Parte 1:
Me llamo Carmen. El sol ardía como lumbre sobre el camino de terracería en las afueras del pueblo. El viento levantaba un polvo fino que se me metía en los ojos y me resecaba la garganta.
Llevaba mi carrito de madera, arrastrando los cartones que había juntado desde la madrugada. Me dolían las rodillas.
De pronto, el rugido de un motor rompió el silencio. Una camioneta negra, lujosísima, frenó de golpe a centímetros de mí, levantando una nube de tierra.
El corazón me dio un vuelco. Del vehículo bajaron dos jóvenes. Él con un traje impecable, zapatos boleados y un reloj dorado que destellaba con el sol. Ella, con lentes oscuros y una bolsa de marca, sin soltar su celular.
—¡Fíjate por dónde caminas, vieja t*nta! —gritó el muchacho, acomodándose el saco con desprecio.
Tragué saliva. Mis manos temblaban mientras me aferraba a mi rebozo gastado. Traté de disculparme, de explicarle que no tenía a dónde hacerme en el camino tan angosto.
Pero no me escucharon. La mujer soltó una carcajada estridente, mostrando sus dientes blanquísimos.
—Mira nomás, mi amor, seguro tiene hambre. Hay que tirarle un huesito —dijo ella, grabando con su teléfono.
El joven metió la mano al bolsillo, sacó un fajo de billetes y, en lugar de dármelos, los arrojó al suelo. Cayeron esparcidos sobre las piedras, el polvo y la basura del camino.
—Ahí tienes para que tragues. ¡Órale, a recogerlos! —se burló él.
El viento empezó a volar los billetes. Pesos que significaban las medicinas de mi nieto Luisito. Pesos que me separarían de verlo sufrir una noche más.
Sentí un nudo en la garganta que casi me asfixia. La vergüenza me quemaba más que el sol del mediodía. Cerré los ojos un segundo. Quería gritarles, quería conservar mi dignidad y alejarme caminando.
Pero el rostro pálido de Luisito, ardiendo en fiebre en nuestra casita de lámina, apareció en mi mente.
Mis piernas flaquearon. Lentamente, me dejé caer sobre la tierra suelta. Mis huaraches rotos se llenaron de polvo mientras mis manos ásperas comenzaban a juntar los billetes, uno por uno.
Arriba de mí, solo escuchaba sus risas crueles. Sus miradas de superioridad clavándose en mi espalda curvada.
Estaba de rodillas. Humillada. Destrozada. Y entonces, mientras recogía el último billete cerca de la llanta de su camioneta, vi algo en el suelo que me dejó helada. Algo que se le había caído al joven prepotente.
¿VALDRÁ LA PENA PERDER LA DIGNIDAD PARA DESCUBRIR UN SECRETO QUE CAMBIARÁ TODO?
Lee la historia completa en los comentarios.👇