“Reviví para vngarme: La msacre del pueblo que compraba mujeres.”

El viaje duró quince horas interminables. Primero un camión desde la CDMX, luego un pesero, y al final, la caja de una camioneta de redilas brincando por la sierra.

Javier era el novio perfecto: guapo, egresado del Tec y con un futuro brillante. Yo solo era una huérfana sin familia que creía haberse sacado la lotería. Cuando me propuso conocer a sus papás en su remoto pueblo, acepté emocionada, sin imaginar que me llevaba a un infierno en medio de la nada.

Al llegar, Javier me ayudó a bajar de la batea, sonriendo con esa caballerosidad que me enamoró. De pronto, unas letras borrosas y extrañas empezaron a flotar frente a mis ojos, como comentarios de un video en vivo:

“¡Huye, amiga! Tu novio te va a vender a los del pueblo.”

“Ese infeliz es un asco, busca huérfanas porque si desaparecen, nadie las reclama.”

“Tranquilos, yo ya vi esta película. Prepárense para ver correr sngre.”*

Parpadeé, mareada. Las letras seguían ahí. Estaba atrapada en una asquerosa red de t*ata de personas, y yo era la mercancía.

—¿En qué piensas, mi amor? Ya vamos —me dijo Javier.

Al mirarlo fijamente, vi un destello de asco y frialdad en sus ojos. Las voces de mi cabeza tenían razón.

—Me duele mucho la panza —fingí, encogiéndome de dolor. —Aguanta un poco —bufó, perdiendo su máscara de niño bueno. —¡No puedo! —grité, y jalando mi maleta corrí hacia los matorrales al lado del camino de terracería.

Escondida entre ramas secas, saqué mi celular. Cero rayitas. Sin señal. Estaba sola con mnstruos y mi propia pareja me acababa de entregar. Con las manos temblando, abrí mi maleta, saqué un cchillo de cocina y me lo fajé en el pantalón. Si me iban a vender, les iba a costar muy caro.

PARTE 2

Salí de los matorrales fingiendo que el dolor había pasado, acomodándome la blusa para que no se notara el c*chillo frío que llevaba pegado a la piel. Javier bufó y me hizo una seña con la cabeza para que siguiera caminando. Seguimos por un camino de terracería hacia el interior del pueblo, y tal como decían esos extraños comentarios flotantes que yo sola podía ver, el lugar parecía un cementerio olvidado por Dios, lleno de chozas grises y malhechas.

Al pasar, los hombres que estaban en la calle me miraban con un hambre asquerosa, escaneándome de arriba a abajo como si estuvieran tasando a un puerco en el matadero. Escuché sus murmullos rasposos: “Míralo, el catrín de Javier ya trajo a otra… pinches viejas de ciudad, bien merecido se lo tienen por convenencieras”. Un destello de furia me cruzó, pero Javier los fulminó con la mirada y se callaron de inmediato. Él se volteó hacia mí, poniéndose su máscara de novio comprensivo: “No les hagas caso, mi amor, son unos ignorantes sin quehacer”. Le sonreí asintiendo, pero mi corazón se desplomó hacia el abismo. Esas palabras me confirmaron el horror: Javier no solo era un scuestrador, todo el maldito pueblo era su cómplice en esta red de tata.

Unos pasos más adelante, un grito desgarrador me heló la sngre. “¡Ya no me pgues, por favor, ya no!”. Venía del patio de una casa ruinosa. Vi a un hombre mugroso, de unos cuarenta años y tuerto, arrastrando del cabello a una mujer delgadísima, casi en los huesos. Llevaba apenas una camiseta delgada a pesar del frío cortante de la sierra. Sus brazos estaban llenos de cicatrices purulentas, y tenía una pierna rota, doblada en un ángulo antinatural, dejando un rastro s*ngriento en la tierra seca. El Tuerto me vio mirando y me lanzó una sonrisa torcida y desafiante.

Las letras flotantes volvieron a aparecer, hirviendo de coraje: “Otra vez. Cada vez que el infeliz de Javier trae a una nueva, manda al Tuerto a darle una mdriza a Elena para que la nueva vea lo que le espera si intenta escapar”. “Esa pobre Elena cayó en sus redes recién salidita de la carrera. Dicen que esta noche no aguantará y se va a sucidar para dejar de sufrir”.

Apreté los puños, encajándome las uñas en las palmas. ¡Tenía que mtar a estos mnstruos y salvar a esa mujer, y salvarme a mí misma!. Pero primero, necesitaba un teléfono. Me doblé de nuevo, fingiendo otro retortijón. “Javier, necesito ir a la tienda por unas toallas sanitarias, ya me bajó”. Él suspiró, aliviado de no lidiar con eso, y me señaló una miscelánea al pie de un cerro.

Al entrar, lo primero que vi fue un viejo teléfono rojo de monedas sobre el mostrador. La dueña, una vieja g*rda, ignoró mi presencia y se fue directo a abrazar a Javier: “¡Ay, mijo, por fin llegas, ya te andábamos esperando!”. Luego me barrió con la mirada, chasqueando la lengua con desprecio. “Está muy flaca y sin caderas. ¿Estás seguro de que esta morra sí nos va a parir un chamaco para la familia Ramírez?”.

Tragué saliva. Esa vieja asquerosa era la compradora. Mi vida, mis sueños, mi futuro… todo había sido vendido por unos miserables billetes. Javier me había entregado por ochenta mil pesos.

Intenté correr. Forcejeé, grité, tiré patadas con todas mis fuerzas, recordando a los comentarios que decían que “yo no era una dejada”. Incluso esperé que se me revelara un superpoder oculto. Pero en segundos, varios vecinos del pueblo entraron a la tienda y me sometieron contra el piso de cemento. Me llovieron bofetadas que me reventaron el labio y patadas en las costillas. Al ver que era inútil luchar contra tantos, dejé de resistirme para guardar energía. No iba a usar mi c*chillo todavía; yo sola comprobé que era una mujer débil contra una horda de salvajes.

Antes de largarse, Javier se agachó a mi altura, advirtiéndome. “No me culpes, Valeria. Es tu culpa por no medir tus fuerzas. Eres una huérfana sin papás, ¿cómo creíste que me iba a fijar en ti? Pórtate bien con los Ramírez”. Me escupió las palabras en la cara. “Ya viste a la mujer de afuera, ¿no? Si intentas huir, te van a rmper las piernas a glpes”.

Los comentarios estallaron: “¡Qué perro coraje! Ese cabrn de Javier me enferma. Pero tranquilos, la chava lo va a cazar hasta el fin del mundo”. ¿Cazarlo?, pensé, en silencio, mientras me amarraban como un tamal. ¿Cómo diablos lo voy a cazar si estoy amarrada? ¿Acaso voy a revivir como un demonio para mtarlo?.

Me aventaron al fondo de un calabozo húmedo y oscuro debajo de la tienda, atada de pies y manos. Cuando se fueron, aproveché la oscuridad para sacar el c*chillo de mi cintura y cortar cuidadosamente las cuerdas, pero me las volví a enredar por encima para fingir que seguía atrapada. Al rato, la puerta chirrió. Era otra muchacha, pálida y desnutrida, de unos veinte años, con cara de tristeza profunda. Me trajo un plato de comida. Se llamaba Lupita.

“¿A ti también te trajo Javier?” le pregunté en un susurro. Ella negó con la cabeza. “A mí me vendieron otros del pueblo,” me dijo, bajando la voz para darme un consejo. “Trata de ser obediente, así sufrirás menos”. Me dio de comer en la boca, tres platos enteros de arroz blanco que me tragué a la fuerza cerrando los ojos para tener energía.

Justo cuando terminó, la vieja dueña entró de golpe, jalando del brazo a un hombre obeso, deforme y babeante. “Mira, mijo, te compré una esposa nueva. Esta sí traga bien, seguro te va a dar unos chamacos bien gordotes”. El grdo empezó a aplaudir frenéticamente como bbo, riendo con un sonido gutural. “¡Chamacos gordos, chamacos gordos!” gritaba.

Al ver a Lupita acorralada en una esquina, el grdo le soltó una patada brutal que la mandó a volar. “¡Lárgate! ¡Quiero hacer bebés!”. La vieja sacó a Lupita a rastras. Antes de salir, Lupita me miró rogando: “No te le pongas al brinco, para que no te pgue”. La dueña se burló de ella: “Tú preocúpate por ti, esta misma noche voy a vender a esta g*llina estéril que no da huevos”. Lupita se puso blanca como papel, resignada a su destino.

Me quedé a solas con el grdo. Él babeaba torciendo la cabeza, con una sonrisa tonta pero llena de maldad, demostrando su falta de raciocinio. Se abalanzó sobre mí con su montaña de carne, aplastándome contra el piso. Su baba fétida escurría sobre mi cara, sus ojos turbios estaban inyectados en lujuria. Era vomitivo. Mantuve mi cara inexpresiva, saqué mi cchillo y, con toda mi fuerza, se lo clavé directo en la nuca.

Un chorro de sngre roja y caliente salió disparada, salpicándome hasta las pestañas. El grdo reaccionó lento, y en cuanto levantó la cabeza, saqué la hoja y se la enterré profundo en la yugular.

“¡Virgen santa, sí lo mtó! Esta morra es mrtal,” leí en los comentarios flotantes. “¿Alguien me entiende? Siento una paz mental enorme”.

El grdo gruñó como fiera herida, me tiró un pñetazo que me mareó, pero la sngre a chorros lo asustó tanto que empezó a llorar llamando a su mamá. La vieja dueña entró corriendo al escuchar el ruido. Al ver a su hijo revolcándose en su propia sngre como puerco en mtanza, se volvió loca. “¡Mijo, mi niño, no tengas miedo, aquí está tu madre!” gritó, quitándose su bufanda para taparle la herida, olvidándose por completo de mí. Era el momento perfecto para mtarla.

Me acerqué por la espalda, levantando mi cchillo, pero de la nada, una patada demoledora me mandó a volar por los aires. Caí escupiendo un buche de sngre espesa. Era don Rigo, el esposo de la vieja, un hombre de unos cincuenta años con la cara arrugada como corteza de árbol, que acababa de regresar de trabajar.

“¡El niño se mere, llévalo al hospital!” aulló la mujer. “Ya no tiene salvación,” sentenció Rigo. La mujer se quedó en blanco. “¡Esta perr mtó a mi hijo, la voy a mtar!” gritó ella, pero Rigo la detuvo.

“Aún no puede mrirse,” dijo él con unos ojos de águila oscuros y enfermos. “Mtó a nuestro muchacho, ahora me va a tener que parir a otro para reponerlo”. Un escalofrío me congeló la espina dorsal. Ese viejo repugnante, mayor que mi propio padre, planeaba vi*larme y hacerme su incubadora.

Los comentarios empezaron a moverse a la velocidad de la luz: “Ya valió. Aquí empiezan los peores tres años de la protagonista. Le van a quebrar los huesos, la amarrarán en este sótano y va a parir tres niños antes de mrir en el parto”. “¿Mrir? ¿Tendré que volverme un fantasma para hacerles pagar?”, pensé con pánico.

Pero un comentario me devolvió el alma al cuerpo: “¡Tranquilos! Lo que sigue es la mejor vnganza de la historia. La chava es inmortal, revivirá en cualquier parte del pueblo cada vez que la mten. ¡Los va a cazar a todos uno por uno!”.

Todo tuvo sentido de golpe. Cuando tenía seis años, tuve aquel aparatoso choque donde mis papás fallecieron. Aunque decían que mi mamá me salvó, la verdad es que yo m*rí en ese asiento y aparecí sin un solo rasguño en los pastizales.

Don Rigo dio un paso hacia mí, amenazando con su voz lúgubre: “Te voy a romper las piernas, te voy a dejar como perr* aquí amarrada para que me paras puro chamaco”. Le sonreí de lado. “¿Ah, sí?” dije, y sin dudarlo, me pasé el filo del cchillo por la garganta. Ya estaba acostumbrada a mtar, la primera vez asusta, pero la segunda ya le agarras el modo. Para asegurar que la merte fuera rápida, me clavé el mismo cchillo en el estómago y le di dos vueltas con saña.

La sngre manchó la ropa de don Rigo, quien retrocedió temblando, aterrorizado. “¡Esta cabrna está loca, está maldita loca!” gritaba. Y mientras mi vista se nublaba, leí mi comentario favorito: “A la madre, me equivoqué, es una mujer loba, es más snguinaria que cualquiera. ¡Si se hace eso a sí misma, a estos batos los va a hacer picadillo!”*.

Efectivamente. Cuando el aire regresó a mis pulmones, desperté intacta, sin dolor y con mi ropa limpia. Estaba parada justo debajo de una barda. Desde el patio de esa casa, escuché de nuevo los gritos desgarradores de Elena suplicando.

“¡Por favor, ya no me pgues más!” lloraba ella. “Tú eres mi vieja, yo te compré, y te pgo cuando a mí se me pegue la gana,” respondía la voz torcida del Tuerto. “¡Te prometo que ya no me voy a escapar, seré una buena esposa!”. “¿Crees que te pgo por escapar? Escúchame bien: hace dos años que se me mrió el aparato, y mdrearte es la única forma en la que me siento un hombre de verdad,” escupió el mnstruo.

Elena lloraba con una desesperación total. “¿Qué p*cado cometí en otra vida para merecer esto?”. Yo estaba paralizada, creyendo que había caído en otro círculo del infierno, pero al ver la puerta de madera entreabierta del patio, entré en silencio.

Me metí al cuarto de herramientas y agarré un hacha oxidada. Pesaba, pero mis años en el gimnasio valieron la pena. Me paré frente a su puerta y toqué: Toc, toc, toc. “¡¿Quién ching*dos es?!” gritó el Tuerto histérico. “¿No escuchas que le estoy dando clases a mi vieja?”. Sonreí ante su cinismo. No contesté. Seguí tocando. “¡Maldita sea, deja de golpear, si no es importante te voy a arrancar la piel!” gruñó mientras venía a abrir.

En el instante en que abrió, levanté el hacha y la bajé con furia. Quería partirle el cráneo, pero él ladeó la cabeza por instinto, así que el filo le mchó el brazo derecho de un tajo limpio. Pateé su cuerpo contra el piso del patio, justo donde un perro callejero dormía. “Te gustaba usar esa mano para pgarle a las mujeres, ¿no? Pues ya no vas a ser hombre nunca más”. El perro olió la s*ngre y empezó a morderlo desesperadamente.

El Tuerto tenía los ojos inyectados en rabia, ciego por el dolor. “¡Hija de tu pnche madre, te voy a mtar!” gritaba. Quiso abalanzarse sobre mí, creyendo que aún sin brazo podía ganarme. Lo esquivé ágilmente, casi dejándolo caer de boca. Levanté el hacha una vez más. Ahora no fallé. El acero se hundió justo en la mitad de su cráneo. El Tuerto se quedó con los ojos pelados, incrédulo, incapaz de entender cómo una “vieja débil” le había arrebatado la vida.

“¡Qué chulada de escena!” celebraron los comentarios. “Ya salvó a Elena, hoy no se va a sucidar”*.

De una patada aventé el cadver del Tuerto hacia adentro del cuarto. Elena, que estaba hecha ovillo en el piso, tardó en entender lo que pasó, pero cuando se dio cuenta de que su captor había merto, se soltó a llorar, soltando años de humillaciones acumuladas.

El viejo Tuerto apenas soltó su último aliento y me amenazó con voz rasposa: “Crees que eres libre… el pueblo entero no te va a dejar viva”. “Entonces tendré que m*tarlos a todos,” le respondí con frialdad. Retiré el hacha y le di otro tajo seco, acabando con su asquerosa existencia.

“Tranquila,” le dije a Elena. “Ya nadie te volverá a tcar”. Me miró con los ojos rojos. “Gracias… pero no vas a poder salir de aquí, están por todos lados”. “No voy a salir. Ellos son los que tienen que correr. Quédate aquí, mañana temprano te saco”. Le pedí que me buscara vneno para rtas y le pregunté por la casa de Javier. Elena apretó los puños hasta sngrar y asintió, dándome el veneno. Yo tenía que salvar a Lupita esta misma noche de ser vendida al carnicero, y después… iría por la cabeza de mi querido novio.

Le pedí a Elena que se encerrara a piedra y lodo. Mi siguiente paso era urgente: tenía que volver a la miscelánea para salvar a Lupita antes de que fuera demasiado tarde. Me escabullí entre las sombras de las calles de tierra hasta llegar a la parte trasera de la tienda de abarrotes. Planeaba entrar en silencio y acabar con esa familia de psicópatas, pero al asomarme por la barda del patio trasero, me detuve en seco.

Estaban todos ahí. Don Rigo, la vieja grda y el infeliz de Javier. En una esquina del patio, iluminado por un foco amarillento y parpadeante, yacía el cadver del hijo grdo sobre unas tablas. Lo habían bañado y vestido con ropa limpia, y le habían pintado chapetes rojos y los labios, dándole un aspecto macabro y aterrador bajo la luz de la luna. La vieja acariciaba el rostro del murto llorando a gritos, lamentándose de que su “bebé” se hubiera ido tan pronto.

Pero don Rigo no estaba llorando; estaba furioso. Tenía a Javier agarrado del cuello de su camisa de marca.

—¡Mira lo que hiciste, cabrn! —le gritó Rigo, sacudiéndolo—. ¡Te pagué para que me trajeras una vieja dócil, no a un maldito dmonio! ¡M*tó a mi único hijo!

Javier, con su cara de niño fresa arrugada por el pánico, intentó justificarse: —Don Rigo, se lo juro por Dios que yo no sabía que Valeria estaba tan loca. Llevo medio año con ella, es una mosca murta, ni siquiera se atreve a mtar a una cucaracha en el departamento. ¡A lo mejor su hijo fue un inútil y se dejó!

Esa fue la gota que derramó el vaso. Antes de que Javier pudiera terminar la frase, don Rigo le acomodó un derechazo que le reventó la nariz. El “godín” perfecto, el licenciado intocable que en la ciudad todos respetaban, cayó al suelo de tierra tragando s*ngre y polvo. Rigo le pateó las costillas sin piedad. Javier, acostumbrado a los lujos y a manipular con palabras, era un cobarde inútil frente a un campesino endurecido por el trabajo pesado. Se hizo un ovillo en el piso, suplicando piedad como una nena.

—¡Me vas a pagar! —bramó don Rigo, escupiéndole—. Gasté todos mis ahorros en esa perr*. Solo me quedan treinta mil pesos que le saqué al Carnicero por venderle a la inútil de Lupita hace un rato. O me traes a otra vieja para que me para un chamaco, o te m*to aquí mismo, Javier.

Sentí una punzada en el pecho. Habían vendido a Lupita. Tenía que actuar rápido. Agarré una piedra grande del suelo y la lancé con todas mis fuerzas contra la ventana de la cocina. El cristal estalló en mil pedazos con un estruendo ensordecedor.

—¡¿Quién ching*dos está ahí?! —rugió don Rigo, soltando a Javier y agarrando un tubo de fierro oxidado—. ¡Ven a dar la cara, cobarde!

Rigo salió por la puerta trasera hacia la oscuridad del callejón, buscando al culpable. Yo ya me había trepado ágilmente a las ramas de un árbol frondoso que daba al patio. Rigo caminó justo debajo de mí, mirando hacia los matorrales. Apreté el mango de mi hacha, tomé aire y me dejé caer.

¡CRACK!

El hacha se hundió profundamente en su hombro, destrozándole la clavícula. Rigo soltó un alarido tan espantoso que los perros del vecindario empezaron a ladrar. Cayó de rodillas, soltando el fierro, mareado por el dolor y la pérdida masiva de s*ngre. Al alzar la vista y ver mi rostro bañado por la luz de la luna, sus ojos se abrieron como platos, llenos de un terror absoluto.

—¿Tú…? ¡Pero si te vi merta! —balbuceó, temblando de pies a cabeza. El olor a orines inundó el aire; el gran macho del pueblo se había mdo en los pantalones del miedo creyendo que yo era un fantasma—. ¡Eres el d*ablo!

—¿Querías que te pariera un chamaco, viejo asqueroso? —le susurré al oído con una sonrisa helada—. Ve a buscar a tu hijito al infierno.

Antes de que pudiera gritar por su esposa, saqué el hacha y le di un tajo brutal justo entre las piernas. Su grito de agonía rasgó la noche. Rigo se retorció en el suelo de tierra, intentando agarrarme, pero sus fuerzas se desvanecieron rápidamente. Con un último movimiento seco, le reventé el cráneo. Fin del problema.

Desde mi escondite en las sombras, vi cómo Javier, con la cara hinchada y sngrando, se asomaba por la puerta. Vio el cadver de Rigo destrozado. En lugar de avisarle a la vieja o intentar pelear, el muy cobarde murmuró: “Yo en estas p*ndejadas no me meto”, dio media vuelta y salió corriendo por la puerta principal. Huye, mi amor, pensé. Mientras no salgas de este rancho, tu nombre ya está escrito en mi lista.

La vieja grda salió al patio con una linterna llamando a su marido. Caí del árbol detrás de ella, le tapé la boca con una mano y le puse el filo de mi cchillo de cocina en la garganta. La arrastré hasta el interior de la casa y la amarré a una silla. Estaba blanca como un papel, temblando incontrolablemente al tocar mi piel caliente y darse cuenta de que no era un espíritu.

—¿Dónde está Lupita? —le exigí, apretando el cchillo hasta sacarle una gotita de sngre del cuello. —¡Se la llevó Don Pancho, el Carnicero! —sollozó la vieja, llorando a mares—. ¡Vete a buscarla allá arriba en el cerro, ándale! Pancho es un bstia, un sdico de lo peor. Ojalá te despedace. Te juro que si me dejas viva, no le digo a nadie, entre mujeres hay que apoyarnos, mija.

Solté una carcajada amarga. ¿Entre mujeres? Esta misma víbora fue la que g*lpeó a Lupita y la vendió como animal a un psicópata. Sin pensarlo dos veces, le deslicé el filo por la garganta. Su cuerpo cayó pesadamente. Antes de irme, pasé al teléfono de la tienda para llamar a la policía y ganar tiempo, pero el cable estaba trozado. Javier lo había cortado para asegurar su propia huida. Maldito infeliz.

Escondí el cuerpo de la vieja y caminé a paso rápido hacia las faldas del cerro, donde la tienda de abarrotes quedaba atrás y la sierra se volvía más espesa y oscura. Llevaba unos cien metros subiendo cuando mi pie rozó un alambre oculto entre las hojas secas. Reaccioné por instinto, lanzándome hacia atrás justo cuando unas enormes fauces de metal oxidado se cerraron con fuerza de un bocado. Una trampa para osos. Con razón la vieja me había rogado que viniera: quería que cayera en una de las trampas del Carnicero.

Usando el hacha, fui tanteando el suelo como si fuera un bastón para ciegos. Logré desactivar dos trampas más antes de escuchar los gritos.

Venían de arriba. Levanté la vista hacia una casa de block y lámina, iluminada por reflectores. El portón estaba abierto de par en par. Un hombre gigantesco, con los brazos llenos de tatuajes de la cárcel y una cicatriz profunda cruzándole la cara, estaba parado ahí, sosteniendo las cadenas de tres perros pitbull famélicos y salvajes. Era el Carnicero.

Corriendo cerro abajo, tropezando con las piedras y las ramas en la oscuridad, venían Lupita y una chavita que no debía tener más de quince años. La niña traía el pantalón rasgado y la pantorrilla empapada en s*ngre por una mordida reciente. Lupita, a pesar de estar en los huesos, la llevaba abrazada, negándose a dejarla atrás.

El Carnicero soltó una risotada ronca y enfermiza que resonó en todo el bosque. —¡Corran, p*titas, corran! —les gritó desde arriba—. ¡Les doy tres minutos antes de soltar a mis bestias!

El pánico era asfixiante. Los perros babeaban y ladraban como desquiciados, desesperados por probar carne fresca.

—¡Déjame, Lupita! —lloraba la chavita, a la que luego conocí como Sofía—. ¡Ya no puedo correr, vete tú, pide ayuda a la policía! —¡Cállate, chamaca, no te voy a dejar! —jadeaba Lupita, casi sin aliento.

Justo cuando pasaron junto a los matorrales donde yo estaba escondida, estiré los brazos y las jalé con fuerza hacia la maleza, tapándoles la boca a ambas antes de que pudieran gritar.

—¡Shhh! Soy yo, Valeria —les susurré, sintiendo sus corazones latir a mil por hora.

Lupita abrió mucho los ojos, aterrada, creyendo firmemente que estaba viendo a un mu*rto. No tenía tiempo para explicarle que era inmortal. Si creer que era un fantasma les daba paz, que así fuera.

Las arrastré hasta el borde de una fosa profunda que había descubierto unos metros atrás, otra de las trampas del Carnicero, disimulada con ramas secas. —Quítense los suéteres y el pantalón s*ngriento de la niña, ¡rápido! —les ordené.

Me obedecieron temblando. Sofía lloraba de dolor mientras se quitaba la tela pegada a su herida. Tiré la ropa ensangrentada al fondo del pozo oscuro y ayudé a las dos a trepar a un árbol de encino alto y frondoso.

—No hagan ningún ruido. Pase lo que pase, no bajen. Yo me encargo de él —les advertí, trepándome a una rama gruesa justo encima de la fosa.

Un minuto después, la voz del Carnicero retumbó en el cerro. —¡Ya voy por ustedes, perr*s!

Soltó a los perros. Las tres bestias salieron disparadas como balas en la oscuridad, guiándose por el olor a s*ngre fresca. Llegaron directo al borde de la fosa, olfateando la ropa de Sofía en el fondo, y empezaron a ladrar frenéticamente hacia el agujero.

El Carnicero llegó caminando tranquilo, alumbrando con una linterna potente. —¡Chale, qué aburrido! Ya se cayeron a la fosa. Qué desperdicio —se quejó, asomándose al borde, iluminando el fondo.

Era mi momento. Me descolgué de la rama boca abajo, aferrándome con las piernas como un murciélago, y lancé un hachazo directo a su nuca. Pero el Carnicero no era como Rigo. Este tipo era un cazador. Su instinto lo hizo girar en el último segundo. El hacha apenas le rozó el hombro. Antes de que yo pudiera reaccionar, me apuntó con la linterna directo a los ojos, cegándome, y con una mano enorme me agarró del cabello y me jaló con una fuerza bestial hacia el suelo.

Caí de espaldas contra la tierra dura. El aire se me escapó de los pulmones. Me soltó una patada con sus botas de casquillo directo en las costillas. Escuché el crack de mis huesos rompiéndose y solté el hacha por el impacto.

El Carnicero me pisó el pecho, apretando la bota contra mis costillas rotas, mirándome con desprecio. —¿Y tú de dónde saliste, cabrna? Qué huevtos de quererme cazar. Soy matarife y cazador, p*ndeja, huelo el peligro a kilómetros.

Yo me mordí los labios para no gritar de dolor. —¿Muy machita? —se rio el Carnicero, mostrando unos dientes podridos—. Me excitan las que se hacen las fuertes. A ver cuánto aguantas antes de llorar y suplicarme como todas. ¡Ataquen!

Chifló fuerte. Los tres pitbulls se abalanzaron sobre mí. Los colmillos se clavaron en mis brazos, en mis piernas, desgarrando mi piel, arrancando pedazos de carne viva. El dolor era una explosión de fuego blanco en mi cerebro. La s*ngre brotaba a chorros, manchando la tierra. Me retorcí, intentando quitármelos de encima, pero eran demasiado fuertes.

Arriba en el árbol, escuché los sollozos ahogados de Lupita y Sofía.

El Carnicero se cruzó de brazos, disfrutando el espectáculo. —Sé que están ahí arriba, ratas —gritó hacia los árboles—. Si bajan ahorita y se entregan, le digo a mis perros que suelten a su amiguita. Si no, la van a ver morir en pedacitos.

Con los pulmones llenos de s*ngre, junté toda mi fuerza de voluntad, apoyé mis manos en el suelo y me puse de pie a trompicones. Todavía tenía un perro colgado del brazo, arrancándome la carne a mordidas.

El Carnicero me miró, ofendido de que aún pudiera levantarme. —Ya no tienes con qué pelear, perr*. Ríndete.

Sonreí, con los dientes manchados de s*ngre. Desde el momento en que me quitó el hacha, estuve esperando que se confiara. Bajé la mano lentamente hacia mi bota derecha. Siempre llevo un machete de monte escondido ahí, pegado a la pantorrilla.

—Te equivocaste, p*ndejo —escupí.

Con un movimiento relámpago, saqué el machete y se lo clavé hasta la empuñadura directamente en el estómago. Los ojos del gigante se abrieron con un pánico indescriptible. Agarré al perro que tenía colgado de mi brazo y lo aventé, luego tomé al Carnicero de la camisa, giré sobre mis talones con las últimas fuerzas que me quedaban, y lo empujé hacia atrás, directo al vacío.

El gigante cayó de espaldas al fondo de su propia fosa, estrellándose contra el suelo de tierra y piedras con un golpe sordo y aterrador.

Había ganado, pero el dolor era insoportable. Mi cuerpo estaba destrozado. Cerré los ojos, esperando que la m*erte me abrazara rápido para poder reiniciar el ciclo. Esto apenas estaba comenzando.

Desde el borde de la fosa, miré hacia abajo con los ojos fríos como el hielo. El Carnicero yacía en el fondo, con el estómago abierto y gimiendo de un dolor insoportable, pero su pesadilla apenas comenzaba. Los dos pitbulls que habían caído con él, muertos de hambre y oliendo la s*ngre fresca que brotaba de las heridas de su propio dueño, lo miraron con los ojos inyectados y un brillo verde en la oscuridad.

—¡Hijos de la ching*da, lárguense! —les gritó el gigante, intentando patearlos, pero con un brazo destrozado y las tripas de fuera, no era rival para sus propias bestias.

Los perros no dudaron. Se abalanzaron sobre él y comenzaron a devorarlo vivo, arrancándole pedazos de carne de la cara y los brazos. Sus alaridos de agonía rebotaban en los árboles, una melodía que me sonaba a pura justicia. En menos de dos minutos, le habían arrancado una oreja y dejado el hueso del pómulo expuesto.

De repente, el gran macho alfa, el sdico que disfrutaba torturando mujeres, se arrastró como un gusano mirando hacia arriba. —¡Te lo ruego, perdóname la vida! —lloraba a moco tendido, juntando las manos—. ¡Mta a estos p*nches perros y te juro que te saco del pueblo en mi camioneta! ¡Nadie te va a hacer daño!

Iba a soltarle una burla, pero una voz temblorosa pero llena de odio me interrumpió desde atrás.

—¡No le creas, Valeria! A mi mamá le dijo lo mismo hace años. La engañó, le r*mpió una pierna y luego se la vendió a mi papá como si fuera un animal.

Era Sofía, la chavita de quince años. Se había bajado del árbol junto con Lupita y ahora estaba parada a mi lado, mirando al Carnicero con un asco profundo. —¿Así que este infeliz te iba a vender hoy para que tu papá pagara la boda de tu primo? —le pregunté sin apartar la vista del pozo. —Sí —asintió Sofía, agarrando una piedra del tamaño de un melón del suelo—. Y todavía el muy p*rro fue a decirle a mi mamá que yo me había escapado, para que no me buscara. Esta es por ella.

Sofía lanzó la piedra con todas sus fuerzas. El proyectil golpeó de lleno en la cabeza del Carnicero, dejándolo medio inconsciente mientras los perros seguían dándose un festín con sus piernas. Luego, agarró otra piedra igual de grande. “Y esta es por mí”, sentenció, dejándola caer de nuevo, partiéndole el cráneo y silenciando sus gritos para siempre.

Apenas vi que el monstruo dejó de moverse, mis rodillas flaquearon. Había perdido demasiada sngre por las mordidas de los perros en mis brazos y piernas. Lupita me sostuvo antes de que cayera al suelo de terracería. —¡Valeria, estás sangrando muchísimo! —lloró Lupita, tocando mi piel caliente—. ¡Creí que eras un fntasma, pero estás viva! ¡Ay, Dios mío, por qué no bajamos a ayudarte!

Le sonreí, acariciándole el cabello suci0 y enredado. —Tranquilas. Digamos que soy como un gato, tengo nueve vidas. Si m*ero, revivo completita y sin un rasguño. Pero ustedes solo tienen una. Quédense aquí y busquen ropa abrigadora en la casa de este infeliz. Hace mucho frío.

Saqué de mi bolsillo el sobre de v*neno para ratas que me había dado Elena horas antes. No tenía tiempo para curarme ni energía para seguir peleando en este estado; necesitaba un “reinicio” urgente. Me tragué el polvo tóxico de un solo golpe frente a ellas. El dolor en el estómago fue fulminante, pero en cuestión de segundos, la oscuridad me abrazó.

Cuando abrí los ojos, estaba parada justo al pie del cerro, a la entrada del camino de terracería. Mi ropa estaba limpia, mi cuerpo estaba lleno de energía y las heridas habían desaparecido por completo. Corrí cuesta arriba de regreso a la cabaña del Carnicero. Al entrar, vi a Lupita y Sofía ya con chamarras gruesas que habían encontrado, pero no estaban solas. Las acompañaba una mujer mayor, con la cara curtida por los g*lpes y el sufrimiento: era la mamá de Sofía.

Al verme entrar, la señora se me acercó corriendo y me abrazó con lágrimas en los ojos.

—¡Sofía ya me contó todo lo que hiciste! —sollozó la señora—. No sé cómo pagarte. Pero, por favor, no vayas a buscar a Javier ahorita.

Fruncí el ceño. —¿Por qué?

—Ese cobarde corrió con el Comisario Ejidal del pueblo. Como la esposa de Don Rigo empezó a gritar que estabas viva, Javier y el viejo están reuniendo a todos los hombres en la plaza principal, frente a la iglesia. Han bloqueado las salidas del rancho y se están armando para salir a cazarte entre todos. ¡Si vas para allá, te van a hacer pedazos!

Una sonrisa fría y afilada se dibujó en mi rostro.

—Señora… ¿quién dijo que ellos son los que me van a cazar a mí?

Era perfecto. Me acababan de ahorrar el trabajo de ir a buscar a cada maldito secuestrador casa por casa. Miré hacia un rincón de la cabaña, donde habíamos descubierto el pequeño arsenal del Carnicero: una caja llena de cartuchos de dinamita casera que usaba para volar piedras en el cerro, y un viejo pero funcional rifle de cacería.

—Quédense aquí escondidas. Esto se va a poner feo —les ordené, colgándome el rifle a la espalda y llenando un costal de ixtle con todos los explosivos que pude cargar.

Veinte minutos después, estaba trepada en las ramas de un ahuehuete gigante que daba sombra a la plaza principal del pueblo. El lugar estaba iluminado por focos amarillentos y antorchas. Abajo, había un mar de hombres armados con machetes, palos y algunas escopetas viejas. En las escalinatas del kiosco estaba el viejo Comisario Ejidal, apoyado en un bastón, y a su lado, Javier, con la cara todavía hinchada y morada por la m*driza que le acomodó Don Rigo.

—¡Escúchenme bien, cabrnes! —gritaba Javier con un megáfono—. Esa vieja está sola. Cubran todas las salidas hacia la carretera. El que me traiga a Valeria viva o murta, se la regalo para que hagan con ella lo que se les pegue la regalada gana.

Los hombres estallaron en risas enfermas y chiflidos degenerados, chocando sus machetes en el aire, celebrando por adelantado lo que le harían a mi cuerpo.

Me dan asco, pensé, sacando un encendedor de mi bolsa.

Prendí la mecha del primer cartucho de dinamita y lo dejé caer justo en el centro de la multitud más densa. Antes de que siquiera tocaran el piso, ya había encendido y arrojado otros tres hacia las rutas de escape.

El primer estruendo sacudió la tierra y reventó los vidrios de la plaza. Una llamarada naranja iluminó la noche, seguida de una lluvia de s*ngre, tierra y pedazos de cuerpos destrozados.

—¡Nos están atacando! ¡Corran, es dinamita! —comenzaron a gritar los que sobrevivieron al primer impacto, corriendo despavoridos como cucarachas cuando prendes la luz.

Pero yo había calculado todo a la perfección. Había bloqueado las salidas principales con mis lanzamientos. Cada explosión que seguía levantaba a tres o cuatro s*cuestradores por los aires. El olor a pólvora y a carne quemada inundó la plaza.

Acomodé el rifle de cacería en mi hombro y miré por la mira telescópica. Gracias a los fines de semana que pasaba en el campo de tiro con mi mejor amigo en la Ciudad de México, mi puntería era letal.

Entre el humo, vi a un hombre flaco y ojeroso corriendo hacia el callejón. Tenía un lunar enorme y peludo en la mejilla izquierda. El papá de Sofía, recordé. El mismo infeliz que g*lpeaba a su esposa y quería vender a su hija.

Respiré hondo. Contuve el aire. PUM.

La bala le atravesó el cráneo de lado a lado. Cayó de bruces contra el concreto, sin vida. Recargué y seguí disparando, bajando uno por uno a cada hombre que intentaba escapar de la masacre. El kiosco de la plaza se había convertido en un rastro municipal. La justicia por fin había llegado a este infierno.

Pero algo me molestó. A lo lejos, vi que Javier y el viejo Comisario se habían metido corriendo a la sacristía de la iglesia apenas sonó el primer bombazo. No podía dejar a los líderes vivos.

Bajé del árbol de un salto y caminé con paso firme por en medio de la plaza, pisando charcos de sngre espesa y esquivando los cuerpos de los scuestradores que lloraban y se retorcían en el suelo, pidiendo clemencia con extremidades arrancadas. No sentí ni una pizca de lástima.

Entré por la puerta lateral de la iglesia. Todo estaba oscuro. Di tres pasos y, de repente, un destello iluminó la penumbra. ¡BAM! Un dolor ardiente y punzante me atravesó el muslo y otro el pecho. Me habían disparado a quemarropa con una escopeta de perdigones. Caí de rodillas, tosiendo s*ngre, recargándome contra la pared fría y descarapelada del pasillo.

De las sombras, salieron Javier y el viejo Comisario, escoltados por otros tres tipos armados. Se acercaron lentamente, con sonrisas arrogantes de victoria.

—¿Te creías muy lista, pinche perr*? —escupió el viejo, golpeándome la cara con su bastón—. ¡M*taste a la mitad de los hombres de mi pueblo! ¡Te vamos a hacer pedazos!

Javier me agarró del cabello, obligándome a mirarlo. Sus ojos estaban inyectados de odio puro.

—Eres una estúpida, Valeria. ¿De verdad creíste que una huerfanita de la ciudad iba a poder contra nosotros? —se burló, soltándome una cachetada que me hizo zumbar el oído—. ¡Te debí haber vendido al Carnicero desde que pisamos este mugrero!

Escupí un coágulo de s*ngre directamente en sus zapatos de diseñador manchados de lodo. —El Carnicero… ya está chillando en el infierno —susurré con una sonrisa torcida, mostrando mis dientes manchados de rojo.

Javier se quedó pálido. —¿De qué hablas, loca? —Hablo de que… a ustedes les toca alcanzarlo —le respondí, riendo a carcajadas, una risa que resonó vacía y espeluznante en los muros de la iglesia.

No lo sabían. Ninguno de estos infelices lo sabía. Desde que tomé la caja de dinamita del cerro, no solo la metí en el costal. Antes de bajar del árbol, sabiendo que meterme a un lugar cerrado era una misión suicida, agarré seis cartuchos enteros, los junté y me los pegué con cinta canela directo al estómago, debajo de mi sudadera gruesa. Si mi cuerpo destrozado servía como el mejor cebo, no iba a dudar en usarlo.

Levanté la mano izquierda. Entre mis dedos empapados en mi propia s*ngre, sostenía el encendedor encendido, justo al lado de la mecha corta que salía del cuello de mi ropa.

Los ojos de Javier se abrieron con un pánico animal al escuchar el siseo de la mecha quemándose. —¡NO! ¡Espera! —gritó, dando un paso atrás, empujando al viejo Comisario para usarlo como escudo humano.

—Hasta la vista, mi amor —susurré, cerrando los ojos.

La explosión fue ensordecedora. Un destello blanco y cegador nos tragó a todos por completo, reduciendo la sacristía, a Javier, al viejo y a mí misma a cenizas humeantes, lista para despertar otra vez y limpiar lo que quedara de este maldito lugar.

La oscuridad duró apenas un suspiro. Cuando volví a abrir los ojos, el aire helado de la sierra me golpeó el rostro. Estaba de pie, intacta, justo en la entrada del pueblo, en el mismo arco de piedra por donde Javier me había traído horas antes. Mi ropa estaba limpia, sin rastros de pólvora ni s*ngre, y mis heridas habían desaparecido por completo. Mi cuerpo estaba lleno de energía, listo para terminar lo que había empezado.

Sin perder un segundo, corrí a toda velocidad por el camino de terracería, de regreso hacia la plaza principal y la iglesia donde me había inmolado. El silencio de la madrugada solo era roto por el crujir de mis pasos. Al llegar a la explanada, me quedé paralizada, completamente asombrada por la escena que se abría ante mis ojos.

Todas las mujeres del pueblo estaban reunidas ahí. Absolutamente todas. Desde las ancianitas de ochenta años con el cabello completamente blanco y la espalda encorvada, hasta las niñas más pequeñas, de apenas diez o doce años. Estaban de pie, formando un círculo inmenso en medio de la plaza. Y en el centro de ese círculo, tirados en el suelo frío de concreto, estaban los pocos hombres que habían sobrevivido a la lluvia de dinamita.

A los sobrevivientes los habían desnudado por completo, atado de pies y manos como cerdos listos para el matadero, y los habían arrojado al piso. Esos mismos tipos que horas antes caminaban por las calles con el pecho inflado, creyéndose los reyes intocables del pueblo, ahora temblaban como perros asustados. Algunos lloraban a gritos, y otros estaban tan aterrorizados que se habían orindo encima, manchando el suelo a su alrededor. El contraste era brutal: la miseria y cobardía de esos mnstruos contrastaba con la luz de esperanza, victoria y regocijo que ahora iluminaba los rostros marcados y sufridos de las mujeres.

Apenas puse un pie en la plaza, la mamá de Sofía me vio y corrió a recibirme con una sonrisa enorme. —¡Ya llegaste, mija! —exclamó, tomándome de las manos—. Te estábamos esperando. Miré a mi alrededor, todavía procesando la situación, y señalé a los tipos amarrados. —¿Ustedes hicieron todo esto? —pregunté, incrédula.

La mamá de Sofía soltó una carcajada seca, llena de desprecio, y le dio una patada en las costillas a uno de los hombres que estaba tirado gimiendo a sus pies. —Tú no dudaste en dar tu vida por nosotras y hacer semejante sacrificio. Era lógico que nosotras no nos íbamos a quedar de brazos cruzados viendo cómo te enfrentabas sola a estos infelices —me dijo con orgullo. Luego, aplaudió dos veces para llamar la atención del resto.

Dos mujeres jóvenes salieron de las ruinas de la sacristía de la iglesia, arrastrando un bulto s*ngriento y patético. Era Javier.

El infeliz tenía una suerte de cucaracha; había sobrevivido a la explosión que yo provoqué, pero el costo había sido altísimo. Le faltaba un brazo y una pierna, que habían quedado destrozados por la dinamita, y su rostro “perfecto” de niño fresa estaba completamente desfigurado, convertido en una masa de carne quemada y s*ngre. La mamá de Sofía me explicó que lo habían encontrado arrastrándose lastimosamente con unas muletas improvisadas, intentando huir del pueblo como el cobarde que siempre fue.

Javier estaba amarrado, pero se retorcía como un gusano en el suelo. Gritaba con la voz ronca y desgarrada, mirándome con su único ojo útil: —¡Mtenme! ¡Por favor, se los ruego, mátenme ya! ¡Déjenme mrir! —suplicaba desesperado.

Lo miré con curiosidad. Conociendo a Javier, sabía que era un narcisista con un instinto de supervivencia enorme. ¿Por qué de repente estaba rogando por la m*erte con tanta desesperación? No tenía sentido que se rindiera tan fácil, por muy mutilado que estuviera.

Fue entonces cuando Elena, la mujer a la que salvé del Tuerto, se acercó cojeando con una sonrisa tímida pero llena de satisfacción. —Valeria, este maldito fue el que nos engañó y nos vendió a muchas de nosotras para traerlas a este infierno… así que decidimos darle un “castigo especial” —me dijo Elena.

Bajé la mirada hacia Javier. Noté que la parte delantera y trasera de su pantalón estaba desgarrada, y unas manchas de sngre fresca y oscura se extendían por la tela. Los comentarios invisibles que flotaban en el aire comenzaron a llenarse de burlas y risas sdicas, haciéndome entender de inmediato lo que las mujeres le habían hecho. Lo habían mutilado de su hombría.

“¡Justicia divina! Ojo por ojo, eso no se podía quedar así”, leí en una de las letras flotantes. “Esa es la venganza perfecta, qué joya de historia”. No pude evitar soltar una risita por lo bajo. Era el final perfecto para un tratante de blancas.

Pero mientras miraba a Javier, la idea del “castigo especial” encendió un foco en mi cabeza para lidiar con el resto de los scuestradores que seguían vivos y amarrados en la plaza. La mamá de Sofía me preguntó qué debíamos hacer con ellos. Si simplemente los mtábamos, sería un final demasiado rápido y piadoso para la cantidad de sufrimiento que habían causado durante años. No compensaría ni una fracción de los años de juventud y libertad que les habían robado a esas mujeres.

—Oigan —les hablé a todas en voz alta—. En estos ranchos, los ganaderos suelen usar medicamentos fuertes, ¿verdad? ¿De casualidad saben si en el pueblo hay de esos estimulantes o viagras que usan para cruzar a los cerdos y a los toros?

Las mujeres se miraron entre sí y una de ellas levantó la mano de inmediato: —¡Claro que sí! ¡Hay un montón en la bodega de la veterinaria!

—Tráiganme todo lo que encuentren —ordené con una sonrisa fría.

En menos de media hora, las mujeres regresaron con varias cajas de estimulante s*xual para ganado porcino. Vacié todo el contenido en cubetas con agua y las mezclé bien. Luego, fuimos obligando a cada uno de los hombres sobrevivientes a tragarse el agua turbia hasta la última gota. Una vez que todos estuvieron drogados, les soltamos las amarras y los encerramos a todos juntos en el salón de usos múltiples del pueblo, asegurando la puerta con candados por fuera.

No pasaron ni diez minutos cuando los efectos comenzaron. Desde el otro lado de la puerta, empezamos a escuchar los gritos agónicos, los gemidos desgarradores y los sonidos húmedos de cuerpos chocando frenéticamente. La droga los había vuelto locos, cegándolos de lujuria animal. Algunos hombres, aterrorizados y todavía conscientes, se lanzaron contra la puerta, golpeándola con los puños y suplicándome que abriera: —¡Por favor, Valeria, sácanos de aquí! ¡Te lo suplicamos! —lloraban desesperados.

Me crucé de brazos, recargada en la pared exterior, con el rostro de piedra. —¿No se sentían muy machitos vi*lando mujeres indefensas? —les grité a través de la madera—. Pues ahí tienen, diviértanse entre ustedes. Tienen toda la noche para darse gusto.

Los tipos que estaban golpeando la puerta fueron arrastrados hacia adentro por los otros que ya tenían los ojos inyectados en s*ngre por el estimulante. Los alaridos resonaron por toda la sierra durante toda la maldita noche, rompiendo la paz del bosque.

“¡Bienvenidos al cuarto oscuro, basuras!”, festejaban los comentarios en el aire. “Qué sádico, pero se lo tienen bien merecido”. Me sequé el sudor de la frente, riendo nerviosa ante la brutalidad del karma.

La mañana siguiente, cuando finalmente abrimos la puerta del salón, el escenario era una pesadilla dantesca. Más de la mitad de los hombres habían fallecido, sus corazones habían reventado por el esfuerzo extremo y la tortura física. Los que aún respiraban estaban tirados en el suelo, llorando de dolor, rotos física y mentalmente, balbuceando incoherencias mientras algunos, a pesar del cansancio mortal, no podían dejar de moverse. Habían quedado destrozados por todos lados. Para ellos, estar vivos era una maldición peor que la misma m*erte.

Lo que más me sorprendió fue ver que Javier seguía con vida en un rincón de la plaza, donde lo habíamos dejado amarrado. Hierba mala nunca muere, dicen por ahí. Sus glúteos estaban hechos papilla por los glpes que le habían dado, y tenía la boca rota, escurriendo sngre. Sus ojos estaban vacíos, hundidos en la locura de quien ha perdido hasta la última pizca de dignidad humana.

Al verme acercarme, volvió a implorar, arrastrando las palabras: —Mátame… Valeria… por favor, te lo ruego… má-ta-me.

Elena, que venía a mi lado, soltó un bufido de asco, levantó su bota y le pisó con fuerza la pierna que le quedaba, la cual ya estaba fracturada, haciéndola crujir. Javier soltó un aullido de perro atropellado. —¿M*rir? No tienes derecho a pedir eso —le escupió Elena con rabia—. Yo soporté años de humillaciones en este hoyo infernal por tu culpa. Vas a vivir para pagar cada lágrima que derramé.

Javier colapsó por el dolor y se desmayó ahí mismo, en medio de la tierra y su propia s*ngre.

Las mujeres del pueblo estaban celebrando su primera mañana de verdadera libertad cuando una muchacha entró corriendo a la plaza, pálida y sin aliento. —¡Ya nos cargó! —gritó, con el pecho subiendo y bajando—. ¡Vienen patrullas! ¡La policía está entrando al pueblo!

La mamá de Sofía se quedó de una pieza, sin poder creerlo. Había pasado años rezando para que la justicia llegara, esperando en vano a que alguien las rescatara, hasta que se había rendido. Y ahora, justo cuando se habían liberado por su propia mano, la ley aparecía. —Es verdad —continuó la muchacha—. ¡Las vi con mis propios ojos, vienen directo para acá!

Los comentarios flotantes me explicaron rápidamente lo que había sucedido: “Ayer en la noche, unos tipos del pueblo vecino escucharon las explosiones y vinieron a asomarse. Cuando vieron a la protagonista masacrando a todos con dinamita, y luego vieron que revivió como si nada después de volar en pedazos, se cagron de miedo. Pensaron que era un dmonio vengativo y le llamaron a la tira para salvar su propio pellejo”.

Era irónico. Los mismos cómplices de los s*cuestradores habían llamado a la policía por terror a los fantasmas.

En cuestión de segundos, varias camionetas de la policía estatal, con las torretas encendidas y las sirenas aullando, frenaron bruscamente frente a la plaza. Los oficiales bajaron con sus armas desenfundadas. Y entonces, ocurrió lo más absurdo del mundo.

Los hombres sobrevivientes, que apenas se podían mantener en pie, se arrastraron hacia los policías como si fueran sus salvadores, llorando de alivio. —¡Oficiales, por el amor de Dios, llévenos presos! —lloraba uno de los scuestradores, abrazándose a las botas de un policía—. ¡Soy un monstruo, scuestré mujeres, vilé, mté! ¡Pónganme las esposas y enciérrenme en la cárcel, por favor! —¡Llévenos al reclusorio, sálvenos! —gritaba otro, con la cara desfigurada por el pánico.

Los policías se miraban entre ellos, completamente desconcertados. Nunca en sus carreras habían visto a un grupo de criminales confesar todo y suplicar ir a prisión con tanta desesperación.

Pero de pronto, uno de los tipos me señaló con un dedo tembloroso y chilló: —¡Esa chamaca es el dablo! ¡Ella msacró a todo el pueblo! ¡Es un m*nstruo, dispárenle, mátenla, arrójenla al mar para que no regrese!

Les clavé una mirada tan fría y gélida que los hombres se callaron de inmediato, encogiéndose de miedo en el suelo.

Antes de que los policías pudieran acercarse a mí, una abuelita de más de ochenta años, apoyada en su bastón de madera y con las manos arrugadas temblando, dio un paso al frente y me tomó de la mano para protegerme. —No tenga miedo, mija —me susurró la anciana con dulzura. Luego, alzó la voz hacia el comandante: —¡Señores oficiales, no le hagan caso a esas basuras, están mintiendo! —gritó la abuela—. ¡Valeria es una muchacha buena y débil que ni siquiera puede cargar una cubeta con agua! ¡Yo fui la que m*tó a todos estos animales! ¡Yo los encerré y los hice volar con dinamita! Ya viví mis buenos años, llévenme a la cárcel a mí, no me arrepiento de nada.

Apenas terminó de hablar, otra anciana dio un paso al frente. —¡No, fui yo! ¡Llévenme a mí también!

Y como si una chispa hubiera encendido un bosque entero, el valor se contagió a todas. Sofía, con sus quince años y la pierna sngrando, se puso frente a mí, desafiando a los oficiales. —¡Yo ya estaba harta de este infierno! —gritó la niña—. ¡Yo los mté! Llévenme a la correccional, soy menor de edad, de todos modos no me pueden hacer nada. Mi papá glpeaba a mi mamá todos los días, ¡yo lo mté y fue justicia divina!

Otra chavita se unió: —¡Yo también soy menor de edad, arréstenme a mí! Elena y las demás mujeres intentaron pasar al frente para echarse la culpa, pero la primera abuela las regañó a gritos: —¡Ustedes no, muchachas tontas! ¡Ustedes tienen toda la vida por delante! ¡Lárguense de este pueblo m*ldito y vivan felices, déjennos a las viejas pagar por esto!

Ahí estaban todas. Las ancianas encorvadas y las niñas heridas. Se pararon hombro a hombro, formando una muralla humana impenetrable entre la policía y yo. Protegiéndome con un amor y una fiereza que me rompió el corazón.

Mis ojos se llenaron de lágrimas. La solidaridad y la hermandad de estas mujeres, que habían sido arrastradas al pozo más oscuro de la miseria humana, brillaba con una luz cegadora. Pero yo no iba a permitir que ninguna de ellas pisara una cárcel por mi culpa.

Los mnstruos del pueblo sabían que yo revivía, pero no sabían que mi punto de reaparición era aleatorio. Si la policía me metía a un penal de máxima seguridad, lo único que tenía que hacer era sucidarme en mi celda y reviviría libre en algún lugar de México. Era un juego de niños para mí.

Me abrí paso suavemente entre la multitud de mujeres y hablé: —Abuelitas, muchachas, les agradezco con toda el alma. Pero ya sufrieron demasiado en este lugar de pesadilla. Ustedes merecen saborear la libertad y la felicidad. Especialmente ustedes, niñas. Salgan de aquí y vivan una vida hermosa. Yo me haré cargo de esto.

En ese momento, Javier recuperó la conciencia a medias y, viendo que las mujeres querían echarse la culpa, intentó hablar para hundirme: —¡Es mentira, fue ella…! —balbuceó, pero antes de terminar la frase, la abuelita del bastón le soltó un trancazo en la cabeza que lo volvió a desmayar. —¡Cállate el hocico, perro! —le gritó la anciana, y luego miró al policía sonriendo inocentemente—. No le hagan caso, oficiales, como le dimos medicina para puercos, ya se le frió el cerebro y nomás ladra a lo güey. Y no le crean a estas chamacas, solo me quieren proteger por vieja.

El comandante de la policía suspiró, manteniéndose profesional. —Nosotros investigaremos quién cometió los homicidios. Todos nos van a acompañar a la comandancia para rendir su declaración.

Ya en las oficinas del Ministerio Público, no me guardé nada. Les conté la verdad, paso por paso, detalle por detalle. Era tan surrealista que podrían haberme tomado por loca, pero la policía había encontrado mis otros cuerpos en el pueblo, idénticos a mí, con la misma ropa s*ngrienta, así que no tuvieron más remedio que creer en mi extraña inmortalidad.

—Oiga, comandante —le pregunté con curiosidad—, ¿y cómo van a procesar un caso tan raro como el mío? —Espere un momento —me respondió secamente—. Ya transferimos su expediente al Buró de Control de Eventos Paranormales. Ellos se harán cargo de usted.

¿Eventos paranormales? Me quedé helada. Pero pensando con lógica, si existía alguien como yo, capaz de burlar a la m*erte, seguro allá afuera en México había más gente con poderes raros. Y si hacían cosas malas, debía existir una agencia secreta del gobierno encargada de controlarlos.

Media hora después, la puerta de la sala de interrogatorios se abrió. Entró una mujer joven, de cara redonda y facciones amables, que me miró con una curiosidad brillante. —¿Así que tú solita limpiaste toda la basura de ese rancho s*cuestrador? —me preguntó.

Sus ojos eran profundos, de un color negro azabache mezclado con destellos azules, como el océano. Al mirarlos, me sentí en paz, sin ninguna necesidad de ponerme a la defensiva. —Así es —asentí con total naturalidad.

—No pareces una persona cruel —murmuró ella, sentándose frente a mí—. Pero el protocolo exige hacerte una evaluación psicológica. Puso un bonche de hojas sobre la mesa. Eran preguntas simples de opción múltiple, enfocadas en saber si tenía tendencias psicópatas, si disfrutaba m*tar inocentes o si abusaría de mi poder para romper la ley. Lo contesté todo honestamente en diez minutos.

La chica, que se presentó como la agente Regina, revisó el examen y sonrió satisfecha. —Mucho gusto, Valeria. ¿Te interesaría unirte a nuestro Buró de Control de Eventos Paranormales? —me soltó de repente—. Ofrecemos un sueldo inicial de cinco cifras libres, seguro de gastos médicos mayores, prestaciones de ley, IMSS, Infonavit y vales de despensa. Hay dormitorios para solteros, horario godín de lunes a viernes y descansos el fin de semana. Eso sí, si hay emergencias te toca jalar, pero pagamos las horas extras al triple.

Me quedé con la boca abierta. ¿Iba a la cárcel o a firmar contrato?

—En cuanto a tus crímenes… —continuó Regina, poniéndose seria—, entendemos que actuaste en defensa propia y bajo una situación extrema. Además, no lastimaste a ninguna persona inocente. Mandaré un reporte para que limpien tus antecedentes penales. Pero escúchame bien: a partir de hoy, tienes estrictamente prohibido andar quitando vidas a tu antojo por el país. Entiendo que mataste pura escoria, pero la justicia debe dejarse en manos de los tribunales. Nuestro trabajo es entregar a los malos a la ley, ¿entendido?

—¿Tan fácil me vas a creer? —le pregunté, señalando mi examen—. ¿Qué tal si solo estoy fingiendo ser buena persona para engañarte?

Regina se rio y se señaló el rostro. —Imposible. Tengo el ‘Ojo de la Verdad’. Cualquier persona que me mire a los ojos pierde la capacidad de mentir por media hora. Y si quiero, hasta los puedo hipnotizar.

Con razón sentí tanta confianza al verla. No lo pensé dos veces y acepté el trabajo. Si el universo me había dado esta extraña maldición de revivir, la usaría para proteger a mujeres inocentes como Lupita, Sofía o Elena. Además, ¡las prestaciones estaban buenísimas! Un sueldazo, descansos pagados, horas extras triples… era el sueño de cualquier mexicano.

Regina me entregó su tarjeta de presentación dorada. —Preséntate mañana en esta dirección de la CDMX para Recursos Humanos. —Ahí estaré —sonreí, guardando la tarjeta con cuidado.

Antes de salir por la puerta, Regina se detuvo, me guiñó un ojo y susurró: —Por cierto, pasé a ver al tal Javier a la enfermería. Lo hipnoticé antes de venir. Va a vivir el resto de su miserable vida atrapado en la pesadilla de lo que le hicieron ayer en la plaza, reviviendo el dolor en su cabeza cada segundo hasta que se mu*ra. No me agradezcas, tómalo como tu regalo de bienvenida al equipo.

Mi sonrisa se ensanchó, iluminando mi rostro. Sentía en el alma que Regina y yo seríamos la mejor dupla de trabajo que este país había visto.

El viaje de Valeria, lleno de sngre, dolor, venganza, y sobre todo, justicia, había llegado a su fin. Este relato crudo no solo es una historia de terror sobre la tata de mujeres en lugares remotos, sino un recordatorio brutal del poder de supervivencia y del instinto fiero que todas las mujeres llevan dentro.

Allá afuera en el mundo real no tenemos superpoderes, no somos inmortales y no hay ventanas flotantes que nos adviertan del peligro. Pero nuestra mayor arma siempre será nuestra intuición, nuestra fuerza de voluntad y la valentía para no dejarnos someter. Como nos enseñaron las mujeres del pueblo: cuando estamos rotas y en el infierno, la solidaridad, el apoyo mutuo y el amor entre nosotras es la única luz que puede disipar la oscuridad. Si el destino te arroja a los lobos, regresa liderando a la manada.

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