
El lápiz raspaba el papel con tanta fuerza que casi lo rompía.
Me asomé por la rendija de la puerta. Emilia, mi nieta de doce años, estaba encorvada sobre la tapa del excusado, resolviendo divisiones bajo la luz amarillenta y débil del baño.
—¿Mija? —susurré.
Dio un brinco. Sus hombros se tensaron de golpe y pegó el cuaderno a su pecho, escondiendo la mirada.
—¿Qué haces ahí, chamaca? Vente a la mesa de la sala, aquí casi no hay luz.
—Me gusta aquí, abuela. Ya me acostumbré.
Ya me acostumbré. Sus labios temblaban al decirlo.
Llevaban tres meses viviendo en mi casa en Coyoacán. Mi hijo Miguel había pedido asilo con su familia “por unas reparaciones”. Pero esa misma noche, el ambiente en la cena se podía cortar con un cuchillo.
Pusimos cuatro platos. Mi nuera, Sara, apenas picaba su comida. Sus nudillos estaban blancos de tanto apretar el tenedor.
—¿Por qué Emilia hace la tarea en el baño? —le solté a Miguel.
Él ni siquiera levantó la vista.
—Quiere privacidad, mamá. Déjala.
Su tono fue cortante, seco. De pronto, Sara tomó su plato intacto y lo puso en una bandeja con más comida. Se levantó sin hacer ruido.
—¿A dónde llevas eso? —pregunté.
—A la cocina —murmuró, evadiendo mi mirada.
Pero no fue a la cocina.
Sus pasos se dirigieron al fondo del pasillo, directo a la recámara que Miguel me había exigido mantener cerrada con llave porque guardaba “papeles importantes del trabajo”.
A las dos de la mañana, un golpe seco me despertó. Venía de ese cuarto.
Me levanté descalza. El piso estaba helado. Me acerqué a la puerta prohibida y pegué la oreja a la madera. Escuché a Sara susurrar, con la voz ahogada en llanto. Luego, una respiración pesada que no era ni de ella ni de Miguel. Alguien más estaba ahí adentro.
Puse la mano sobre el pomo frío. Estaba a punto de girarlo cuando una mano chiquita me jaló la bata.
Era Emilia. Tenía los ojos rojos, llenos de lágrimas.
—Abuela, no abras… —suplicó con un hilo de voz—. Si descubres lo que hay ahí, mi papá nos va a echar de la casa.
PARTE 2: EL PERDÓN Y LA VERDADERA FAMILIA
El silencio en ese pasillo era tan pesado que sentía que me aplastaba el pecho. Mi hijo Miguel estaba ahí, hincado en el suelo de mi propia casa, con la cabeza agachada y los hombros sacudiéndose por un llanto silencioso que parecía llevar guardado años enteros. Sara, mi nuera, se había quedado congelada en el marco de la puerta, con el rostro pálido y los ojos muy abiertos, respirando agitada como si la hubieran atrapado cometiendo el peor de los crímenes.
Pero el único crimen aquí, el verdadero pecado, había sido el mío.
Yo seguía en el piso de la recámara, abrazando a Lilia, esta muchachita de quince años de cabello negro y mirada profunda, que se aferraba a mí con una fuerza suave y cálida. Emilia, mi niña de doce años, estaba a mi lado, aferrando mi brazo izquierdo, llorando también, pero con una sonrisa de alivio que me partió el alma en mil pedazos.
—Mamá… —repitió Miguel, con la voz quebrada, ronca—. Mamá, por favor, no te enojes. Te lo suplico, no nos corras. No corras a mi familia.
Escuchar a mi muchacho, al hombre fuerte y orgulloso que yo había criado, suplicarme de esa manera, me hizo sentir como un monstruo. ¿Qué clase de madre era yo para que mi propio hijo creyera que iba a echar a la calle a una niña indefensa? Pero claro, el recuerdo me golpeó la memoria como una cachetada. Hacía cinco años, en la sala de esta misma casa, yo había escupido palabras llenas de veneno. “Esa niña no es tu sangre, Miguel. Te vas a amarrar a una carga para toda la vida. Un hijo con retraso o problemas es una cruz que no te toca cargar. Si te casas con ella, te vas a arrepentir”.
Me solté de Lilia despacito, acariciándole el cabello para no asustarla, y me levanté del suelo sintiendo que las rodillas me temblaban. Caminé hacia Miguel. Me agaché frente a él y le tomé el rostro con ambas manos. Sus mejillas estaban empapadas.
—Levántate, mi amor. Levántate, por favor —le rogué, sintiendo que las lágrimas me cegaban—. Mírame, Miguel. Mírame a los ojos. La que tiene que pedir perdón de rodillas soy yo. Fui una vieja necia, una ignorante, una mala madre. ¿Cómo pudiste pensar que las palabras de una mujer cegada por el orgullo iban a ser eternas? Dios mío, perdóname, hijo. Perdóname por obligarte a vivir con este miedo.
Miguel me miró a los ojos y, por primera vez en años, lo abracé como cuando era un niño y se caía raspándose las rodillas. Lloramos juntos. Lloramos por el tiempo perdido, por el dolor innecesario, por el muro de mentiras que mi propia intolerancia había construido.
Sara dio un paso hacia nosotros. Tenía las manos entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos se le veían blancos.
—Teresa… —comenzó a decir Sara, con un hilo de voz—. Cuando Miguel me propuso matrimonio, yo le dije que Lilia y yo éramos un paquete. Que mi hija tiene autismo severo, que no habla, que necesita rutinas estrictas, que a veces tiene crisis fuertes. Él la aceptó desde el primer segundo. La amó desde que la vio. Pero cuando me contó lo que tú dijiste… me dio terror. No quería que él perdiera a su madre por mi culpa.
Me acerqué a Sara y le tomé las manos, soltándoselas poco a poco. Estaban heladas.
—Sara, hija. Tú no tienes la culpa de nada. Ustedes hicieron lo que cualquier buen padre haría: proteger a su criatura de las garras de una loba. Y esa loba fui yo. Pero te juro, por lo más sagrado, que jamás volveré a lastimarlos.
Me giré para mirar la habitación. Ahora, con la luz encendida y sin el velo del misterio, pude ver realmente el santuario que habían construido para Lilia. Las paredes estaban forradas con paneles de espuma acústica, cubiertos por una tela suave de color azul pastel. Había un difusor que soltaba un aroma muy sutil a lavanda. En una esquina, una pequeña tienda de campaña con cojines adentro, que supuse era su refugio cuando el mundo exterior se volvía demasiado ruidoso. Cajas organizadoras transparentes con etiquetas impecables, juguetes con texturas de goma, pelotas con picos suaves, unos audífonos grandes para cancelar el ruido.
—Hace tres meses —explicó Miguel, pasándose las manos por la cara para limpiarse el llanto—, el gobierno de la ciudad empezó una obra gigante justo enfrente de nuestro departamento. Empezaron a usar taladros hidráulicos, a romper el pavimento. El ruido era insoportable, mamá. Lilia entró en crisis. Se golpeaba la cabeza contra la pared de la desesperación, no dormía, dejó de comer. Los audífonos no eran suficientes. El neurólogo nos dijo que teníamos que sacarla de ahí urgentemente. Tu casa… tu casa siempre ha sido un remanso de paz. Coyoacán es tranquilo, los muros son gruesos, el patio es grande.
—Pero no tuviste el valor de decirme para qué querían venir —completé yo, sintiendo una punzada de dolor en el pecho.
—Tuve miedo —confesó Miguel, bajando la mirada—. Pensé: le digo que son reparaciones del edificio, nos quedamos unos meses en lo que terminan la obra, mantenemos a Lilia escondida y nadie sale lastimado. Pero fue un infierno logístico.
Sara asintió, secándose las mejillas.
—Te pedíamos que fueras al mercado en las mañanas, o a tomar café con tus amigas, para poder sacar a Lilia al baño, bañarla rápido, dejar que caminara un rato por el pasillo. Le dábamos de desayunar a escondidas. En la noche, cuando te ibas a tu recámara a ver las novelas y apagabas la luz, la sacábamos al patio trasero quince minutos para que respirara aire fresco.
Miré a mi nieta Emilia, que seguía sentada junto a su hermana en la alfombra, pasándole una pieza de madera de colores.
—Y por eso tú hacías la tarea en el baño… —dije, sintiendo que la garganta se me cerraba otra vez—. El lápiz raspando el cuaderno, las luces prendidas, el ruido de las hojas.
—Lilia es hipersensible a los sonidos agudos, abuela —explicó Emilia con una madurez que me dejó pasmada—. A veces, si yo arrastraba la silla del comedor, ella se tapaba los oídos y lloraba desde el cuarto. El baño de visitas tiene la puerta más gruesa y está al otro lado de la casa. Ahí no la molestaba. A mí no me importaba sentarme en el excusado, abuela. Es mi hermana. Yo la quiero mucho. Y ella me quiere a mí.
Una niña de doce años. Mi nieta de doce años se sacrificaba todos los días, encorvada bajo un foco amarillo, en un baño incómodo, solo por amor. Una niña me estaba dando la lección más grande de empatía que había recibido en mis sesenta y ocho años de vida.
—Se acabó —dije, con voz firme, secándome las lágrimas con el reverso de la mano—. Se acabó el escondite. En esta casa no hay secretos, y mucho menos fantasmas. Lilia es mi nieta. Y las nietas no viven encerradas.
Esa tarde, el ambiente en la casa cambió por completo. Fue como si hubiéramos abierto todas las ventanas después de una tormenta oscura y pesada. Miguel fue por sus herramientas y quitó la cerradura con llave de la puerta del fondo. Sara bajó a la cocina y, por primera vez en tres meses, sacó cinco platos del trastero.
Yo me dediqué a observar. Quería aprender. Necesitaba entender todo lo que me había perdido. Sara me explicó que Lilia no hablaba con la boca, pero que su cuerpo, sus manos y sus ojos lo decían todo.
Llegó la hora de la cena. Antes, Miguel y Sara solían poner música de fondo, o la televisión prendida en las noticias. Hoy, la casa estaba en un silencio respetuoso, casi sagrado. Lilia salió de su cuarto caminando de puntitas, un rasgo que me pareció tan tierno como curioso. Llevaba puesto un pantalón de algodón holgado y una playera sin etiquetas. Sara me había advertido que las etiquetas de la ropa le raspaban la piel como si fueran lijas.
Lilia se acercó a la mesa. Vio los cinco platos. Se detuvo en seco. Giró la cabeza hacia mí, ladeándola un poco, como si estuviera evaluando mi presencia en su territorio compartido. Yo me quedé quieta, respirando despacio, recordando la indicación de Sara: “No la presiones, Teresa. Deja que ella marque el ritmo. No la mires a los ojos fijamente si ves que se pone nerviosa”.
Bajé la mirada hacia mi plato de sopa de fideo. Sentí una presencia a mi lado. Lilia se sentó en la silla junto a la mía. Emilia me guiñó un ojo desde el otro lado de la mesa y sonrió.
Serví la cena. Fui cuidadosa de no hacer chocar la cuchara de metal contra las ollas. Le pasé su plato a Sara, y ella se lo puso a Lilia. Durante unos minutos, lo único que se escuchó fue nuestra propia respiración. De pronto, Lilia dejó su cuchara a un lado. Levantó su mano derecha, despacito, y rozó con sus dedos el dorso de mi mano arrugada.
Su piel era suave, calientita. Me acarició los nudillos y luego dio dos toquecitos ligeros.
—Esa es su forma de decir gracias, abuela —susurró Emilia, con los ojos brillantes.
Tuve que morder mi labio inferior para no soltarme llorando en la sopa. Giré mi mano y, con mucha suavidad, le di un apretón ligero a los deditos de Lilia.
—De nada, mi cielo. Buen provecho —le contesté en un susurro. Lilia hizo un sonido corto con la garganta, un murmullo de aprobación, y siguió comiendo.
Esa noche, antes de irme a dormir, toqué a la puerta del cuarto de Lilia. Estaba entreabierta. Sara estaba sentada en el suelo, guardando unos juguetes en las cajas. Lilia estaba acostada boca abajo en su cama, dibujando en un cuaderno grande con crayolas gruesas.
—¿Puedo pasar? —pregunté.
—Pásale, Teresa. Esta es tu casa —me dijo Sara con una sonrisa que ya no tenía rastro de miedo.
Me acerqué a la cama. Lilia ni siquiera levantó la vista de su cuaderno. Sus trazos eran fuertes, decididos. Dibujaba con una concentración absoluta. Me quedé parada a su lado un rato largo, hasta que finalmente dejó la crayola azul a un lado y levantó la hoja para mostrármela.
Era el mismo dibujo que me había enseñado horas antes en medio de la crisis. La familia. Miguel, Sara, Lilia y Emilia tomados de la mano. Pero esta vez, la figura que estaba aislada en una esquina, esa muñequita de palos que me representaba a mí, ya no estaba sola. Lilia había dibujado una línea larga, un camino rojo que conectaba la mano de mi dibujo con la suya.
Se me hizo un nudo en la garganta.
—Es hermoso, mi niña. Es el dibujo más hermoso que he visto en mi vida —le dije.
Lilia se incorporó de golpe, se hincó sobre el colchón y echó sus brazos alrededor de mi cuello. Su abrazo no era como los de Emilia; era un abrazo apretado, intenso, casi como si quisiera fundirse conmigo, como si su cuerpo necesitara esa presión profunda para sentirse seguro. Le correspondí con todo el amor que había tenido estancado. Olía a jabón de lavanda y a inocencia pura.
—Te quiero, Lilia —susurré cerca de su oído—. Te prometo que nunca más vas a tener que esconderte.
A partir de la mañana siguiente, mi vida y la dinámica de mi casa cambiaron de una forma que nunca imaginé. Tiré mis viejas creencias a la basura y decidí convertirme en la abuela que Lilia necesitaba.
Lo primero que hicimos fue cambiar las cortinas de la sala. Compré unas gruesas, de esas que bloquean el sol excesivo, porque Lilia se deslumbraba y le dolía la cabeza si la luz entraba de golpe por el ventanal. También le pedí a Miguel que me ayudara a mover el escritorio grande de caoba que estaba en el estudio y lo pusimos en la sala, justo junto a la ventana que daba al jardín. Ese sería el nuevo lugar de estudio de Emilia. Compré una lámpara bonita, de luz blanca y brillante, para que mi niña pudiera hacer su tarea cómodamente, sin lastimarse la vista ni esconderse en excusados fríos.
Pero el mayor reto fue aprender a comunicarme con mi nieta mayor. El espectro autista era un mundo completamente desconocido para mí. Yo era de esa generación ignorante que creía que los niños que no hablaban o hacían berrinches solo estaban “chiflados” o “malcriados”. ¡Qué equivocada estaba!
Empecé a observar sus rutinas. Lilia era un relojito. A las ocho de la mañana desayunaba avena, siempre en el mismo plato de plástico azul. A las nueve, Sara le daba sus terapias sensoriales y cognitivas. A las once, necesitaba caminar.
El tercer día sin secretos, me planté en la sala con mis tenis de caminar puestos y mi suéter ligero.
—Sara, me llevo a la niña al parque de los Viveros —anuncié.
Miguel y Sara se miraron con evidente pánico.
—Mamá… es fin de semana. Hay mucha gente, hay perros, hay ruido. Se puede alterar —dijo Miguel, levantándose del sillón.
—Miguel Ángel, tú me criaste a mí y yo te crie a ti. Sé que esto no es fácil, pero tampoco podemos tenerla en una burbuja de cristal para siempre. Me llevo los audífonos. Me llevo sus juguetes para morder. Y te juro que si veo que se altera, nos regresamos inmediatamente. Tienen que confiar en mí.
Sara respiró hondo y asintió. Fue por Lilia, le puso sus tenis sin agujetas y le colgó al cuello un gafete que decía su nombre, su condición y los teléfonos de emergencia, por si acaso.
Caminar con Lilia hasta el parque fue una experiencia reveladora. Yo estaba acostumbrada a caminar rápido, con prisa, como si siempre se me hiciera tarde para todo. Lilia me enseñó a frenar. A las dos cuadras, se detuvo frente a un muro de piedra volcánica cubierto de hiedra. Se quedó ahí, fascinada, tocando la textura rugosa de la piedra, pasando las yemas de sus dedos por las hojas verdes. Antes, yo la habría jaloneado diciendo “Ándale, chamaca, que se nos hace tarde”. Esa mañana, me quedé parada a su lado, en silencio, mirando cómo el sol se filtraba entre las ramas y cómo Lilia parecía entender un idioma de la naturaleza que a mí me era ajeno.
Al llegar a los Viveros, el sonido de los pájaros la hizo sonreír. Caminamos por los senderos de tierra. Lilia iba agarrada de mi manga, a veces aleteando sus manos cuando veía a una ardilla cruzar el camino, emocionada, haciendo ruiditos agudos de felicidad.
Fue ahí cuando nos topamos con doña Carmen, la vecina chismosa de la cuadra, la típica señora que todo lo sabe y todo lo juzga.
—¡Ay, doña Tere! ¡Qué milagro! —gritó desde lejos, acercándose con su bolsa del mandado—. Oiga, ¿y esta muchachita quién es? Pensé que su única nieta era la güerita, la Emilia.
Lilia se tensó de inmediato al escuchar el tono de voz estridente de Carmen. Se escondió a medias detrás de mi espalda y empezó a mecerse ligeramente hacia adelante y hacia atrás.
Sentí cómo la sangre me hervía, pero me mantuve firme. Puse una mano protectora sobre el hombro de Lilia.
—Esta hermosura es mi nieta mayor, Carmen. Se llama Lilia —dije con la frente en alto, hinchada de orgullo.
Carmen frunció el ceño y miró a Lilia de arriba a abajo.
—Mmm. ¿Y qué, es mudita o qué tiene? ¿Por qué se mece así? Se ve rarita, con todo respeto, doña Tere.
La Teresa de hace cinco años se habría muerto de la vergüenza. Habría inventado una excusa, se habría llevado a la niña a escondidas. La Teresa de hoy sacó las garras.
—Con todo respeto, Carmen, mi nieta tiene autismo. Es brillante, es hermosa y tiene un corazón más grande que el de muchos que presumen de ser muy ‘normales’. Y se mece porque su voz chillona la está aturdiendo. Así que, si nos disculpa, venimos a disfrutar de la naturaleza, no del chisme. Con permiso.
Tomé a Lilia de la mano y seguimos caminando. Cuando estuvimos lejos, Lilia dejó de mecerse. Me miró de reojo y soltó una carcajada cortita, pura. Sabía perfectamente lo que había pasado. Yo me reí con ella. Ese día, bajo la sombra de los árboles inmensos, sentí que por fin nos habíamos ganado nuestra confianza mutua.
Los meses pasaron y la casa de Coyoacán se llenó de una luz diferente. Ya no había habitaciones prohibidas ni tensiones ahogadas en la cena. Emilia floreció; dejó de tener esa mirada de preocupación constante. Ahora invitaba a sus amigas de la escuela, y Lilia, en lugar de esconderse, a veces salía a la sala y se sentaba con ellas mientras hacían pulseritas. Las amigas de Emilia aprendieron rápido: no gritar, no luces parpadeantes, ofrecerle los hilos de colores y dejar que ella decidiera si quería participar.
Yo decidí ir más allá. Le pedí a Sara que me llevara a la escuela de educación especial donde ella trabajaba por las mañanas. Quería entender más. Quería ayudar. Al principio, solo iba a observar. Veía a niños con parálisis cerebral, niños con síndrome de Down, adolescentes en distintos niveles del espectro autista. Vi a terapeutas trabajando con paciencia infinita. Vi los berrinches que en realidad eran sobrecargas sensoriales. Vi a padres de familia exhaustos pero llenos de un amor feroz.
Terminé ofreciéndome como voluntaria dos veces a la semana. Les leía cuentos usando pictogramas, ayudaba en el huerto escolar, aprendí a hacer materiales sensoriales con arroz pintado y globos con harina. Entendí que el mundo está lleno de mentes maravillosas que funcionan diferente, y que la discapacidad más grande no está en ellos, sino en los ojos de los que nos negamos a entenderlos.
En noviembre llegó el cumpleaños número dieciséis de Lilia.
En el pasado, mis fiestas familiares eran ruidosas: mariachi, cincuenta invitados, cahuamas, cohetes y griterío. Esta vez, la celebración fue el acto de amor más íntimo que he presenciado.
Adornamos el patio trasero con tiras de luces cálidas, muy tenues. No inflamos globos para evitar que alguno tronara y la asustara. En lugar de eso, Emilia y yo pasamos tres días haciendo grullas de papel de colores y las colgamos de los árboles. Sara preparó el platillo favorito de Lilia: milanesa de pollo con puré de papa, servido exactamente como a ella le gustaba, sin que los alimentos se tocaran en el plato.
No hubo invitados externos. Solo nosotros cinco. Cuando llegó el momento del pastel —un panqué de elote suave sin betún pegajoso—, Miguel sacó una guitarra acústica. Empezó a tocar ‘Las Mañanitas’ muy despacito, acariciando las cuerdas en lugar de rasguearlas. Emilia, Sara y yo cantamos en un susurro. Lilia nos miraba desde la cabecera de la mesa, con los ojos iluminados, reflejando la luz de la única velita que coronaba su pastel.
Terminamos de cantar. Lilia sopló y apagó la vela. En lugar de aplaudir y hacer un escándalo, los cuatro levantamos las manos y las agitamos en el aire, haciendo el lenguaje de señas para el aplauso. Lilia soltó un gritito de felicidad y aleteó sus manos junto con nosotros.
De repente, se levantó de su silla. Caminó hacia Miguel y le dio un beso en la frente. Fue hacia Sara y la abrazó. Luego se acercó a mí. Me tomó de las mejillas, me miró profundamente a los ojos, esos ojos oscuros y sabios, y acercó su frente a la mía. Nos quedamos así, frente a frente, compartiendo el mismo aire.
—Feliz cumpleaños, mi vida —le susurré, llorando de pura felicidad.
Lilia se separó, fue a su cuarto y regresó un minuto después con una cartulina enrollada. Me la entregó.
La desenrollé sobre la mesa. Era una pintura hecha con acuarelas, algo nuevo que había estado practicando. Era la fachada de mi casa en Coyoacán. Los detalles eran precisos, asombrosos: las macetas con bugambilias, las tejas del techo, el portón de madera. Y en la ventana principal, se asomaban cinco figuras. Ya no eran dibujos de palitos. Eran rostros detallados. Miguel, Sara, Emilia, ella… y yo, justo en el medio, abrazándolas a las dos. Abajo, en letras de molde algo temblorosas, había escrito su primera palabra completa en años: “F A M I L I A”.
Miguel no aguantó más y soltó a llorar, escondiendo el rostro en el hombro de Sara. Yo abracé la cartulina contra mi pecho como si fuera el tesoro más grande del universo.
Ha pasado un año desde aquel día en que la descubrí encerrada en la habitación. Un año desde que la mentira se rompió y nos obligó a sanar. Miguel y Sara finalmente pudieron rentar un departamento cerca de la escuela de Lilia, ya sin obras enfrente, pero decidieron no irse. Nos sentamos los tres a platicarlo una noche con café.
—Esta casa es muy grande para mí sola —les dije—. Ustedes pagan los gastos, yo cuido a las niñas. Somos un equipo. Además, no creo que soporte vivir sin el escándalo de mis dos nietas.
Miguel sonrió, con los ojos llorosos, y aceptó.
Hoy en día, Lilia ya no es un secreto. Sus cosas están regadas por toda la casa: sus crayolas en la mesa del comedor, sus cojines de texturas en los sillones, sus audífonos en la entrada. Los vecinos de la cuadra la conocen, el de los tamales le guarda siempre uno de dulce, y hasta doña Carmen la saluda de lejitos sin hacer comentarios imprudentes.
La sangre, he aprendido, es solo biología. Es un accidente de la naturaleza. Pero la familia… la familia se elige. La familia es la que se queda contigo en la tormenta, la que se sienta a tu lado en el suelo cuando el mundo es demasiado ruidoso, la que estudia en un baño oscuro para proteger tu paz. Lilia llegó a mi vida no a través de la sangre de mi hijo, sino a través del amor infinito que él sintió por ella y por su madre.
Lilia me salvó. Me salvó de morir siendo una vieja amargada, sola y llena de prejuicios. Me enseñó que el amor no siempre necesita palabras, que un apretón de manos puede decir mil veces “gracias”, y que el perdón, cuando es sincero, tiene el poder de derribar cualquier puerta cerrada.
Y mientras la veo ahora mismo, sentada en el jardín, meciendo suavemente sus hombros mientras observa cómo caen las hojas de los fresnos, sé que nunca he sido más rica en toda mi vida. Esta es mi familia. Mi ruidosa, silenciosa, perfecta y verdadera familia. Y a cualquiera que me pregunte, lo grito a los cuatro vientos: tengo dos nietas maravillosas. Y daría la vida por ambas.
FIN