Parte 1:
—¡Te dije que esa gente no es de fiar, chamaco n*cio! —le había gritado la noche anterior, mientras él se ponía su chamarra y cerraba la puerta de un portazo, dejándome con la palabra en la boca.
Me llamo Ernesto. Tengo sesenta y tantos años, una pensión que apenas alcanza y un hijo, Luis, que se me fue yendo de las manos poco a poco, perdiéndose en las calles de nuestra colonia.
Esa mañana, el silencio en la casa era asfixiante. El reloj marcaba las once. Quise hacer las paces. Le preparé unas tortas, le lavé una manzana verde y lo acomodé todo en su tóper azul. Caminé por el pasillo angosto, arrastrando un poco mi pierna mala. El aire olía a humedad y a algo más… algo denso, metálico.
—¡Luis, te traje el almuerzo, muchacho! —llamé, empujando la puerta de madera astillada de su cuarto.
La luz del sol entraba por la ventana a medio cerrar, iluminando el desastre. El tóper azul se me resbaló de las manos. Escuché el golpe seco del plástico contra el mosaico frío. El pan, la lechuga, los tomates y la manzana rodaron por el suelo brillante. Pero mis ojos no estaban en la comida.
Luis estaba tirado en la cama. Tenía la ropa rasgada. Su ojo izquierdo estaba completamente hinchado, morado, casi negro. Tenía el labio partido y la respiración tan superficial que su pecho apenas se movía.
—¡Hijo…! —quise gritar, pero la voz no me salió.
De pronto, sentí que una garra invisible me aplastaba el pecho. Un p*nchazo agudo me atravesó el brazo izquierdo. El sudor frío me cubrió la frente en segundos. El aire me faltó por completo.
Mis rodillas cedieron. Caí pesadamente sobre el suelo, justo al lado de las rebanadas de pan esparcidas. Mi corazón, cansado y enfermo, no soportó la impresión de ver a mi muchacho así.
Llorando, sintiendo que me ahogaba, metí la mano temblorosa en la bolsa de mi camisa. La pastilla azul, mi medicina de emergencia para la presión y el corazón, salió volando y rodó a unos centímetros de mis dedos.
Me arrastré gimiendo de dlor. Veía la pastilla borrosa por las lágrimas. Al fondo, Luis soltó un quejido ronco, casi imperceptible. Él se estaba apagando, y yo me estaba mriendo a su lado, sin poder hacer nada. Estiré la mano, raspándome los nudillos contra el piso, sintiendo que la oscuridad me tragaba por los bordes de la vista.
¿PODRÉ ALCANZAR ESA PASTILLA Y SOBREVIVIR LO SUFICIENTE PARA SALVAR LA VIDA DE MI ÚNICO HIJO, O ESTE SERÁ NUESTRO TRÁGICO FINAL?
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