Parte 1:
El golpe de las gruesas puertas de roble resonó en toda la sala de juntas.
Silencio absoluto.
Sentí el aire acondicionado helado contra mi piel, pero por dentro mi sangre hervía. Caminé con pasos firmes; el sonido de mis tacones marcaba el ritmo exacto de mi venganza. Frente a mí, don Arturo —mi propio tío— dejó caer su costosa pluma sobre la inmensa mesa de mármol. Su rostro, habitualmente rojo de prepotencia, se tornó de un blanco sepulcral.
—¿Qué demonios haces aquí, Valeria? —escupió él, poniéndose de pie de un salto, con las venas del cuello remarcadas—. Estás despedida. Lárgate antes de que llame a seguridad y te saquen a g*lpes de mi edificio.
No me inmuté. Acomodé mi bolso sobre el hombro y esbocé una sonrisa fría. En ese microsegundo recordé las noches en vela en los pasillos fríos del IMSS. El olor a desinfectante barato. La desesperación asfixiante de no tener un solo peso para las medicinas de mi mamá porque ellos, mi propia sangre, me habían congelado las cuentas. Me habían dejado en la ruina total cuando mi padre murió. Me trataron como a basura.
—La que da las órdenes en este edificio ahora, soy yo —mi voz no tembló.
Mis primos, sentados a los lados, abrieron la boca, indignados y pálidos. Los demás socios murmuraban con un pánico evidente.
Dejé caer una carpeta negra sobre el centro de la mesa. El sonido fue como un d*sparo en la habitación.
Ahí estaban todas las pruebas. Los desvíos. El dinero sucio. Todo lo que me habían robado en mi momento de mayor vulnerabilidad.
—Tienes cinco minutos para firmar y devolverme lo que es mío, Arturo. O esta misma tarde, todos ustedes duermen tras las rejas.
Él empezó a sudar frío. Dio un paso hacia mí, con los puños apretados y los ojos inyectados en pura furia contenida.
¿QUÉ HIZO MI TÍO AL VER QUE SU IMPERIO DE MENTIRAS SE DERRUMBABA EN SEGUNDOS?
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