
El teléfono sonó cuando menos lo esperaba. Vi un número desconocido en la pantalla. —Bueno —contesté, sin imaginar la pesadilla que venía. —Papá… —era la voz de Santiago, mi niño de seis años. Sonaba tembloroso, apagado. —Santiago, ¿qué pasó? ¿Por qué me marcas de otro número?. El silencio al otro lado de la línea se sintió eterno. —Papá, Alma no se quiere despertar. Sentí que un balde de agua helada me caía en la espalda. —¿Dónde está tu mamá?. —No está. Desde el viernes. Tengo hambre. Ya no hay nada de comer.
Aventé la silla de mi escritorio y salí corriendo como un loco. Le marqué a Leticia sin parar, pero su celular mandaba directo a buzón. Manejé hasta su casa pasándome los altos, apretando el volante hasta que me dolieron las manos. Me estacioné a la brava y golpeé la puerta con todas mis fuerzas. —¡Santiago, soy tu papá! ¡Ábreme!.
Nadie contestó. Empujé la puerta y cedió de inmediato; ni siquiera tenía seguro. Adentro, el ambiente olía a encierro. La casa estaba en completo silencio. Ahí estaba mi hijo, sentado en el piso de la sala, abrazando una almohada. Tenía la carita sucia, los ojos hinchados de tanto llorar y la panza pegada al espinazo. —Papá, pensé que no ibas a venir —susurró.
Tragué saliva, sintiendo un nudo de púas en la garganta. —¿Dónde está Alma?. Señaló con su dedito hacia el sillón. Mi niña de tres años estaba acostada, sin moverse, pálida y con los labios resecos. Me acerqué corriendo y le toqué la frente. Estaba hirviendo en fiebre y no reaccionaba. Su respiración era tan bajita que el mundo se me detuvo. La cargué de volada, sintiendo que el corazón se me salía del pecho. Santiago me miró asustado. —¿Está dormida, papá? —preguntó.
PARTE 2
—No. Pero se va a poner bien. ¡Vámonos ya! —le contesté a Santiago, sintiendo que la voz se me quebraba en la garganta.
Salí de esa casa maldita con Alma en brazos, sintiendo su cuerpecito hirviendo contra mi pecho. Santiago venía corriendo atrás de mí, tropezándose con sus propios zapatitos sucios. Nos subimos al carro de un brinco. Prendí las intermitentes, pisé el acelerador a fondo y arranqué tragándome la luz roja de la esquina. Mientras mis manos sudaban frío sobre el volante, le volví a marcar a Leticia. El maldito buzón de voz. Aventé el celular al asiento del copiloto con una rabia que me quemaba las entrañas.
Desde el asiento de atrás, la vocecita rota de mi hijo rompió el silencio ahogado del coche. —¿Mi mamá está enojada?. Apreté el volante hasta que los nudillos se me pusieron blancos. ¿Enojada? No. Abandonó a sus hijos. Los dejó pudriéndose de hambre. Pero no podía decirle eso a un niño de seis años que llevaba setenta y dos horas creyendo que todo era su culpa. —No, mijo. Tu mamá no está bien. Pero yo los voy a cuidar, te lo prometo —le dije, mirándolo por el espejo retrovisor.
En cuanto llegué a urgencias, empujé las puertas de cristal y entré corriendo con Alma colgando de mis brazos. Mi respiración retumbaba en el pasillo blanco. —¿Cómo viene la niña? —me gritó una enfermera, acercándose de volada al verme la cara de terror. —¿Qué edad tiene? —preguntó otra doctora, jalando una camilla. —3 años. Lleva por lo menos dos días sin comer bien. Trae fiebre. Estaba desmayada cuando llegué —solté todo de golpe, con las palabras tropezándose en mi boca. —Vamos a estabilizarla. Usted quédese aquí, por favor —me ordenó la enfermera.
La doctora agarró a mi niña y la acostó en la camilla fría. Las luces fluorescentes del techo le daban a Alma un tono amarillento, casi de cera, que me revolvió el estómago. Sentí un tirón en el pantalón. Era Santiago. Se me había abrazado a la pierna con una fuerza desesperada, sin decir ni pío, temblando de pies a cabeza. Me agaché hasta quedar a su altura y lo envolví en mis brazos, sintiendo sus huesitos bajo la ropa sucia. —La van a cuidar. Va a estar bien —le susurré al oído. Él levantó la mirada. Sus ojos enormes y oscuros estaban llenos de un terror que ningún niño debería conocer jamás. —No se va a morir, ¿verdad? —me preguntó, con un hilito de voz. Se me hizo un nudo ciego en el alma. —No, mijo. Te lo prometo —le juré.
Se llevaron a Alma a urgencias pediátricas. Me quedé viendo cómo las puertas de metal se cerraban detrás de ella. Agarré a Santiago de la mano y caminé hacia la recepción. Di los nombres de mis hijos, expliqué el poco sentido que tenía todo este infierno y pedí, con la poca paciencia que me quedaba, hablar con trabajo social.
En menos de media hora, ya estaba sentado en un cuartito sin ventanas, con dos mujeres apuntándome con sus libretas, preguntándome por qué carajos mis hijos estaban solos. —Se supone que estaban con su mamá —les dije, pasándome las manos por la cara, sintiendo la barba de tres días y el cansancio pesado—. Me dijo que se iban a ir a un lugar donde no había señal en todo el fin de semana, que no la estuviera molestando. Hoy me marcó mi hijo. Me dijo que la niña no se despertaba y que llevaban días sin comer. Es todo lo que sé. —¿Y dónde está la mamá ahorita? —me soltó una de ellas, con mirada de duda. —No tengo ni la menor idea. Trae el celular apagado desde el viernes.
La trabajadora social empezó a anotar rápido en su hoja. —¿Tienen la custodia compartida?. —Sí, está en el acuerdo legal. Nos turnamos una semana y una semana. Esta semana le tocaba a ella —expliqué, sintiendo que cada palabra era una piedra más en mi espalda. —Vamos a tener que levantar un acta por abandono, señor Gutiérrez —sentenció la mujer. —Hagan lo que tengan que hacer. Yo nomás quiero saber cómo está mi hija —respondí.
El tiempo en la sala de espera se arrastró como si el reloj estuviera roto. El sonido de los monitores me taladraba el cerebro. Al ratito, por fin regresó la doctora. —La niña está estable —me dijo, y sentí que la sangre volvía a circular por mi cuerpo—. Trae una infección intestinal leve por la deshidratación y por no haber comido. La vamos a dejar en observación. Lo bueno es que llegaron a tiempo; un día más y la historia hubiera sido otra.
Solté el aire que, sin darme cuenta, había estado aguantando en los pulmones. Santiago, que seguía pegado a mí, me apretó la mano. —¿La puedo ver? —preguntó él. —En un ratito. Ahorita está dormidita, pero está bien —le contestó la doctora con una sonrisa cansada. —Sí —asintió mi niño, tragando saliva antes de soltar la pregunta que me venía quemando—. ¿Y mi mamá?.
Me quedé helado. No supe qué contestarle. Me agaché lentamente y le puse una mano en el hombro, tratando de transmitirle una calma que yo no sentía. —Todavía no sé, pero vamos a averiguarlo.
Pasaron un par de horas más. Había conseguido un jugo de caja y unas galletas de maquinita para Santiago, que devoró como si no hubiera un mañana. Estábamos sentados en esas sillas de plástico duro cuando se me acercó una enfermera. —Señor Gutiérrez, nos acaba de llegar un reporte de la policía. Me puse de pie al instante. —Su expareja ingresó al hospital general el sábado en la madrugada por un choque automovilístico. Iba con un hombre que se dio a la fuga. Entró como desconocida porque no traía papeles, pero ya la identificaron.
El mundo dio mil vueltas a mi alrededor. Un choque. El sábado. Un hombre. Mi cerebro trataba de procesar el golpe. Dejó a sus hijos pudriéndose en una casa vacía para irse a revolcar y emborrachar con otro imbécil. —¿Está viva? —pregunté, y juro que una parte muy oscura de mi mente casi esperaba escuchar otra cosa. —Sí. Estable, pero la tienen sedada. Trae fracturas y un golpe en la cabeza. Está en recuperación.
Cerré los ojos con fuerza. Tenía ganas de gritar, de romper las pinches paredes, de estrellar mi puño contra lo primero que tuviera enfrente. Pero voltee hacia abajo. Ahí estaba Santiago, viéndome asustado. Tenía que tragarme la rabia. —¿La puedo ver? —logré articular. —Va a tener que esperarse a que despierte. Todavía no puede hablar —me contestó la enfermera antes de retirarse.
Me paré a un lado, saqué mi celular y le marqué a mi abogado sin pensarlo dos veces. —Carlos, ocupo empezar los trámites para pelear la custodia. Urgente. No voy a permitir que esto vuelva a pasar —le solté, sin siquiera saludarlo. —Pásame los datos, mañana a primera hora metemos el escrito —me respondió, escuchando lo alterado que estaba.
Colgué el teléfono, respiré hondo tres veces y miré a mi hijo. —Nos vamos a quedar aquí, ¿sale? Cerquita de tu hermana —le dije, acariciándole el pelo alborotado. Sus ojitos se llenaron de lágrimas otra vez. —¿Me puedo quedar contigo para siempre?. Sentí que algo se me fracturaba en el pecho. Lo miré fijamente, arrodillándome frente a él en medio del pasillo del hospital. —A partir de hoy, ya no te suelto.
Esa noche fue un calvario de silencio. Me pasé toda la madrugada sentado en una silla dura, al lado de la camita donde Alma dormía conectada a la manguera del suero. Escuchar el pitido del monitor era lo único que me confirmaba que mi niña seguía aquí. Santiago, ya bien tronado por la angustia y el hambre acumulada, se había quedado profundamente dormido en un sillón, tapado con una cobijita de hospital que nos prestó una enfermera. Yo no pegué el ojo. Mi mente era un torbellino de odio, miedo y culpa. ¿Por qué no fui a echarles una vuelta? ¿Por qué le creí el cuento del rancho? Afuera ya estaba clareando, metiéndose la luz por las persianas, cuando la trabajadora social se volvió a asomar por la puerta.
—Señor Gutiérrez, necesitamos hacerle unas cuantas preguntas más. Es parte del protocolo —me dijo, con su carpeta en mano. Asentí sin siquiera intentar pararme. Mi cuerpo pesaba una tonelada. —Claro, pregunte lo que ocupe. —¿Es la primera vez que los niños se quedan solos con la mamá a cargo?. —Que a mí me conste, sí. Pero mi hijo me dijo que ya los había dejado solos otras veces, aunque por menos tiempo —respondí, recordando la confesión aterrada de Santiago durante la madrugada. —¿Y usted intentó comunicarse con ella el fin de semana?. —No. Me pidió de favor que no le marcara. Dijo que se iba a ir a un rancho donde no había señal con unos amigos. Según ella, quería desconectarse —sentí un asco tremendo al repetir sus mentiras. —¿Le comentó con quién iba a estar?. —No, nomás me dijo que “con amigos”. —El Hospital General nos avisó que la señora Vargas ingresó con golpes muy fuertes y traumatismo craneoencefálico. Iba con un hombre que se dio a la fuga. ¿Lo ubica?. —No tengo ni idea de quién sea, pero me imagino que es el novio. Ese güey no me da buena espina desde la primera vez que lo vi —escupí las palabras. —Entendemos. Vamos a levantar el acta con todo esto. Por lo pronto, usted se queda como el único responsable temporal de los menores. Se va a mandar el reporte a la fiscalía.
Nomás asentí. Me valía madres el papeleo en ese momento, pero sabía que era la única forma de blindar a mis chamacos. Al ratito, el sol ya iluminaba bien el cuarto cuando se acercó la enfermera. —Señor, la niña ya despertó. ¿Gusta pasar?.
A Santiago se le abrieron los ojotes cuando escuchó eso. Pegó un brinco del sillón. —¿Alma ya se despertó?. —Sí, mi cielo, ya puedes pasar a verla —le sonrió la enfermera.
Entramos con el corazón en la mano. Mi chaparra estaba muy débil, pálida como un papel, con los labios todavía cuarteados. Pero cuando vio a su hermano mayor, estiró los bracitos como pudo. Santiago salió corriendo a abrazarla y se subió a la orillita de la cama con mucho cuidado de no jalarle los cables. —Te extrañé mucho, Alma —le dijo, pegando su frentita con la de ella. —Yo también —murmuró la niña, con una vocecita que apenas y se oía, ronca por la deshidratación. Me acerqué despacio, sintiendo que los ojos se me llenaban de agua, y les hice piojito a los dos en la cabeza. —Van a estar bien. Se los juro —les prometí, y esta vez, me aseguré de que me escucharan firme.
Horas más tarde, el celular me vibró en la bolsa del pantalón. Era un número desconocido. Sentí un piquete en el estómago, pero contesté de volada. —¿Bueno?. —¿Señor Tomás Gutiérrez?. —Él habla. —Le marcamos del Hospital General. La señora Leticia Vargas ya despertó. Andaba preguntando por usted y por los niños. ¿Gusta venir?.
Me quedé callado un segundo, viendo a mis hijos en la camilla, viendo caricaturas en silencio. Mi sangre hervía. —Voy para allá —dije cortante. Antes de salir del cuarto, me agaché y le hablé quedito a mi hijo mayor. —Voy a ir a ver a tu mamá. Ahorita vengo. Te encargo mucho a Alma, ¿sale?. —¿Sí está bien ella? —preguntó Santiago, con esa maldita nobleza que no le cabía en el pecho. —No sé, mijo. Voy a averiguar —mentí un poco.
Manejé desde el hospital infantil hasta el general envuelto en un silencio espeso. El coraje que me traía era tan grande que me asustaba. Me estacioné, me dieron las indicaciones en la entrada y subí las escaleras hasta el tercer piso sintiendo los pasos pesados. Leticia estaba arrumbada en una cama de un cuarto compartido. Tenía la cara toda madreada, morada, hinchada, y el brazo izquierdo envuelto en yeso. Cuando escuchó mis pasos y me vio entrar, no aguantó ni un segundo y agachó la mirada de la vergüenza.
Me paré a los pies de su cama. No la saludé. —Los niños están vivos —fue lo primero que le solté, como un trancazo seco. —Sí —murmuró ella. —¿Qué hiciste, Leticia? —le pregunté, clavándole la mirada.
Ella se tardó en contestar. Le temblaba la boca. —Pensé que no iba a pasar nada. Nomás fui a una fiesta. Quería despejarme un rato. Él me dijo que no nos íbamos a tardar —empezó a balbucear, tratando de armar una excusa barata. —Los dejaste tres días solos. La niña casi se nos muere —le corté el rollo, sin subir la voz, pero con un tono que cortaba como navaja.
Leticia cerró los ojos con fuerza. Dos lágrimas gruesas le rodaron por los cachetes raspados. —Ya sé. No sé qué decirte. Me le acerqué un poco más al barandal de la cama, cruzando los brazos. —Esto va a cambiar. Me voy a quedar con los niños y esta vez no vas a poder hacer nada para evitarlo —le solté mi sentencia. —¿Me los vas a quitar? —me preguntó, con la voz quebrada por el llanto. —No es un castigo, Leticia. Es lo que toca. No puedo dejar que esto vuelva a pasar. Trató de enderezarse, pero el dolor no la dejó. Me miró suplicante. —Estaba muy cansada, Tomás. Tú no me entiendes. Me la paso sola con ellos todo el tiempo. No tengo quien me eche la mano. No tengo vida —reclamó, sacando su lado víctima. —¿Y eso justifica dejarlos encerrados tres días? ¿Sin comer, con fiebre, muertos de miedo, sin saber si ibas a regresar? —le respondí, sintiendo que la vena del cuello me iba a reventar.
Agachó la mirada otra vez. Le temblaban las manos sobre la sábana áspera del hospital. No dijo ni pío. El silencio era su única respuesta a la peor cobardía del mundo. —Se te hizo más fácil irte a despejar y por poquito y me los matas —se lo eché en cara. —Ya lo corté —dijo, que apenitas y se le escuchó en el cuarto. —¿A quién?. —A Ricardo. Al que iba conmigo en el carro. Me empezó a gritar, me anduvo jaloneando. Me quise regresar a la casa y nos venimos peleando en el carro. De ahí en fuera ya no me acuerdo de nada —sollozó. Me eché para atrás, asqueado. —Te dejó ahí tirada en la carretera y se peló. ¿Y tú esperas que yo vuelva a confiar en ti?. —No te estoy pidiendo eso. Nomás dime cómo están los niños —suplicó.
Me crucé de brazos de nuevo, más frío que una piedra. —Alma ya despertó. Está débil, pero ya está estable. Santiago se portó como un hombrecito. Me habló, cuidó a su hermanita. Tuvo más responsabilidad de la que tú tuviste —le clavé la estaca final.
Leticia soltó un suspiro larguísimo, como si por fin entendiera el peso de su estupidez. —No merezco ser su mamá. —La verdad no lo sé, Leticia. Eso no me toca decidirlo a mí ahorita. Pero sí voy a hacer todo lo que esté en mis manos para protegerlos. Ya hablé con mi abogado. El proceso ya está corriendo —le informé. —¿No los voy a poder ver? —me preguntó aterrada. —Cuando el juez dé luz verde, y con alguien supervisando. Vas a tener que demostrar que de veras le quieres echar ganas para cambiar —sentencié.
No me contestó. Volvió a cerrar los ojos y dejó que las lágrimas le escurrieran en silencio. Me le quedé viendo unos segundos más. La mujer que había amado, la mamá de mis hijos, era ahora un despojo lleno de culpa. Me di la vuelta y me salí del cuarto sin despedirme. No merecía ni un adiós.
De regreso en el hospital infantil, la tormenta parecía haber bajado. Santiago y Alma estaban viendo caricaturas en una tablet que les prestó alguien del personal médico. Alma traía su suero en el bracito flaco y una muñeca de trapo en las piernas. Santiago volteó rápido cuando me vio entrar. —¿Fuiste a ver a mi mamá?. —Sí. Está bien. Está un poco golpeada, pero ya está despierta —le dije, intentando suavizar mi tono. —¿Va a venir por nosotros? —preguntó él.
Me senté en la orillita de la cama, a su lado. —Por ahorita no. Ustedes se van a venir conmigo. Vamos a estar juntos. Santiago asintió lentamente. Para mi sorpresa, no se veía triste, más bien se le notaba aliviado de no tener que regresar a esa casa del terror. —¿Nos vamos a regresar a la casa grande?. —Sí, mijo. Ahí los voy a cuidar. —¿Y mi mamá?. Lo miré con la mayor tranquilidad que pude juntar en mi cabeza. —Tu mamá necesita tiempo. Se tiene que curar. Cuando el doctor y el juez digan que ya está lista, los va a poder ver.
El niño ya no hizo más preguntas. Se acostó con cuidado junto a su hermanita, le agarró su manita libre y cerró los ojos. Me quedé viéndolos, respirando al compás de sus pechos. En escasos tres días todo se había volteado de cabeza. Había estado a un hilo de perderlos por culpa de una negligencia brutal, y ahora tenía enfrente el broncón de aprender a ser papá cien por ciento de tiempo completo. Pero no le iba a sacar. Estaba puesto, porque a estos dos no les iba a soltar la mano por nada del mundo.
La primera noche en mi casa estuvo durísima. Alma no quería despegarse de mí ni un segundo, chillaba si me veía caminar hacia el pasillo. Santiago se despertó llorando dos veces en la madrugada, bañado en sudor, creyendo que seguían encerrados. Yo no sabía ni para dónde hacerme; me sentía como pulpo en un garaje. Nunca me había aventado más de dos días seguidos con los dos juntos sin ayuda de nadie. Y ahora era mi realidad: hacer de comer, bañarlos, tranquilizar sus pesadillas, apapacharlos y aguantar mi propio cansancio.
Al día siguiente, tocó a la puerta una psicóloga infantil que el hospital nos había mandado. Nos sentamos en la sala mientras los niños veían la tele de lejos. —Necesitamos empezarles a dar un acompañamiento. Los dos niños traen señales bien claras de estrés —me explicó ella, muy seria—. Sobre todo Santiago; él se siente responsable de todo lo que pasó. —Él nomás hizo lo que pudo. Le salvó la vida a su hermanita —la interrumpí, defendiéndolo. —Sí. Pero ahora también trae la carga mental de que la tiene que andar cuidando todo el tiempo, y eso no le hace bien a un niño de 6 años —me contestó la psicóloga—. Y Alma… ella anda a la defensiva. No se le quiere despegar a su hermano para nada, pero tampoco confía en los adultos. Le va a costar trabajo.
Yo asentía, tragándome la realidad. El daño estaba hecho y era profundo. —¿Qué tengo que hacer? —pregunté, desesperado por un manual de instrucciones. —Lo que ya andas haciendo: estar ahí para ellos, llevarles una rutina, no andar con gritos. Explícales lo que va a pasar, pero no les andes prometiendo cosas que no les puedas cumplir —me aconsejó.
Más al rato, ella se llevó a Santiago al jardín a platicar a solas. Yo me metí a la cocina. Puse la lavadora, saqué sartenes y me puse a prepararles algo de comer con las manos torpes. Definitivamente no era el papá del año, pero le estaba poniendo todos los kilos. Cuando terminaron, Santiago entró a la cocina arrastrando los pies. —Papá, me dijo la señora que te puedo decir si me da miedo algo —me dijo, mirando el piso. Me agaché hasta quedar cara a cara con él. —A mí siempre me puedes decir lo que sientas, campeón. Jugó con el borde de su playera antes de soltar la bomba. —¿Y si mi mamá no cambia?.
Se me hizo un hueco en el estómago. —Eso no está en tus manos ni en las mías, pero nosotros vamos a estar bien, pase lo que pase —le afirmé con la mayor seguridad posible. —¿Sí?. —Y si de veras le echa ganas y cambia, entonces ya nos arreglaremos con los doctores y con el juez. Aquí lo que importa es que ustedes estén seguros y tranquilos —le aseguré. Asintió despacito y se fue corriendo a la sala a ver a Alma, que seguía dormida en el sillón agarrada de su muñeca.
Esa misma tarde sonó el teléfono. Era el Hospital General. —Señor Gutiérrez, la señora Vargas pidió empezar a tomar terapia. Dijo que quiere poner de su parte con lo que el juez le vaya pidiendo —me informó la trabajadora de ahí. —¿Y qué dice el parte médico? —pregunté desconfiado. —Se está aliviando bien. Ya mero va a poder caminar sin ayuda. El psiquiatra ya la checó y dice que ya está lista para empezar el tratamiento psicológico. ¿Puedo comunicarla con ella?. Apreté los dientes. —Claro, si usted da luz verde, ella está despierta y dispuesta. Silencio en la línea. Lo dudé unos segundos. —Voy mañana, pero todavía no le digan nada a los niños —rematé.
Esa noche, sentando solo en el comedor oscuro, escuchando nomás el zumbido del refri, me cayó el veinte de todo. Tenía pánico de regarla, de no ser suficiente para borrarles el trauma. Caminé de puntitas al cuarto. Ahí estaban los dos, dormidos juntitos. Santiago abrazaba a Alma por la espalda, como un pequeño escudo. Me acerqué, les hice piojito y me hice una promesa silenciosa: “Nadie los va a volver a dejar solos. Se acabó”.
Al día siguiente, volví al hospital general con las tripas hechas nudo. Entré al cuarto y la vi sentada en una silla de ruedas, con bata y el pelo amarrado. No me dio coraje ni lástima, era un sentimiento raro de desconfianza profunda. Apenas levantó la vista. —Gracias por venir —me dijo quedito. —No lo hago por ti, lo hago por mis hijos —le contesté tajante. —Ya sé. Y tienes toda la razón.
Me crucé de brazos en medio del silencio incómodo. —Me dijeron que vas a empezar con la terapia. —Sí. Ya sé que eso no borra lo que hice, pero necesito volver a agarrar las riendas de mi vida. Llevo meses sintiendo que me estoy ahogando —se excusó a medias. —Eso no justifica lo que pasó —le recordé. —No lo estoy tratando de justificar. Nomás quiero ser sincera contigo. Me perdí, Tomás. Entre la friega del trabajo, los niños, la culpa… y el estúpido ese, me convertí en otra persona. La sangre me hirvió. —”El estúpido ese” que dejó a tus hijos abandonados a su suerte y te dejó a ti desangrándote en una carretera —escupí con odio. —Ya no quiero ni hablar de él. Lo bloqueé de todos lados. Ya no quiero saber nada que tenga que ver con él —sollozó ella. Respiré hondo. —Dale gracias a Dios que los niños la contaron. —Ya lo sé. Santiago me dijo “mamá” por última vez el miércoles… a sus 3 años. Desde ahí sentí que todo lo estaba haciendo con las patas —confesó, hundida en su propia miseria. —Todavía estás a tiempo, pero te la vas a tener que ganar a pulso. —¿Los puedo ver? —se atrevió a pedir. —No. Ahorita andan muy sensibles. Santiago todavía se despierta en las madrugadas pensando que no vas a regresar. Alma no se le despega ni para ir al baño. Los tengo en terapia. —Yo también voy a tomar terapia —prometió ella. La miré fijo a los ojos magullados. —No te la voy a poner fácil, Leticia. Pero si de a de veras le echas ganas y cambias… si de a de veras te comprometes, ya lo platicaremos con el juez. No por ti, por ellos. Por primera vez, una micro sonrisa le cruzó la cara rota. —Gracias. Me di la vuelta y, antes de salir, le dejé la última piedra. —Todavía no me des las gracias. Haz las cosas bien.
Semanas después, llegó el primer citatorio del juzgado de lo familiar. Leticia había avanzado rápido con su terapia. Ese día tempranito, dejé a Santiago en la escuela y a mi chaparra con una vecina. Me arranqué pal juzgado con todos los peritajes psicológicos bajo el brazo. En la sala estaba Leticia. Vestía formal, sencilla. Ni nos volteamos a ver. La jueza abrió la audiencia leyendo los avances de la terapia de Leticia y cómo su abogada pedía que se reactivara la convivencia poco a poco.
—¿El papá tiene algo que decir? —preguntó la jueza. Me puse de pie, sintiendo el peso de la mirada de mi ex. —Yo no tengo bronca con que los niños vean a su mamá. Lo único que pido es que se la lleven leve, que esté alguien checando todo y que no se quieran brincar las trancas. Mis hijos todavía andan asustados… pero yo sé que les hace falta su mamá. Y si ella de a de veras le está echando ganas, yo no les voy a tapar el camino para que la recuperen.
La jueza aprobó un régimen progresivo: primero en el centro familiar, bajo la lupa de una terapeuta, y luego irían escalando. Al salir al pasillo, Leticia me alcanzó. —Gracias por no hacerla de jamón —me dijo en un hilo de voz. —No vine aquí a pelear. Vine por ellos —respondí. —Esta vez no la voy a cagar —prometió. —Pues ojalá y no.
Los siguientes meses fueron un ensayo y error agotador. Llevaba a los niños al centro de convivencia cada sábado. Al principio, el ambiente era más tieso que una tabla. Alma se escondía atrás de mí o de su hermano, y Santiago medía cada palabra. Yo los observaba desde el cuarto con el vidrio falso (cámara de Gesell). Leticia no forzaba nada. Les pintaba, les cantaba y, milímetro a milímetro, se fue ganando el terreno de regreso. Se veía limpia, sobria, sin el cansancio tóxico de antes. Estaba “presente”.
Luego dimos el salto a que se vieran en la casita nueva de Leticia, con alguien checando todo. Y después, finalmente, una tarde me tocó dejarlos completamente solos con ella. Fue a mediados de junio. Paré el carro frente a su puerta. Santiago entró como si nada. Alma la dudó, pero terminó dándole la manita a su mamá. —Vengo por ellos en dos horas —le advertí, sintiendo que el corazón me iba a mil por hora. —Gracias por la confianza —me contestó Leticia.
Me fui a mi casa y esa tarde el silencio de mis paredes casi me vuelve loco. Pero a la hora exacta, llegué por ellos y salieron riendo, llenos de calcomanías y dibujos.
Un año después, la cosa era tan diferente que a veces me costaba creer que veníamos de aquel infierno. La tormenta pasó y nos dejó el terreno planito, limpio de mentiras. Ya no había angustia en las despedidas. Santiago y Alma iban de una casa a otra con naturalidad. Doble cama, doble pijama, pero una sola familia partida en dos lugares seguros.
Leticia se agarró fuerte a un jale en una papelería; ganaba poco, pero le daba paz y tiempo. Yo aprendí a bajarle tres rayitas al trabajo y ser el papá que realmente los escuchaba y armaba campamentos en la sala los viernes.
Un domingo, fuimos los cuatro al parque. Después de andar en bici, nos tiramos en el pasto, tragando helado, bajo el sol de la tarde. Santiago miraba el cielo. —Oigan, ¿sí se acuerdan de cuando todo estaba bien pinche? —soltó mi niño, de la nada, con esa madurez adelantada que le tocó forjar. Leticia lo volteó a ver con una sonrisa chiquita. —Sí, pero también me acuerdo de cuándo la cosa empezó a agarrar forma —le contestó. —¿De cuándo te quedaste a dormir en la casa, papá? —agregó Alma, abrazando su muñeca traqueteada.
Crucé miradas con Leticia. Nos caía el veinte a los dos. Habíamos tocado el fondo más asqueroso y oscuro, casi perdemos lo que más amábamos en la vida por estupideces y egoísmos de adultos. Pero ahí estábamos. No éramos la familia perfecta de comercial, pero éramos una familia de a de veras. Una de esas que traen sus buenos raspones, que traen su historia arrastrando, pero que se levanta todos los santos días para echarle chingazos por los hijos. Porque, al final del día, amar a alguien como Dios manda no siempre está pelada… pero la neta, siempre, siempre vale la pena.