
[Respiración agitada]. La pantalla negra parpadeó sobre mi cabeza como un monitor de hospital a punto de fallar.
“Bienvenido a la prueba 147. Si el público adivina tu superpoder, mueres al instante.”
Miré a mi alrededor. Éramos diez personas atrapadas en esta maldita sala blanca con suelo de cristal. Yo todavía traía mi camisa de cuadros del tianguis, con una mancha de sopa Maruchan seca en la manga izquierda. Frente a cada uno de nosotros flotaba una pantalla azul semitransparente.
Un tipo de traje a mi lado no lo dudó. Escribió “Invisibilidad” en su panel y sonrió sintiéndose un genio.
A los tres minutos, una chicharra me perforó los tímpanos.
—El poder del participante 1 ha sido adivinado.
Su cuerpo cayó de frente contra el cristal. Un golpe seco, sin sngre, sin vida. Se lo habían chingdo en segundos.
El “Toro”, un güey mamadísimo de gimnasio que estaba a mi derecha y que acababa de poner “Súper fuerza”, temblaba mientras se tronaba los dedos.
—¡¿Qué chingdos vas a escribir, wey?! —me gritó con los ojos desorbitados—. ¡Apúrale o nos va a cargar la vrga!
Ignoré su pánico. Llevaba ocho malditos años siendo un escritor fracasado en internet, tragando hambre y humillaciones por mis miserables 47 seguidores. Mis dedos volaron sobre el teclado virtual. 120 palabras por minuto.
Artículo 1.1: El efecto principal de esta habilidad se rige por las siguientes cláusulas y apéndices…
El Toro se asomó a mi pantalla y se quedó pálido.
—Wey, ¿estás p*ndejo? ¿Estás escribiendo un pinche contrato o qué pedo?
No me detuve. Mientras los demás lloraban en las esquinas o se volvían locos haciendo alianzas, yo seguí tecleando. 12 mil palabras… 47 mil palabras… 60 mil palabras….
Estaba escribiendo mi propio laberinto. Si querían mtarme, primero iban a tener que leer la pnche biblia legal que les estaba armando para romper su maldito juego.
Parte 2
Mis dedos seguían volando sobre el teclado virtual, moviéndose con la memoria muscular de un güey que llevaba ocho años escribiendo novelas por internet desde un cuartito de azotea en Iztapalapa, tragando pura sopa instantánea y frustración. Ciento veinte palabras por minuto. Mientras los demás participantes lloraban, rezaban o intentaban hacer alianzas inútiles, mi contador de palabras ya marcaba las doce mil.
Beto, el “Toro” —el mamado que había escrito “Súper fuerza”—, se me acercó por cuarta vez, pasándose la mano por el pelo rapado, sudando frío. —Wey, ya en serio, ¿cuánto más vas a escribir? Ya van a abrir el p*nche portal. Levanté la vista, me troné el cuello entumecido y le sonreí a medias. El contador en mi pantalla azul marcaba 47,832 palabras. —Apenas estoy calentando, carnal —le contesté.
La cara de Beto fue un poema. Era la misma expresión de alguien que llega a un examen final en la UNAM habiendo estudiado un resumen de una hoja, solo para ver que el de al lado lleva ochocientas páginas de tesis.
De repente, el cuerpo del wey de traje que había merto hace unos minutos desapareció. El sistema lo borró como si pasaran un trapo húmedo sobre el cristal. Solo quedó un olor a cobre, a sngre vieja, recordándonos que en este juego un error te costaba la vida.
En las pantallas flotantes que nos rodeaban, los comentarios del público (que nos veía como ratas de laboratorio) caían como cascada. Pude leer algunos en mi propio chat: “¿Qué pedo con el número 7? ¿Vino a sobrevivir o a escribir su tesis del Conalep?” “Jajaja, el wey ya va en el Apéndice A. ¡Esto es un juego de merte, pndejo, no un juzgado!” “Le doy media hora de vida. Es el cabrón más ridículo de toda la temporada.”
Yo solo apreté los labios y aceleré. Llegué a las sesenta mil palabras. Y no, no estaba escribiendo a lo p*ndejo. Estaba creando referencias cruzadas. El Artículo 572 referenciaba al 1293. El 1293 mandaba a la cláusula 42 del Apéndice K, y esta mandaba a una nota al pie de página del Artículo 17, que volvía al 572. Un bucle legal perfecto. Una trampa burocrática digna del peor trámite de gobierno en México. Si querían adivinar mi poder, primero tenían que leer y entender un laberinto de ochenta mil palabras.
En ese momento, el sistema anunció la segunda m*erte. El participante 5 había escrito “Teletransportación”. El público lo adivinó en el segundo que se movió. Cayó fulminado.
Fue entonces cuando el narrador más famoso de este juego mrtido, un streamer conocido como “El Rey Tóxico” (con más de 300 millones de seguidores), encendió su micrófono en vivo. —¡Raza! —gritó golpeando su escritorio de gaming—. ¡Les juro por mi jefa que nunca en 12 temporadas había visto a un pndejo tan grande! ¿Saben cuántas palabras lleva el número 7? ¡Sesenta mil! ¡Escuchen esta mam*da! El Rey Tóxico empezó a leer mi texto entre carcajadas, limpiándose las lágrimas: —”Artículo 394: Cuando el usuario enfrente temperaturas bajo cero, su cuerpo generará una capa térmica cuyo coeficiente de conductividad no excederá…” ¡Jajajaja! ¡Wey, le puso el coeficiente térmico! ¡Este vato es un inútil! Si tu poder es chingón, pones dos palabras y ya. Si escribes tanto, es porque tienes miedo. Le doy una hora antes de que lo quiebren.
Ese clip se hizo viral en todo el internet. Millones de personas comentaban “Esperando a que se lo cargue la v*rga”. Yo, sentado en el suelo de cristal, me limpié las migajas de una galleta rancia que nos dio el sistema y seguí tecleando. Llegué a las 152,847 palabras justo cuando sonó la alarma.
—Primer calabozo abierto: La Prepa Mldita. Objetivo: Sobrevivir 24 horas. Monstruos nivel A.*
Un destello blanco me cegó. De golpe, aparecí en el pasillo de una escuela abandonada. Olía a humedad, a óxido y a carne podrida, como si hubieran dejado basura al sol durante semanas. Los azulejos del piso crujían bajo mis tenis viejos.
“¡Ahí viene, corran!”, gritaban los comentarios en mi chat. Yo no me moví. Mentalmente, repasé mi Artículo 103: “El usuario posee una percepción pasiva que detecta a cualquier entidad hostil en un radio de 50 metros, mostrando su nivel de amenaza con marcas semitransparentes”.
Ante mis ojos, aparecieron textos flotantes en azul. Detrás de la puerta de un salón a mi izquierda, había una marca roja. Amenaza Nivel A. Distancia: 4.3 metros. Beto “El Toro” venía corriendo por el pasillo, sudando a mares. —¡Wey, muévete pndejo! ¡Busca dónde esconderte! —me gritó. Le hice una seña para que se callara y señalé la puerta. —Hay algo ahí adentro —le dije. —¿Cómo chingdos sabes? —Yo lo escribí —respondí sin inmutarme.
Beto me miró como si estuviera loco, pero de repente, la puerta se abrió rechinando. Una mano gris y putrefacta, con las uñas enterradas en la madera, se asomó por el marco. Luego apareció la cara: no tenía ojos, solo dos cuencas vacías y oscuras. La boca le llegaba casi hasta las orejas, llena de colmillos chuecos y s*ngre seca.
Beto se quedó paralizado. Su “Súper fuerza” no servía de nada contra el terror puro.
El monstruo saltó hacia mí a una velocidad inhumana, abriendo sus garras como una araña gigante. Beto gritó y levantó los puños, pero yo solo di un paso atrás. No fue por mis reflejos, fue por el Artículo 1049: “Cuando una entidad hostil se acerque a menos de 3 metros del usuario, la gravedad en esa área se multiplicará por 15 veces el peso de la entidad”.
A los 2.8 metros de distancia, fue como si una mano invisible del tamaño de un camión aplastara al monstruo contra el suelo. ¡CRACK! Los azulejos estallaron. Los huesos de la criatura se rompieron en ángulos imposibles, perforando su piel grisácea. Un líquido negro y asqueroso salió volando. El monstruo intentó arrastrarse, soltando un chillido ahogado, pero su propia columna vertebral se hizo polvo bajo el peso de quince gravedades. En tres segundos, dejó de moverse. M*erto.
Beto seguía con los puños en el aire, con la boca abierta. Parecía que se le iba a zafar la mandíbula. —No mames… wey… ¿qué… qué le hiciste? —tartamudeó. —Nada —dije, acomodándome los lentes—. Se resbaló. Estaba muy liso el piso.
El chat de mi transmisión explotó. “¡A LA VRGA! ¡Lo hizo caca de un golpe!”* “¡Es control de gravedad! ¡Ese es su poder! ¡Adivinen rápido!”
El sistema sonó: El público ha intentado adivinar el poder del participante 7 como “Control de Gravedad”. Evaluación: INCORRECTO.
El chat se quedó mudo. ¿Incorrecto? Si lo acababa de aplastar con gravedad, ¿cómo demonios era incorrecto? La respuesta era simple: en mis 150 mil palabras, el control de gravedad era solo un inciso minúsculo. Nadie sabía cuántos poderes más escondía mi texto.
En su estudio, El Rey Tóxico escupió su café. Se quedó mirando la pantalla, pálido. —Retiro lo dicho —susurró, quitándose los audífonos—. Este güey no es un inútil. Y a partir de hoy, ofrezco 100 millones de pesos de mi bolsa a quien logre descifrar la p*nche tesis que escribió este cabrón.
Al terminar el primer calabozo, dos personas más mrieron porque adivinaron sus poderes. Regresamos a la sala blanca. Solo quedábamos seis. Beto se me acercó, trayéndome un poco de agua. Me miraba con respeto, casi con miedo. —Carnal… ¿tú qué eras antes de esto? ¿Tu teclado estaba poseído o qué pdo? —preguntó. Yo solo seguí tecleando. Ya iba por las 250 mil palabras.
Un señor mayor, de traje y lentes de oro, se nos acercó. Era el participante 6. —Mi poder es “Detener el tiempo” —nos confesó en voz baja—. Necesitamos hacer una alianza. Miró mi pantalla y tragó saliva al ver el contador de palabras. Hizo algo que nadie esperaba: se inclinó ante mí. —Eres el hombre más peligroso de este lugar. Por favor, déjame seguirte.
El sistema abrió entonces el “Canal de Adivinanzas Global”. Cada día, cualquier persona en el mundo podía intentar adivinar nuestro poder. Mi chat se llenó de intentos: “Adaptación infinita”, “Escritor de reglas”, “Dios de las palabras”. Todos incorrectos. Ninguno entendía. Mi poder no era una habilidad, era un sistema legal. La ley no tiene un resumen de dos palabras; la ley es la ley misma.
Segundo calabozo: La Ciudad Hundida. Monstruos Nivel S. Había 37 monstruos rodeándonos. Beto estaba a punto de orinarse en los pantalones. —Sígueme de cerca y no uses tu fuerza —le ordené. Llegamos a un hueco de elevador oscuro y profundo. El objetivo estaba hasta el fondo. —¿Cómo bajamos, wey? —preguntó Beto, asomándose al abismo. Invoqué mi Artículo 33,291 (Control de fricción superficial). Puse un pie en la pared del elevador y empecé a caminar hacia abajo como si estuviera caminando por la calle Reforma en domingo. La gravedad me importó un c*rajo. Beto y el señor de lentes me miraban desde arriba como si yo fuera un extraterrestre.
Pero en ese calabozo, el señor de lentes cometió un error. Tuvo que detener el tiempo dos segundos para salvarse de un monstruo. Al volver a la sala blanca, alguien en el público lo adivinó. El señor cayó de rodillas. Su cuerpo empezó a volverse transparente, como si lo estuvieran borrando con una goma. Beto intentó agarrarlo, pero sus manos traspasaron la carne. —Tenía una hija de cuatro años… —susurró Beto, con lágrimas en los ojos, viendo cómo el hombre desaparecía en la nada.
El participante 10, un güey callado y tramposo que siempre nos veía de reojo, se me acercó. —Crees que por escribir mucho estás a salvo, ¿verdad? —me dijo con una sonrisa cínica—. Ya mostraste gravedad, radares, y caminar por las paredes. El público está armando el rompecabezas. Tarde o temprano te van a chingar. Yo lo miré, dejé de teclear y le sonreí. —Adivínalo tú, entonces. Ándale, dilo en voz alta. El wey se quedó callado. Se le borró la sonrisa. No se atrevió. Porque si adivinaba y en mis miles de reglas había una trampa que devolviera el castigo, él se m*ría. El peso de mis palabras lo aterrorizaba.
Fue entonces cuando el techo de la sala blanca se partió en dos. Una masa negra, oscura y sin forma, empezó a gotear desde el cielo como si fuera tinta espesa. No tenía cara, solo venas de luz plateada que palpitaban. El sistema se heló. Era “El Juez”. El administrador máximo del juego. Su voz resonó en nuestros pechos, como un eco de ultratumba: —Debido a anomalías en el sistema, realizaré una supresión manual. Todos los poderes quedan desactivados durante diez minutos.
Beto cayó al suelo. —¡No mames, ya no siento mis músculos! ¡Me quitó la fuerza! El Juez nos miró a todos. Pero cuando llegó a mí, sus venas plateadas empezaron a parpadear frenéticamente. Pasaron tres segundos. Cinco. Diez. El Juez no decía nada. Mi poder seguía activo. Yo había escrito el Artículo 1293: “Esta habilidad es inmune a cualquier supresión, bloqueo, cancelación o intervención del sistema, del administrador, de El Juez o de cualquier fuerza superior. Si se intenta cancelar, el poder del atacante quedará bloqueado por el mismo tiempo”.
Como un efecto dominó, la cancelación de poderes rebotó contra mi texto y regresó al Juez. Beto jadeó cuando sintió su fuerza volver. ¡Yo había bloqueado al maldito administrador del juego! —Tú… —la voz del Juez ya no sonaba divina, sonaba alterada—. ¿Escribiste una regla específica contra mí en tu texto?
El internet colapsó. Literalmente, los servidores de Facebook y YouTube se cayeron por medio segundo. Más de dos mil millones de comentarios intentaron entrar a la vez. El Rey Tóxico, con ojeras negras y el pelo hecho un desastre después de no dormir, gritó a la cámara: —¡Este cabrón tenía contemplado al Dios del juego desde el día uno! ¡Lo metió en su contrato legal! ¡No es humano!
Tercer calabozo: El Laberinto Infinito. Nivel de dificultad SSS. El Juez me mandó a mí solo. Los demás se quedaron en la sala blanca. Era una trampa personal. Las paredes del laberinto estaban hechas de carne viva y palpitante. El piso eran dientes humanos que crujían al pisarlos. Olía a bilis.
Los monstruos aquí no tenían cuerpo físico, así que mi gravedad no servía. El Juez creyó que me había acorralado. Lo que no sabía era que, entre mis más de 400 mil palabras, tenía el Artículo 27,841: “Borrado conceptual”. Con solo mirar a las sombras y desearlo, los monstruos desaparecían, borrados de la existencia.
El sistema emitió una alerta roja global: —ALERTA: El Juez ha entrado al chat de adivinanzas. Está usando toda la capacidad de cómputo del sistema para descifrar el texto del participante 7. Progreso: 12%… 21%…
El Dios del juego estaba intentando leer mis reglas a una velocidad cuántica. Yo seguí tecleando, sudando, metiendo nuevas reglas falsas, usando paradojas de mecánica cuántica en mis textos para trabar su procesamiento. Era una carrera. Él leía, yo escribía. Él tiraba una pared, yo construía tres.
Finalmente, llegué al límite. Ochenta y siete mil, doscientas noventa y cuatro palabras. Ochocientas setenta y un mil doscientas noventa y cuatro. Le di a “Enviar”. Mi poder quedó sellado de forma permanente. La masa negra del Juez, que había crecido hasta ocupar la mitad de la sala, se detuvo. Sus luces plateadas se calmaron. —Lo tengo. —dijo El Juez, y su voz sonó victoriosa y fría—. Tu poder no es una habilidad. Es la edición de la realidad. Eres la Ley misma. Tú escribes la realidad.
La chicharra sonó. —El Juez ha adivinado el poder del participante 7. Evaluación: CORRECTA.
Beto cayó de rodillas llorando. “¡Valió m*dre, se lo van a chingar!”, gritaban en el chat. Treinta mil millones de personas en el mundo entero contuvieron la respiración, esperando a que mi cuerpo explotara o desapareciera. Pasó un segundo. Tres segundos. Cinco segundos. Yo seguía de pie. Intacto. Me acomodé los lentes y me metí las manos en los bolsillos de mi camisa de cuadros.
La masa negra del Juez empezó a temblar. —¡Imposible! ¡Adiviné correctamente! ¡La regla dice que si te adivinan, mueres! —¿Y luego? —le contesté con voz calmada, haciendo eco en la inmensa sala. Proyecté en el aire la página 671 de mi texto. El Apéndice K, Cláusula 42. La escribí el mismísimo primer día, cuando todos se burlaban de mí.
Las letras gigantes iluminaron el techo: “CLÁUSULA 42: Si el origen de este poder es adivinado correctamente por cualquier observador (incluyendo al Juez), la regla de ‘adivinar = merte’ quedará anulada para el usuario. En su lugar, el castigo de merte se transferirá inmediata, automática e irreversiblemente a la persona o entidad que haya adivinado correctamente. Esta cláusula está por encima de las reglas del administrador”.
El silencio en la sala fue absoluto. El Rey Tóxico, viéndolo desde su computadora, tiró sus lentes al escritorio, con los ojos llenos de lágrimas. —El wey… el wey borró la regla de merte desde el inicio… y la convirtió en una pnche escopeta cargada apuntando al sistema… —susurró el streamer, arrodillándose frente a su cámara—. Creyeron que era un p*ndejo pobre, y reescribió las reglas de su mundo. Perdóname, carnal. Eres un dios.
El Juez soltó un grito de agonía que no sonaba humano. Sus luces se apagaron de golpe. Su masa negra empezó a colapsar sobre sí misma, haciéndose polvo. —¡NO! ¡YO SOY LA LEY! —gritó el Juez mientras se desintegraba. —Tú nos diste un teclado sin límite de palabras —le dije fríamente—. Le diste un teclado a un wey mexicano acostumbrado a que el sistema se lo chingue todos los días, un wey que lleva ocho años escribiendo novelas que nadie lee. ¿Qué esperabas, cabrón?
El Juez se redujo al tamaño de una canica y luego… desapareció. Fue borrado. El sistema central comenzó a temblar. El cielo de la sala blanca se estaba cayendo a pedazos, mostrando un vacío oscuro. —Fallo crítico. El mundo colapsará en 12 minutos. —anunció la voz robótica.
Beto se agarró de la pared. —¿Nos vamos a mrir todos, wey? Negué con la cabeza. Fui al centro de la sala y abrí la última página de mi texto. El último artículo. El que me daba el derecho a una única orden verbal para reconstruir el mundo. Respiré hondo. —Regla Uno —grité—. El colapso se detiene. El temblor cesó al instante. —Regla Dos. Todos los que mrieron en este juego, reviven ahora mismo. Unos destellos de luz iluminaron la sala. El güey de traje, el señor de lentes, la chica de la coleta… todos aparecieron de nuevo, tocándose la cara, llorando de incredulidad. —Regla Tres. El juego termina. Todos regresan a sus casas, sanos y salvos.
Uno por uno, empezaron a brillar y desaparecer. Beto “El Toro” me miró con lágrimas en los ojos, se golpeó el pecho con el puño y me gritó: “¡Eres la v*rga, carnal!”. Y desapareció.
Quedé solo en la sala blanca. En mi chat, el último mensaje fue del Rey Tóxico, fijado hasta arriba para que todos lo leyeran: “Este cabrón escribió 8 millones de palabras en su vida y solo tenía 47 seguidores. Hoy, lo leyeron 30 mil millones de personas”. Sonreí, levanté el pulgar hacia la nada, y dicté mi última regla: —Regla Cuatro. Yo también me voy a mi casa.
El calor me envolvió. Cuando abrí los ojos, estaba en mi cuarto de azotea en Iztapalapa. Escuchaba el ruido de los microbuses a lo lejos y el ladrido de los perros callejeros. Olía a humedad. Frente a mí, mi vieja laptop parpadeaba con un documento en blanco. Me senté, puse las manos sobre el teclado y sonreí. Ocho años comiendo m*erda por fin habían valido la pena. Tecleé la primera palabra de mi nueva novela. “Fin”.