se plantó frente a mí, con las patas temblando y mi bufanda vieja arrastrando por su lomo. De su pecho salió un gruñido bajo y apretado. Él no le tenía miedo al frío; les tenía miedo a ellos.

“También nos llevamos al animal”, dijo uno de los hombres.

Al dar un paso con la jaula, la luz pobre del foco iluminó su mano. Le faltaba la punta de un dedo. Un escalofrío me paralizó la nuca. Yo había visto esa mano antes en mis pesadillas. Era la misma mano que, la noche en que nos avisaron que mi padre había m*erto en el derrumbe del Tajo 3, le entregó a mi madre una bolsa con su ropa mojada.

Apreté a Churro contra mi pecho para protegerlo, y mis dedos rozaron algo duro, un pedacito de cuero viejo escondido bajo el pelaje sucio de su cuello. Colgaba una placa de metal manchada de barro seco. La froté con la manga, esperando ver su nombre.

Pero no decía Churro. Tenía grabadas unas letras raspadas: “M. R.”, las iniciales de Manuel Ríos, mi papá.

¿CÓMO LLEGÓ ESTA PLACA AL CUELLO DE UN PERRO CALLEJERO Y QUÉ OSCURO SECRETO ESTABA A PUNTO DE DESENTERRAR EN LA NIEVE?!

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