Parte 1:
“¡Agárrenlo, es un ratero!” El grito agudo de doña Carmen cortó el habitual bullicio de nuestro tianguis dominical como una navaja fría.
Soy don Arturo. Estaba acomodando mis últimas charolas de conchas y bolillos cuando el escándalo estalló. Me giré justo a tiempo para ver a un niño, que no pasaba de los seis o siete años, tropezando torpemente con los viejos adoquines de la calle. Llevaba la ropita raída, la carita manchada de tierra seca, y contra su pecho, escondido bajo sus bracitos delgados, apretaba con una desesperación salvaje un pan de mi propio canasto.
El olor a masa dulce y café de olla flotaba en el aire de la mañana, pero de pronto todo el ambiente se sintió espeso, asfixiante. Las señoras del pasillo de las verduras ya lo habían acorralado contra la pared de adobe.
“¡Suelta eso, chamaco del damonio!”, le gritó un muchacho de los mandados, levantando la mano como si fuera a soltarle un glpe allí mismo.
Sentí que la sangre me hervía. Me abrí paso a empujones entre las cajas de jitomate y la gente curiosa que ya empezaba a murmurar. “¡Déjenlo en paz, nadie lo toca!”, grité, sintiendo cómo me temblaba la voz desde lo más profundo del pecho.
Me acerqué y me agaché lentamente hasta quedar a su altura. El niño temblaba entero, como una hojita seca en pleno ventarrón de noviembre. Sus enormes ojos oscuros, inundados de lágrimas pesadas que le escurrían por las mejillas sucias, me miraron con un terror puro, animal. Pensó que yo también iba a l*stimarlo.
Aun así, no soltaba el bolillo. Sus deditos mugrosos se aferraban a ese pedazo de masa a medio morder como si fuera su única balsa de salvación.
En sus ojitos asustados me vi a mí mismo hace cincuenta años, caminando descalzo por estas mismas calles, con el mismo estómago vacío gruñendo y la misma vergüenza latiendo en las sienes. Iba a reprenderlo, tenía la obligación de decirle que eso estaba mal, pero de pronto, un sollozo ahogado y desgarrador salió de su pequeña garganta y me paralizó.
“Es que… es para mi hermanita, lleva dos días sin comer…”, susurró apenas, temblando tanto que el pan se le resbalaba de las manos.
¿QUÉ HARÍAS TÚ SI LA DESESPERACIÓN DE UN NIÑO TE GOLPEARA DIRECTAMENTE EN EL ALMA Y TE DEVOLVIERA A TU PROPIO PASADO?
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