Parte 1:
El sonido de las puertas automáticas de cristal abriéndose de golpe siempre me helaba la sangre, pero esa noche en particular el frío calaba hasta los huesos. Como enfermera del turno nocturno en el Hospital General, he visto tragedias de sobra, pero nada me preparó para la escena que marcaría mi vida para siempre.
Recuerdo perfectamente cuando la ambulancia llegó derrapando a la sala de urgencias, trayendo a un abuelito llamado Don Arturo, un hombre mayor que vivía solito. Bueno, en realidad no estaba tan solito, porque detrás de la ambulancia venía corriendo a toda velocidad un perrito mestizo, sacando la lengua y con el corazón a mil por hora, sin separarse ni un metro de su humano. Cuando los paramédicos metieron al señor por las puertas de urgencias para atenderlo de emergencia, el perrito se quedó ahí, sentadito, esperando pacientemente.
Lo nombramos Canelo. Pasaron los días, las semanas, y luego se convirtieron en ocho largos y dolorosos meses. La situación estaba bien difícil; lloviera a cántaros, hiciera un frío de esos que te congelan o bajo el solazo del mediodía, el perrito no se movía de esa puerta automática de cristal. Me hervía la sangre de impotencia al ver cómo la seguridad del hospital lo corría a escobazos y la gente pasaba de largo sin tirarle ni un cacho de pan. Hasta la perrera municipal intentó llevárselo en una ocasión, pero el animalito se les escabulló nomás para regresar neciamente a su mismo lugar.
Lo único que lo mantenía vivo en esa banqueta fría era el señor de los tamales de la esquina, que por pura compasión le aventaba las sobras, y una cobijita vieja que alguien le dejó. Yo, llamándome Lupita, me encariñé muchísimo con el animalito durante mis guardias. Verlo dejando su vida en esa banqueta, aferrado a una esperanza invisible, me partía el alma en mil pedazos.
La angustia y la curiosidad me carcomían por dentro. ¿Cómo era posible que nadie en todo este tiempo preguntara por el pobre anciano? Una noche, no soporté más; me fui directo a los registros del hospital y me puse a buscar desesperadamente para ver qué había pasado con el tal Don Arturo. Mis manos temblaban mientras tecleaba su nombre en el viejo sistema, esperando encontrar la peor de las noticias.
La pantalla parpadeó. Lo que leí en ese expediente hizo que la sangre se me fuera a los pies y me dejara un nudo en la garganta con los ojos bien llorosos.
¡NO PODÍA CREER EL TERRIBLE SECRETO QUE EXPLICABA POR QUÉ NADIE HABÍA RECLAMADO A CANELO!
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