A una semana de enterrar a mi esposo, mi hijo me trajo a sus perros para que los cuidara. Lo que encontró sobre mi cama lo dejó temblando.

Parte 1:

Apenas había pasado una semana desde que enterramos a mi esposo Ernesto. Todavía sentía el cansancio en los huesos de tantas madrugadas cuidándolo y el dolor de aprender a llorar sin hacer ruido. Me llamo Rosa Salgado, tengo 64 años, y pasé más de media vida siendo esposa, enfermera, cocinera y la sombra de todos sin cobrar absolutamente nada.

Esa tarde, la puerta de mi casa se abrió. Era mi hijo Javier, con su camisa negra de luto y esa voz de gerente que usa cuando quiere dar una orden disfrazada de preocupación. Detrás de él venía Lorena, su esposa, jalando tres correas con dos perros grandotes, cargando croquetas carísimas y una jaula cubierta con una toalla.

—Ahora que papá ya murió, te toca cuidar a mis perros cada vez que viajemos, mamá —me soltó Javier de golpe.

Dejó sobre mi comedor una hoja con horarios de comida, medicinas y paseos para sus animales.

—Mamá, vnimos a organizarnos —añadió Lorena.

Mi respiración se atoró. Yo pensé que venían a consolarme, a ver cómo me sentía después del velorio. Qué inocente fui. Lorena destapó la jaula y el perico, apenas me vio, me gritó: “¡Vieja floja!”. Lorena soltó una carcajada que me heló la sangre. Por si fuera poco, mi nieta Sofía caminó por la sala, mirando las paredes, y sin siquiera darme el pésame preguntó: “¿Este cuarto será mío cuando vendan la casa?”.

El aire se volvió pesado. Entendí todo de golpe. No habían venido a acompañarme en mi dolor. Habían venido a calcular cuánto tardaría yo en estorbarles menos.

—Hijo —le dije, tragándome el coraje—, enterramos a tu papá hace siete días.

Javier suspiró molesto, mirándome como si yo fuera una niña haciendo berrinche.

—Mamá, no empieces. Todos tenemos vida —me contestó.

Lo miré a los ojos. Todos tenían vida, menos yo. Ellos querían que me quedara en la misma cocina donde por años molí pastillas y aprendí a desaparecer. Pero en ese instante, en lugar de llorar, sonreí. Ellos no sabían que, en el cajón de mi recámara, yo ya tenía guardado un sobre azul que iba a destruirles sus planes.

¿QUÉ HABÍA EN ESE MISTERIOSO SOBRE AZUL QUE HARÍA LLORAR LÁGRIMAS DE SANGRE A MI HIJO?

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