Me fui con lo que traía puesto y una vieja maleta. Lo que él me gritó por la espalda me heló la sangre, pero no me detuve.

Parte 1:

“¿A dónde crees que vas, Rosalba? ¡Tú no sirves para nada allá afuera, eres una m*erta de hambre!”

El grito de Mateo cortó el aire seco del desierto como un l*tigo. Me detuve por un segundo, sintiendo el polvo caliente de Zacatecas arremolinándose en mis tobillos desnudos. Mis manos temblaban, apretando con fuerza el asa de cuero gastado de la maleta de mi abuela y un pequeño bulto de tela atado con lo único que me quedaba en la vida.

“Me voy, Mateo. Ya no más,” susurré, aunque el viento del norte se llevó mis palabras antes de que llegaran al porche de madera podrida donde él estaba parado. Lo sentía clavar su mirada en mi nuca; esa misma mirada llena de rabia y desprecio que me había robado el alma durante los últimos cinco años.

El cielo nublado anunciaba una tormenta, pero el calor seguía siendo asfixiante. Sentía los labios agrietados, partidos por la sequedad y por el miedo. Cada paso que daba lejos de esa vieja choza de adobe y tablas sentía que pesaba cien kilos. Mi vestido lila, descolorido, remendado y manchado por el trabajo duro en el monte, se pegaba a mi piel sudada.

“¡Te vas a mrir allá afuera, vas a regresar arrastrándote!” rugió de nuevo. Escuché el crujido de sus botas contra la tierra suelta. Por un instante, el terror puro me paralizó y se me cortó la respiración. ¿Iba a correr tras de mí? ¿Me iba a arrastrar de nuevo a esa oscuridad llena de gritos, encierro y glpes sordos?

Apreté la mandíbula y tragué saliva con sabor a tierra. No miré atrás. Sabía que si volteaba a ver su rostro, el pánico me vencería y mi voluntad se haría pedazos. El viento aullaba, llevándose consigo los años de humillación, de lágrimas escondidas bajo las sábanas de manta delgada.

Tenía apenas cincuenta pesos arrugados en el bolsillo y un nudo en la garganta que apenas me dejaba tragar. No sabía dónde iba a dormir esta noche. No sabía si mañana tendría algo para llevarme a la boca. Pero la profunda vergüenza de quedarme había superado, por fin, al terror de irme.

De pronto, escuché el estruendo seco de la puerta de madera cerrándose de un violento portazo a mis espaldas. El silencio del llano me envolvió por completo. Estaba sola. Completamente sola en medio de la nada.

¿CÓMO LOGRÉ SOBREVIVIR A ESTA PESADILLA, ESCAPAR DE LA MISERIA Y CAMBIAR MI DESTINO CUANDO TODOS ME DABAN POR VENCIDA?

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