
“¡Amá, ayúdame, me estoy mriendo, me duele un chngo la panza!” gritaba mi sobrino Mateo, de 15 años, revolcándose en el sillón de la sala, con la cara pálida y empapado en sudor frío.
Acababa de llegar a la casa tras mi turno en el hospital. Al cruzar la puerta y escuchar esos gritos desgarradores, el aire abandonó mis pulmones y me quedé paralizada. Lo supe de inmediato: había reencarnado.
En mi vida pasada, exactamente este mismo día, corrimos con Mateo a urgencias. Ahí nos revelaron un secreto impactante: mi sobrino había nacido con ambos aparatos reproductores. Su sistema femenino oculto había madurado y su primera menstruación, al no tener salida, lo estaba retorciendo de un dolor insoportable.
En esa otra vida, yo gasté todos mis ahorros para operarlo y que siguiera siendo el niño que siempre se sintió. ¿Mi recompensa? Años después, lleno de odio porque su mamá le lavó el cerebro diciéndole que como mujer “hubiera conseguido un marido rico que lo mantuviera”, Mateo me engañó para subir a la azotea y me arrojó al vacío desde un piso 23.
Todavía podía sentir el sonido de mis huesos destrozándose contra el concreto.
El ruido de unos pasos me sacó de mis pensamientos. Mi cuñada Carmen salió de su recámara caminando sin ninguna prisa, con una mascarilla facial blanca puesta y su celular en la mano.
“Ay, ya va a empezar de ridículo”, dijo con su tono arrogante, rodando los ojos. “Seguro nomás quiere jugar maquinitas y no cenar, por eso se hace el enfermo”.
Mi mamá me jaló del brazo, desesperada, con los ojos llorosos: “Blanca, hija, tú eres doctora, ¡revisa a tu sobrino! ¡Mira cómo está sudando frío!”.
Mateo soltó otro gemido gutural, apretándose el estómago y mordiéndose los labios temblorosos. En mi vida pasada, rogué por llamar a una ambulancia. Pero esta vez, clavé mi mirada fría en el adolescente que me había a*esinado.
Me froté las sienes, tomé aire y respondí con voz helada:
“Yo no tengo hijos, mamá, no sé qué tenga. Si Carmen dice que es gastritis, dale un té de manzanilla, una pastilla para el dolor y ya”.
Quería ver con mis propios ojos cómo esa mujer destruía la vida de su hijo y cómo ese monstruo pagaba todo el dolor que me causó.
Parte 2
Mientras mi madre revolvía desesperadamente los cajones de la cocina buscando unas pastillas para el dolor, yo me di la vuelta y me encerré en mi cuarto. No iba a mover un solo dedo. No esta vez.
Aproximadamente media hora después, mi mamá terminó de hacer la cena. Era un caldo de pollo que hervía a borbotones. Nos llamó a Carmen, mi cuñada, y a mí a la mesa del comedor. Para ese momento, Mateo ya se había tragado un par de analgésicos y el dolor agudo en su vientre parecía haberse adormecido un poco. Ya no gritaba ni se retorcía, pero estaba sentado frente a su plato de caldo con la mirada perdida, la cara pálida como un muerto y los labios completamente resecos, sin una gota de s*ngre.
Me senté en mi lugar, agarré una tortilla y estaba a punto de empezar a comer cuando noté que Carmen le hacía unas señas discretas con los ojos a mi mamá. Era la misma coreografía de mi vida pasada.
Acto seguido, mi mamá puso cara de preocupación fingida y me habló con ese tono meloso que usaba cuando quería algo: —Oye, Blanca, mija… me enteré que te acaban de dar tu base en la clínica y te subieron el sueldo, ¿verdad? Mírate nomás, ya vas para los treinta años, ni novio tienes, y me da pendiente que te gastes tu dinero a lo p*ndejo. ¿Qué te parece si me transfieres unos tres mil pesitos al mes y yo te los voy guardando? Ya sabes, para tu futuro.
En mi vida pasada, caí redondita. Le di mi dinero pensando que de verdad me lo estaba guardando para cuando me casara. ¿Y qué pasó? Semanas después descubrí que cada centavo que le transfería, mi mamá se lo daba a escondidas a Carmen. Con mi sueldo, la mantenida de mi cuñada se iba a plazas de lujo a comprarse bolsas de marca y a ponerse uñas de acrílico. Y cuando me tocó irme a hacer mi especialidad a otro estado y le pedí a mi mamá mis ahorros para sobrevivir, se me fue a la yugular, llamándome “mantenida, sinvergüenza y huevona”. Por si fuera poco, Carmen publicó en el grupo de WhatsApp de la familia que yo era una malagradecida que quería dejar a mi pobre madre en la calle.
Esta vez, no me iba a dejar pisotear. La miré fijamente y le respondí sin rodeos: —Ay, mamá, qué bueno que tocas el tema del dinero. Justo de eso te iba a hablar. Esta casa donde estamos, la que según es de mi hermano Beto, la pagué yo a la mitad. Puse más de 300,000 pesos para el enganche y la remodelación corrió por mi cuenta. Y ese dinero no me lo saqué de la manga, se lo pedí prestado a los del sindicato y otra parte a un agiotista. Ahorita, con los puros intereses, estoy pagando más de 8,000 pesos al mes. Me sobran menos de mil pesos libres de mi quincena. Así que, ya que tocas el tema, ¿no tendrás tú unos ahorritos que me prestes para salir de esta bronca?
Mi mamá se puso pálida y empezó a negar con la cabeza tan rápido que casi se le zafa el cuello. —¡Ay, no, mija! ¿De dónde saco yo? Si lo poco que tenía se me fue cuando tu papá estuvo internado. Esas deudas son tuyas, tú sabrás cómo le haces. Además, tú eres mujer, al rato te consigues un buen marido que te mantenga y te pague tus deudas, ¿verdad?
Solté una risa seca y volteé a ver a mi cuñada, que ya tenía cara de pocos amigos. —¿Y tú, Carmen? Mi hermano Beto gana como quince mil libres y te los da completitos en la mano. ¿No me prestas una lanita?
Carmen frunció el ceño, soltando el celular por primera vez en la noche. —¡Ay, claro que no! Yo no tengo un peso. Mateo ya va a entrar a la prepa y tengo que mantener a tu mamá, no me sobra nada para tus caprichos.
Estaba a punto de contestarle cuando, de la nada, Mateo soltó un grito sordo. Llevó ambas manos a su estómago, sus ojos se pusieron en blanco y se desplomó pesado sobre la mesa del comedor. Su cabeza golpeó el plato hondo y todo el caldo de pollo hirviendo salió volando, cayendo directamente sobre las piernas de Carmen.
—¡AAAAHHH! ¡Chamaco p*ndejo, me quemaste! —bramó Carmen, pegando un brinco y sacudiéndose los pantalones mojados. Llena de rabia, agarró a Mateo de los cabellos y le jaló la cabeza hacia atrás—. ¡¿Qué te pasa, infeliz?!
Fue entonces cuando vimos que Mateo estaba sacando espuma por la boca, completamente inconsciente.
Mi mamá pegó un grito que me taladró los oídos: —¡Ay, Dios mío, la Virgen Santísima, mi niño! ¡Se me desmayó! ¡Blanca, llama a una ambulancia, rápido!
Hasta Carmen se puso blanca del susto. Por muy basura que fuera, Mateo seguía siendo su único hijo. Mientras ellas gritaban como locas, llamé al 911. Diez minutos después, los paramédicos entraron con una camilla, lo subieron y nos fuimos zumbando al Hospital General. Como mi hermano Beto estaba fuera de la ciudad por su trabajo como chofer de carga, nos tocó a las tres mujeres hacer guardia en la sala de espera.
Media hora de angustia después, salió el doctor Vargas, un colega mío del hospital. Me miró con una expresión de absoluta confusión e impotencia. —Doctora Blanca… el caso de su sobrino es… complicado.
Se acercó a nosotras y nos explicó lo impensable. Mateo había sido diagnosticado con una condición de intersexualidad. —Para que me entiendan —dijo el doctor Vargas, dirigiéndose a mi mamá y a Carmen—, el muchacho tiene ambos aparatos reproductores. Por fuera se desarrolló como un hombre, pero por dentro, tiene un útero, ovarios y trompas de Falopio. Lo que le pasó hoy es que su sistema femenino maduró. Mateo está teniendo su primera menstruación, pero como no tiene por dónde expulsar la s*ngre, se le está acumulando en el abdomen. El dolor es tan insoportable que entró en shock y se desmayó.
Mi mamá se dejó caer en las sillas de plástico del hospital, agarrándose el pecho. —¡Virgen de Guadalupe! ¿Me está diciendo que mi nieto no es ni hombre ni mujer?
El doctor trató de calmarla. Le explicó que, aunque no era súper común, se podía solucionar con una cirugía para extirpar uno de los dos aparatos reproductores. Pero que la decisión tenía que tomarse pronto.
Fue ahí cuando Carmen, a quien se le habían iluminado los ojos con una avaricia enfermiza, dio un paso al frente. —A ver, doctor, ¿me está diciendo que puedo hacer que Mateo sea niña? —preguntó, casi sonriendo—. ¡Ay, pues qué maravilla! A mí siempre me gustaron más las niñas. Si lo hacemos mujer, me voy a ahorrar un ch*ngo de dinero. En este país a las viejas las mantienen, no le voy a tener que comprar casa ni carro cuando se case, nomás que se busque un cabrón con lana que la saque de trabajar. ¡Ya está!
Mi mamá brincó de la silla, roja de coraje. —¡Estás loca, Carmen! ¡Mateo es el nieto mayor, es el único varón que lleva el apellido de la familia! ¡Es un muchacho completito, no me lo vas a hacer vieja nomás por tus caprichos!
Luego, mi mamá volteó a verme, desesperada, buscando mi respaldo. —Blanca, mija, diles algo. Tú eres doctora. Mateo tiene que seguir siendo niño, ¿verdad que le tienen que quitar lo de adentro?
En mi vida pasada, yo me entrometí. Como doctora y tía preocupada, abogué por el bienestar psicológico de Mateo. Él ya tenía 15 años, toda su vida se había sentido niño, jugaba futbol, le gustaban los carritos y mentalmente era un varón. Me peleé con Carmen, convencí a mi mamá, y terminé pagando más de 100,000 pesos de mi propia bolsa para pagarle una histerectomía total y una reconstrucción para que pudiera vivir como hombre.
¿Y de qué me sirvió? De nada. Cuando Mateo creció, resultó ser un bueno para nada. Reprobó la prepa, se la pasaba jugando videojuegos, tragando comida chatarra y tomando cerveza. Consiguió un trabajo en una maquila donde ganaba una miseria, y como era obeso, machista y grosero, ninguna mujer lo quería.
Fue entonces cuando Carmen empezó a lavarle el cerebro: “Ay, mijo, todo es culpa de tu tía Blanca. Si ella no se hubiera metido, yo te habría hecho mujer. Con unas cirugías estarías hermosa. Te hubieras agarrado a un narco o a un empresario, ahorita tendrías sirvientas, camionetas del año y no tendrías que mover un dedo. Ella te arruinó la vida por envidiosa, porque como es una solterona amargada, no quería que tú fueras feliz”.
Y Mateo se lo creyó. Me guardó tanto rencor que un día me engañó, me llevó a la azotea de un edificio en obra negra, y me empujó desde el piso 23. Mientras yo caía al vacío, mi propia familia inventó que me había su*cidado por “depresión” para quedarse con mis bienes.
El recuerdo del aire cortándome la cara y el sonido de mi cráneo reventándose contra el piso me sacó de mis pensamientos. Miré a mi mamá y luego a Carmen. Esbocé una sonrisa fría.
—Mamá —dije con un tono de absoluta indiferencia—, nosotros no somos los papás de Mateo. Esto es una decisión de mi hermano y de Carmen. Ella es su madre, ¿apoco crees que le haría daño a su propio hijo? Dejen que ellos lo decidan.
Carmen sonrió con malicia, sintiéndose victoriosa. —Exactamente. Ya escuchaste a la doctora, suegra. Mateo es hijo mío y de Beto, y ustedes no tienen por qué meterse en nuestro matrimonio. Yo hablaré con mi esposo.
Mi hermano Beto era un cobarde, un mandilón de primera que no se atrevía ni a respirar sin el permiso de Carmen. Esa misma noche, después de una llamada de tres minutos, la decisión estaba tomada.
A la mañana siguiente, Carmen salió inflando el pecho de orgullo y nos anunció: —Beto y yo ya lo platicamos. Vamos a hacer que Mateo sea niña. Las viejas son más fáciles de mantener. Se acabó el tema.
Yo no dije nada. A las 7:00 a.m., salí de mi cuarto arrastrando una maleta. Mi mamá me miró sorprendida. —Mamá, ya me aprobaron el cuarto en las residencias médicas del hospital —mentí, aunque en realidad iba a rentar un departamentito modesto—. Me voy a mudar hoy mismo. Ya saben, por los turnos de noche. Cualquier cosa, ahí me echan un grito.
A Carmen le brillaron los ojos. Conmigo fuera de la casa, ella tendría todo el espacio para sus cosas y ya no habría nadie que vigilara lo que hacía con el dinero de mi mamá. Yo sabía que para ejecutar mi venganza, primero tenía que poner tierra de por medio.
La cirugía de Mateo fue un desastre absoluto. Como él se sentía hombre por dentro, y su sistema masculino estaba mucho más desarrollado, intentar transformarlo en mujer a los 15 años era una salvajada. En mi vida pasada se recuperó en diez días. Esta vez, las cosas se complicaron horriblemente. Resulta que el mocoso llevaba años fumando a escondidas con los cholos de su colonia, por lo que la anestesia no le hizo buen efecto y se despertó a mitad de la operación. Se desangró muchísimo. Colegas del hospital me contaron después que el quirófano parecía una carnicería.
Pasó tres meses postrado en una cama antes de poder caminar. Cuando por fin se recuperó, tuvo que volver a la prepa. Pero su regreso no fue exactamente un cuento de hadas.
Era un viernes por la tarde y yo estaba en mi nuevo departamento leyendo un libro. Mi celular sonó. Era mi mamá, llorando a gritos: —¡Blanca, por el amor de Dios, vete rápido al CBTIS! ¡Están m*dreando a mi niño… a mi niña! ¡Le están pegando a Mateo!
Levanté una ceja, sin soltar mi libro. —¿Y por qué no va Carmen, mamá? Yo estoy de guardia. —¡Esa desgraciada de Carmen se largó a un spa y no contesta el p*nche teléfono! Tu hermano anda en carretera. ¡Yo me chingué la rodilla y no puedo caminar, por favor ve tú!
Fui al plantel escolar no por lástima, sino porque quería saborear el karma. Cuando llegué a la oficina de Orientación Vocacional, casi me echo a reír. Ahí estaba Mateo. Medía 1.75 metros, pesaba casi 100 kilos, y lo habían vestido con el uniforme de falda a cuadros de las mujeres. Tenía el pelo corto de hombre, voz ronca, pero la cara llena de moretones, arañazos y s*ngre seca en la boca. Lloraba como un niño chiquito, los mocos le colgaban, pero en ese cuerpo enorme y tosco, la imagen era simplemente patética.
La orientadora, con cara de no saber dónde meterse, me explicó la situación. —Señorita Blanca, esto es un problema grave. Entiendo la situación médica de su sobrino… o sobrina. Pero póngase en el lugar de los demás. Hoy en la mañana, Mateo intentó entrar al baño de mujeres. Las niñas de su salón se aterraron porque, para ellas, él sigue siendo un hombre. Hubo empujones, se defendieron, y luego los hombres del salón se metieron a golpearlo porque creen que es un pervertido.
Me aguanté la risa al imaginarme la escena. Al parecer, en su primer día, ya le habían puesto apodos como “El Transformer”, “La Marimacha” y “El Engendro”.
Puse mi mejor cara de tía comprensiva. —Ay, maestra, no se preocupe. Entiendo perfectamente a los alumnos. Mateo es un caso… especial. Me lo llevo a la casa y no presentaremos cargos contra la escuela.
En el trayecto a casa, Mateo iba en el asiento del copiloto, agarrando su mochila con fuerza. Las lágrimas le resbalaban por su cara redonda y llena de acné. —Tía… —me dijo con su voz gruesa y rasposa—. Yo no quiero ser vieja. Quiero ser hombre. Sigo siendo hombre. ¿Me puedes prestar dinero para operarme otra vez?
Giré el volante con calma, lo miré de reojo y solté mi veneno. —Ay, Mateo. Te entiendo, mijo. Pero en esta casa la que manda es tu mamá. Ella se aferró a hacerte mujer porque decía que salía más barato, que así no gastaría en tu boda. Y la verdad, qué lástima. Mírate, con esa altura y esa espalda, si fueras niño traerías muertas a todas las morras de la cuadra. Serías todo un galán. Pero como mujer… te va a tocar lo peor. Vas a sufrir los cólicos toda la vida, vas a tener que limpiar la casa, y con suerte no te toca un marido borracho que te agarre a golpes. Yo no puedo hacer nada, mijo. Todo fue culpa de tu mamá por querer ahorrarse unos pesos para irse al spa.
En el instante en que terminé de hablar, vi cómo en los ojos de ese adolescente de 15 años se encendía una chispa de odio puro, oscuro y venenoso. Era la misma mirada que me había dedicado a mí segundos antes de aventarme al vacío. Un psicópata no se hace, se nace. Solo necesitaba redirigir su furia hacia la persona correcta.
Mateo no pudo volver al CBTIS. Lo cambiaron a una preparatoria pública de otra zona, pero con su aspecto de leñador vestido de mujer, su voz grave y su temperamento violento, los problemas lo siguieron. Se agarraba a golpes con medio mundo. Lo terminaron expulsando tres veces en menos de un año.
Meses después, en Nochebuena, me tocó ir a la cena familiar solo para guardar las apariencias. Mateo estaba sentado en la esquina, usando un conjunto deportivo color rosa pastel que le quedaba apretado, con la mirada clavada en el piso. Mi mamá no paraba de llorar en silencio, lamentando que su muchacho ahora fuera el hazmerreír del barrio.
Carmen, sirviéndose una copa de sidra, alzó la voz sin el menor tacto: —Ay, ya dejen de llorar. Son unos ignorantes. Mateo no se halla porque no sabe sacarle provecho a ser mujer. Hoy en día, si se pone las pilas y se arregla bonito, se puede buscar a un empresario que nos saque de pobres. Mírate nomás, chamaco, si hasta te pareces a esas modelos de talla grande.
Fingí estar de acuerdo y solté otra bomba: —Pues sí, Carmen tiene razón. Fíjate que ahorita en TikTok hay muchos casos como el de Mateo. Esa gente que es… diferente, se vuelve influencer bien rápido. Se maquillan, hacen bailecitos y ganan miles de pesos en donaciones nomás por el morbo de la gente. He escuchado de gente que se mete cien mil pesos al mes.
Las palabras “cien mil pesos” hicieron que los ojos de Carmen brillaran como faros.
Pasando las fiestas, tuve que salir de la ciudad por unos meses para un diplomado médico en Monterrey. Fue la excusa perfecta para alejarme del circo que estaba por estallar. Estando allá, mi mamá me marcaba todos los días, histérica.
—¡Hija, la p*nche loca de tu cuñada ya sacó a Mateo de la escuela! Le compró pelucas, maquillaje corriente y vestidos apretados. ¡Lo tiene grabando videos de TikTok todo el día bailando reguetón!
Yo solo le daba el avión. Pero era cierto. Mateo se había vuelto viral, aunque no por su talento. La gente entraba a sus transmisiones en vivo puramente para humillarlo. Los comentarios eran asquerosos, crueles y despiadados, pero el tráfico de vistas era brutal. Tenía a miles de personas viéndolo hacer el ridículo todos los días.
Carmen, creyéndose la gran manager, empezó a monetizar el odio. Como Mateo tenía seguidores (aunque fueran puros “haters”), Carmen empezó a aceptar patrocinios fraudulentos. Vendía cremas milagrosas que supuestamente eran concha nácar, pero estaban rebajadas con químicos baratos. Vendía “colágeno” que no era más que azúcar glas, y fajas reductivas chinas.
En menos de tres meses, Carmen se embolsó casi 150,000 pesos. ¿Qué hizo con el dinero? Ni un peso fue para la educación o salud de Mateo. Se lo gastó todo en inyecciones de botox, masajes reductivos, ropa de paca “premium” y bolsas clones de Gucci.
Pero el karma tiene sus propios tiempos. La bomba estalló un mes después.
Los productos piratas que Carmen vendía usando la imagen de Mateo causaron estragos. Mujeres de todo el país empezaron a subir fotos con la cara desfigurada, quemaduras químicas de primer grado y alergias severas por culpa de sus cremas de porquería. Al mismo tiempo, la plataforma de videos le bloqueó la cuenta a Mateo permanentemente por “violaciones a la comunidad”, ya que era un menor de edad haciendo bailes inapropiados y el nivel de cyberbullying se había salido de control.
Demandas cayeron sobre Carmen y mi hermano Beto de un día para otro. La PROFECO, demandas civiles por daños a la salud… de la noche a la mañana debían más de un millón de pesos.
No tuvieron de otra. Tuvieron que rematar la casa que yo les había ayudado a pagar. Se mudaron todos, incluyendo a mi mamá, a un cuartito de vecindad que olía a humedad, de apenas 30 metros cuadrados. Y como Carmen no pensaba ponerse a trabajar, empezó a obligar a Mateo a vestirse de payasita y a ir a bailar a fiestas infantiles, tianguis y aperturas de carnicerías en los barrios más bajos para sacar unos pesos. La humillación era total.
Ese infierno duró cuatro años.
En esos cuatro años, mi vida dio un salto. Gracias a mis estudios, me trasladaron al mejor hospital de Guadalajara. Me compré una casa bonita, cerré mis redes sociales y corté contacto con ellos casi por completo. Era libre.
Hasta que una noche lluviosa, regresé a mi casa después de una cirugía de 12 horas. Al bajarme del carro, vi un bulto sentado en el escalón de mi puerta.
Era Mateo.
Tenía 19 años. Seguía midiendo 1.75, pero por llevar una vida comiendo pura chatarra barata y deprimido, ahora pesaba fácil unos 130 kilos. Llevaba el pelo largo, grasiento, la cara tapizada de acné severo y vestía una sudadera sucia. Parecía un vagabundo rudo, un hombre destruido por dentro y por fuera.
Se levantó pesadamente al verme. —Tía… —su voz sonaba vacía—. Me escapé. Déjame quedarme contigo, te lo ruego. Mi mamá me trata como a un perro de circo. No aguanto más. Me dan los dolores cada mes por adentro y no me quiere comprar ni las medicinas. Por favor, tía.
Mientras lloraba y se hacía la víctima, sus ojitos porcinos no dejaban de escanear mi collar de oro, la bolsa de diseñador que traía cruzada y las llaves de mi camioneta nueva. Yo conocía esa mirada. Un ladrón y un asesino no cambian.
—No, Mateo —le dije secamente, fingiendo preocupación—. No te puedes quedar. Si Carmen se entera de que te tengo aquí, me va a armar un escándalo y me puede demandar por secuestro. Ahorita mismo le voy a marcar para decirle que venga por ti.
Saqué mi iPhone de la bolsa. Al ver el teléfono, Mateo enloqueció. Fue como si un demonio lo poseyera. Dio un manotazo brutal, tirando mi celular al piso, rompiendo la pantalla.
—¡NO LE HABLES! —rugió con los ojos inyectados en sngre, respirando agitadamente—. ¡A ESA PRRA NO LE HABLES!
El pánico real en su voz me hizo entenderlo todo. Algo había pasado en esa vecindad. Algo terrible.
Recogí el teléfono fingiendo estar asustada y cambié mi tono a uno suave. —Tranquilo, mijo. Está bien, no le marco. Pásale, te preparo el cuarto de visitas y mañana vemos qué hacemos.
Mateo se calmó, entró a la casa y devoró la comida que le di. Lo dejé en el cuarto de huéspedes. Esperé hasta las dos de la mañana, cuando escuché sus ronquidos atravesar la puerta. Agarré las llaves de mi camioneta, salí en silencio y manejé directo a las oficinas de la Fiscalía del Estado.
Llegué a la recepción, me identifiqué y di el nombre completo de mi sobrino, diciendo que estaba en mi casa. El policía de guardia tecleó el nombre en su sistema y su cara se transformó en piedra.
—Doctora, no regrese a su casa sola —me dijo el oficial, llevándose la mano al radio—. Su sobrino tiene ficha roja. Es un prófugo buscado por homicidio agravado.
Resulta que, tres días atrás, Mateo había llegado al límite de la locura. La presión, las humillaciones, el dolor físico de su condición no tratada y el odio profundo hacia su madre lo hicieron estallar. En la madrugada, agarró el machete con el que mi hermano cortaba maleza y destazó a Carmen en su cama. Mi hermano Beto intentó detenerlo y corrió con la misma suerte. Después, lleno de s*ngre, roció gasolina en el cuartito de la vecindad y le prendió fuego con mi pobre abuela —mi madre— todavía adentro, encerrada.
Los tres m*rieron calcinados y mutilados.
Se me heló la s*ngre, pero al mismo tiempo, sentí un alivio macabro. Si no hubiera manejado la situación con inteligencia esa noche, yo habría sido la cuarta víctima.
Un operativo de la policía estatal reventó la puerta de mi casa a las tres de la mañana. Sacaron a Mateo esposado, descalzo, gritando como un animal acorralado.
Al ser mayor de edad, el peso de la ley cayó sobre él sin piedad. Doble parricidio, homicidio calificado e incendio intencional. El juez no titubeó y le dictó la pena máxima en un penal federal de máxima seguridad, donde nunca volvería a ver la luz del sol.
Meses después, antes de que lo trasladaran al penal definitivo donde seguramente no duraría vivo ni un año entre los narcos, el director de la prisión me llamó. Mateo exigía verme una última vez.
Fui al Centro Penitenciario. Me senté frente al cristal blindado, agarré el teléfono negro y lo miré del otro lado. Llevaba el uniforme beige, estaba rapado, más gordo y con una mirada de desquiciado.
En cuanto me vio, agarró el teléfono y empezó a gritar, golpeando el vidrio con la frente, llorando con desesperación: —¡TÚ LO SABÍAS! ¡TÚ ERES ELLA! ¡¿Por qué en esta vida no me ayudaste?! ¡¿Por qué dejaste que esa perra me convirtiera en esto?! ¡Tú sabías lo que iba a pasar, Blanca! ¡TÚ ME DEJASTE CAER!
Su mirada de terror absoluto me lo confirmó. Él también había regresado. Él también recordaba la otra vida. Él sabía perfectamente quién era yo y por qué no había movido un dedo.
Sonreí lentamente. Una sonrisa que me llegó hasta el alma. Me acerqué al cristal y le respondí con una voz baja, fría y cargada de veneno:
—Así es, Mateo. Tú me m*taste en la vida pasada cuando te di todo. Y en esta vida, yo dejé que tu madre te destruyera. Mírate ahora. Eres un monstruo de principio a fin, pero al menos esta vez estás exactamente donde mereces estar. Disfruta el infierno, mijo.
Colgué el teléfono. Di media vuelta, escuchando sus gritos ahogados golpeando el cristal a mis espaldas, y salí de la prisión.
El sol brillante de Guadalajara me pegó en la cara. Respiré profundo. Por primera vez en dos vidas, era verdaderamente feliz.
El sonido de los nudillos de Mateo golpeando desesperadamente el cristal blindado se fue desvaneciendo a medida que yo caminaba por el largo y frío pasillo del Centro Penitenciario. Sus gritos ahogados —“¡TÚ LO SABÍAS, BLANCA! ¡TÚ ME DEJASTE CAER!”— resonaban en mi cabeza, pero lejos de causarme terror, me envolvieron como una manta cálida en una noche de invierno.
Al cruzar la última reja de seguridad y salir al estacionamiento, el sol brillante de Guadalajara me pegó de lleno en la cara. Me recargué un momento en la puerta de mi camioneta, cerré los ojos y respiré profundo. Por primera vez desde que desperté en esta segunda vida, el dolor fantasma de mis huesos destrozándose contra el concreto del piso 23 había desaparecido por completo. Ya no sentía el vértigo. Ya no sentía el pánico. El ciclo se había cerrado.
Pero la historia de Mateo aún tenía un último capítulo, uno que se escribiría con la tinta más oscura de la justicia carcelaria mexicana.
El Circo Mediático y la Vergüenza Nacional
En los meses siguientes a su sentencia, el caso de mi sobrino se convirtió en un festín para la nota roja y los noticieros nacionales. Los medios lo bautizaron como “El Monstruo de la Vecindad” o “El Influencer Aesino”*. La historia era demasiado morbosa para que la prensa la dejara pasar: un joven intersexual, forzado por su propia madre a vivir como mujer para monetizar el morbo en TikTok, que terminó masacrando a su familia con un machete y prendiéndoles fuego.
Los programas de chismes e investigación escarbaron en la basura de mi familia. Expusieron a nivel nacional la avaricia de mi difunta cuñada Carmen. Mostraron capturas de pantalla de las transmisiones donde obligaba a Mateo a bailar reguetón vestido de mujer, mientras ella promocionaba productos piratas que le desfiguraron la cara a decenas de personas. Exhibieron cómo mi hermano Beto fue un títere cobarde que permitió el abuso, y cómo mi madre, cegada por su machismo y su sumisión, fue cómplice de la tortura psicológica de su propio nieto.
En mi vida pasada, esa misma familia manchó mi nombre después de mtarme, inventando que yo era una “solterona deprimida que se sucidó” para poder robarse mi dinero e ignorar mis cenizas. En esta vida, el país entero escupía sobre su memoria. El karma es un cobrador implacable, y siempre cobra con intereses.
Yo me mantuve al margen. Di un par de declaraciones frías y calculadas a las autoridades, asegurando que me había distanciado de la familia años atrás por “diferencias irreconciliables”. Ante los ojos del mundo, yo era la única sobreviviente, la doctora respetable que logró escapar de un entorno tóxico. Nadie sospechó jamás la verdad.
El Infierno en la Tierra
Como en México no existe la pena de m*erte legal, el juez dictó la pena máxima para Mateo: más de cien años de prisión por doble parricidio, homicidio calificado de su abuela e incendio intencional. Fue trasladado a un penal federal de máxima seguridad. Y en el sistema penitenciario mexicano, hay leyes no escritas que pesan más que cualquier código penal.
Para los reos, hay ciertos crímenes que no tienen perdón. Puedes ser un narco, un secuestrador o un ladrón, pero el que le levanta la mano a su propia madre es considerado la escoria más baja de la prisión. A eso, sumémosle la condición física de Mateo: un muchacho de casi 130 kilos, con graves problemas de acné, voz ronca, pero con una anatomía interna femenina y un historial viral vistiéndose de mujer.
Mateo no tenía dinero para pagar “cuotas de protección” ni familiares que le llevaran comida. Yo me aseguré de bloquear cualquier intento de comunicación de los abogados de oficio. Estaba completamente solo.
A través de un colega médico que trabajaba haciendo peritajes en el penal, me enteré de las condiciones en las que vivía mi sobrino. Desde el primer día, la población del penal lo sentenció. Lo obligaban a lavar las letrinas con las manos desnudas. Le robaban la poca comida que le tocaba en el comedor. Las golpizas eran el pan de cada día. Y lo peor para él: debido a su condición biológica, los cólicos menstruales internos seguían atormentándolo cada mes, pero en la cárcel, los custodios ni siquiera le daban un paracetamol. Se retorcía de dolor en el piso de concreto frío de su celda, sudando y vomitando, exactamente como lo vi revolcarse en el sillón de mi casa aquel día en que reencarné.
En su desesperación, intentó solicitar traslados, clamó por atención psiquiátrica y pidió protección, pero el sistema carcelario es sordo cuando se trata de un parricida sin dinero. Su vida se había convertido en un purgatorio de tortura física y psicológica.
A veces, mientras tomaba mi café en la terraza de mi nueva y hermosa casa, pensaba en él. Pensaba en cómo, en la otra vida, gasté mis ahorros, me endeudé y me partí el lomo trabajando para darle una vida digna como el hombre que él quería ser. ¿Y cómo me pagó? Empujándome desde la azotea porque “si lo hubiera hecho mujer, sería millonario sin trabajar”.
Bueno, en esta vida obtuvo lo que su madre quería. Y el precio fue su alma.
La “Ejecución” y el Cierre del Círculo
Pasaron casi tres años desde aquel encuentro en el cristal de la prisión. Mi vida profesional había despegado; me nombraron jefa de mi departamento en el hospital y estaba a punto de comprar una segunda propiedad para rentar. La paz que reinaba en mi vida era absoluta.
Era un martes por la tarde. Había llegado temprano a casa y estaba preparando la cena con la televisión de fondo en el canal de noticias locales. De pronto, el cintillo rojo de “ÚLTIMA HORA” parpadeó en la pantalla.
El presentador, con tono grave, anunció:
“Se reporta un fuerte motín en el interior del penal de máxima seguridad. Extraoficialmente se habla de un ajuste de cuentas entre grupos rivales que dejó un saldo de tres internos sin vida. Entre los fallcidos, fuentes internas confirman la identidad de Mateo ‘N’, conocido mediáticamente como ‘El Monstruo de la Vecindad’, quien cumplía una condena por el aesinato de sus padres y su abuela.”
Me quedé inmóvil, con el cuchillo de cocina en una mano y una cebolla en la otra. Subí el volumen.
El reporte detallaba que durante el caos del motín, un grupo de reos acorraló a Mateo en los baños del pabellón. No fue una bala perdida ni un accidente. Fue un ataque directo y brutal, un castigo dictado por la misma población carcelaria que no toleraba respirar el mismo aire que un parricida. Lo habían apuñalado docenas de veces con armas blancas hechizas. Su merte fue agónica, sngrienta y solitaria. En un país sin pena capital, la cárcel había ejecutado su propia sentencia de merte.
Miré la fecha en la esquina de la pantalla de mi televisor. Sentí un escalofrío eléctrico recorrer mi espina dorsal, seguido de una inmensa e indescriptible sensación de asombro.
Era el 14 de octubre.
El exacto mismo día, en mi vida pasada, en el que Mateo me había llevado con engaños a aquel edificio en construcción para empujarme al vacío desde el piso 23.
Solté el cuchillo sobre la tabla de picar. Caminé lentamente hacia el gran ventanal de mi sala y miré el cielo anaranjado del atardecer. La justicia divina, el karma, el destino, o como quieran llamarle, tiene un sentido del humor retorcido y una memoria perfecta. Había una simetría poética en todo esto. Él me arrebató la vida un 14 de octubre, traicionando mi amor incondicional. Y ahora, un 14 de octubre, el universo le había arrebatado la suya, ahogado en la misma s*ngre y miseria que él mismo cosechó.
En esta vida, yo no ensucié mis manos. No levanté la voz, no peleé, no supliqué. Simplemente cerré la boca y dejé que la naturaleza codiciosa de mi cuñada y la semilla de maldad en mi sobrino siguieran su curso natural. Dejé que los monstruos se devoraran a sí mismos.
Me serví una copa de vino tinto. Me senté en mi sillón de piel, alcé la copa hacia la ventana brindando por la niña ingenua y bondadosa que fui en mi vida pasada, y le di un sorbo largo. El vino sabía a gloria.
Apagué el televisor, dejando la casa en un silencio perfecto. A partir de hoy, los fantasmas del pasado estaban oficialmente m*ertos y enterrados. Finalmente, mi nueva vida me pertenecía solo a mí.