Parte 1:
Nunca debí dejar que saliera de casa esa tarde, mucho menos después de las cosas tan horribles que nos dijimos. Mi nombre es Santiago, y hasta el día de hoy, el olor a tierra mojada me provoca un nudo en el estómago que apenas me deja respirar.
Habíamos tenido la peor discusión de nuestros cinco años juntos. El dinero, el estrés por la falta de trabajo, las deudas acumuladas… todo explotó en nuestra pequeña casa. En un arranque de furia y lágrimas, Elena tomó a “Canelo”, nuestro perro rescatado, y salió corriendo hacia la zona del arroyo en las afueras de la colonia. El cielo estaba gris y el viento soplaba con una fuerza que calaba los huesos. Dejé pasar una hora, ahogado en mi propio orgullo, hasta que la culpa me devoró por completo. Fui al mercado, compré el ramo de claveles rosados que tanto le gustan, y salí a buscarla dispuesto a tragarme mis palabras y rogarle perdón.
Al acercarme al viejo puente de concreto, escuché los ladridos desesperados de Canelo. No era un ladrido normal; era un aullido ronco, lleno de angustia, que resonaba bajo la estructura y me heló la sangre. Corrí tropezando entre la maleza alta, sintiendo cómo el lodo pesado ensuciaba mis botas y me frenaba el paso. El aire olía a humedad, a basura acumulada y a un peligro inminente.
Y entonces la vi.
Elena estaba tendida en la orilla del río, casi rozando el agua turbia. Su vestido, aquel que se puso por la mañana, estaba empapado y manchado de fango espeso. Tenía el rostro pálido, los ojos cerrados, y su cuerpo yacía completamente inmóvil sobre la hierba aplastada. A su lado, Canelo gruñía y ladraba con los dientes de fuera hacia la corriente, con el pelaje erizado, como si intentara protegerla de algo que yo no lograba ver.
Me quedé congelado. Las flores temblaban en mi mano derecha mientras el papel estraza crujía. El miedo me golpeó el pecho con la fuerza de un impacto físico. ¿Qué había hecho? Si tan solo la hubiera detenido, si no la hubiera empujado al límite con mis reclamos absurdos. El arrepentimiento me quemaba la garganta como ácido. Dejé caer las flores al suelo y me tiré de rodillas en el lodo espeso a su lado, rogándole al cielo que aún estuviera respirando. Sentí que mi vida entera se desmoronaba ahí mismo.
Mientras mis manos temblorosas intentaban apartar el cabello mojado de su cara cubierta de lodo, ella abrió lentamente los ojos. Su mirada estaba desenfocada, llena de un terror profundo, y con un hilo de voz, apenas un susurro ahogado, pronunció unas palabras que me paralizaron el corazón.
¡NUNCA IMAGINÉ LO QUE ESTABA A PUNTO DE OCURRIR NI EL OSCURO SECRETO QUE SALDRÍA A LA LUZ ESA MISMA TARDE!
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