Parte 1:
Ese día, el comedor del penal de máxima seguridad hervía de pura tensión. El ruido de las bandejas de metal chocando contra las mesas, los murmullos de cientos de hombres encerrados y el olor a comida rancia creaban un ambiente denso, pesado, de esos que te avisan que algo malo va a pasar. De repente, el ruido se apagó por completo y el silencio cortó el aire.
Yo, Héctor, un anciano de cabello blanco y manos temblorosas, intentaba comer mi caldo desabrido en la mesa de la esquina. Llevo veinte años a la sombra y mi cuerpo ya no da para más, aunque mi mirada aún guarda el peso de mi pasado en las calles de Tepito. Vi cómo “El Toro”, un gigante de casi dos metros, con los brazos gruesos y el cuerpo retacado de tatuajes de la Santa Muerte, caminó directo hacia mi mesa. Los guardias disimularon mirando hacia otro lado, y todos en el comedor dejaron de masticar.
Sin decir una sola palabra, el gigante me agarró por el cuello de mi gastado uniforme caqui. Con una fuerza inmensa, me levantó y me empujó bruscamente contra la mesa de acero. El sonido del metal resonó en todo el pabellón, el caldo saltó por los aires manchando mi cara, y mi mejilla quedó aplastada contra la fría mesa. Los demás empezaron a murmurar que yo ya estaba acabado. Pero esa rudeza escondía un secreto, un detalle que nadie más vio.
Mi corazón latía desbocado contra mis costillas. El miedo y la confusión me paralizaron por completo. Hace quince años, yo había salvado al hermano menor del Toro. En nuestro mundo, las deudas de honor nunca prescriben, ni siquiera en la cárcel. ¿Acaso había olvidado lo que hice por su familia? La vergüenza de terminar mis días así, humillado frente a todos, me dolía más que el impacto. Cerré los ojos, sintiendo que mi tiempo se agotaba. Pero entonces, al abrirlos de nuevo y notar la sombra de otra persona moviéndose justo detrás de mi nuca, entendí el verdadero motivo de su abrupto ataque…
¡NUNCA IMAGINÉ LO QUE ESTABA A PUNTO DE OCURRIR!
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