Desperté en el cuerpo de una chica a la que le hacían b*llying: Lo que no sabían es que yo en mi otra vida era campeona de boxeo.

El olor a tabaco barato y el frío del concreto me hicieron abrir los ojos de golpe. Lo primero que vi fue a un tipo con cara de niño rico, Diego, agarrándome por el cabello contra el suelo. Tenía un cigarro encendido entre los dedos y una sonrisa sádica, a punto de apagarlo directamente en mi hombro. A nuestro alrededor, un montón de chavos de la prepa miraban el espectáculo con burla, cruzados de brazos, esperando ver mi dolor.

De repente, una avalancha de recuerdos que no eran míos me golpeó la cabeza. Yo era Ximena, una campeona de boxeo, y recordaba perfectamente el frío de la nvaja que me arrebató la vida por negarme a perder una pelea arreglada. ¿Cómo diablos terminé en el frágil cuerpo de esta chica?. El calor del cigarro ya casi tocaba mi piel. La verdadera dueña de este cuerpo había soportado semanas de hmillaciones, todo orquestado por Valeria, su hermanastra manipuladora, y ejecutado por Diego, el chavo del que ella estaba enamorada.

Pero yo ya no era esa niña asustada. Mis reflejos de boxeadora se activaron de inmediato. Antes de que el cigarro quemara mi piel, solté un derechazo brutal directo a la cara del tipo. Diego soltó un quejido y salió volando, estrellándose contra la pared del fondo. Me levanté despacio, apoyando una mano en la tierra, me sacudí el polvo del uniforme y caminé hacia donde él estaba tirado quejándose. Agarré el cigarro del piso, le di una calada profunda y le eché el humo directamente en la cara.

Mientras me miraba aterrorizado y sin poder creerlo, agarré el cigarro al rojo vivo y se lo apagué sin piedad en el pómulo.

—Grábate esto bien, cabr*n —le dije, viendo cómo su rostro se deformaba por el dolor—. Desde hoy, yo soy tu peor pesadilla.

—————PARTE 2: LA VENGANZA COMIENZA————–

El dolor en el rostro de Diego era música para mis oídos. En mi vida anterior, yo me partía la m*dre en cuadriláteros clandestinos; entrenaba todos los días hasta escupir sangre y un golpe de un peleador profesional podía mandarte al otro mundo. Sin embargo, este nuevo cuerpo de Ximena era demasiado frágil, con unas piernitas de alambre y unos brazos delgados que parecían fideos, así que me costó un poco de trabajo frenar su ataque. Pero mis instintos asesinos y la memoria muscular de una peleadora seguían intactos en mi sangre.

Aproveché el impulso de Diego cuando intentó soltarme un puñetazo, me hice a un lado, lo agarré del brazo, le metí un rodillazo y le torcí la extremidad hacia la espalda, obligándolo a encorvarse contra el piso. En mi otra vida, con este movimiento le habría roto el brazo por completo, pero ahora que era una estudiante, no quería excederme y meterme en problemas graves. Aun así, con la poquita fuerza que usé, su cara de niño fresa se puso pálida como el papel y empezó a sudar frío, goteando sobre la tierra.

—¡Ahhh! ¡Maldita sea! ¿Qué chin… hacen ahí parados viendo la novela? —les gritó a sus achichincles entre dientes, jadeando por el dolor pero sin dejar de mirarme con odio—. ¡Esta pndeja ya valió mdre!.

Los otros chavos de la bolita, que estaban congelados por el pánico, de repente reaccionaron. El cabecilla de ellos dio un paso al frente señalándome con el dedo. —¡Suéltalo ya, Ximena, o te va a ir muy mal!. Lo miré de arriba a abajo con puro desprecio. —Deja de ladrar y déjense venir todos juntos para acabar rápido.

El güey apretó los dientes, sintiéndose humillado, miró a los lados y se me dejó ir con todo. Yo no me moví. Usé a Diego como escudo humano, lo empujé hacia él y le acomodé una tremenda patada en el trasero al atacante, mandando a los dos a volar contra el piso. Diego quedó con la marca de mi zapato estampada y los ojos inyectados en sangre como toro de lidia. Yo me quedé parada, burlándome de ellos. —Son una bola de inútiles.

Diego rugió de coraje y se levantó para intentar golpearme otra vez, pero como no aprendía la lección, le volví a torcer el brazo y lo estrellé de lleno contra otro de sus amigos que venía corriendo. Aparte de los tres batos, había dos chavas. Una estaba tan aterrorizada que parecía estatua de sal, ni respiraba. La otra miró a Diego, pegó un grito y se me aventó queriendo rasguñarme la cara.

—¡Ximena, te vas a m*rir! ¿Cómo te atreves a pegarnos?. Arrugué la frente. En el mundo del boxeo hay muchas mujeres, pero nuestra regla de oro es que nunca jalamos el cabello ni damos rasguños, es una cuestión de honor. Le agarré la muñeca en el aire y se la torcí con ganas. —¡Ahhh! —chilló la niña de forma desgarradora, perdiendo todo el color de la cara y retorciéndose de dolor frente a mí. Como sus gritos me estaban aturdiendo, le regalé una patada que la mandó a chillar a la esquina del muro junto con los demás, y de paso le solté un gancho en la mandíbula al último bato que intentó atacarme por la espalda, dejándolo noqueado en el suelo.

En menos de un minuto, cuatro de los cinco b*llys estaban tirados en el piso llorando o quejándose. Volteé a ver a la única chava que quedaba de pie; se asustó tanto con mi mirada fría que pegó un grito de terror y salió corriendo a toda velocidad, dejando tirada hasta su mochila de marca.

Mi mente se fue aclarando y por fin asimilé toda la memoria de Ximena. Recordé todo lo que este infeliz de Diego le había hecho. Valeria, su hermanastra, siempre se hacía la víctima delante de él, inventando que Ximena la maltrataba porque no aceptaba que la mamá de Valeria se hubiera metido con el papá de Ximena. Valeria se hacía moretones sola y decía que Ximena la había golpeado. Diego, queriendo ser el “héroe” de Valeria, convirtió la vida de Ximena en un infierno: la encerraban en el baño y le echaban agua sucia, la abofeteaban en los pasillos, le apagaban cigarros en la espalda y hasta la hacían arrodillarse a ladrar como perro mientras la grababan sin ropa. Ximena, que tenía una condición cardíaca, no aguantó más y su corazón se detuvo hoy por pura desesperación y miedo.

Los miré con un asco profundo. Eran unos verdaderos monstruos que juzgaban sin saber y destruían vidas por pura diversión. Caminé hacia Diego, que estaba tirado boca abajo, despeinado y con la ropa rota, pero que me seguía mirando con un odio venenoso. Le puse la bota de mi uniforme directamente en la cabeza y le aplasté la cara contra el polvo.

—¡Ximena, te voy a m*tar! —bramó, con las venas de la frente saltadas, tratando de empujar mi pie con sus manos pálidas. Presioné con más fuerza, escuchando su quejido ahogado. Me agaché cerca de su oreja y le susurré: —Con razón te gustaba tanto pisarle la cabeza a los demás. Se siente bastante bien. Agarré su pantalón y, de un tirón violento, se lo bajé un poco. Su cara se puso roja como tomate, sintiendo la peor humillación de su vida. —¿Qué chin… haces? ¡Suéltame!. Ignorándolo, le puse la rodilla en la espalda para inmovilizarlo, le saqué su propio celular de la bolsa y agarré su cara a la fuerza para desbloquear la pantalla con el Face ID.

—No te muevas, wey, esa carita de pánico con los ojos rojos se ve muy bien para la foto. ¿No te gustaba grabarla humillada? Ahora te toca a ti ser el modelo —le dije, mientras le tomaba varias fotos humillantes. Él pataleaba y se golpeaba la cabeza contra el suelo tratando de zafarse, pero yo me senté encima de su espalda, sacándole el aire. Volteé a ver a los demás inútiles. —¡A ver, todos ustedes, pásenme sus celulares! ¡Ya!. Aterrorizados de que les pusiera otra arrastrada, los tres me entregaron sus teléfonos temblando. Los obligué a desbloquearlos y borré absolutamente todas las fotos y videos que tenían de Ximena, asegurándome de vaciar las papeleras de reciclaje y la nube. Les aventé los teléfonos de vuelta y los señalé: —Si me entero que se filtra una sola foto mía, cada vez que los vea en la calle, les voy a romper la m*dre. ¿Quedó claro?.

Iba a levantarme para ir a comer a mi casa, cuando escuché un gritito agudo a mis espaldas. —¡Ximena! ¿Qué estás haciendo?. Volteé y entrecerré los ojos. Ahí estaba ella: Valeria, la hermanastra, con su piel pálida, su cabello largo y lacio, pareciendo la niña más dulce e inocente del mundo, pero que por dentro era pura m*erda podrida. Al escucharla, Diego empezó a sacudirse como loco bajo mi peso, gritando para que lo soltara. Valeria se tapó la boca y empezó a llorar lágrimas de cocodrilo, haciendo su típico show de víctima. —Hermana, ¿por qué haces esto? Si tienes un problema, desquítate conmigo, pero Diego y los demás no tienen la culpa.

Sonreí. Yo ni siquiera había ido a buscarla y ella solita venía a entregarse al matadero. Me levanté de encima de Diego y caminé lentamente hacia ella. —Dices que te hago b*llying… A ver, cuéntame bien cómo te he maltratado. Valeria me miró dudosa, notando que yo ya no actuaba con miedo, pero no perdió su papel. Empezó a sollozar dramáticamente. —Aunque me humilles, me quites la ropa y me quemes con cigarros, yo jamás te voy a odiar porque eres mi hermana mayor.

Asentí con la cabeza. —Órale. Ya que te esforzaste tanto inventando todo eso, sería una grosería de mi parte no hacerlo realidad. Sin darle tiempo a reaccionar, la agarré de su precioso cabello largo y le acomodé una cachetada tan brutal que le volteé la cara por completo. Medí mi fuerza perfectamente para que el dolor le llegara hasta los huesos pero sin reventarle el tímpano.

Valeria se quedó en shock. En su vida imaginó que la “niña callada” se atrevería a ponerle una mano encima. Tardó tres segundos en procesarlo y su cara se deformó de pura rabia. —¡Maldita gata, te voy a m*tar! —chilló, levantando las manos con las uñas por delante para rasguñarme. —¿Ya sacaste el cobre, hermanita? —me burlé. Le agarré la muñeca en el aire y, con mi mano libre, empecé a repartirle cachetadas a diestra y siniestra. ¡Plaff, plaff, plaff!. Su cara finita se hinchó en segundos y le empezó a escurrir sangre de los labios. Valeria se mareó, tropezó hacia atrás y me miró con unos ojos inyectados en sangre, como si fuera un demonio salido del infierno. Se me echó encima otra vez, pero ni me inmuté, solo levanté la pierna y le di una patada en el estómago que la mandó a volar, cayendo justamente al lado de Diego.

Todos los chavos se quedaron mudos. Diego miraba cómo golpeaba a su “princesa” y no movió ni un dedo por ella, estaba petrificado del pánico. Fui hacia Valeria, la agarré del cabello para levantarla y le di otra bofetada mientras gritaba. —¡Cállate que me aturdes! —le dije, sacudiéndole la cabeza. Luego miré a Diego con asco—. Yo no juego a esas niñerías de tomar fotos sin ropa. Esto es una madriza de verdad. Si de verdad quisiera hacerles daño, hoy ninguno de ustedes se iría caminando de aquí. No se vuelvan a cruzar en mi camino..

Esa tarde regresé a casa. No pasó ni media hora cuando la puerta de mi cuarto se abrió de un golpe. Era Teresa, mi madrastra, con la cara desfigurada por el coraje. —¡Bastarda! ¡Eres una prra igual que tu madre! ¿Cómo te atreves a tocar a mi hija? —me gritó, señalándome con el dedo. Sin siquiera mirarla, le contesté: —Prra será usted y toda su familia de arrastrados. Teresa perdió la cabeza. Se me abalanzó levantando la mano. —¡Hoy te voy a romper esa boca de m*erda para enseñarte a respetar!. Qué flojera, primero los niños y ahora las señoras. Le agarré el brazo en el aire y se lo doblé hacia atrás. —Usted no es nadie para educarme. Mejor le rompo la boca yo a usted para que deje de apestar la casa —le solté, y le crucé la cara con dos bofetadas secas que sonaron hermoso en toda la habitación.

Teresa se quedó tiesa por el dolor y luego empezó a gritar histérica, sacando sus uñas pintadas de rojo para rasguñarme (¿por qué a esta familia le gustaba tanto rasguñar?). Justo cuando iba a darle otro golpe para calmarla, escuchamos un ruido en la entrada. Mi papá, Don Héctor, había llegado del trabajo. Al darse cuenta, Teresa bajó las manos rápidamente, se acomodó la blusa y me susurró con veneno: “Ya te cargó el payaso, maldita”.

Salió corriendo al pasillo llorando a mares y se tiró a los brazos de mi papá. —¡Héctor, mi amor! ¡Tu hija nos quiere m*tar! ¡Ya no podemos vivir en esta casa! —lloriqueó dramáticamente. Mi papá, un hombre súper orgulloso que cuidaba su imagen pública más que a su familia, se molestó por el escándalo porque su secretaria estaba viendo todo en la puerta. —¿Qué es este teatrito? Pareces loca, la gente va a pensar que te maltrato —le reclamó en voz baja pero dura. Teresa se tragó su orgullo y bajó la voz. —Es que Ximena… siempre nos ha odiado, yo la trato con amor, pero mira cómo dejó a Valeria, ¡y luego me agarró a golpes a mí!.

Valeria se acercó cojeando y llorando también. Mi papá las miró, pero como mis golpes eran estratégicos, la cara de Valeria ya había bajado su hinchazón y a Teresa solo le di dos cachetadas, así que no traían marcas escandalosas. —Yo no les veo nada —dijo mi papá, frunciendo el ceño—. Ximena, ¿tú les pegaste?.

Sabiendo que Ximena era la niña más miedosa del mundo, bajé la cabeza y puse cara de perrito atropellado. —Papá… yo no sé por qué mi madrastra inventa esas cosas. ¿Tú crees que yo podría pegarles? Ni siquiera mato una mosca. Mi papá miró a Teresa con cara de pocos amigos. —Ximena no se atreve ni a levantar la voz, deja de hacer shows y exagerar las cosas, Teresa.

Teresa se tiró al sillón haciendo el mayor drama del mundo. —¡Años dedicándome a ti y a tu hija para que me llames mentirosa! ¡Si así me vas a tratar, prefiero morirme!. Justo cuando mi papá se iba a ablandar y acercarse a consolarla, yo hablé con voz inocente pero venenosa. —Supongo que prefieres el dinero, Teresa. Y por cierto, papá… ¿tú sabías que el mes pasado ella le compró una casota de lujo a su hermano allá en la zona residencial? Yo lo escuché de casualidad… No será que nos quiere dejar en la calle y quedarse con toda tu lana, ¿verdad?.

Ximena había escuchado este secreto antes, pero no decía nada por las amenazas de las fotos. Al escuchar esto, la cara de mi papá se puso roja de rabia. Toda su lástima desapareció. —¡¿Le compraste una mansión a tu hermano a mis espaldas?! —rugió mi papá—. ¡Me dijiste que esa lana era para una inversión de negocios!. Teresa empezó a sudar y no podía mirarlo a los ojos. —¡Héctor, te lo iba a decir! Es que mi hermano se va a casar y tenía que ayudarlo…. —¡Se acabó! —gritó mi papá, quitándosela de encima—. ¡Mañana mismo te cancelo todas las tarjetas del banco! Si tanto quieres a tu hermanito mantenido, ¡que te mantenga él a ti! Voy a revisar hasta el último peso de mis cuentas.

Mientras Teresa lloraba lágrimas de verdad y le rogaba de rodillas, yo le sonreí con burla desde atrás de mi papá y le pinté el dedo discretamente. Eran unas arpías, pero resultaron ser unas inútiles. Ojo por ojo, sangre por sangre. Les iba a cobrar cada lágrima que le sacaron a la verdadera Ximena.

Después de la humillación en mi casa, Valeria y Diego me odiaban con toda su alma. Sin embargo, como le tenían pánico a mis glpes, ninguno de los dos se atrevía a enfrentarme cara a cara. En lugar de eso, empezaron a atacarme por la espalda, como los cobardes que eran. Valeria sabía que ya no podía hacerme bllying físico, así que empezó a esparcir rumores asquerosos sobre mí por toda la prepa.

Se la pasaba llorando por los pasillos diciendo que yo la maltrataba, que mi vida privada era un asco, que me vendía como “scort” de viejos ricos y que hasta me habían visto entrando a hoteles de paso con malandros de la calle. En resumen, inventó toda la b*sura que se le pudo ocurrir. Diego, por su parte, le pagó a varios güeyes para que le ayudaran a difundir el chisme. En menos de quince días, los rumores sobre mí ya estaban en todas las redes de la escuela, ensuciando mi nombre de la peor manera.

Esta vez, me aislaron por completo. Mis compañeros me miraban con asco, como si fuera una apestada. Cada vez que yo pasaba, se hacían a un lado y murmuraban a mis espaldas. —No m*mes, qué asco. Esa vieja es una cualquiera, ya deberían correrla de la escuela —decían. —Me dijeron que anoche se fue con tres batos al mismo tiempo, háganse a un lado no nos vaya a pegar algo —se burlaban.

Los foros de la escuela estaban llenos de publicaciones destrozándome. La gota que derramó el vaso fue un día en el salón de clases. Un tipo se acercó y, descaradamente, escupió un gargajo en mi butaca. Miré al güey que se estaba riendo con una sonrisa de p*ndejo, levanté la mano y, sin ninguna expresión en la cara, le dije al maestro: —Profe, este compañero me escupió en el lugar. Pero el maestro, en lugar de poner orden, me miró con cara de asco y frunció el ceño. Valeria, que estaba sentada cerca, aprovechó para meter su cuchara haciéndose la mosca muerta. —Ay, Jimena… las cosas no pasan por nada. ¿Por qué crees que la gente no se mete con nadie más que contigo? ¿No crees que deberías analizar qué estás haciendo mal tú?. Para mi sorpresa, el maestro le dio la razón. —Exacto —dijo el profe en voz alta—. Si no quieres estudiar, lárgate del salón. Eres la manzana podrida de este grupo.

Me levanté despacio, miré a todos en el salón con frialdad y caminé hacia la puerta sin decir una sola palabra. Diego me miró con una sonrisa de triunfo y levantó las cejas retándome. Ni siquiera me molesté en contestarle. Valeria era mala hasta los huesos, pero Diego era la combinación perfecta entre estupidez y maldad. El típico niño fresa, con dinero, consentido, que siempre había tenido todo fácil y se creía intocable. Como le había roto el orgullo a g*lpes la última vez, sabía que no se iba a quedar de brazos cruzados y buscaría venganza. Y yo… yo estaba esperando exactamente ese momento.

Me quedé afuera en el pasillo hasta que terminaron las clases. Cuando ya me iba, una chava de mi salón me agarró del brazo de repente, fingiendo una sonrisa. —Hola Jimena, oye, hoy en la noche voy a celebrar mi cumpleaños en el restaurante ‘La Casa del Patrón’, tienes que ir sin falta, ¿eh?. Miré su mano agarrando mi muñeca y sonreí por dentro. Yo sabía perfectamente que esta tipa era uña y mugre con Valeria. Aunque nunca me había pegado, siempre me trataba como b*sura. ¿Y ahora de la nada me invitaba a su fiesta? Si esto no era un plan de Valeria, yo me dejaba de llamar campeona.

Acepté de inmediato. —Va, jalo. De paso así terminamos con todo este teatrito —le contesté. La chava se sacó de onda porque no esperaba que yo aceptara tan rápido, se le atragantaron las palabras en la garganta y se vio bastante ridícula. —O-ok… a las 7:00 pm en el área privada de arriba. No vayas a faltar. Asentí. —No se me olvida.

Esa noche llegué puntual al restaurante. El salón privado estaba lleno de ruido y risas, pero en el segundo que puse un pie adentro, todos se callaron como si hubieran visto a la m*erte. Diego me clavó la mirada y no pudo evitar soltar una risita burlona. —Miren nada más quién llegó, la manzana podrida en persona. Sonreí de lado. —Qué pasó, mi niño, ¿tan rápido se te olvidó quién es tu papá? ¿Quieres que te enseñe las fotitos para refrescarte la memoria?. La cara de Diego perdió todo el color, se quedó callado como si se hubiera tragado una mosca y solo me miró con un odio asesino. Valeria, muerta de miedo de que yo les fuera a soltar unos madrazos ahí mismo, se paró a hacerse la conciliadora y señaló una silla vacía. —Ya llegaste hermana, siéntate. La ignoré por completo, caminé hasta el otro extremo de la mesa y me senté lejos de ella. Valeria apretó los puños contra la silla hasta que se le marcaron las venas, mirándome con ojos de hielo.

La comida del lugar estaba bastante buena, y como nadie quería hablarme, me dediqué a comer a mis anchas. No estaba para aguantar niñerías. A Diego le hirvió la sangre al verme tan relajada y empezó a fregar de nuevo. —Neta, no entiendo cómo hay viejas tan cínicas —dijo fuerte para que todos oyeran—. Fea, pndeja y todavía tiene el descaro de venir. Si yo fuera ella, ya me hubiera dado un tro para dejar de estorbar en este mundo. Solté los cubiertos lentamente y lo miré fijamente. —¿Y por qué no te mtas tú primero? Si quieres te echo una mano. Diego tragó saliva, aguantándose el coraje. —¡A mí qué me dices, cabrna! ¿Te quedó el saco o qué? ¿Tan barata eres?. —No tan barata como tú, que ya eres la burla de todos —le contesté con la cara de palo.

Eso fue demasiado para su frágil ego de niño rico. Diego golpeó la mesa, se paró de golpe y me apuntó con el dedo. —¡Jimena, no le juegues a la vrga conmigo! ¡Te va a cargar el payaso, pta!. Todos los compañeros se asustaron, en el salón no se escuchaba ni el vuelo de una mosca. Me pasé el pedazo de carne que estaba masticando, me recargé en la silla y lo miré con ojos de hielo. —Veo que los ptazos no te sirvieron de lección —le dije—. Órale pues, vamos afuera a arreglar esto. Diego se desinfló como un globo picado. Su cara se puso pálida y sus ojos empezaron a esquivar mi mirada. Se notaba a leguas que todavía tenía pesadillas con la madriza que le acomodé. —Espero que tus puños sean igual de grandes que tu hocico. Si no, mejor cállate el pto hocico —rematé fríamente.

Diego estaba rojo de la rabia, quería gritarme pero le faltaban hevos. Valeria, viendo que su galán estaba quedando como un idiota, se levantó ofendida. —¡Jimena, ¿qué te pasa?! Todos somos compañeros, ¿por qué eres tan venenosa? ¡Pídele perdón a Diego ahorita mismo!. Levanté una ceja. —¿Tú quién te crees para exigirme nada? A ti también te hace falta otra calentadita para que se te quite lo arrastrada, ¿no?. Valeria apretó el mantel con tanta fuerza que le rechinaban los dientes. —Les doy tres segundos para que se sienten —dije, agarrando una servilleta para limpiarme la boca—. Si no, no me importa romperles la mdre aquí enfrente de todos sus amiguitos. Diego me miró escupiendo veneno y masculló: —Disfrútalo, Jimena. A ver cuánto te dura el gustito. Y se sentó de golpe junto a Valeria.

La cena fue incomodísima para todos. Cuando terminé de comer, le entregué un regalito equis a la cumpleañera y me levanté para irme. En eso, ella me agarró del brazo y me susurró nerviosa: —Oye Jimena… tengo que pasar rápido a la prepa porque dejé mi bolsa ahí. ¿Me acompañas?. El restaurante estaba cerca de la escuela, pero para llegar rápido había que cruzar por unos callejones oscuros que no tenían ni lámparas. Valeria era muy perversa, pero sus tácticas eran de kínder. En un segundo entendí lo que querían hacer. Disimuladamente, agarré un cuchillo para carne de la mesa y me lo escondí en la bota sin que nadie me viera. —Va, vamos —le dije agarrándola del brazo. La chava dudó un segundo, volteó a ver a Valeria, y cuando Valeria le hizo una seña asintiendo, me jaló emocionada hacia la salida trasera.

Caminamos hacia un callejón negro como boca de lobo. La luna apenas y alumbraba, y yo notaba que la chava iba temblando de nervios. —No te asustes, yo siempre paso por aquí, no pasa nada —me dijo fingiendo calma. —Ah, órale —le contesté por pura cortesía. De reojo vi una sombra moviéndose al fondo. Qué estúpidos, pisaban tan fuerte que hasta un sordo los hubiera escuchado. Seguí caminando como si nada. De repente, la chava pegó un grito actuadísimo. —¡Ay no! ¡Se me olvidó mi celular en la mesa! ¡Espérame aquí tantito Jimena, voy rápido por él!. Y sin esperar respuesta, salió corriendo a toda velocidad perdiéndose en la oscuridad. Me quedé parada en seco y miré al frente.

Como lo sospeché, cinco batos malandros salieron de las sombras. Traían la típica facha de delincuentes de barrio, con pantalones entubados, el pelo pintado de rubio quemado y collares de lata en el cuello. El líder, un güey chaparro pero ancho con una chamarra de cuero imitación, se acercó a mí con toda la intención del mundo. Me sonrió, enseñando unos dientes amarillentos asquerosos. —Hola, chiquita. ¿Andas muy solita? ¿No quieres cotorrear con nosotros un rato?. Solté una carcajada. ¿En serio? ¿Tanto show para esto? ¿Diego y Valeria pagaron para contratar a este grupito de rateros de quinta?. En mis tiempos de peleas clandestinas, a estos güeyes no los dejaban ni barrer el ring de mi jefe. No me anduve con rodeos y le solté: —Vete a jugar a las muñecas con tu p*ta madre, estúpido.

El malandro se quedó pasmado, no esperaba que una chavita de prepa le contestara así. Uno de sus achichincles escupió su cigarro y me gritó: —¡A ver cómo le hablas al patrón, perra! Te estamos dando por las buenas, ¡a ver si te gusta por las malas!. El cabecilla les hizo una seña a los demás. —Agárrenla. Quiero ver si sigue abriendo el hocico cuando la estemos desfilando entre todos.

Me dio hasta vergüenza ajena rebajarme a pelear con estas escorias, pero también me hervía la sangre. Si la verdadera Jimena estuviera viva y hubiera caído en esta trampa… ¿lo habría soportado?. Incluso si sobrevivía, la hubieran destruido por dentro para siempre. ¿Acaso estos niños ricos nunca pensaron que el karma existe? Pues hoy, el karma iba a tener mi nombre.

Me puse en posición de guardia. El primero que se me aventó se comió un puñetazo que lo mandó a dormir al instante. Luego tomé vuelo, apoyé un pie en la barda de ladrillos, salté y le dejé caer todo el peso de mi rodilla en la espalda al güey del pelo rubio. Con toda mi fuerza le habría roto la columna, pero como no quería ir a la cárcel, solo usé la mitad de mi poder y el tipo cayó babeando al piso, desmayado.

—¡A la m*dre! —gritó el cabecilla de la chamarra de cuero, asustado de ver que no era una niña normal—. ¡¿Qué chin… hacen parados?! ¡Saquen los fierros!. El tipo sacó una navaja oxidada del pantalón y empezó a tirar tajos al aire hacia mí. Ya me estaban cansando. Le acomodé una patada al que estaba a su lado, mandándolo de cara a un basurero, giré sobre mi eje, le quité la navaja al líder con un movimiento de muñeca y lo sometí contra el piso poniendo mi rodilla en su espalda. —¿Conque querías jugar con mi cuerpo, no? ¿Qué, no te avisó tu angelito de la guarda que hoy te tocaba morirte?. Lo agarré del cuello, le di la vuelta bocarriba y le puse la navaja en la cara. La luz de la luna hizo que la hoja brillara de forma amenazante.

—¡Espérate, espérate! —chilló el líder, sudando frío y temblando como gelatina—. ¡Jefa, patrona, discúlpeme! Yo no quería, a mí me pagaron para hacer esto…. —Te voy a confiscar tu herramienta de trabajo —le dije con voz helada. Levanté la navaja y la clavé con todas mis fuerzas justo entre sus piernas, enterrándola en el pavimento a milímetros de sus p*rtes íntimas. —¡AAAAAAHHHHH! —El grito desgarrador hizo eco en todo el callejón. Hasta los perros de la calle se asustaron. Uno de los malandros que apenas iba despertando, escuchó el grito, abrió los ojos enormes y se volvió a desmayar del susto.

Saqué la navaja de los ladrillos y arrugué la nariz al sentir un olor asqueroso a orines. El “patrón” se había meado en los pantalones. Solo lo estaba asustando y ya se había roto por dentro. El tipo lloraba a moco tendido, con la mirada perdida del terror. Lo miré con asco, me levanté, limpié la navaja en su chamarra y se la tiré encima. —Los que te contrataron fueron un chavito fresa y una vieja mustia, ¿verdad? Ya les rompí la m*dre una vez a esos dos. ¿No te dijeron que yo era peleadora? Esta madriza es culpa de ellos, tú sabrás qué haces al respecto. Lo miré desde arriba. —Hoy ando de buenas y te voy a dejar vivir. Pero si te vuelves a cruzar en mi camino, te juro que no vas a salir caminando. ¿Entendiste?. El güey y sus chalanes que seguían conscientes empezaron a asentir y a llorar. —¡Sí, sí, se lo juro patrona, no volvemos a molestarla!.

Me di la vuelta y me fui caminando por el callejón. Pero en lugar de irme a mi casa, cuando me perdieron de vista, salté una barda y me regresé por la parte de atrás, escondiéndome detrás de una pared rota para ver qué pasaba. Efectivamente, unos minutos después, Diego y Valeria salieron de su escondite detrás de unos contenedores de basura. Diego llegó gritándoles a los malandros. —¡Son una bola de pndejos! ¡Me cobraron como profesionales y no pudieron ni con una vieja! ¡No sirven para nada!. Valeria también se quitó la máscara de niña buena y les gritó con desprecio: —¡Les pagamos para que ausaran de ella y le tomaran fotos! ¡Regrésennos nuestro dinero, par de estúpidos!.

Yo sonreí. Sus hocicos eran más grandes que su instinto de supervivencia. El cabecilla, que acababa de ser humillado y orinado, estaba que se lo llevaba el diablo. Se levantó con los ojos inyectados en sangre y miró a los dos niños ricos con una sonrisa macabra. —Nos echaron a una peleadora profesional y no nos dijeron… Nos querían usar de carne de cañón, ¿verdad, p*nches fresitas?. Diego tragó saliva, dándose cuenta de su error. —Nosotros qué íbamos a saber… Ustedes son los criminales. —Je, je —se rio el malandro asquerosamente—. Ya estamos aquí, y como la otra se nos fue… tú también estás muy buenota, chiquita. El del pelo rubio se frotó la espalda adolorida y miró a Diego con perversión. —Y el fresita este también está muy suavecito, jefe. Hasta está más bonito que la vieja que nos madreó.

—¡¿Q-qué van a hacer?! —gritó Valeria, retrocediendo aterrada. Diego se puso a la defensiva. —¡No se atrevan a tocarnos o los mto, pnches nacos!. Los delincuentes los acorralaron. Valeria pegó un grito y quiso correr, pero uno de los batos la agarró. Diego, en un arranque de adrenalina, le soltó un buen golpe en la cara al de pelo rubio. El tipo escupió sangre, soltó una maldición y se le echó encima a g*lpes. Bajo la luz de la luna, el callejón se llenó de gritos de pánico, llantos y golpes brutales. Vi todo eso y, con las manos en los bolsillos, me di la vuelta para irme a dormir.

Le mandé un mensaje a mi papá avisándole que me quedaría a dormir en casa de una amiga. Esa noche iba a ser muy larga para Valeria y Diego. El karma les llegó con servicio a domicilio.

A la mañana siguiente, la noticia explotó como bomba nuclear en toda la ciudad. “Joven defiende a su novia de un abuso y a*puñala a tres delincuentes. Uno fallece y dos graves”. Resulta que Diego, desesperado, le había quitado la navaja a uno de ellos y había matado a uno. A Diego también lo apuñalaron en una zona muy sensible; decían los rumores que ya nunca iba a poder tener hijos.

Al principio, en internet y en la escuela todos los defendían. —¡Diego es un héroe! —decían los chavos—. ¡Yo también mataría por defender a mi novia!. Pero la mentira tiene patas cortas. Una semana después, la fiscalía sacó los videos y los mensajes. La gente descubrió que Diego y Valeria habían contratado a esos criminales para rper a otra estudiante. Al saber esto, el internet se les fue encima. —¡Son unos mlditos enfermos! ¡Que se pudran en la cárcel! —gritaba la gente en redes. —Yo los conozco, la mamá de esa tipa es una rompehogares, ¡los dos son unas escorias!.

Valeria y Diego se convirtieron en las personas más odiadas de México. Mi papá, al enterarse de que Valeria planeó algo tan asqueroso en mi contra, sintió tanta vergüenza pública que echó a patadas a Teresa y a Valeria de la casa, y pidió el divorcio de inmediato. Teresa y Valeria terminaron rentando un cuartito miserable de 4×4, peleándose a gritos todos los días por falta de dinero.

En el juicio, Valeria se salvó de ir a la cárcel porque el estúpido de Diego fue quien hizo las transferencias y los tratos. Pero Diego fue condenado a cadena perpetua por homicidio doloso, ya que él dio el primer ataque a los malandros antes del intento de abuso. Fui a su sentencia. Ya no era el niño fresa arrogante. Estaba flaco, pálido, con ojeras negras, encadenado de pies y manos. Cuando dictaron sentencia, su mamá se desmayó en la corte y él se tiró al piso llorando a gritos, suplicando perdón. Había arruinado su vida para siempre.

Tiempo después me enteré de que la mamá de Diego culpó a Valeria de todo, y pagó para que unos tipos le hicieran exactamente lo mismo a Valeria. Subieron los videos a internet. La mamá de Diego terminó presa, y Valeria enloqueció por el trauma, terminando encerrada en un psiquiátrico de por vida. El plan que hicieron para destruir a Ximena, los destruyó a ellos.

Esa misma noche, dormí en paz. Soñé con la verdadera Jimena. Estaba frente a mí, con una sonrisa dulce y tranquila. —Gracias… —me dijo con voz suave—. Ya me puedo ir en paz. Te dejo este cuerpo, cuídalo mucho. Al despertar, sentí un alivio inmenso en el pecho. El frío y el miedo habían desaparecido por completo. Me levanté de la cama, abrí la ventana y miré la luna. —Buen viaje, Jimena —susurré al viento—. Yo me encargo de vivir por las dos.

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