
Llevaba 12 años guardando un secreto que me asfixiaba. De niña, creí haber m*t4do al hijo del comisario ejidal de mi pueblo y tiré su cuerpo a un pozo abandonado. Después de eso, huí de la sierra y me escondí en un orfanato de la ciudad.
Ahora, con el corazón roto por la noticia de que mi madre había fallecido por una enfermedad, regresé a la tierra que me vio nacer. Ya no podía más con las horribles pesadillas de mi pasado. Tomé mi celular, llamé a la policía y confesé: “Quiero entregarme. Dejé un cuerpo en el pozo viejo del pueblo”.
Cuando el comandante Treviño y sus oficiales lograron quitar la pesada roca que sellaba la boca del pozo , un olor repulsivo a podrido nos golpeó la cara. Pero lo que el joven oficial sacó de entre la tierra me heló la sangre por completo.
“Esto no es de un niño,” dijo el policía, sosteniendo un fragmento de cráneo. “Es de un hombre adulto”.
En ese instante, el comisario del pueblo llegó corriendo sin aliento, gritando que ahí no había ningún mert0. Detrás de él venían su esposa y su hijo. ¡El muchacho al que yo creía haber mt4do estaba ahí, vivo, pero con un daño cerebral evidente!. Si él estaba vivo… ¿de quién era el esqueleto que estaba en el pozo?.
Me acerqué temblando al borde y vi las pertenencias junto a los h*es0s: jirones de ropa, unas llaves oxidadas y un viejo reloj mecánico descompuesto. El aire me faltó al reconocer ese reloj; supe de inmediato que esos restos eran de mi padre. Mi propio pueblo lo había s3sin4d0 a p3dr4das hace 10 años.
Parte 2
Caí de rodillas frente al pozo, con el corazón hecho pedazos. “Ese reloj de manecillas… es de mi apá”, le dije al comandante Treviño, con la voz ahogada en un nudo de dolor y desesperación. Era un premio que mi padre había ganado en la universidad, un par de relojes gemelos, inconfundibles, de los que nunca en su vida se separaba. El médico forense, con la mirada endurecida por los años de oficio, no tardó en darnos el golpe de gracia: por el nivel de desgaste y color de los h*es0s, ese esqueleto llevaba unos 10 años pudriéndose ahí abajo.
Pero lo que me terminó de destrozar el alma fue la causa de mert3. El forense nos mostró cómo tenía múltiples fracturas en el cráneo, las costillas hechas añicos y los brazos destrozados. “Lo mt4ron a p3dr4das”, sentenció el médico. A p3dr4das. En pleno siglo XXI, mi propio pueblo lo había l1nch4do de la forma más inhumana y salvaje posible, y yo no había estado ahí para defenderlo.
Esa noche, el silencio de la sierra me asfixiaba. Caminé como zombi de regreso a las ruinas de lo que alguna vez fue mi casa. Todo me parecía una pesadilla. Llevaba 12 años pudriéndome por dentro, creyendo que era una 4s3sin4, solo para descubrir que el hijo de Don Carmelo caminaba vivo por ahí, babeando y estúpido, mientras que mi padre estaba en el fondo de un agujero negro. Recordé las letras chuecas escritas con s4ngr3 que mi madre había dejado en su colchón antes de fallecer: era una advertencia desesperada. Tenía que haber algo más. Ella sabía algo.
Empecé a revolver toda la casa buscando una pista, tirando todo a mi paso. En un rincón, debajo de tiliches viejos y polvo, encontré una caja de lámina oxidada. Adentro había diplomas de mi apá, figuritas de madera y un conejo de peluche de algodón blanco que yo siempre le pedía de niña y nunca me quiso dar. Y hasta el fondo, envuelto como un tesoro, un diario de tapas negras, con las hojas amarillentas y quebradizas por la humedad.
Me senté en el piso de tierra a leerlo a la luz de mi celular. Año 2000: Por fin me gradué en la ciudad, pero mi vocación me llama de vuelta a la sierra, a mi San Lázaro. Tengo que hacer algo por mi gente. Año 2003: Nació mi princesa, Daniela. Es mi motor. Año 2010: Entré a trabajar en las minas del pueblo para ganarme la confianza de Don Carmelo y su gente. Ayer hubo un derrumbe y me metí a los escombros; logré sacar vivo a un muchacho. Se lastimó la pierna, va a quedar cojo de por vida, pero en sus ojos veo las ganas de vivir que yo tenía cuando era joven.
Mis manos temblaban mientras pasaba a las páginas del año de la desgracia. 2012: Mi niña tuvo un pleito con el hijo del comisario ejidal. Su madre, aterrada, la mandó a huir lejos en la madrugada. Fui a ver a Beto… estaba vivo, con el cráneo hundido, pero vivo. Lo llevé cargando al curandero y luego me hinqué frente a Don Carmelo para rogarle por la vida de mi familia. Para pagarle el millón de pesos que me cobró por la “ofensa”, le entregué mis tierras, mis herramientas, todo. Incluso le firmé un papel vendiéndome como su peón esclavo.
El diario terminaba abruptamente en 2014, poco antes de que lo d3s4p4rec1eran: El comisario por fin me dejó entrar al túnel secreto de la mina. Nunca imaginé que la contraseña de esa puerta de metal sería exactamente la fecha de mi graduación. Qué ironía tan cruel del destino.
Ahí se cortaba todo. Me solté a llorar como una niña chiquita. Mi apá nunca fue el borracho m4ltr4tad0r que yo creía. Fingió ser la peor escoria para alejarme, para que yo sintiera asco y jamás quisiera volver a este infierno. Sentí una mezcla de orgullo inmenso y un dolor que me desgarraba las tripas.
De pronto, un cristalazo me sacó de mis pensamientos. ¡Clac!. Alguien había aventado una p3dr4 por la ventana rota. Me asomé de volada, pero solo alcancé a ver una sombra escurriéndose entre los mezquites hacia el monte. Sobre la mesa de madera cayó un papel arrugado. Adentro estaba el otro reloj gemelo, el que le faltaba al cadáver de mi padre; estaba limpiecito, cuidado y todavía haciendo “tic-tac”. En el papel había un mensaje garabateado a las prisas: “Si quieres saber la verdad sobre tu padre, búscame en la mina de atrás del cerro”.
No me importó que fuera de madrugada ni que estuviera sola. Agarré mi celular, prendí la linterna y me abrí paso entre la maleza y las espinas de la sierra profunda. Me raspé los brazos y las piernas hasta s4ngr4r, pero el coraje que traía atorado era más grande. Llegué a un claro de tierra amarilla, donde los arbustos tapaban casi todo y el camino se cortaba. La batería de mi celular pitó alertando que se iba a apagar. “¡¿Quién eres?! ¡¿Qué me quieres decir?!”, grité en la oscuridad, pero solo me contestó el eco de la montaña.
Mi teléfono se apagó por completo. Caminé a tientas hasta que vi una luz amarillenta y triste a lo lejos. Era la entrada de la mina del ejido. El aire helado y húmedo soplaba desde adentro como si la cueva estuviera respirando. Entré pegada a la pared de roca fría, sintiendo el crujir de las piedras bajo mis tenis. Después de bajar por un túnel empinado y lúgubre, topé con una reja industrial y un elevador bloqueado por un candado mecánico de números. “El día de mi graduación…”, recordé la nota de mi apá. Los universitarios en México siempre se gradúan a finales de junio. Empecé a girar las rueditas oxidadas temblando: 0-6-2-5. ¡Click! El cerrojo cedió de inmediato.
El elevador bajó rechinando hasta las mismísimas entrañas de la tierra. Apenas se abrieron las rejas, casi me voy de espaldas. Había docenas de cajas con explosivos apiladas contra la pared; dinamita pura lista para volar el túnel en cualquier momento. Doblé la esquina y me tuve que tapar la boca con ambas manos para ahogar un grito de terror. Habían excavado una bóveda inmensa, y adentro… había jaulas. Como perreras gigantes de acero. Adentro había tres mujeres jóvenes. Estaban vestidas con ropa de ciudad, con cortes de cabello modernos, muy diferentes a las señoras del pueblo, pero se veían desnutridas, sucias, con la mirada totalmente vacía, como si les hubieran arrancado el alma del cuerpo.
“Trata de blancas”, fue el primer pensamiento que me golpeó la cabeza. El estómago se me revolvió de asco. Me acerqué gateando a los barrotes. “Ey, muchachas, ¿están bien? ¿Quién las trajo aquí?”. Una chava con cola de caballo ni siquiera parpadeó al verme. Estaba completamente dopada, babeando ligeramente. La última de ellas, arrastrando las palabras con una voz rasposa que me partió el corazón, susurró: “Me… me llamo Valeria… me echaron algo en mi bebida y cuando desperté ya estaba amarrada aquí”. “No tengas miedo, mamacita, te lo juro por Dios que las voy a sacar”, le prometí llorando de impotencia.
En ese momento, el motor del elevador empezó a zumbar fuerte. Alguien venía bajando. Entré en pánico absoluto y me aventé detrás de las cajas de dinamita. De la reja salieron dos fulanos del pueblo, apestando a aguardiente barato y tropezándose con sus propias botas. Uno era un gordo sudoroso y el otro un pelón con cara de as4s1n0. “¿Por qué chingados estaba el elevador abajo, güey?”, farfulló el pelón, sacando un machete. “Sepa la m4dr3, a lo mejor el patrón bajó más temprano a revisar el ganado”, le contestó el gordo riéndose de forma asquerosa.
Empezaron a caminar hacia las celdas. Yo sudaba frío, sentía que el corazón se me iba a salir por la boca. Si me encontraban, me iban a d3s4p4rec3r ahí mismo. De repente, se escuchó un grito desesperado. “¡Suéltame, p3rr0 infeliz! ¡Te voy a m4t4r!”. Era Valeria. Se le había aventado al gordo por entre los barrotes y le había clavado los dientes en el antebrazo con todas sus fuerzas. El tipo empezó a chillar como puerco y a soltarle patadas, pero ella no lo soltaba. Yo sabía perfectamente lo que Valeria estaba haciendo: estaba atrayendo su atención para darme tiempo de escapar.
Con lágrimas quemándome los ojos y odiándome por tener que dejarla ahí, corrí encorvada hacia el elevador, apreté el botón verde y subí. En cuanto salí de la boca de la mina, eché a correr hacia el pueblo como si me persiguiera el mismo diablo. Ya estaba rayando el sol en el horizonte.
Llegué a mi terreno rogando encontrar un enchufe para cargar mi celular y llamar a las autoridades, pero me quedé paralizada. Mi casa… la casa de mis padres, estaba convertida en un montón de cenizas humeantes. Las paredes de adobe se habían derrumbado y el techo ya no existía. Había sido el pueblo. Los ejidatarios me habían querido quemar viva mientras se suponía que yo dormía. Sabían que yo andaba escarbando donde no debía, que mi padre había m*erto por intentar destapar esta cloaca. Si no fuera por el misterioso de la piedra que me sacó en la madrugada, yo sería ahorita un pedazo de carbón entre los escombros.
A lo lejos escuché las benditas sirenas. Las patrullas federales iban entrando levantando polvo por la terracería. Salí corriendo a media calle y me le atravesé a la camioneta blindada del comandante Treviño. Cuando bajó el vidrio, le solté todo sin respirar: “Comandante, este pinche pueblo es un nido de s3cu3str4d0res. Tienen mujeres encerradas en la mina. Yo vi a tres. Y tienen la cueva llena de explosivos.”. Treviño se puso blanco. “Súbete rápido”, me ordenó.
Subimos a la mina a toda velocidad. Treviño, sus oficiales tácticos y yo entramos con las armas por delante… pero cuando llegamos al fondo del túnel, no había absolutamente nada. El hueco gigante donde estaban las celdas estaba tapado con toneladas de roca, como si las mujeres se hubieran esfumado por arte de magia. Detrás de nosotros, apareció Don Carmelo caminando despacito, fumándose un faro y con una sonrisa torcida y burlona en los labios.
“Ay, comandante… ¿a poco le va a creer las pendejadas a esta chamaca loca?”, dijo el cacique soltando el humo. “Desde escuincla está tocada de la cabeza, por eso sus papás la corrieron. Ayer en la noche la vieron sonámbula, hasta le prendió fuego a su propia casucha. Esta v1ej4 ni sabe distinguir sus alucinaciones de la realidad.” “¡Es mentira, infeliz!”, le grité desesperada. “¡Traigo los rasguños del monte en las piernas! ¡Busquen a una joven que se llama Valeria en el sistema nacional de desaparecidas, se los ruego!”. “Uy, mi reina, en este país se pierden mil Valerias al día. No nos quieras echar la culpa a los campesinos honrados”, respondió el viejo, con un cinismo que me enfermó.
Me sentí acorralada. El viejo tenía todo el terreno preparado y controlado. “Comandante, yo asumo las consecuencias de la ley si miento, pero le juro por la memoria de mi madre que las celdas están ocultas detrás de esas piedras”, le supliqué a Treviño, jalándole el chaleco. “Ya estuvo bueno de su circo”, Don Carmelo escupió al piso y dio un paso agresivo hacia mí con los puños apretados. Treviño se puso firme frente a mí, tapándome con su cuerpo. “No se equivoque conmigo, Don Carmelo. Nosotros vamos a investigar esto a fondo”, le advirtió el oficial con voz de mando.
Pero no habíamos terminado de hablar cuando la cueva se empezó a llenar de ejidatarios. Más de cincuenta hombres armados con machetes, palos, tubos y rifles viejos nos rodearon bloqueando la salida. “Entréguemela por las buenas, comandante. Esa v1ej4 le desgració la vida a mi muchacho, ¡y la ley de usos y costumbres del pueblo exige s4ngr3!”, bramó el cacique frente a su gente. Los dos oficiales jóvenes de Treviño cortaron cartucho de sus armas largas. El aire de la mina olía a pólvora, sudor y m*ert3.
“Si alguien levanta un arma o da un paso más, los que van a venir mañana no van a ser policías de investigación. Va a venir el Ejército y la Guardia Nacional, y les van a barrer el ejido completo”, dijo Treviño sin titubear, mirándolos a los ojos. “Me llevo a Daniela a la Fiscalía en calidad de detenida por la m*ert3 de su padre. Háganse a un put0 lado.”.
Don Carmelo se puso rojo de rabia, las venas del cuello le saltaban. Nos dejó pasar a regañadientes, pero antes de que yo cruzara la salida, me agarró del brazo y me susurró al oído con un aliento que apestaba a alcohol: “Vete y no regreses, perr4. Porque si vuelves a pisar mis tierras, te van a encontrar en pedacitos adentro de un costal de rafia”.
Treviño me sacó volando del pueblo y me dejó escondida en un motelucho cerca de la comandancia municipal. Me dio su tarjeta personal: “Cualquier cosa que veas rara, márcame directo”. Me encerré en el cuarto y me puse a atar cabos como loca. ¿Cómo d3s4parecieron las celdas tan rápido? Tenían que tener dos rutas en la mina: una principal para sacar piedra y otra oculta para esconder sus porquerías. Necesitaba pruebas sólidas, físicas, o nunca iba a poder meter a la cárcel al maldito de Don Carmelo. “El pozo…”, pensé de golpe. El lugar donde l1nch4ron a mi apá. Seguro él escondió algo ahí en sus últimos momentos.
Compré equipo básico de escalar, guantes y cuerdas, y volví al ejido a medianoche. No entré por la terracería donde estaban los halcones vigilando; entré por el voladero de la sierra, un caminito de cabras al borde del desfiladero que solo conocíamos los locales. Si daba un mal paso, caía cien metros al barranco. Se me desmoronó una piedra bajo la bota y casi me voy de boca al vacío, pero alcancé a columpiarme agarrándome de una raíz y llegué al otro lado sudando frío.
Fui directo, arrastrándome entre la hierba, al pozo de piedra. Me amarré y bajé hasta el fondo oscuro, lleno de basura y lodo. Con la poca luz de mi celular alumbré las enormes piedras afiladas y ens4ngr3nt4das que le habían quitado la vida a mi padre. Sentí que me ahogaba de dolor, pero empecé a raspar el moho de las paredes. Ahí, rayados profundamente en la piedra, había dos números: 7 y 1. Me tapé la boca para no gritar llorando. 1 de julio. Mi cumpleaños. Imagínate el infierno de mi padre, con el cuerpo destrozado a p3dr4das, sacando fuerzas de su propia agonía para raspar mi fecha de nacimiento como última pista.
¡El regalo de mi cumpleaños! El conejo de algodón blanco. Salí del pozo raspándome las manos y corrí a los escombros chamuscados de mi casa. Busqué como desquiciada la caja de lámina entre las cenizas negras. La abrí. El peluche estaba medio quemado y negro, pero no deshecho del todo. Lo desgarré por la mitad con desesperación, y de entre el relleno sintético saqué una libretita oculta.
Las letras eran pequeñitas y apretadas. Empecé a leer y sentí que se me iba a salir el corazón de la pura rabia. Era el registro completo del cártel del pueblo. Mi apá había documentado TODO. Cómo compraban a las mujeres de otros estados. Cómo las mantenían drogadas en las jaulas de la mina. Cómo todo el ejido tenía derecho a vi0l4rl4s en grupo para “amansarlas” (los asquerosos le decían “quy nhuận” o el rito de inicio). Venía el nombre de cada niña, de qué ciudad la habían robado, qué características físicas tenía y a qué casa la habían vendido para ser esclava. Los nombres que estaban tachados con tinta roja eran las muchachas que se habían suicidado o las que ellos mismos habían 4s3s1n4d0 a g0lp3s, e incluía hasta el lugar exacto del monte donde las habían enterrado clandestinamente. Incluso documentó el horror máximo: por su machismo enfermo, tiraban a las bebés recién nacidas al río para que se ahogaran porque querían puros varones, y lo justificaban diciendo que eran “ofrendas al santo patrono”.
Era el mismo infierno escondido en la sierra. Llorando a mares y temblando de coraje, saqué mi celular para marcarle al comandante Treviño de inmediato. Pero no pasaba la llamada. Miré la pantalla: Cero barras. Sin servicio. Don Carmelo, el muy hijo de la ch1ng4d4, había mandado tumbar la única antena repetidora de señal que daba cobertura al ejido para dejarme completamente incomunicada. Me había puesto una trampa, y yo había caído redondita. Estaba atrapada en el pueblo de los m0nstru0s y nadie iba a venir a salvarme.
La desesperación me golpeó como un balde de agua helada al ver que mi celular no tenía ni una sola barra de señal. En esta zona olvidada de la sierra, a decenas de kilómetros a la redonda, solo existía una antena repetidora, y si Don Carmelo la había tumbado, todo el ejido estaba incomunicado. Me había acorralado en su propio territorio.
Mi mente empezó a trabajar a mil por hora. Necesitaba buscar una salida. Recordé que, aunque la red principal estuviera caída, algunas casas en el pueblo tenían teléfonos de otras compañías de red rural o satelital. Pero meterme a robar a una casa en plena noche, en un pueblo donde todos me querían m*ert4, era un su1c1di0.
Entonces pensé en el misterioso hombre que me había ayudado: el cojo que me guió la noche anterior y que seguramente era el mismo muchacho que mi padre había salvado del derrumbe en la mina hace años. De acuerdo con el diario de mi apá, ese joven vivía en el extremo oeste del pueblo. ¿Pero cómo iba a saber yo cuál era su casa entre tantas construcciones de adobe? Tenía que sacarlos a todos a la calle.
Me escabullí en la oscuridad hacia la zona oeste del ejido. Encontré un corral enorme lleno de pacas de rastrojo y, sin pensarlo dos veces, le prendí fuego. En cuestión de minutos, las llamas se alzaron iluminando la noche; los animales empezaron a chillar y el pueblo entero despertó en medio del caos. Escondida detrás de un montículo de tierra, observé a los hombres salir corriendo con cubetas de agua. Entre ellos, vi a un sujeto que caminaba con una fuerte cojera, pero que se movía con desesperación para apagar las llamas. Memoricé perfectamente en qué casa se metió cuando el alboroto terminó.
Pasé la noche entera en vela, escondida y muerta de frío. A las 10 de la mañana, vi al hombre cojo preparándose para salir. Salí de mi escondite y me le atravesé en el camino de golpe. El tipo se quedó helado un segundo, me agarró del brazo y me jaló bruscamente hacia adentro de su casa.
—No te apures, ya revisé que nadie me viera —le dije, yendo directo al grano. Le expliqué que había leído el diario de mi apá y que sabía quién era él.
Me llevó a un cuarto al fondo de la casa. Todo estaba impecablemente ordenado, como si tuviera una obsesión enfermiza con la limpieza. Se presentó como Vicente. Me dijo que mi padre le había salvado la vida y que me iba a contar la verdad. En ese momento entró su esposa a dejarnos unos platos de comida. La saludé, pero noté algo espeluznante: en la mirada de esa mujer solo había una distancia gélida y un terror profundo. Vicente lo notó y su rostro se ensombreció; sabía que, sin importar los años que llevaran juntos, ella nunca lo iba a querer por las buenas.
—Vicente, ve al grano. ¿Quién m*tó a mi apá? —le exigí en cuanto la mujer salió.
Vicente soltó un suspiro que le tembló en el pecho. —Tu apá descubrió las porquerías de Don Carmelo. El comisario juntó a su gente, aventaron a tu apá al pozo abandonado y lo agarraron a p3dr4das. Yo le rogué que parara, pero el viejo estaba ciego de coraje. Hasta le echaron agua hirviendo allá abajo. Los gritos de don Lázaro todavía me despiertan en las noches.
Sentí que me asfixiaba. Se me hizo un nudo en la garganta tan duro que sentía que me ahogaba de puro dolor.
En ese instante, mis tripas gruñeron por el hambre, llevaba días sin comer bien. Vicente me ofreció decirle a su esposa que me preparara unos huevos. Apenas cruzó la puerta para ir a la cocina, mis ojos se clavaron en el teléfono celular que había dejado sobre la mesa. Lo agarré con las manos temblando; este teléfono sí tenía señal. Escribí un mensaje rapidísimo para el comandante Treviño con mi ubicación exacta y lo volví a dejar donde estaba.
Cuando Vicente regresó, me obligué a tragar la comida mientras mi cabeza unía las últimas piezas del rompecabezas. —¿Cómo fue que los descubrieron, Vicente? —le pregunté de repente. —Tu apá quiso huir en la madrugada de Año Nuevo, pero los halcones lo agarraron en la salida —me contestó, evadiendo mi mirada.
Dejé el tenedor sobre la mesa y lo miré con todo el desprecio del mundo. —No seas cínico. Mi apá nunca hubiera sido tan idiota como para hacer algo así a lo pendejo. Él te confió el plan de escape porque tú eras el único con permiso para entrar y salir del ejido con tu camioneta. Tú lo vendiste. Tú lo traicionaste.
El rostro de Vicente se desfiguró. Sus labios temblaron y finalmente bajó la cabeza, rendido. —Si esto sale a la luz, a la mitad del pueblo la van a f*sil4r —escupió con rabia y desesperación—. Mírame. Soy un pinche cojo. Si no fuera por las mujeres que traen a la fuerza, yo jamás hubiera podido tener una esposa. Aquí el que no tiene un hijo varón, no vale nada.
Me dio un asco profundo. Era un egoísta que prefería la escl4vitud de una mujer y la m*ert3 de mi padre con tal de no quedarse solo. De pronto, Vicente clavó su mirada en la mesa y su rostro se tornó macabro. —Estás haciendo tiempo para que llegue la policía, ¿verdad? —dijo con una voz fría. Señaló su celular—. Moviste mi teléfono unos milímetros. Sé que lo usaste.
El pánico me invadió. Su obsesión compulsiva lo había delatado todo. —Entrégate, Vicente —le exigí—. La Fiscalía ya viene para acá. —No va a servir de nada —sonrió con amargura—. Todo el infierno que hay en la mina se va a quedar enterrado para siempre. Y tú también. Hace rato, cuando fui a la cocina, le avisé a Don Carmelo que estabas aquí. Ya viene en camino.
Apenas terminó de decir eso, la puerta se abrió de un golpe brutal. Era Don Carmelo, con los ojos inyectados en s4ngr3. Se me fue encima como un animal rabioso y me soltó dos cachetadas tan fuertes que me zumbaron los oídos. —¡Perr4 malagradecida! —rugió, escupiéndome en la cara—. ¿Querías hundir a tu propia s4ngr3 por unas pinches forasteras?. ¡Amárrenla! —le gritó a dos de sus peones, que me agarraron de los brazos y me amarraron las muñecas con un lazo áspero hasta cortarme la circulación.
Don Carmelo me agarró del cabello, obligándome a mirarlo. —Te vas a arrepentir de haber nacido —me siseó al oído—. Te voy a encerrar allá abajo y voy a dejar que cada enfermo, viejo y podrido de este pueblo te estrene en el rito de inicio. Te vas a pudrir llorando.
Él esperaba que yo me pusiera a llorar y a suplicar por mi vida. Pero en lugar de eso, le solté una carcajada en la cara. Me reí con tantas ganas que los tres hombres se quedaron desconcertados. —¿De qué te ríes, estúpida? —bramó el cacique. —Me río de lo pendejo que eres, Don Carmelo —le dije, mirándolo con puro odio—. ¿Tú crees que yo no sabía que este cojo te iba a llamar? Yo quería que vinieras hasta acá.
El viejo arrugó la frente, sin entender. —El detonador para volar la mina lo traes tú, ¿verdad? —continué, saboreando cada palabra—. Eres tan desconfiado que no se lo darías a nadie más. Pero la casa de Vicente está en la orilla más lejana del pueblo, al oeste. Desde aquí, la señal de tu control remoto no llega a la mina. Te saqué de tu ratonera.
En ese preciso instante, el aullido ensordecedor de las sirenas de la policía inundó el ejido. No era una sola patrulla. Eran decenas. El rostro de Don Carmelo se quedó sin color. —¡Me pusiste un cuatro, maldita perr4! —gritó, soltándome. —¡M4tál4, Vicente! —le ordenó, antes de salir corriendo como un cobarde para intentar llegar a la mina.
Pero ya era demasiado tarde. El comandante Treviño y las fuerzas estatales ya tenían rodeado todo el pueblo y bloqueado el acceso al cerro. Vicente se quedó paralizado, sudando frío. Me miró con los ojos muy abiertos. —¿Valió la pena, Daniela? —me preguntó con la voz quebrada—. Tú también te vas a m0rir aquí. —Tengo mucho miedo —le confesé, sintiendo que las lágrimas me quemaban—. Pero hay cosas que valen más que la vida. Se lo prometí a esas muchachas, y se lo debía a mi apá.
Vicente sacó un cuchillo de cacería de su cinturón. Apreté los ojos, esperando sentir el filo clavándose en mi pecho. Pero en lugar de eso, escuché un sonido húmedo y ahogado. Sentí una salpicadura caliente en la cara. Abrí los ojos, horrorizada. Vicente se había dado un t4j0 profundo en su propio cuello. Cayó de rodillas frente a mí, ahogándose en su propia s4ngr3, expiando sus culpas para dejarme vivir.
De pronto, la puerta de madera voló en pedazos. Un equipo de operaciones tácticas entró apuntando con rifles de asalto, seguidos por el comandante Treviño, que tenía el rostro desencajado por la preocupación. Al verme viva, soltó el aire de golpe, corrió hacia mí y empezó a cortarme las cuerdas con su navaja. —¡Estás loca, chamaca! ¡No te importa nada tu vida! —me regañó, abrazándome. —¿Y Valeria? ¿Las muchachas? —le pregunté llorando. —Las encontramos, Daniela. A ellas y a todos esos infelices. Ya tenemos a Don Carmelo esposado como el p3rr0 que es.
Esa tarde, el cielo de la sierra se sentía distinto, como si por fin pudiera respirar. Le entregué al comandante el diario y la libreta de mi padre; las pruebas irrefutables de más de una década de atrocidades. Los crímenes eran tantos que hasta los policías más duros tuvieron que agachar la cabeza para no llorar de la rabia.
Los llevé a la ladera detrás de la mina. Les señalé los montículos de tierra removida, ocultos entre la maleza. Las fosas clandestinas. Ahí abajo estaban los sueños arrebatados, la juventud robada y las vidas destrozadas de decenas de mujeres que mi padre quiso vengar.
Al fin, la pesadilla de mi ejido había terminado. Y mi apá, mi héroe, por fin podía descansar en paz.