Me burlé del conserje de mi universidad para encajar con los ricos, sin imaginar el devastador secreto que descubriría al recoger su libreta caída.

Parte 1

Soy Mateo. A veces la vida te da unas cachetadas que te dejan marcado para siempre, güey. Neta, nunca pensé que el mayor error de mi vida sería avergonzarme del hombre que me dio todo.

Siempre me pesó la chamba de mi apá; mientras los papás de mis compas de la uni eran grandes empresarios o licenciados, el mío traía un trapeador, un overol desgastado y las manos llenas de callos. En mi cabeza de morro estúpido, yo quería encajar con los “fresas”, vivir esa ilusión de que pertenecía a su mundo de lujos.

Ayer en la tarde, el pasillo principal estaba a media luz, con ese ambiente lúgubre que te cala los huesos. El eco de nuestras voces rebotaba en los casilleros. Estaba platicando con mi grupito cuando vimos a mi apá limpiando el piso.

Sentí un nudo gigante en la garganta. Mi corazón empezó a latir a mil por hora, rogando que no levantara la vista ni me reconociera frente a ellos.

De repente, uno de los güeyes, riéndose con esa arrogancia que los caracteriza, pateó la cubeta de agua sucia a propósito, mojándole los zapatos viejos a mi viejo. El sonido del agua salpicando el suelo me congeló la sangre. Todos se carcajearon.

Me miraron fijamente, esperando que yo también me burlara. Y lo hice.

Solté una risita nerviosa y desvié la mirada, actuando como si ese hombre humillado en el suelo no fuera el mismo que me arropaba todas las noches. El miedo al rechazo me convirtió en un completo cobarde en cuestión de segundos.

Mi apá no dijo nada. Vi cómo se le cristalizaron los ojos, recogió su cubeta y se alejó cojeando hacia la oscuridad del pasillo. La culpa me golpeó el pecho, dejándome sin aire. Pero en su prisa por salir de ahí, se le cayó una libretita de cuero gastada.

Esperé a que los demás se fueran. Mis manos temblaban mientras me acercaba al objeto abandonado en el suelo. Cuando los demás se fueron, me acerqué y la recogí. Al abrirla, sentí que el mundo se me venía encima.

Mi respiración se detuvo al ver lo que escondían esas páginas manchadas.

¡NUNCA IMAGINÉ EL DEVASTADOR SECRETO QUE ESTABA A PUNTO DE DESTRUIR MI REALIDAD POR COMPLETO!

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