La empleada de limpieza le acomodó la corbata al patrón millonario y le susurró un secreto aterrador: “No entre al coche… el chofer ya vendió su alma”

Parte 1:

Mis manos temblaban mientras sostenía la camisa perfectamente planchada. Llevaba apenas siete meses trabajando en la inmensa casa de Santiago Beltrán, en Bosques de las Lomas. Para todos los demás, yo solo era la “muchacha nueva”, la que limpiaba en silencio y servía el café con la mirada clavada en el piso. Pero debajo de este uniforme beige y mis zapatos gastados, se escondía mi oscuro pasado en una oficina de seguridad privada en Guadalajara. Ahí fue donde aprendí a leer los movimientos, a descifrar los silencios y a distinguir a un hombre nervioso de uno culpable.

Esa mañana, el aire en el patio se sentía pesado. Efraín, el chofer de confianza, sudaba frío bajo su traje impecable, con cara de murto caminando. Lo observé limpiar un coche blindado desde el gran ventanal del despacho. Caminaba ansioso, tecleando rápido en un celular barato que volvía a esconder en su saco. Entonces, hizo un movimiento que me heló las venas: se acomodó una pstola en la cintura. No era la postura de un escolta protegiendo a su patrón. Era la postura de alguien listo para dsparar por la espalda en cuanto el jefe se agachara para subir al auto. Sabía que Santiago tenía una reunión en Polanco con un viejo socio. Si lo mtaban en esta casa, todos los empleados íbamos a desaparecer.

Mi corazón latía tan fuerte que me dolía el pecho. Entré al vestidor principal. Santiago intentaba hacerse el nudo de una corbata azul oscuro con su mano lastimada.

—Tú, ven. Arregla esto —me ordenó sin siquiera mirarme, con esa paciencia de animal herido.

Me acerqué. Mis dedos rozaron la seda fría. Me miró a través del espejo y notó mi terror.

—No sabes mentir, muchacha —dijo secamente.

Tragué saliva, ajusté el nudo de la corbata y acerqué mis labios a su cuello, fingiendo acomodar el cuello de su camisa.

—No se suba a ese coche —le susurré al oído —. Efraín trae una pstola escondida y está mandando mensajes desde un teléfono que no es suyo. Lo van a mtar antes de llegar a Polanco.

Él no parpadeó. Me miró fijamente, con la dureza de un hombre acostumbrado a castigar las traiciones.

—Si estás jugando conmigo, ni tu sombra va a quedar —me advirtió lentamente.

Sin decir más, salió caminando hacia el vehículo, donde Efraín ya le abría la puerta trasera.

¿QUÉ PASARÁ CUANDO EL HOMBRE MÁS PODEROSO DE LA CIUDAD DESCUBRA AL TRAIDOR EN SU PROPIO AUTO?!

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