Fui a limpiar la vieja cabaña de mi abuelo en la sierra y encontré a dos niñas gemelas escondidas. Lo que me dijeron me heló la sangre por completo.

Parte 1:

El crujido de la madera vieja en el porche me hizo detener en seco; definitivamente no estaba solo en la cabaña abandonada de mi familia en la sierra.

Había viajado desde la ciudad solo para evaluar los daños de la propiedad antes de venderla, pero el silencio absoluto del bosque se rompió con un sonido casi imperceptible, como el roce de unos pies descalzos contra las tablas húmedas.

Me acerqué despacio, conteniendo la respiración. Detrás de la vieja mecedora, vi dos siluetas pequeñas.

Eran dos niñas. Gemelas.

Tendrían acaso unos seis años. Sus vestiditos de flores, que alguna vez debieron ser hermosos, ahora eran harapos cubiertos de lodo y polvo. Estaban descalzas, con la piel llena de rasguños superficiales y el cabello enredado cayendo sobre sus rostros pálidos y sumamente asustados.

Sus ojos grandes me miraban con una mezcla de terror y desesperación absoluta. Temblaban, como si esperaran lo peor de mí.

Sentí un nudo en la garganta que casi no me dejaba respirar. Me agaché lentamente frente a ellas, intentando parecer lo más inofensivo posible. En el bolsillo de mi chamarra traía un pedazo de pan que había comprado en el pueblo esa misma mañana. Lo saqué despacio y se los extendí.

El silencio era asfixiante, solo interrumpido por el viento golpeando los pinos. Ninguna de las dos se movió al principio.

Mi corazón latía con fuerza. ¿Quién podría abandonar a dos pequeñas en medio de la nada? La indignación y una tristeza profunda me invadieron de golpe. Quería abrazarlas, decirles que todo estaría bien, pero sabía que un movimiento en falso las haría huir despavoridas hacia la espesura del bosque.

Finalmente, la que parecía un poco más valiente dio un paso al frente. Sus manitas temblorosas y llenas de tierra tomaron el pan con una necesidad que me partió el alma en mil pedazos.

Pero justo cuando creí que había ganado su confianza, la niña dejó de mirar el alimento. Levantó la vista lentamente por encima de mi hombro y su rostro se desfiguró por el pánico total.

¡NUNCA IMAGINÉ QUIÉN ESTABA PARADO JUSTO DETRÁS DE MÍ EN ESE MOMENTO!

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