
El día que llegaron los resultados de admisión y vi que me había quedado en la universidad, mis papás lloraban de felicidad y celebraban a gritos. No porque estuvieran orgullosos de mí, sino porque al fin tenían asegurada la vida de mi hermano. Desde niña, me obligaron a estudiar como si fuera una criminal. ¿Su macabro plan? Que yo me convirtiera en una profesionista exitosa para mantener de por vida a Roberto, mi hermano menor, quien nació con parálisis y no podía valerse por sí mismo. Para ellos, yo solo era un animal de carga, la esclava perfecta para que su hijo adorado me chupara la sangre toda la vida.
Esa tarde, la casa estaba llena de gritos de triunfo. Mi papá, que se partía el lomo de chalán en la obra , y mi mamá, que era capaz de golpearme hasta sangrar si bajaba mis calificaciones , se abrazaban junto a la cama de Roberto.
Pero la fiesta se apagó de golpe. Unos golpes fuertísimos en la puerta resonaron en la sala. Mi mamá abrió quejándose y un grupo de policías ministeriales entró empujando con violencia.
—¿Qué hacen? ¡Están en mi casa! —gritó mi papá, intentando frenarlos.
Los oficiales lo ignoraron, caminaron directo hacia mí y, frente a la mirada en shock de mi familia, me pusieron las esposas frías en las muñecas.
—Teresa, quedas detenida por inducir al s*icidio a Karla —dijo el comandante, con voz firme y seca.
Mi mamá soltó un grito desgarrador, no por mí, sino porque su plan de vida y su mina de oro se estaban derrumbando en un segundo.
—¡Están locos! ¡Ella no m*ta ni a una gallina! ¡Es nuestra única esperanza, es quien va a mantener a nuestro hijo! —bramó, histérica, tirándose al piso.
Yo miré a los policías, levanté la cabeza y sonreí con una tranquilidad que heló por completo la habitación.
—Yo fui quien le mandó los mensajes anónimos. Yo la obligué a cortarse. Y todo, para vengar a la única persona que me quiso en este mundo.
PARTE 2
Desde que tengo memoria, mis papás me obligaban a estudiar como si yo fuera una criminal. Su plan era que yo fuera una chingna en la vida para que mi hermano paralítico pudiera chupar mi sngre por siempre. Después de tenerme a mí, mi papá ignoró su enfermedad genética hereditaria porque a huev* quería un hijo varón para que el apellido no se perdiera. El niño nació, pero con medio cuerpo paralizado, condenado a no poder cuidarse solo jamás. Los gastos médicos nos dejaron en la calle, pero para mi mamá, él seguía siendo la luz de sus ojos; todo en la casa giraba en torno a él.
Mi papá se partía el lomo de chalán en la obra, tragando comida de unos cuantos pesos y tomando pura agua de la llave para mandarnos todo el dinero. “Tú solo tienes que sacar dieces, no te cansas como yo cargando bultos de cemento”, me repetía a diario. Su plan era que yo sacara una carrera para que Roberto pudiera estar acostado en su cama sin preocuparse por tragar, e incluso casarse y tener hijos. Y mi mamá era peor: si yo bajaba un punto en la escuela, iba a hacerle un esc*ndalo a los maestros, dudando de su capacidad o acusándolos de tenerme envidia.
Ese día no fue la excepción. Mi mamá hizo un desmadre en la dirección de la preparatoria porque bajé 20 lugares en un examen de simulación para la universidad. El escándalo fue tal que hasta el director tuvo que meterse. Ya habían tocado el timbre tres veces y la maestra de la clase no llegaba. Yo estaba encogida en mi banca, sintiéndome una basura, sin atreverme a decir ni pío.
Todos en el salón me miraban con asco. Karla, mi compañera de banca, entró furiosa. “La tutora ya nos avisó. Por culpa de esta p*ndeja se cancelan las clases de hoy. Pónganse a estudiar solos”, dijo, clavándome la mirada. “Ya vienen los exámenes de la universidad y cada pinche clase cuenta. Teresa, si no entramos a la facultad por tu culpa, ¿cómo nos vas a pagar?”, me gritó. Karla era de las peores de la clase, ni de chiste iba a pasar el examen de la universidad. Perder una hora libre para ella era un premio para estar en el celular, pero sabía cómo manipular a los demás.
El salón entero se me volteó. Me miraban con una rabia tremenda. Karla me dio un empujón durísimo en el hombro, haciéndome chocar contra otro escritorio. Nadie hizo nada, me veían como si tuviera sarna y salieron rápido del salón. Tomás, el de deportes y novio de Karla, al ver que no había nadie más, me acomodó una p*tada directa en la rodilla. “Ya tienes 18 años y sigues llorando bajo la falda de tu madrecita. Das asco”, me escupió. Caí al piso retorciéndome de dolor. Ellos me acosaban seguido, pero mi silencio los encabronó más. Se acercaron y me soltaron dos cachetadas.
“¡¿Qué chinados están haciendo?!”, retumbó una voz. Era la maestra Silvia, nuestra tutora. Entró y agarró a Karla del brazo. Karla, que ya tenía el pie levantado para patearme otra vez, perdió el equilibrio por el jalón, se fue de lado y se dio un glpe seco en la cabeza contra la esquina del escritorio.
El grito de dolor de Karla hizo que los del salón de al lado se asomaran. Traté de pararme para explicar, pero Tomás ya había sacado su celular. Grabó la frente sangrando de Karla, su cara llorosa y a la maestra Silvia toda nerviosa intentando ayudar.
En menos de una hora, la noticia de “Maestra de prepa g*lpea y le desfigura la cara a una alumna” era tendencia en todas partes. Le llovieron insultos a la maestra en redes. Esa misma noche, los directores y la maestra Silvia fueron a mi casa a investigar.
“Señora, Karla fue la que g*lpeó primero a su hija. Yo solo quise ayudar a Tere en el momento de emergencia y fue un accidente. Por favor, abra la puerta para que Tere le cuente la verdad a los directores”, se escuchaba la voz temblorosa de la maestra Silvia desde afuera. Ella era la única que me había tratado con cariño en toda la prepa. Como mi mamá iba cada quince días a gritar a la escuela, los demás profes me odiaban. Pero la maestra Silvia me decía: “Tus papás no saben expresarlo, pero en el fondo te quieren y quieren lo mejor para ti”.
Qué equivocada estaba. Esa misma madre que supuestamente me quería, me agarró del pelo cuando intenté correr a abrir la puerta. Me tapó la boca a la fuerza y gritó hacia afuera: “¡No venga a echar mentiras, maestra! ¡Mi hija ya me contó que usted agarró a la pobre muchacha del pelo y le estrelló la cabeza contra la mesa!”.
Me retorció la oreja y me susurró con odio: “Ya casi es el examen de la UNAM, no te metas en pndejadas. Si no quedas en los primeros diez lugares, te juro que voy a la SEP a armarles un cgadero”.
Escuché a la maestra Silvia llorar del otro lado de la puerta. Me dio tanta impotencia que empecé a forcejear como loca, pero eso solo enfureció más a mi mamá. Le gritó a mi papá, y entre los dos me acomodaron una ptiza. Mi papá tenía la mano pesada; de un par de cachetadas me dejó un oído zumbando, casi sorda. Me quitaron el celular y mi papá me amarró con un cable a la pata del escritorio. Tenía que pedirle permiso hasta para ir a mar. Me trataron como a un perro amarrado hasta que pasaron los exámenes de simulación.
Yo pensé que ahí quedaría todo, pero esa fue la última vez que escuché la voz de la maestra Silvia. Un mes después, al no aguantar el acoso en internet y el lnchamiento social, saltó de un edificio y se sicidó.
Cuando por fin pude ver internet, busqué todo. Karla había publicado una “carta abierta” que se hizo viralísima. En todo su choro, no me mencionó ni una sola vez. Según ella, todo fue un castigo físico premeditado por la maestra Silvia, haciéndose la vístima y la niña buena. Como Karla era una burra que ni iba a estudiar la universidad, se había dedicado a subir videítos de maquillaje. Aprovechó el morbo, lloró en vivo, se hizo la mártir y sus seguidores y donaciones se fueron al cielo. Tomás también se hizo el “héroe estudiantil” que grabó la injusticia y ganó fama.
La única que pagó con su vida fue la maestra Silvia, y la gente en internet decía que se lo tenía bien merecido por “golpeadora”.
Temblaba de puro coraje. Fue la primera vez que tuve los huevs de interceptar a Karla camino a su casa. “¿Por qué hiciste esa mmada?”, le reclamé. Karla se rió en mi cara. “Oye, que la vieja esa se haya m*erto también es culpa tuya. Si tu mamá no hubiera dicho que tú no tenías nada que ver, yo me hubiera hundido con ella, ¿no crees?”.
Me quedé pálida. Recordé la voz de la maestra suplicando en mi puerta. Karla se me acercó al oído. “La pinche maestra se lo buscó. ¿Quién le mandó meterse a defenderte y ponerse en mi contra? Además, te cuento un secreto: yo mandé a alguien a llamarla a propósito ese día para que viera. Me ayudó a ganar un ching* de seguidores, jajaja”.
Empecé a temblar y se me llenaron los ojos de lágrimas. Yo sabía que Karla la odiaba, pero no a ese nivel de maldad. Todo el salón sabía que me hacían b*llying, mis papás lo sabían, pero la única que dio la cara por mí fue ella, y su buen corazón la llevó a la tumba.
Durante esos tres años de prepa, mis papás mudaron a mi hermano paralítico del rancho a un cuartito cerca de mi escuela, según para “cuidarme” y que yo estudiara bien. Pero yo sabía la verdad: querían aparentar ante la familia que hacían sacrificios por mí. “Si no quieres que vaya a armarle un ped* a tus maestros, ponte a estudiar. Todo lo hacemos por ti, malagradecida”, decían. Todo el dinero que ganaban y la beca del gobierno que yo conseguí, se iba en Roberto.
Una vez les pedí tantito dinero de lo que gastaban en él para comprar una guía del Ceneval. Mi papá me pendejeó horrible: “¿Qué, no aprendes ni mdres en clase? ¿Le tienes envidia a tu hermano? El pobre está así y tú todavía le quieres robar su dinero. ¿No tienes mdre, Teresa?”. Mi hermano se gastaba todo en consolas de videojuegos y pidiendo pizzas a domicilio desde su cama. Mientras, yo traía el uniforme decolorado y viejo, y en la cooperativa solo me alcanzaba para lo más barato.
Por verme jodida y pobre, Karla empezó a agarrarme de su p*ndeja. Me obligaba a hacerle sus tareas, le pasaba las respuestas en los exámenes, y Tomás y ella se burlaban de mí todo el tiempo. Odiaban que yo fuera la de los dieces. Aplastarme les daba un aire de superioridad.
A finales del semestre pasado, Karla me obligó a hacerle el aseo del salón que le tocaba a ella. Pero ese día mi mamá me había advertido que tenía que llevar a Roberto a sus terapias al hospital. Dudé un segundo, y eso le c*gó a Karla. Agarró el bote de basura y me lo vació encima. Pero la maestra Silvia, que apenas iba llegando como nuestra tutora, lo vio todo.
Se puso furiosa, preguntó y se enteró de todo el acoso que llevaba sufriendo. Quería reportarla con la SEP, y Karla, muerta de miedo de que sus papás la castigaran, se tiró al piso llorando, abrazándole las piernas a la maestra rogando perdón. La maestra Silvia tenía el corazón de oro y se apiadó. Le puso una regañiza, la hizo pedirme perdón y lo dejó pasar.
Desde ese día, la maestra me empezó a llevar el lonche, me compró las guías de estudio de su propia bolsa y hasta me ayudaba a practicar inglés. “Tere, las que venimos desde abajo solo podemos cambiar nuestro destino partiéndonos la mdre solas. Tú puedes”, me dijo una vez. Ella fue la única luz en mis pnches 18 años de vida oscura. Y esa luz la apagaron mi familia y Karla juntas.
Ya había pasado una semana desde su s*icidio. El chisme en redes ya se estaba apagando. En su séptimo día, le llevé un ramo de azucenas a su viejo escritorio en la escuela. La escuela ya había borrado todo rastro de ella por miedo a la opinión pública, solo quedaba su compu vieja. Nadie hablaba de ella en la sala de maestros, era un tema prohibido. Todos me veían feo. Apenas iba saliendo y cerrando la puerta, cuando vi por el vidrio que un profe agarró mis flores y las aventó al bote de basura con asco.
De pronto, sentí un empujón fuerte. Era Tomás. Me agarró del brazo y me arrastró a una esquina del pasillo. “Teresa, ¿qué ch*ngados le hiciste a Karla? Anda muy rara”, me dijo, pálido y sudando, frotándose los brazos.
Le contesté de lo más normal: “No la he visto, ni idea de qué hablas”. Eso lo alteró más. “¡No te hagas pndeja! ¡Seguro le hiciste algo! Si no, ¿por qué empezó a cortarse los brazos de la nada?”. Su voz sonaba aguda, aterrada. “Karla es súper miedosa para el dolor, no soporta ver sngre. ¡Nunca se haría algo así sola!”.
Me encogí de hombros. “Será el estrés. Si no pasa el examen a la universidad, sus papás la van a mtar a regaños”. Tomás ni me escuchó. “Desde que se mrió la maestra Silvia, Karla habla sola. Me ve y se pone a temblar como loca. Sus papás dicen que se encierra en su cuarto a reírse sola y no come. ¡Parece poseída!”.
Tomás me agarró fuerte, con los ojos inyectados en sangre. “¿Acaso la vieja esa siente que se m*rió injustamente y regresó a cobrárselas?”.
Lo miré con un desprecio total. “Ustedes la obligaron a m*tarse. Ojo por ojo. ¿No crees que ya es muy tarde para tener miedo?”.
Tomás se puso blanco como el papel. Seguí su mirada y me di cuenta de que Karla estaba parada al final del pasillo. En un par de días se veía en los huesos, ojerosa, pálida, como si le hubieran chupado el alma. Cuando Karla vio que yo traía otra azucena en la mano, su rostro se desfiguró de pánico. Como si hubiera visto al mismísimo diablo a plena luz del día, se abrazó a sí misma temblando.
Tomás quiso correr a calmarla, pero en cuanto dio un paso, Karla retrocedió gritando con una voz desgarradora y ronca, un sonido que te helaba la sangre. Empezó a correr despavorida por toda la escuela, esquivando a Tomás como si él fuera la peste. Todos los alumnos salieron a ver.
“¡Qué le hiciste, pndejo! ¿La andas maltratando o qué ped?”, le empezaron a gritar a Tomás. Él no sabía dónde meterse, balbuceando excusas mientras lo rodeaban. Yo me di la media vuelta y me fui caminando lentito.
Ese día llegué tarde a la casa. Mi mamá ya me estaba esperando con una cara de perros. “¿Dónde andabas, cabrna? Te he dicho mil veces que si no hay clases te vienes en chinga a cuidar a tu hermano. ¿Te valen mdre mis reglas?”. Le dije que me habían retenido en la escuela, pero ni terminé la frase cuando me acomodó una cachetada que me volteó la cara.
Agarró su celular y me lo restregó en la cara. Era una foto mía con Tomás en el pasillo, platicando de cerca. “Mentirosa de merda. Si te quieres buscar a un cabrn, espérate a pasar el examen de la UNAM. Andas de zrra con cualquier pndejo. Si por estas mamdas repruebas, te voy a desfigurar a glpes”.
Dime si quieres que continúe con las siguientes partes para terminar el desenlace en la cárcel y el final de Karla.
Aunque mi mamá tenía una reputación asquerosa en la preparatoria, se había encargado de que mi papá fuera a repartirle billetes a los conserjes y a los guardias de la entrada para que me vigilaran todo el tiempo. Eran sus espías.
Ya había pasado antes. Una vez, un chavo de otro salón se me acercó para declarárseme y algún chismoso les mandó foto. A mí la verdad sí me gustaba el muchacho, pero mi ilusión duró un par de horas. Al día siguiente, mis papás irrumpieron en la escuela, se metieron hasta mi salón y frente a todos, mi mamá le gritó al chavo que era un “acosador de m*erda”, un “enfermo” y un “delincuente” que me andaba metiendo mano. Le destruyeron la reputación al pobre chavo, lo aislaron y jamás se me volvió a acercar. Desde ese día, mis papás le agarraron el gusto a vigilarme y tenerme checadita. Si un wey se paraba a un metro de mí, ellos se enteraban.
Los gritos de mi mamá resonaron por toda la casa, y mi hermano Roberto, que estaba acostado en su cama jugando Xbox, soltó una carcajada burlona.
—¡Ay, hermanita! ¿Tan urgida andas de conseguir marido? —se burló, sin despegar los ojos de la pantalla—. Igual si te casas vas a terminar de su chacha, lavándole los calzones y haciéndole de tragar. Mejor quédate aquí a servirme a mí, que es tu obligación. O a poco nada más quieres andar de z*rra…
Mi hermano era un asco de persona. Jamás me vio como a su hermana mayor, para él yo era la sirvienta de la casa. Me insultaba, me humillaba y me escupía sin el más mínimo remordimiento. Y lo peor, mis papás asentían mientras él me denigraba. En su mente retrograda y machista, así debían hablar los hombres de la casa. Mi mamá hasta decía que mi hermano era “muy sincero y directo”.
Hubo un tiempo en el que sus insultos me hacían llorar de la vergüenza, pero esa noche, escuchando sus cochinadas, ya no sentí nada. Me daba igual. El examen de la UNAM era en unos días y todo este infierno estaba a punto de terminar.
Mi mamá me agarró del cuello de la playera y me obligó a arrodillarme junto a la cama de mi hermano.
—¡Híncate, cabrna! Vas a reflexionar sobre tus pndejadas. A ver si así entiendes que tu prioridad es tu hermano y no andar de c*liente con los hombres.
Viendo mi humillación, Roberto se rió a carcajadas. Agarró su cesto de ropa sucia y me aventó toda su ropa sudada y sus calcetines apestosos directo a la cara. El olor a humedad y a sudor rancio me inundó la nariz, pero no me moví. Ya estaba anestesiada a su teatro de m*erda.
Normalmente, el castigo duraba todo el día. No me dejaban levantarme hasta que las rodillas se me pusieran moradas y empezaran a sangrar. Pero como el examen para la universidad ya estaba encima, solo pasó una hora cuando sentí el jalón de mi papá. Me agarró de la oreja, levantándome del suelo a la fuerza.
—¡Ya vete a tu cuarto a estudiar, inútil! —me gritó en la cara, escupiéndome saliva—. Si no pasas ese examen y me haces quedar en ridículo con la familia en el rancho, te juro que te rompo la m*dre.
Me metí a mi cuarto y cerré la puerta. Me subí las perneras del pantalón y me froté los moretones de las rodillas. Traía puestos unos jeans viejísimos y deslavados, pero no quería tirarlos. Eran los pantalones que la maestra Silvia me había comprado con su propio dinero. Era de lo poco en este mundo que sentía verdaderamente mío.
Los días pasaron y la fecha del examen se acercaba. En la prepa, el nombre de la maestra Silvia se había borrado por completo. Su m*erte había sido olvidada por todos, enterrada bajo el estrés colectivo de los exámenes de admisión.
Esa mañana llegué temprano y me senté en mi lugar de siempre en la biblioteca, justo pegada a la ventana. Tenía mi guía del Ceneval abierta, llena de apuntes y post-its, pero mi cerebro no retenía ni una sola palabra. Mis ojos se desviaban solos hacia la ventana. Desde ahí, se veía perfecto el edificio principal de aulas.
La chava que estaba sentada a mi lado notó que yo miraba fijamente hacia afuera. Volteó a ver por curiosidad, y de pronto, soltó un grito que me reventó los tímpanos.
—¡Hay alguien en la azotea! ¡Se va a aventar!
Mientras ella gritaba histérica, yo entrecerré los ojos. Vi la silueta recortada contra el cielo gris. Un segundo después, la sombra se dejó caer al vacío. Cayó pesadamente, como si le hubieran cortado los hilos a una marioneta. El sonido del c*erpo estrellándose contra el concreto del patio fue seco, brutal. En un parpadeo, la vida se apagó.
Los gritos de terror empezaron a hacer eco por toda la escuela. Decenas de alumnos empezaron a correr hacia el patio, formando un círculo alrededor del c*erpo.
La chava a mi lado me agarró del brazo, temblando como hoja. —¡Otra m*erta! ¡Es el mismo edificio! ¿Ahí no fue donde se tiró la maestra la otra vez? —preguntó, con las manos en la boca, sin poder creerlo.
Yo la miré fijamente, con el rostro sin expresión, y asentí muy despacio. Sí. Exactamente en el mismo lugar que la maestra Silvia.
La policía no tardó en acordonar la escuela. Entre el ruido ensordecedor de las sirenas y los llantos, el chisme corrió como pólvora: la que saltó fue Karla. Al ser en pleno turno matutino, la mitad de la prepa la vio arrojarse desde la cornisa.
Mientras los noticieros locales y las páginas de Facebook de la ciudad subían videos borrosos de la movilización policiaca, algo macabro apareció en internet. Una carta de despedida, programada con antelación, se publicó sola en la cuenta de Instagram y TikTok de Karla.
El internet tiene memoria, pero también es muy fácil de manipular. Meses atrás, Karla había usado su “tragedia” con la maestra para volverse una figura viral. Pasó de tener mil seguidores a ser una “influencer” con miles de likes, cobrando comisiones por hacer en vivos maquillándose y llorando. Por eso, en cuanto se publicó su carta de s*icidio, sus fans la hicieron viral en cuestión de minutos. Para la tarde, el país entero estaba hablando de ella.
“Se quitó la vida porque su novio la volvió loca”, decían los comentarios. La gente leía la carta en shock. En el texto, Karla relataba un infierno. Acusaba a Tomás, su novio, de ser un psciópata. Decía que la obligaba a ver videos g*re y películas de terror de madrugada, y que si no lo hacía, le pegaba. Que las marcas en sus brazos no eran accidentes, sino que él la había obligado a cortarse la piel con navajas para “demostrarle su amor”.
“Ese güey está enfermo”, “Es un monstruo”, “Él la obligaba a mutilarse, qué asco de cabrn”*, inundaban las redes.
Si algo le faltaba a esta historia de terror, era la rabia del internet. La etiqueta “Influencer mere por culpa de su novio manipulador” dominó Twitter y TikTok. Toda la avalancha de odio, desprecio y amenazas de merte cayeron sobre Tomás. La furia cibernética es capaz de despedazar a cualquiera, y de la noche a la mañana, el capitán del equipo deportivo, el “héroe” que había grabado a la maestra, se convirtió en la escoria más odiada de México.
Sus propios amigos le dieron la espalda, lo agarraron a empujones en la calle, y lo terminaron expulsando de la escuela por la presión social. Desde el día que Karla se aventó, no volvimos a ver a Tomás. Se escondió por miedo a que lo lncharan, hasta que la Fiscalía lo mandó llamar. La presión del internet era tanta, que la policía tuvo que abrir una carpeta de investigación por inducción al sicidio y violencia en el noviazgo.
Afuera de los juzgados, el pasado de Tomás fue expuesto con lupa. “Ese pndejo ya era un blly desde la secundaria”, “En la prepa acosaba a las niñas”, “Un cabrn manipulador así no tiene arreglo”*. Los rumores lo destruyeron. La familia de Tomás intentó defenderlo, subieron un video a YouTube suplicando que él era inocente, que no la había tocado. Pero pasó exactamente lo mismo que con la maestra Silvia: cada palabra a su favor era sepultada por miles de insultos y mentadas de madre.
El internet ya lo había juzgado y sentenciado. Verlo en su video de disculpas, llorando de desesperación y con terror en los ojos, me dio una satisfacción retorcida. Esa misma impotencia que él sentía ahora, fue la que sintió la maestra Silvia por su culpa. Las basuras que se dedican a arruinar vidas inventando chismes, merecían tragar de su propio veneno. Que sintiera en carne propia lo que es que miles de personas te deseen la merte. Esa era la verdadera trtura para un cínico como él.
Sin embargo, los intensos interrogatorios que los ministeriales le hicieron a Tomás sacaron a la luz otros secretos. Tomás y Karla tenían mucha cola que pisarles, y la investigación por acoso psicológico escaló rápido.
Justo un día antes de mi examen de admisión para la UNAM, tocaron a mi puerta.
Dos policías ministeriales vestidos de civil estaban afuera. No venían a hacerme preguntas de rutina. Traían una tablet con un video recuperado de la papelera del celular de Tomás.
Me lo pusieron frente a la cara, con mis papás detrás de mí. En la grabación se veía clarito cómo Karla me tenía agarrada del cabello, arrastrándome por el piso de concreto del salón mientras yo lloraba. Y justo de fondo, se escuchaba el grito desesperado de la maestra Silvia: —¡Qué están haciendo, suéltala!
En el video, la maestra corría, empujaba a Karla para quitármela de encima, y por el impulso, Karla resbalaba y se estrellaba la frente contra el pupitre. No hubo g*lpe intencional. No hubo agresión. Fue pura defensa.
El policía ministerial le puso pausa. Me clavó una mirada fría, llena de asco. —Teresa, la pelea de ese día fue por tu culpa, ¿verdad? —me preguntó, seco—. La maestra Silvia solo se atravesó para defenderte y fue un accidente.
Era una pregunta, pero sonaba a sentencia. Miré la pantalla, y ante la mirada despectiva de los dos oficiales, asentí lentamente con la cabeza.
—¿Y por qué chngados no abriste la boca? —alzó la voz el otro oficial, visiblemente encabronado—. ¿Sabías que por hacerte la sorda y la muda dejaste que la maestra se hundiera sola? No pudo defenderse. La corrieron, le quitaron su plaza, la lncharon en redes… y se m*tó.
Al policía se le quebró un poco la voz. Cada palabra que decía era un clavo ardiendo en mi pecho. Mi respiración se agitó y abrí la boca para contestar, pero mi mamá se metió de golpe.
—¡A ver, a ver, bájale de huev*s, oficial! —le gritó mi mamá, poniéndose las manos en la cintura, sacando su lado más corriente—. ¡Esa vieja de la maestra tenía su propio hocico para defenderse! ¿Por qué mi hija le iba a hacer el trabajo? Nosotros le echamos la mano a quien queremos, no es nuestra obligación salvar a nadie. ¡Ustedes nomás vienen a echarle la culpa a la niña! ¡Bola de hipócritas!
Los ministeriales se quedaron mudos por la rabia. Nos miraron con una mezcla de lástima y asco total, dándose cuenta de la clase de escoria que era mi familia.
Pero mi papá no se quedó atrás. Se puso en la puerta, infló el pecho y empezó a gritarles: —¡Mañana es el examen de la UNAM, cabr*nes! ¡No vengan a joder aquí! Si por sus chingaderas la niña se desconcentra y no entra a la universidad, ¿ustedes me la van a mantener o qué? ¡Lárguense, ella es la esperanza de esta familia!
Los policías cruzaron miradas. Con ese video solo probaban que yo era una cobarde y una malagradecida, pero no había ningún delito que pudieran imputarme. No podían arrestarme por no hablar. Así que, aguantándose el coraje y ante los gritos de mis papás, se dieron la vuelta y se fueron.
En cuanto cerraron la puerta de un portazo, el ambiente cambió. Mi mamá agarró el palo de la escoba que tenía en la esquina de la sala y caminó hacia mí con los ojos inyectados en sangre.
—¿Qué ching*dos le ibas a decir a los puercos? —me susurró al oído, y antes de que pudiera parpadear, me reventó el palo en la espalda.
El dolor fue tan agudo que me hice bolita en el piso, soltando un gemido ahogado. La marca fresca se sumó a todos los moretones viejos que tenía en la espalda y que nunca terminaban de sanar. Últimamente, si los veía feo o si dejaba de leer mis libros un minuto, me agarraban a palazos para obligarme a estudiar.
—¿Qué les iba a decir, mamá? La maestra ya está m*erta… hable o no hable, ¿de qué sirve? —le contesté desde el suelo, apretando los dientes para soportar el dolor punzante en las costillas. Me tragué las lágrimas y solté una sonrisa amarga.
Mientras tanto, en la comandancia, Tomás seguía sin aceptar que él había inducido el s*icidio de Karla, pero con la presión del video revelado, por fin soltó la sopa de cómo él y Karla habían planeado editar el video original para hundir a la maestra Silvia.
—Me vale mdres lo que haya pasado —bufó mi mamá, sopesando el palo de madera en sus manos—. Más te vale que no vayas a abrir el hocico con nadie. Tú nada más piensa en el examen de mañana y en tu hermano. Lo que le pase a los demás nos vale tres hectáreas de vrga. ¿Me oíste?
Se dio la vuelta y se metió a su cuarto azotando la puerta.
Mi papá agarró mi guía de estudio y me la aventó a la cara. —¡Teresa, escúchame bien! ¡Tu madre y yo nos hemos partido el lomo por ti! Si mañana sales con una pndejada y repruebas, me vas a conocer, cabrna.
Asentí en silencio, sin hacer contacto visual. En el fondo, sabía perfectamente la verdad. Si no fuera porque esperaban que yo les sacara de jodidos, que consiguiera un buen trabajo para mantener al mantenido de Roberto y hasta juntarle para que se casara y “no perdiera el apellido”, esta familia de machistas y abusadores jamás habrían gastado un peso en una hija mujer. Los conocía perfecto, así que no tenía caso pelear.
Cuando mi papá también se fue, me quedé sola en la sala. Con mucho cuidado, metí la mano en el fondo de mi mochila y saqué un celular nuevo, un teléfono barato que llevaba meses escondiendo. Lo encendí rápido, abrí el calendario y miré la única alarma que tenía programada.
Era el día que la UNAM publicaría los resultados de admisión.
El examen al día siguiente fluyó perfecto. Había estudiado como desquiciada y las preguntas me parecieron fáciles. Cuando chequé la hoja de respuestas filtrada unos días después, sabía que mi puntaje era casi perfecto. Iba a entrar a la mejor universidad del país sin problema. Mis papás ya se saboreaban su mina de oro.
Pero en esos días de espera antes de que salieran los resultados, las patrullas no dejaron de rondar mi cuadra…
Llegó el día de la publicación de resultados de la UNAM. Mi mamá fue la primera en meterse al sistema. Cuando vio que mi puntaje me alcanzaba para entrar a la mejor universidad, su cara se deformó en una sonrisa de pura avaricia y triunfo. Mi papá y hasta el inútil de mi hermano Roberto pegaron gritos de felicidad. No celebraban mi esfuerzo ni mi logro; celebraban que su cajero automático ya estaba asegurado de por vida.
Aprovechando el ruido y el festejo, metí la mano a mi mochila y saqué un celular nuevecito. Era un teléfono de los más baratos que había comprado a escondidas ahorrando peso por peso. Le metí un chip y lo encendí. Pero Roberto, con su vista de halcón para todo lo ajeno, lo notó de inmediato.
—¡Órale, hermanita! ¿Compraste celular? Pásalo para acá, que el mío ya está bien viejo —exigió desde su cama, estirando la mano.
Lo miré con un asco que ya no podía disimular. —Me lo compré con mi propio dinero, ¿por qué ch*ngados te lo voy a dar?.
Mi mamá no me dejó ni terminar la frase. Se me abalanzó con los ojos echando chispas y me arranchó el teléfono de las manos de un jalón. —¡¿Qué no sabes compartir con tu hermano, p*ndeja?! ¡Aquí todo es para él, así te he educado! —me gritó en la cara, y le entregó el teléfono.
Pero en cuanto Roberto lo tuvo en sus manos y vio que era un celular de gama baja, arrugó la nariz con desprecio. —¡Esta m*dre no sirve ni para jugar, es una porquería! —se quejó, y con todas sus fuerzas, aventó el teléfono nuevo contra el piso de concreto. La pantalla se estrelló al instante, haciéndose pedazos.
Mi papá, en lugar de reprender a su hijo de oro, pateó el celular roto hacia mis pies con desdén. —Eres una inútil, ni para comprar un buen aparato sirves. Levanta tu basura, que ya viste que a tu hermano no le gustó.
Yo me agaché lentamente y recogí el celular destrozado. La pantalla estaba hecha una telaraña de cristales, pero en la esquina superior derecha, la barrita de señal seguía activa.
De pronto, se empezaron a escuchar pasos pesados subiendo rápidamente las escaleras hacia nuestra casa. Unos g*lpes secos resonaron en la puerta.
Antes de que mi mamá fuera a abrir, los miré a los ojos y les pregunté con voz muy tranquila: —Oigan… si yo no entrara a la universidad, ¿se decepcionarían mucho? Si yo no estuviera, ¿estarían bien?.
Mi papá se puso rojo del coraje y me señaló con el dedo. —¡A plena luz del día y diciendo pndejadas! ¡Tú vas a estudiar y si no, te largas a chambear! ¡Tienes que mantener a tu hermano toda la pta vida y punto!.
En ese instante, la puerta se abrió de g*lpe. Un grupo de policías ministeriales entró por la fuerza, empujando a mi mamá que intentó detenerlos. En un segundo me rodearon. Escuché el sonido metálico y sentí el frío de las esposas cerrándose fuertemente en mis muñecas.
—Teresa, quedas detenida por el delito de inducción al s*icidio. Tenemos una orden en tu contra —dijo el oficial al mando con voz de piedra.
Mi mamá perdió la cabeza por completo. Se le tiró encima a los policías, llorando y gritando histérica: —¡Están pendejs, ella no fue! ¡Mi hija no mta ni a una mosca, la tengo vigilada todo el día! ¡Además, ella es nuestra mina de oro, es la que va a mantener a mi hijo paralítico, no se la pueden llevar!.
Pero su teatro de madre preocupada se acabó cuando yo levanté la voz, cortando el aire tenso del cuarto: —Fui yo —dije, con una sonrisa que congeló a todos en la habitación. —Yo fui quien le mandó los mensajes anónimos a Karla. Yo la obligué a cortarse los brazos, yo hackeé sus cuentas y yo le ordené que se m*tara para hundir a Tomás. Todas las pruebas que buscan, oficiales, están en este aparato.
Levanté mis manos esposadas, sosteniendo el celular estrellado.
El policía me miró sorprendido. —Ese teléfono no tenía chip… lo prendiste hoy a propósito para que la señal nos guiara hasta aquí, ¿verdad? ¿Por qué?.
—¡Teresa, estás enferma! —aulló mi mamá, jalándose los pelos por la desesperación. —¡¿Vas a ir a la crcel por culpa de esa pinche maestra merta que no era nada tuyo?! ¿Y tu hermano qué? ¡¿Quién ch*ngados lo va a mantener?!.
Mi papá intentó zafarse de un oficial para pegarme, escupiendo rabia. —¡Nos estás arruinando la vida! ¡Es tu sangre, maldita malagradecida, es tu obligación! ¡Nos vas a dejar en la calle!.
Al ver sus caras de absoluto pánico, viendo cómo su plan de vida y su dinero fácil se esfumaban, no pude aguantarlo más. Solté una carcajada. Me reí tan fuerte y con tantas ganas que me empezaron a salir las lágrimas.
—¿Se siente feo que te destruyan la vida, verdad papás?. Ustedes nunca me vieron como a una persona, solo fui un animal de carga para que su parásito me chupara la sangre. Por eso elegí hoy. Quería que celebraran, que sintieran que ya tenían la vida resuelta… para aplastarles la esperanza el día que más felices estaban.
Horas después, sentada en la fría sala de interrogatorios de la fiscalía, solté toda la verdad. Los policías me mostraron las capturas de la cuenta falsa que usaba para acosar a Karla. Les confesé que no solo lo hice por la maestra Silvia, sino por algo mucho más oscuro. Les conté el secreto más asqueroso de Karla: un año antes, ella me tendió una trampa. Me llevó a un callejón lleno de malvivientes que me acosaron, me arrinconaron y me metieron mano mientras ella se reía y me tomaba fotos instantáneas.
Karla me amenazó con subir esas fotos y arruinarme la vida para siempre si no me convertía en su esclava y me dejaba humillar. Yo vivía aterrada de perder mi futuro. Pero cuando la maestra Silvia se s*icidó, la única luz en mi vida se apagó y perdí el miedo a todo.
Un día antes, le aventé esas mismas fotos en la cara a Karla y volteé el juego. “O haces exactamente todo lo que te ordene, o llevo estas fotos a la policía y te hundo en la crcel por complicidad de abso s*xual”, la amenacé. Karla, aterrorizada de perder a sus miles de seguidores, su famita y el orgullo de sus papás, aceptó.
La inducción al sicidio es la forma más brutal de trtura psicológica. Fui yo quien la aisló del mundo. La obligué a cortar con Tomás, la privé del sueño ordenándole ver videos de mertes reales toda la noche hasta destrozarle los nervios, y finalmente, le ordené saltar de la azotea. Su mente ya estaba tan quebrada que pensó que mrir era su única salida.
Mi plan fue perfecto. Tomás perdió su carrera deportiva y quedó marcado de por vida por todo México como un ab*sador y manipulador por culpa de internet. Mi familia, el par de monstruos que me engendraron, se quedaron sin su gallina de los huevos de oro.
El día que me trasladaron al penal femenil, me enteré que mi hermano Roberto, al entender que se iba a pudrir en la miseria y que nadie lo iba a mantener, tuvo un ataque de epilepsia tan fuerte por el shock que se hizo del baño en su propia cama. Mi mamá se desmayó del impacto y mi papá lloró como el cobarde que siempre fue.
En internet, la policía publicó la resolución del caso y la verdad salió a la luz. La policía limpió públicamente el nombre de la maestra Silvia y se le hizo justicia.
Yo recibí mi sentencia como adulta. Sabía que me iba a quedar en prisión por muchísimo tiempo, pero viendo a través de los barrotes de mi celda y sintiendo el frío del metal en mis manos, por primera vez en mis dieciocho años sentí una paz inmensa.
Antes de que me encerraran por completo, miré al custodio y le pedí un último favor: —Oficial… si alguna vez tiene tiempo, ¿podría llevarle un ramo de azucenas a la tumba de la maestra Silvia?. Tómeselo como la disculpa que yo nunca le pude dar en vida.