El aire olía a tierra mojada y a cera derretida. Llevábamos casados cinco años. Cinco años viviendo bajo la sombra de un fantasma. Él siempre me aseguró que su primera esposa había fallecido poco antes de que nosotros nos conociéramos.
—¿A qué carajos quieres ir al panteón, Valeria? ¡Ya déjala en paz! —me había gritado en la cocina esa misma mañana, golpeando la mesa con tanta fuerza que el café salpicó la pared.
Sus ojos estaban inyectados en sangre. Literalmente me suplicaba que no fuera, se ponía nervioso y cambiaba de tema cada vez que lo mencionaba. Lo más perturbador de todo es que él jamás la había ido a visitar. Ni una sola vez al mes, ni al año, nunca. ¿Qué clase de hombre no va a ver a su esposa muerta?
Esa tarde, la angustia me quemaba el pecho. Salí de trabajar, compré un ramo de flores y me fui directo al panteón de su familia. Fui sola y sin decirle absolutamente nada. Caminaba despacio entre las cruces grises y el pasto seco, buscando el apellido de mi esposo en las inscripciones. El viento frío me cortaba la cara. Mis pasos resonaban en el silencio mortal del cementerio.
Llegué a la sección donde se suponía que estaba su cuerpo. Me sudaban las manos, apreté las flores contra mi pecho y di el último paso.
El corazón se me detuvo de golpe. Al ver hacia abajo, me quedé completamente paralizada. Las flores se resbalaron de mis dedos temblorosos y cayeron directo a la tierra sucia. Sentí que me asfixiaba.
¿QUÉ FUE LO QUE ENCONTRÓ VALERIA EN ESE LUGAR QUE LE HELÓ LA SANGRE Y DESTRUYÓ SU VIDA EN UN SEGUNDO?!
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