
La primera vez que me di cuenta de que este mundo estaba p*dridamente mal, fue en la capacitación de primeros auxilios de la empresa.
El instructor golpeó el maniquí con su puntero y dijo con voz firme: “Recuerden, la sngre humana es azul, y solo se vuelve roja cuando se oxida al contacto con el aire”. Pensé que era una broma estpida. Pero al mirar a mis compañeros, todos asentían muy serios y cían tomando notas. No me pude aguantar, levanté la mano casi riendo:
—Profe, no manche, ¿se equivocó de diapositiva? La sngre siempre ha sido roja*.
El silencio que invadió la sala me heló los huesos. Todos, absolutamente todos los de la oficina, giraron la cabeza al mismo tiempo para mirarme fijamente, como si yo fuera una aberración. El instructor frunció el ceño, agarró el manual y me lo puso en la cara. Ahí estaba, impreso en letras negras y frías: “La sngre es de color azul”*.
Tragué saliva, sintiendo que me asfixiaba. Lety, mi compañera de al lado, me jaló del brazo temblando: —¿Andas muy estresada últimamente, Fer? ¿Cómo se te va a olvidar algo tan obvio?.
Bajo la mirada clavada de decenas de personas, solo pude fingir una sonrisa nerviosa y balbucear que era una broma. En cuanto terminó la clase, corrí como loca a encerrarme a un cubículo del baño. Con las manos temblando, agarré un segurito de mi gafete y me piqué la yema del dedo con todas mis fuerzas. Una gota de s*ngre roja y brillante brotó al instante. Suspiré aliviada; mi memoria estaba bien, yo no estaba loca.
Pero entonces, escuché pasos en la zona de los lavabos. —Neta que Fernanda se vio bien alucinada hoy diciendo que la sngre es roja* —dijo una voz. —Sí, qué boba… Oye, me están sangrando las encías, pásame un papel —le respondió otra.
Me asomé por la pequeña rendija de la puerta, conteniendo la respiración. Vi a la de Recursos Humanos sonreír frente al espejo mientras se limpiaba la boca. Y entonces… mis pupilas se dilataron del pánico absoluto. De entre sus dientes pálidos, escurría un líquido espeso y azul neón, que poco a poco se iba oscureciendo al tocar el aire.
Ellos no estaban mal. Yo tampoco. Entonces… ¿en qué maldito infierno estaba metida?
Parte 2
Caminé por el pasillo del corporativo y sentí que todo era extrañamente aterrador
Yo era la rareza en este maldito lugar, yo era la verdadera extraña
Apenas me senté en mi escritorio, el Licenciado Valdés, mi jefe directo, me llamó a su oficina
Me miró de arriba a abajo y me preguntó si tenía mucho estrés por lo que había pasado en la clase de primeros auxilios
Yo sabía perfectamente que no podía decirle la verdad; mi instinto me gritaba que revelar que era diferente me iba a costar muy caro
Así que me hice la tonta, le dije que solo era una broma de mal gusto y que me disculpara
Me dejó ir, pero sentí su mirada fría clavada en mi nuca
Llegué a mi departamento, cerré con doble llave, jalé las cortinas y prendí una vela
Me metí a la cama desde temprano rezando para que todo fuera una pesadilla
Pero a las 3:00 a.m., con los ojos pelados y sin poder dormir, abrí mi laptop y me puse a buscar información sobre la s*ngre
Todo seguía igual: los resultados decían que era azul
Pero me puse a escarbar más y casi me da un infarto
En Wikipedia decía que el Ángel de la Independencia fue construido en la Plaza Roja de Moscú antes de la Segunda Guerra Mundial
Busqué la Torre Eiffel y la pantalla me mostró tres pilares negros gigantescos que jamás en mi vida había visto
Busqué el Monte Everest y decía que era la fosa más oscura y profunda del mundo bajo el Océano Ártico
Cerré la laptop de un golpe seco, con el corazón queriéndose salir de mi pecho
Este mundo no era mi mundo
Publiqué una pregunta anónima en un foro preguntando si alguien más notaba esto
A los dos minutos, me respondieron dos comentarios agresivos: “El autor del post necesita ir a un psiquiatra” y “¿Te escapaste del manicomio o qué te pasa?”
Ese último comentario fue como un balde de agua helada en la cara
Si me descubrían, el precio a pagar iba a ser mi propia vida
Borré la publicación de inmediato y me prometí fingir ser la persona más normal de esta maldita ciudad
Tres días después, el maldito instructor de primeros auxilios regresó a la oficina de sorpresa
El aire se volvió pesado cuando nos repartió un examen a todos, diciendo que estaba prohibido hablar y que debíamos entregarlo directamente en sus manos
Una de las contadoras, que llevaba años en la empresa, susurró que era la primera vez que les hacían un examen así
Me dio un escalofrío
Aprovechando un descuido, me asomé de reojo al examen de mi compañera de al lado
Su examen tenía preguntas de primeros auxilios normales
Pero cuando miré mi hoja, las letras negras decían: “1
¿De qué color es la sngre humana? 2
¿De qué color es el cabello de un recién nacido?”*
El terror me paralizó las piernas
Me estaban poniendo a prueba
Temblando, agarré la pluma y escribí: “Azul” y “Blanco”
Cuando entregué la hoja, el instructor me dio una mirada oscurísima, llena de morbo, pero no dijo ni una sola palabra
Sabía que desde ese momento cada respiro que diera iba a ser vigilado
Al día siguiente, fuimos a comer a una fondita cerca del corporativo
Estaba tan paranoica que rápido me di cuenta de que un tipo con chamarra gris estaba sentado en una mesa atrás, totalmente solo
Mi memoria me dijo que a ese mismo güey lo había visto en el Metro en la mañana
Tenía su plato intacto y solo veía su celular
Usé la pantalla apagada de mi teléfono como espejo para vigilarlo mientras fingía retocarme el maquillaje
En menos de un minuto, levantó la mirada tres veces, y las tres veces sus ojos se clavaron directamente en mí
Venían por mí
A la salida del trabajo, en lugar de irme por la avenida principal hacia el Metro, me metí por unas callejuelas viejas de la colonia
Entré a un Oxxo, compré un café y me senté frente al ventanal de cristal
Mi plan era simple: la callejuela bajando de ese Oxxo era un callejón sin salida
Si el de la chamarra gris entraba, tendría que regresar forzosamente y ahí lo iba a confrontar
Lo vi pasar arrastrando los pies hacia el callejón
Esperé
Y esperé
Se hizo de noche, el alumbrado público se prendió, y el tipo nunca regresó
Salí del Oxxo y me asomé
El callejón estaba completamente vacío, como si ese hombre fuera un fantasma
Corrí a mi departamento casi llorando de miedo
Agarré una libreta y anoté todo
1: Este no es el mundo real
2: Alguien me vigila porque abrí la boca en la clase
3: Quienes me siguen no son gente normal
Me di cuenta de que no querían hacerme daño físico aún; querían saber si yo ya me había dado cuenta de que el mundo era falso
Decidí abrir otra cuenta en un foro de internet y, para no ser obvia y arriesgarme, pregunté algo sutil: “Tengo muy mala memoria, siempre confundo en qué ciudad están los monumentos, ¿qué hago? Por ejemplo, siempre olvido dónde está la Torre Latinoamericana”.
A la mañana siguiente, me llegó una notificación
Un usuario anónimo llamado “Hugo” me había dejado un comentario con una sola palabra: “Shanghai”
Se me detuvo la respiración
Al darle clic, la página se puso en blanco y mi cuenta fue bloqueada permanentemente de forma rarísima
Me habían cachado
Pero dentro de mi pánico, sentí una chispa de esperanza: en este mundo, yo no estaba sola
Esa mañana, caminando al Metro, un tipo salió de la nada y me dio un empujón brutal
Murmuró un “perdón” y vi que sonreía de una forma macabra y enfermiza
Me di la vuelta enojada y entonces..
¡PUM!
Un motor de aire acondicionado gigante cayó desde el edificio y se hizo pedazos justo en el lugar donde yo iba a pisar
Los cristales me cortaron las piernas
La policía llegó y dijo que era un edificio abandonado y que el balcón estaba podrido
Pero yo sabía la verdad: ese tipo me empujó a propósito para que el motor me aplastara
Llegué a la oficina blanca como un fantasma
El Licenciado Valdés me vio y se acercó fingiendo estar muy preocupado
Le dije que casi me m*tan en la calle
Sin preguntarme un solo detalle de lo que pasó, me interrumpió: “Deberías irte a descansar, Fer, te doy el día, ve a un hospital a revisarte”
Al llegar a mi depa, me di cuenta de que se habían metido
Habían sacado mis papeles de la basura y los habían vuelto a acomodar
Agradecí al cielo no haber escrito mis sospechas finales en esa libreta
Ya no podía más
A la mañana siguiente, pedí un Uber para huir al aeropuerto; me iba a largar a Cancún
El chofer era un señor demacrado que no dijo ni los buenos días
Me quedé dormida por el cansancio y, cuando desperté por un bache, vi por la ventana que íbamos en una carretera de terracería que no conocía
“Oiga, ¿se equivocó de camino?”, le pregunté con la voz temblorosa
El chofer me vio por el retrovisor con unos ojos muertos, totalmente vacíos
Vi su tablero: el GPS siempre estuvo apagado
¡Aceleró a fondo!
Íbamos directo a la sierra
Por pura suerte, había tráfico por un choque adelante y vi las torretas de unos policías de tránsito
Empecé a golpear la ventana como loca
Un oficial en moto nos cerró el paso
Abrí la puerta y me tiré al pavimento gritando: “¡Me quiere secuestrar, ayúdenme!”
El chofer no dijo nada, solo me clavó una mirada asquerosa mientras lo esposaban
En el Ministerio Público, la mujer policía me miró con lástima: “Señorita, ya le avisamos a sus contactos de emergencia, ya vienen por usted”
Me helé de pies a cabeza
Mi familia estaba en otro estado, era imposible
La puerta se abrió de golpe y entraron el Licenciado Valdés y la Licenciada Carmen de RH
“¡Fer, qué susto nos diste, ya estamos aquí!”, dijo Carmen abrazándome
Su calor corporal se sintió como veneno
Valdés dijo tranquilamente que ellos estaban en mi expediente como contactos de emergencia
Yo jamás, en mi p*ta vida, los puse ahí
Entendí que estaba atrapada en una red inmensa; ellos controlaban cada rincón de este infierno
Valdés se ofreció a llevarme a mi casa
En el camino me soltó la verdadera trampa: “Fer, andas muy mal, tienes alucinaciones
Te conseguimos una cita con el Dr
Leonardo Macías, un excelente psiquiatra, los gastos los paga la empresa”
Era una amenaza directa
Si no iba, me iban a m*tar
Acepté ir
A las 3:00 p.m
llegué a la clínica
El Dr
Macías me recibió con una sonrisa de plástico
“¿A veces sientes que las cosas a tu alrededor no son como las recuerdas?”, me preguntó de frente, encajándome la mirada
Me hice la pendeja
Le dije que seguro era el estrés
Él se puso serio y me dijo que necesitaba hacerme un “escáner cerebral” urgente
Me llevó por un pasillo blanco hasta el sótano
Al abrir una enorme puerta de metal, vi el área de evaluación: estaba llena de máquinas horribles, una mezcla de tomógrafos con ataúdes de metal
No había ni un solo paciente, pero decenas de enfermeros dejaron de hacer lo que hacían y me miraron fijamente al mismo tiempo
La puerta se cerró detrás de mí y un guardia enorme bloqueó la salida
Sentí que me iba a desmayar del terror
“Doctor, me da mucho miedo hacerlo sola..
¿pueden venir Valdés y la licenciada Carmen a acompañarme?”
Macías sonrió cinicamente y dijo: “Claro que sí, le aviso a Valdés y a la licenciada Carmen”
¡Ahí estaba el error! Yo le decía “Carmen” de cariño, pero su nombre oficial en la empresa era otro
¡Este doctor, al igual que los demás, solo copiaba la información de mi entorno para crear esta realidad falsa!
Le pedí regresar al consultorio a esperar
Una vez ahí, le dije que iba a la maquinita del pasillo por una Coca-Cola para los nervios
“Yo voy por ella, Fer, tú espérate aquí”, dijo él, y salió cerrando la puerta
En cuanto dejé de escuchar sus pasos, le puse seguro a la puerta, abrí la ventana y brinqué hacia la marquesina del piso de abajo
Caí al suelo rasgándome la falda y corrí hacia la avenida
Un taxi iba pasando y pensé que me había salvado, pero el taxi frenó de golpe frente a mí
Las puertas se abrieron y bajaron Valdés y Carmen
“Nos decepcionas mucho, Fer”, dijo Valdés con voz robótica
De la nada, un chingo de enfermeros salieron corriendo de los callejones y me agarraron
Me arrastraron de regreso a la clínica mientras yo gritaba
Me amarraron a la maldita máquina en el sótano
Me pusieron un casco de metal pesado lleno de cables y me taparon la boca con cinta industrial
Macías sacó una jeringa con un líquido extraño
“Tranquila, pronto serás una persona normal”, dijo
Yo lloraba de impotencia
Estaba completamente m*erta
De repente..
¡PUM! Todo se quedó a oscuras
¡Se fue la luz!
Escuché los gritos furiosos de Macías, seguidos de un golpe seco y un quejido de dolor
En la oscuridad total, una mano áspera me arrancó el casco y me quitó la cinta de la boca
“No hables, sígueme”, me susurró una voz de hombre al oído
Me desamarró en segundos y salimos corriendo por el pasillo a oscuras
Cuando entró la planta de luz de emergencia, vi que mi salvador traía bata de médico y cubrebocas
Nos abrimos paso entre el caos, logramos salir al estacionamiento por las escaleras y nos metimos a una camioneta negra
Arrancó derrapando las llantas
Cuando por fin nos perdimos en el tráfico de la CDMX, el tipo se quitó el cubrebocas
Era Hugo, el chavo de Sistemas de la oficina
“Tú eres el de Shanghai..
tú eres el del foro”, le dije llorando
Él asintió sin quitar la vista del frente
“Ya no hay marcha atrás, Fer
O destruimos este mundo, o nos borran por completo”
Hugo me explicó la cruda verdad mientras manejaba
Él llevaba más tiempo atrapado en este mundo y su memoria original se estaba borrando; tenía terror de convertirse en un zombie más
“Este mundo está incompleto, es como un set de grabación”, me dijo
Explicó que a mí no me habían podido borrar ni lavar el cerebro porque yo era un “error” en su sistema
“Tú eres la llave para salir de aquí, Fer, por eso no te han mtado directamente”*
Nos pusimos a atar cabos y dedujimos que yo debí entrar a este mundo la semana pasada, justo el día de los análisis médicos de la empresa
Pero me di cuenta de algo terrible: no recordaba absolutamente nada del martes y el miércoles de la semana pasada
Así que tomamos la decisión más l*ca de todas: íbamos a meternos a robar mi bitácora de trabajo al corporativo en plena madrugada.
Llegamos a la 1:00 a.m.
La oficina estaba vacía
Hugo usó sus mañas de sistemas y hackeó la puerta del archivo central
En medio de la oscuridad, alumbrando con el celular, vi mi libreta de bitácora
Todo iba demasiado fácil
Demasiado perfecto
Apenas puse mis dedos sobre la libreta, las luces de todo el piso se encendieron de golpe, cegándome.
“Por fin llegaste, te estábamos esperando”, dijo una voz chillona
Era el Licenciado Valdés
Estaba con Carmen y otros compañeros, bloqueando la única salida y arrinconándonos
“¡Corre!” me gritó Hugo
De una patada brutal tiró unos archiveros de metal enormes sobre Valdés y los demás
Me empujó hacia atrás y me metió unas llaves de carro en la mano
“¡Vete por la salida de emergencia, nos vemos en el lugar de siempre!”.
Hugo se le fue a los golpes a los de seguridad para hacerme un escudo humano
Yo corrí por mi vida, con los pulmones ardiéndome, bajando por las escaleras hasta llegar al estacionamiento del sótano
Me escondí detrás de unas columnas, buscando su camioneta
“¡Fer!”, escuché de pronto
Era Hugo
Estaba doblado, jadeando, con golpes en la cara
“Sí me pude escapar, vámonos”
Le enseñé las llaves del coche
Él dudó un segundo, hizo una mueca rara y dijo: “No, no hay que usar el carro, mejor vámonos caminando por la bodega abandonada de aquí a la vuelta, ¿te acuerdas de ese lugar?”
Di unos pasos para seguirlo, pero me detuve en seco
“Se siente como ese videojuego..
Human Fall Flat
Perdimos”, le solté de la nada
Él volteó confundido, frunciendo el ceño: “¿Qué dijiste?”.
Un frío me recorrió toda la médula espinal
Mis piernas se clavaron al piso
“Tú no eres Hugo”, le dije directamente a los ojos.
El tipo no se asustó
Sonrió de forma macabra y dio un paso hacia mí para agarrarme
Retrocedí y le grité en la cara: “Uno: llegaste demasiado rápido al sótano, es imposible
Dos: no preguntaste por la libreta de mi bitácora, porque tú ya sabías que estaba en blanco
Y tres: Hugo es fanático de los videojuegos, él entendería perfectamente la referencia, tú eres solo una copia barata”
El falso Hugo empezó a aplaudir lentamente, el sonido rebotaba en el estacionamiento vacío
“Eres brillante, Fer
Muy inteligente
Pero te equivocas en algo
Nosotros jamás quisimos hacerte daño”
Él me miró con lástima
“Todo lo que hicimos..
asustarte, seguirte, la clínica..
fue una trampa, sí, pero para obligar a que el verdadero Hugo saliera de su escondite para salvarte
A él es a quien buscamos, no a ti”.
Me quedé en shock
“¿Por qué chingados lo buscan a él?”.
El falso Hugo suspiró con pesadez
“Soy la personalidad 037
Por favor, Fer
Vete de aquí
Te quedan 10 minutos antes de que el sistema central borre al Hugo original para siempre y te expulse a ti
Toma mi tarjeta de acceso, abre todas las puertas y vete”
De repente, un dolor insoportable, como si me clavaran un picahielo en el cerebro, me hizo gritar
Caí de rodillas al piso
Una avalancha de recuerdos que no eran míos, recuerdos de una vida completamente diferente, me golpearon la mente.
¡Yo no era una oficinista!
¡Yo no trabajaba en RH!
¡Yo era la Doctora Fernanda, médica psiquiatra!
Y Hugo no era un chico de Sistemas..
era mi paciente
Un genio de la tecnología que padecía un trastorno de identidad disociativo severo y que había caído en coma profundo
¡Este maldito mundo azul no era real, era el subconsciente de Hugo!
Yo había entrado a su mente usando una tecnología experimental para encontrar su personalidad original y despertarlo
Pero sus otras personalidades, los “monstruos” de su cabeza, me habían borrado la memoria temporalmente y estaban cazando al verdadero Hugo para m*tarlo y quedarse con el control de su cuerpo
Me levanté del piso
Agarré la tarjeta que me daba 037, me di la vuelta, arranqué un extintor rojo de la pared y me giré para darle un trancazo en la cabeza
“¡Ni mdres me voy a ir y dejarlo aquí!”, le grité.
Corrí como loca hacia los elevadores, subí al último piso
Usé la tarjeta maestra de 037 para abrir todas las puertas
Atrás de mí escuchaba los pasos de 037 (el falso Hugo), de Valdés, de Carmen y de decenas de oficinistas que venían a cazarme
“¡No entres ahí, doctora Fer! ¡Si lo despiertas destruyes este mundo!”, me gritó 037 llorando de desesperación
“¡Nosotros somos él! ¡Nosotros creamos este mundo perfecto para que él ya no sufriera por ver a su madre mrir desangrada en aquel accidente! ¡La sngre azul era para que no recordara! ¡Déjalo en paz!”*.
Les pinté el dedo medio y abrí de una patada la pesada puerta de madera del fondo
Adentro, la habitación era inmensa y estaba llena de cientos de clones de Hugo, todos de pie, en trance, con los ojos cerrados
Apenas entré, el edificio entero empezó a retumbar
El techo se estaba agrietando
El subconsciente de Hugo estaba colapsando.
Grité con todas mis fuerzas, desgarrándome la garganta: “¡Hugo! ¡Tienes que despertar! ¡Tengo la foto del accidente! ¡Tu mamá te dijo que tenías que vivir! ¡Abre los ojos y vámonos de este infierno!”.
Todos los clones empezaron a retorcerse de dolor, agarrándose la cabeza
037 y los demás entraron corriendo, como demonios, para taclearme
Cuando estaban a centímetros de agarrarme, una mano grande y cálida me jaló del brazo.
Era él
El verdadero Hugo había abierto los ojos.
“Doctora Fer..
escuché todo”.
Llorando a mares, le apreté la mano
“¡Vámonos ya, todo esto se va a caer a pedazos!”.
Hugo me dio una sonrisa llena de paz, apuntó hacia el fondo del cuarto donde apareció una puerta brillando con luz blanca, y me empujó hacia ella
“Vete tú primero, doc
Yo tengo que arreglar cuentas con ellos
Te juro que te veo del otro lado”
Desperté de golpe, jalando aire, en una cama de la clínica psiquiátrica real
Mi asistente estaba a un lado, llorando de alegría
“¡Doctora Fer, por fin despertó!”.
Me arranqué los cables y volteé rápido a la cama de al lado
Hugo seguía conectado al soporte vital
“Doctora..
los signos vitales del paciente están cayendo en picada…”, dijo la asistente con voz temblorosa.
Les pedí a todos que salieran
Me quedé toda la madrugada sentada junto a su cama, agarrándole la mano fría, rezando
A la mañana siguiente, los primeros rayos del sol iluminaron la habitación.
Y entonces, en el silencio del cuarto, escuché una voz ronca a mis espaldas:
“Perdón por la demora, Doctora Fer”.
Me limpié las lágrimas, me di la vuelta y le sonreí
“Bienvenido de vuelta a la realidad, Hugo”.
Un dolor sordo y brutal me partió el cráneo en dos. Sentí como si me hubieran clavado un picahielo directamente en la sien. Caí de rodillas sobre el concreto frío del estacionamiento, agarrándome la cabeza mientras soltaba un grito desgarrador que hizo eco en las paredes del sótano.
Y entonces, como si una represa se hubiera roto dentro de mi mente, una avalancha de recuerdos que no eran míos —recuerdos reales, recuerdos de una vida que había olvidado— me golpeó sin piedad.
¡Yo no era Fernanda, la oficinista de Recursos Humanos! ¡Esa vida era una completa mentira! Mi verdadero nombre era Doctora Fernanda Navarro, médica psiquiatra especialista en traumas severos. Y el hombre que tenía enfrente, el que yo creía que era Hugo de Sistemas, no era mi compañero de trabajo… era mi paciente.
El verdadero Hugo era un genio de la tecnología, un programador brillante que, tras una tragedia insoportable, había desarrollado un trastorno de identidad disociativo tan severo que su mente colapsó, dejándolo en un estado de coma profundo, como un vegetal en la cama de mi clínica en la Ciudad de México. Y este mundo retorcido, este corporativo gris, estas calles sin salida… no eran el mundo real. Era el subconsciente de Hugo. Por eso la ciudad se sentía incompleta, por eso los lugares parecían un escenario de cartón; porque todo estaba construido con los pedazos rotos de sus recuerdos antes de caer en coma.
Para salvarlo, yo había diseñado un tratamiento psiquiátrico radical y peligrosísimo: conectar nuestras ondas cerebrales para proyectar mi propia conciencia dentro de su mente. Mi misión era encontrar a su personalidad original (el verdadero Hugo) y sacarlo de este laberinto. Pero para no sobrecargar su cerebro, tuve que entrar sin mis recuerdos, usando su propia memoria para crearme una identidad falsa. Lo que nunca imaginé fue que las otras personalidades de Hugo, los “monstruos” creados por su trauma, se iban a unir para cazar a la personalidad original y destruirla.
Me levanté del piso temblando, pero con la mente más clara que nunca. Mi mirada cambió por completo; ya no era la oficinista aterrorizada, era la doctora dispuesta a salvar a su paciente.
El falso Hugo, la personalidad que se hacía llamar “037”, me extendió una tarjeta de acceso con una mirada de lástima. —Muy bien. Adiós —le dije con frialdad, agarrando la tarjeta.
En cuanto 037 se dio la vuelta, agarré el extintor rojo que estaba colgado en la columna del estacionamiento y, con todas las fuerzas que me quedaban, le di un golpe brutal en la cabeza. —¡Adiós tu abuela, cabrón! —grité, y salí corriendo como alma que lleva el diablo hacia las escaleras.
No había tiempo que perder. La advertencia de 037 era clara: quedaban menos de 10 minutos antes de que el sistema inmunológico de esta mente borrara al verdadero Hugo para siempre. Usé la tarjeta maestra para abrir todas las puertas electrónicas de seguridad, corriendo por los pasillos de la empresa con los pulmones ardiendo. Detrás de mí, escuchaba el sonido aterrador de decenas de pasos. Era una turba de oficinistas sin rostro, liderados por las personalidades falsas: el Licenciado Valdés, la Licenciada Carmen y el maldito Doctor Macías, todos corriendo para atraparme.
Pero ya no les tenía miedo. Como doctora, sabía que ellos no podían hacerme daño real; yo era un “error” en su sistema, una anomalía que no podían procesar.
Llegué al último piso, frente a unas puertas de madera pesada y antigua que desentonaban por completo con el corporativo moderno. En cuanto puse las manos sobre las manijas, los pasos se detuvieron a mis espaldas.
—Doctora Fer, por favor, créame. Usted no quiere ver lo que hay ahí adentro —la voz de 037 sonó rota, casi suplicante. Me giré. Ahí estaban todos: 037 con la frente sangrando, Valdés, Carmen, y decenas de empleados mirándome con ojos vacíos. —No lo va a poder despertar. Y si lo hace, destruirá todo esto. Esta es su última oportunidad para irse.
Los miré con asco. —Él es mi paciente y no lo voy a abandonar —les respondí, firme, sin dar un solo paso atrás. —¡Nosotros también somos su paciente! —gritó 037, perdiendo la cordura por primera vez, su voz cargada de un dolor insoportable—. ¡Nosotros somos las paredes que sostienen su mente para que no sufra! ¡Para que pueda olvidar!
—¿Olvidar qué? —lo reté, levantando la voz.
—¡Su trauma! —sollozó 037, con el rostro desfigurado por la angustia—. ¿Usted cree que es fácil recordar todos los días cómo su madre mrió frente a sus ojos en aquel accidente? ¿Usted cree que es fácil ver la sngre roja escurriendo por todas partes y saber que no pudo hacer nada? ¡Por eso hicimos la sngre azul en este mundo! ¡Para que nunca más tuviera que recordar ese rojo maldito! ¿Qué tiene de malo querer olvidar y vivir en paz, aunque sea una mentira?*
Las palabras me golpearon el pecho, pero mi convicción era inquebrantable. Sabía que 037 y todos los demás eran solo escudos creados por el dolor de Hugo. Pero un paciente no puede sanar si vive escondido en una fantasía podrida.
—Porque todo esto es falso —les dije con frialdad—. Hugo necesita vivir en la realidad, por más que duela. ¡Porque su madre dio la vida en ese accidente para que él viviera, no para que se escondiera en su propia cabeza como un cobarde!
Apenas terminé de gritar esa verdad, el suelo bajo mis pies comenzó a temblar con una violencia aterradora. El “cielo” falso a través de las ventanas se agrietó como un cristal roto. El rostro de 037 y los demás palideció de terror absoluto.
—¡Si lo despiertas, este mundo va a colapsar! ¡Puede quedar con merte cerebral en la vida real!* —bramó 037, intentando correr hacia mí, pero una fuerza invisible pareció aplastarlos contra el suelo, retorciéndolos de dolor.
Ignorándolos, empujé las pesadas puertas de madera. Me quedé helada. Adentro, la habitación era infinita y estaba llena de cientos, tal vez miles de clones exactos de Hugo. Todos estaban de pie, apretados unos contra otros, con los ojos cerrados, como cadáveres congelados en el tiempo.
El terremoto mental empeoró. El techo del corporativo comenzó a desprenderse en enormes bloques de concreto. Aprovechando que las otras personalidades luchaban por arrastrarse hacia mí, tomé aire y le grité a ese mar de cuerpos dormidos con todas las fuerzas de mi alma:
—¡HUGO! ¡TIENES QUE DESPERTAR! ¡SOY LA DOCTORA FERNANDA! ¡TENGO LA FOTO DEL ACCIDENTE DE TU MADRE! ¡ELLA TE DIJO QUE TENÍAS QUE VIVIR! ¿ME ESCUCHAS? ¡ABRE LOS OJOS Y VÁMONOS DE ESTE INFIERNO PARA QUE ESCUCHES SUS ÚLTIMAS PALABRAS!
Mi voz hizo eco en la inmensidad de la mente. De pronto, todos los clones de Hugo empezaron a retorcerse, haciendo muecas de agonía insoportable. 037 logró llegar hasta mí, levantando una mano temblorosa con los dedos en forma de garra para arrancarme la garganta. Cerré los ojos, esperando el impacto…
Pero una mano firme, grande y cálida se interpuso, agarrando la muñeca de 037 en el aire.
Abrí los ojos de golpe. Las lágrimas me escurrieron por las mejillas sin que pudiera controlarlas. Frente a mí, apartando al monstruo, estaba él. Sus ojos estaban abiertos, lúcidos y llenos de determinación.
—Hugo… por fin despertaste —sollocé, agarrándome de su brazo como si fuera mi salvavidas. —Gracias, Doctora Fer. Escuché cada una de sus palabras —me respondió con una voz profunda y serena.
El mundo a nuestro alrededor se estaba desintegrando. El suelo se abría en grietas gigantescas que tragaban los escritorios y a los oficinistas falsos. —¡Tenemos que irnos ya, todo se está cayendo a pedazos! —le grité, jalándolo hacia mí.
Hugo sonrió con una paz que me rompió el corazón. Sujetó mis hombros y me hizo girar. Detrás de nosotros, en medio de la destrucción, apareció una puerta radiante que emitía una luz blanca cegadora: la salida hacia el mundo real.
—Váyase usted primero, doctora —me ordenó suavemente. —¿Qué? ¿Y tú qué? —grité, aterrada de perderlo después de haber arriesgado mi vida entera para encontrarlo.
—Tengo asuntos que arreglar aquí adentro —dijo, bajando la mirada. Me horroricé al ver que decenas de manos pálidas —las manos de 037, del Licenciado Valdés, de Carmen y de los clones— se aferraban a las piernas de Hugo, arañando su ropa, intentando arrastrarlo a la oscuridad con ellos. Él no se resistió, solo me miró con una confianza absoluta.
—Confíe en mí, Fer. Le prometo que la alcanzo allá afuera —dijo, y con un empujón fuerte y decidido, me lanzó directamente hacia el interior de la puerta de luz.
Sentí que caía al vacío a la velocidad de la luz. Mi pecho ardió como si me hubieran prendido fuego y, de repente, jalé una bocanada de aire real, llenando mis pulmones de oxígeno.
Abrí los ojos de golpe. El zumbido de las máquinas médicas, el olor a alcohol y cloro, la fría luz de los tubos fluorescentes de mi clínica psiquiátrica en la CDMX me dieron la bienvenida. Estaba empapada en sudor frío. A mi lado, mi asistente médica pegó un brinco y rompió a llorar de pura histeria.
—¡Doctora Fer! ¡Bendito sea Dios, por fin despertó! —gritó la muchacha, temblando mientras me quitaba los sensores de la cabeza—. ¿Tiene idea de cuánto tiempo estuvo inconsciente? ¡No podíamos despertarla con nada!
Me senté en la camilla, mareada, con la garganta seca como lija. —Estoy bien, Mariana, estoy bien… —logré articular con la voz ronca, intentando calmar el ambiente con una broma a medias—. Estuvo ruda la conexión, wey. Neta que podría escribir una novela de terror con esto.
Mariana soltó una risa nerviosa mientras se limpiaba las lágrimas, pero mi sonrisa se borró de inmediato. Volteé el cuello a la velocidad de un rayo hacia la cama clínica de al lado. Ahí estaba Hugo, con su cuerpo demacrado por los años de coma, conectado a un respirador artificial y a monitores cardíacos.
—¿Cómo está él? —pregunté, sintiendo que un nudo me estrangulaba la garganta.
La cara de Mariana se descompuso. Miró las pantallas de los monitores, que parpadeaban en rojo con una alarma silenciosa. —Doctora… sus signos vitales están cayendo en picada. Parece que su cerebro se está apagando… —murmuró, mirándome con una tristeza desoladora.
Mi corazón dio un vuelco. ¿Había fallado? ¿Acaso las personalidades oscuras lo habían arrastrado al abismo junto con el mundo que se derrumbaba? —Déjame sola con él —le ordené a Mariana, sin quitarle los ojos de encima al monitor.
Ella asintió y salió en silencio, cerrando la puerta. Esa noche fue la más larga, oscura y asfixiante de mi vida profesional. Me senté en la silla junto a su cama, le agarré la mano fría y huesuda, y no me moví ni un solo centímetro. Cada vez que el monitor cardíaco bajaba de ritmo, sentía que yo también me moría un poco. Las horas pasaron lentas, pesadas, marcadas solo por el “bip… bip…” irregular de la máquina.
Me prometiste que me ibas a alcanzar acá afuera, Hugo. No me vayas a dejar sola, cabrón, pensaba, apretando su mano mientras la madrugada envolvía a la Ciudad de México.
El reloj marcó las 6:00 a.m. El cielo nocturno empezó a teñirse de un azul claro, y luego de un naranja cálido. Los primeros rayos del sol se filtraron por la persiana del consultorio, iluminando el rostro pálido de Hugo y disipando la oscuridad fría que había dominado la habitación.
Dejé caer mi frente sobre el colchón, derrotada por el cansancio físico y mental. Fue entonces cuando escuché el sonido más hermoso del mundo. Un suspiro profundo, real, humano.
Levanté la cabeza de golpe. Desde la cama, a mis espaldas, una voz ronca, seca y débil rompió el silencio de la mañana:
—Perdón por la demora, Doctora Fer…
Me tapé la boca con las manos mientras un llanto de alivio absoluto y felicidad me inundaba el pecho. Toda la oscuridad, el terror, la sangre azul, los corporativos falsos y las pesadillas se esfumaron, diluyéndose como la noche ante el amanecer.
Me limpié las lágrimas rápidamente con el dorso de la bata, me di la vuelta, y lo vi. Hugo tenía los ojos abiertos, mirándome con una paz infinita. Le sonreí desde el fondo de mi alma y, extendiendo mi mano hacia él, le dije la frase que había estado guardando durante años:
—Bienvenido de vuelta a la realidad, Hugo.