Parte 1:
Respiré hondo antes de patear esa pesada puerta de caoba, adentrándome en esa mansión que alguna vez fue el símbolo de su poder y que hoy se caía a pedazos. Entré sin decir una sola palabra y fui directo hacia él: el hombre de traje impecable, el viejo juez que alguna vez creyó ser el dueño del mundo.
Sin darle tiempo de reaccionar, lo tomé por las solapas y lo arrojé contra su viejo sillón de cuero. El impacto levantó una nube de polvo en la habitación. Sus ojos, antes llenos de soberbia, ahora me miraban con el terror absoluto de un animal acorralado. Podía escuchar su respiración agitada, llena de pánico, rompiendo el tenso silencio de la enorme sala. Él estaba seguro de que yo había ido a cobrar esa deuda del pasado con mis propias manos.
Mientras lo miraba temblar, mi mente viajó al pasado. Quince años. Quince largos y oscuros años sobreviviendo en el infierno de la prisión, rodeado de la peor escoria que la vida puede escupir, dejando sudor y lágrimas en cada rincón de esa celda. Y todo porque este viejo decidió usarme como escudo para salvar el pellejo de su propio hijo, un júnior arrogante de lo peor. Me robó mi juventud y mi libertad.
Me acerqué más, dejando que mi enorme sombra lo cubriera por completo. Lentamente, llevé mi mano al interior de mi chamarra. El viejo contuvo el aliento, encogiéndose, esperando el frío metal de un arma, esperando que yo le volara la cabeza ahí mismo. Mi corazón latía con una fuerza ensordecedora y sentí el peso de la injusticia aplastándome el pecho.
Pero mi plan no era ensuciarme las manos. No saqué una pistola. En su lugar, saqué un sobre manila grueso y pesado, y lo estrellé de golpe contra su pecho tembloroso.
Él abrió los ojos, confundido, mirando el sobre y luego a mí. Sus manos arrugadas comenzaron a abrirlo lentamente, revelando los documentos que traía dentro.
¡LO QUE DESCUBRÍ ESA NOCHE Y LE ENTREGUÉ EN ESE SOBRE CAMBIARÍA NUESTRAS VIDAS PARA SIEMPRE Y DESATARÍA EL VERDADERO INFIERNO!
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