
El salón entero del exclusivo hotel en San Pedro Garza García estaba sumido en un silencio sepulcral, con quinientos invitados mirándome mientras yo saboreaba mi venganza. Habían pasado tres años desde esa maldita noche de tormenta en la hacienda de Veracruz, cuando Sebastián, con esa sonrisa fría y cargada de machismo, ordenó a sus matones que arrojaran a mis siete niños al fondo del temible río Papaloapan.
Mis manos, que alguna vez besaron el lodo suplicando piedad mientras su amante Lucía se reía de mi dolor con asco, ahora sostenían el micrófono con firmeza. Yo ya no era Valeria, la esposa humillada; era Victoria del Monte, heredera de un imperio, y estaba a punto de destruirlos.
Pero entonces, las puertas del salón se abrieron violentamente. Mi informante, un ex policía que contraté para rastrear cada movimiento de mi ex marido, entró corriendo, sudando frío y pálido por el terror. La música pareció apagarse. El zumbido del aire acondicionado era lo único que llenaba mis oídos.
Caminó directo hacia mí, ignorando a la multitud. Se acercó a mi oído, temblando tanto que su respiración entrecortada me rozó la piel.
—Señorita Victoria… —gritó a medias, con la voz quebrada por el pánico—. ¡Uno de los niños… uno de sus hijos podría seguir con vida!.
El aire abandonó mis pulmones de golpe. El mundo entero se detuvo y sentí que el corazón dejaba de latirme. Todo el odio, toda la fortuna incalculable que había construido sobre mis propias cenizas, no valían nada ante la atrocidad que estaba a punto de descubrir. ¿Era posible? ¿O era otra trampa de ese monstruo para terminar de volverme loca?
Parte 2
El inmenso salón de cristal en Monterrey quedó sumido en un silencio sepulcral. Las quinientas personas más influyentes de todo México, esos empresarios de trajes caros y mujeres cubiertas de joyas que hace un segundo aplaudían mi resurrección, de pronto dejaron de respirar. Las copas de champán temblaban en las manos de los invitados. Yo sentí que las piernas me fallaban, que el peso aplastante de los últimos tres años caía sobre mi espalda como una losa de plomo y lodo, pero me obligué a no derrumbarme. No podía darles ese lujo. Mi postura se mantuvo firme frente al atril, aunque por dentro, mi alma entera estaba ardiendo en llamas.
—¿Dónde está? —mi voz salió como un susurro áspero, rasposo, bajo, pero cargado con la furia absoluta de una tempestad inminente. Sentía la garganta cerrada, seca como la tierra muerta de Veracruz antes de las lluvias. Clavé mis ojos en el hombre frente a mí. —¿Dónde diablos está mi hijo? Dime exactamente dónde está.
El informante, aquel ex policía de semblante duro que yo misma había contratado hace dos años para rastrear cada maldito paso y cada cuenta oculta de mi ex marido, dudó por una fracción de segundo. Sus ojos viajaron nerviosamente hacia la multitud, deteniéndose en la figura pálida, sudorosa y patética de Sebastián, y luego en Lucía, que parecía a punto de desmayarse de terror sobre la alfombra roja.
—No es seguro hablar frente a todas estas personas, señorita Victoria… —murmuró el hombre, pasando el dorso de su mano temblorosa por su frente empapada de sudor frío.
Di un paso hacia él, ignorando las cámaras de los medios de comunicación que aún grababan. Mi mirada, que minutos antes era la de una empresaria implacable presentando un imperio corporativo, se transformó en puro hielo. Un instinto maternal, salvaje, primitivo e indomable, despertó en mi sangre con una violencia que me asustó hasta a mí misma.
—Hablas ahora mismo, cabrón, o te juro por Dios que desearás no haber nacido —sentencié, apretando los dientes para que nadie más escuchara.
El hombre tragó saliva, visiblemente aterrorizado por la presencia que yo emanaba. —Está en un hospital privado… clandestino… al norte de la ciudad, allá por la zona industrial. Pero… señorita, hay hombres fuertemente armados custodiando el lugar. Mercenarios.
—¿Quién los paga? —exigí saber, aunque la bilis en mi estómago ya me estaba dando la respuesta.
El ex policía no tuvo que responder con palabras. Giré lentamente mi rostro hacia el centro del salón. Mis ojos se clavaron en Lucía con la precisión letal de un francotirador. Esa maldita mujer, la amante que se había burlado de mí mientras mis niños eran arrastrados al agua, vestida ahora con un ridículo vestido de seda que costaba más que la vida entera de todos los peones de la finca, retrocedió torpemente. Tropezó con sus propios tacones de diseñador, perdiendo el equilibrio.
—No… no… yo no sé de qué demonios estás hablando, Valeria… estás loca, ¡estás completamente loca! —tartamudeó Lucía. El pánico le escurría por la cara junto con el maquillaje caro.
Le dediqué una sonrisa. Pero no era una sonrisa humana. Era el gesto cruel de un depredador que acaba de arrinconar a la presa que le destrozó la vida. —Tú nunca fuiste buena para mentir, Lucía. Nunca —le dije, proyectando mi voz para que me escuchara—. Y tú, Sebastián… no te atrevas a moverte de esta ciudad. Aún no he terminado contigo.
Esa misma noche, como si el maldito cielo supiera lo que estaba pasando, Monterrey se rompió. La lluvia comenzó a caer con una furia desmedida, golpeando los techos y los cristales, exactamente igual que aquella trágica madrugada de noviembre hace tres años en el Papaloapan. Abandoné el evento sin mirar atrás, dejando a los quinientos invitados murmurando en estado de shock. Fui escoltada rápidamente por cuatro de mis mejores guardaespaldas. Subí a mi camioneta blindada color negro, y sentí el motor rugir violentamente sobre el asfalto mojado de San Pedro.
Durante los cuarenta y cinco minutos de trayecto hacia el norte de la ciudad, el aire dentro de la camioneta era irrespirable. Yo miraba por la ventana empapada, viendo las luces rojas del tráfico desdibujarse por las gotas. Los recuerdos me asaltaban sin piedad. Las risas de mis siete bebés, sus pequeñas manos manchadas de tierra y lodo mientras jugaban a las escondidas en los inmensos campos de agave de la hacienda, sus vocecitas llamándome “mamá” cuando corrían hacia mí. Había pasado mil noventa y cinco putos días llorando en silencio en la oscuridad de mi cuarto, construyendo este imperio de acero y dinero sobre las cenizas humeantes de mi propio dolor. Había aprendido a vivir creyendo que la carne de mis hijos había sido devorada por las oscuras corrientes del río. Saber que uno de ellos respiraba… era un milagro brutal. Me aterraba. Me asfixiaba el pecho. ¿En qué estado lo iba a encontrar? ¿Cuánto daño le había hecho ese monstruo?.
Mis manos temblaban sobre mi regazo. Clavé las uñas en mis propias palmas hasta hacerme daño para no soltar un grito de histeria dentro de la camioneta.
El vehículo frenó bruscamente. El chirrido de las llantas me sacó de mis pensamientos. Estábamos frente a un edificio gris, opaco, discreto y sin ningún puto letrero que indicara qué era. Estaba rodeado de altos muros de concreto con alambre de púas oxidado en la parte superior. Era el típico hospital exclusivo y clandestino, diseñado perfectamente para que los políticos y los narcos de corbata ocultaran sus peores crímenes.
—Quédese aquí, señorita, nosotros aseguraremos el perímetro primero —ordenó el jefe de mi escolta, sacando su arma y quitándole el seguro con un sonido metálico que me heló la sangre.
—Nadie me va a detener esta noche —le respondí, empujando la puerta pesada de la camioneta e ignorando la lluvia que me empapó al instante. —Si alguien se interpone en mi camino, disparen a matar. Yo asumo todas las putas consecuencias.
Entré por las puertas principales de cristal automático. El choque térmico fue inmediato. El aire acondicionado estaba al máximo, casi congelando el ambiente. Los pasillos desiertos olían a una mezcla nauseabunda de cloro barato, desinfectante caro y secretos podridos. Di unos pasos sobre el piso brillante cuando, de inmediato, dos hombres corpulentos me cortaron el paso frente a la zona de los ascensores. Vestían trajes mal ajustados y tenían tatuajes en el cuello que delataban a leguas su origen criminal.
—El edificio está cerrado para visitas, señora. Dé la vuelta y lárguese por donde vino —dijo uno de los mercenarios, con voz ronca, llevando su mano derecha al interior de su chaqueta mojada.
Los escaneé de arriba a abajo con un desprecio absoluto. No les tenía miedo. El miedo se me había muerto hace tres años. —¿Quién los contrató? —pregunté, sin bajar la mirada—. ¿Cuánto les pagan por cuidar a un niño secuestrado, pendejos?.
—Le advertí que se largara, perra —gruñó el segundo hombre, sacando una pistola escuadra negra.
Pero antes de que el imbécil pudiera siquiera levantar el cañón, mis guardaespaldas entraron en acción como una fuerza imparable. Fue un caos de golpes secos y huesos crujiendo. En menos de quince segundos, los dos mercenarios estaban tirados en el suelo, inconscientes, ensangrentados y desarmados. Yo ni siquiera parpadeé. Pasé por encima de sus cuerpos caídos, manchando la suela de mis tacones, y presioné el botón del ascensor.
Llegué al tercer piso. Caminé lentamente por el pasillo vacío. Solo se escuchaba el eco de mis propios pasos. Mi corazón latía con la fuerza bruta de un tambor de guerra, golpeando mis costillas. Habitación 301… 302… 305…. El aire me faltaba. Finalmente, me detuve en seco frente a una puerta de madera blanca y desgastada.
Habitación 307.
Levanté mi mano derecha. Esa misma mano que en los últimos años había firmado contratos multimillonarios sin que le temblara un solo dedo, ahora temblaba incontrolablemente, presa de un terror primitivo. Por primera vez en tres años, sentía verdadero miedo. ¿Y si era una trampa? ¿Y si abría y no había nada?
Cerré los ojos, tomé una bocanada de aire con olor a antiséptico, giré el pomo frío de metal y empujé la puerta.
La habitación estaba sumida en la penumbra, a media luz. El sonido agudo y rítmico de un monitor cardíaco llenaba el silencio asfixiante. En el centro del cuarto, sobre una vieja cama de hospital que le quedaba inmensamente grande, había un niño. Pequeño. Frágil. Extremadamente pálido, casi translúcido bajo la luz amarillenta. Tenía gruesos tubos de plástico conectados a las venas de sus delgados brazos, y una enorme mascarilla de oxígeno que le cubría casi la mitad del rostro cansado.
Pero su pechito subía y bajaba. Subía. Y bajaba. Estaba vivo. Era él. Era mi Mateo. Mi pequeño Mateo, el niño que me arrancaron de los brazos en medio del lodo, que ahora debería tener ocho años de edad.
Sentí que el universo entero colapsaba sobre mí y volvía a nacer en ese exacto, maldito instante. Todas las barreras de hielo, todo el cinismo y la armadura impenetrable que había construido alrededor de mi corazón, se hicieron añicos contra el suelo.
—Mi niño… mi amor… —sollozó mi voz, quebrándose por completo. Me acerqué lentamente a la cama, arrastrando los pies, aterrorizada de que si respiraba muy fuerte, la ilusión se desvanecería y despertaría de nuevo en mi cuarto vacío.
Mis dedos temblorosos se extendieron y acariciaron su frente. Estaba caliente. Su piel era real. El vaho en la mascarilla por su respiración era real.
El niño se movió débilmente entre las sábanas blancas. Sus párpados pesados y oscuros se abrieron con lentitud, luchando contra la luz. Sus enormes ojos oscuros, idénticos a los míos, me miraron fijamente, confundidos al principio, y luego con un brillo que me partió el alma en mil pedazos.
—¿Mamá…? —murmuró mi hijo a través de la mascarilla, con una vocecita tan frágil y rota que sentí que el sonido se desmoronaba en el aire.
Mis rodillas cedieron. Caí bruscamente contra el piso de linóleo junto a la cama, apoyando mi frente contra el borde del colchón duro. Lloré. Lloré con una agonía contenida por años y un alivio que me desgarraba las entrañas.
—Sí, mi amor, soy yo. Mamá está aquí, mi cielo. Perdóname… perdóname por no haberte protegido de ese monstruo, perdóname por llegar tan tarde… —lloraba amargamente, tomando sus manitas frías entre las mías y besándolas sin parar, mojándolas con mis lágrimas.
Toda la furia, toda mi sed enferma de venganza, desaparecieron por completo durante unos segundos. El odio no existía. Solo existía el amor infinito, puro y desesperado de una madre mexicana que acababa de recuperar el único pedazo de su alma que le quedaba en este mundo.
Pero la paz dura poco en el infierno.
El sonido inconfundible de unos zapatos de cuero fino resonó a mis espaldas, justo en la entrada de la habitación. A eso le siguió el ruido hueco y pausado de unos aplausos lentos, rítmicos y cargados de un sarcasmo enfermo.
—Qué escena tan jodidamente conmovedora. Casi me haces llorar, querida esposa.
Me congelé. El escaso oxígeno que había en la habitación pareció evaporarse por completo. Esa voz rasposa, soberbia, cargada de arrogancia y maldad pura. No necesitaba girar la cabeza para saber quién era el demonio que acababa de entrar, pero me obligué a hacerlo. Me levanté lentamente del suelo, alisando mi vestido negro y secándome las lágrimas con el dorso de la mano, tragándome el llanto.
Sebastián estaba de pie en el umbral de la puerta. Impecablemente vestido con el mismo traje a la medida que llevaba en la fiesta, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, sonriendo con la frialdad absoluta de un sociópata.
—Pensé que tardarías un par de días más en encontrar esta pequeña clínica, considerando lo bien escondida que la mantuve —dijo él con total tranquilidad, recargando su hombro contra el marco de la puerta como si estuviéramos en la sala de nuestra vieja casa.
La vulnerabilidad se esfumó de mi cuerpo. La Victoria del Monte, fría e implacable, regresó a mis ojos para proteger a la madre destrozada. Me coloqué frente a la cama, bloqueando su vista hacia Mateo.
—Fuiste tú. Todo este maldito tiempo… tú lo tenías aquí encerrado. —Claro que fui yo, Valeria —respondió Sebastián, soltando una risa burlona y seca—. ¿De verdad creíste que el gran Sebastián Cruz, el patriarca intocable de la familia más poderosa de todo Veracruz, iba a dejar que todos sus herederos murieran ahogados como simples ratas de alcantarilla?.
Sentí que la sangre me hervía en las venas con una violencia brutal. La rabia, el asco, el odio… todo se mezcló en mi pecho hasta casi cegarme. —¡LOS LANZASTE AL RÍO, PEDAZO DE ANIMAL! ¡Yo vi con mis propios ojos cómo tus malditos perros los tiraron al agua en medio de la tormenta!.
—Sí, lo hice —admitió él, encogiéndose de hombros, sin mostrar ni un puto gramo de remordimiento en su asqueroso rostro—. Pero necesitaba a uno. Solo a uno. El fideicomiso que dejó mi abuelo estipulaba claramente que mi fortuna, los ranchos, las cuentas, todo… solo pasaría a mis manos si yo presentaba un heredero legítimo antes de cumplir los cuarenta años. Siete malditos chamacos eran demasiado ruido, demasiadas bocas que alimentar, demasiado problema… especialmente cuando ya planeaba reemplazarte con Lucía en mi cama. Así que, simplemente, descarté a los otros seis. Mateo siempre fue el más fuerte. Lo saqué del agua kilómetros más abajo, antes de que se ahogara por completo.
El silencio que siguió en la habitación 307 fue aterrador. Sepulcral. La maldad pura de aquel hombre, la frialdad de sus cálculos financieros, rebasaban cualquier límite de la comprensión humana. Había asesinado a seis de sus propios hijos por dinero. Por avaricia.
—Eres un monstruo abominable… no tienes alma… —susurré, con la voz temblando por el repudio total que sentía al mirarlo. —No, mi amor —respondió Sebastián, dando un paso amenazador hacia mí—. Soy un hombre de negocios. Siempre lo he sido. Hago lo que es estrictamente necesario para mantener mi imperio en pie. Y ahora que, por desgracia, lo has encontrado… supongo que tendré que deshacerme de ti de forma definitiva. Mis hombres ya vienen subiendo por el ascensor principal. No vas a salir viva de este hospital esta noche, Valeria. Vas a desaparecer.
Sebastián sonrió con suficiencia, con esa mueca torcida de macho que cree tener a Dios agarrado de las manos. Creía que tenía la victoria asegurada. —¿De verdad pensaste que podías ganarme? ¿Tú contra mí? ¿Una simple y estúpida mujer contra el dueño de medio país?.
No retrocedí. No solté un grito de auxilio. No me arrodillé a suplicar como lo hice hace tres años en el lodo. Simplemente levanté la barbilla, lo miré fijamente a los ojos oscuros y vacíos que tenía, y una sonrisa escalofriante, calculadora y letal se dibujó en mis labios pintados de rojo.
—Tienes razón en algo, Sebastián —le dije, escuchando mi propia voz sonar extrañamente calmada, vacía de miedo—. Hoy… hoy termina absolutamente todo.
En ese preciso y exacto instante, como si fuera una señal divina, las luces blancas del hospital parpadearon con un zumbido eléctrico y se apagaron por completo. La oscuridad total envolvió la habitación 307. Solo la luz roja del sistema de emergencia iluminaba tenuemente el pasillo detrás de él.
De repente, el sonido agudo, metálico y ensordecedor de decenas de sirenas rasgó la noche lluviosa de Monterrey. No era una simple patrulla local. Eran decenas de ellas. Luces estroboscópicas rojas y azules iluminaron la ventana a través de la fuerte tormenta, pintando las paredes de la habitación con destellos policiales. El eco de pasos pesados con botas de combate, gritos de órdenes tácticas y el inconfundible ruido de rifles de asalto recargándose inundaron el primer piso del edificio.
Una voz potente, amplificada por un megáfono, resonó por los altavoces internos del hospital y rebotó en los pasillos vacíos: —¡Agencia de Investigación Criminal! ¡El perímetro y el edificio están rodeados! ¡Nadie se mueva! ¡Tiren sus armas!.
El rostro arrogante y confiado de Sebastián se desfiguró en un segundo. La sonrisa torcida se le borró de un solo golpe, siendo reemplazada por una palidez mortal, como si la sangre le hubiera drenado del cuerpo. Corrió torpemente hacia la ventana, descorrió la persiana sucia y miró hacia abajo. Vio a más de quince vehículos blindados oscuros, camionetas de la fiscalía y patrullas bloqueando todas y cada una de las salidas del recinto.
—¿Qué demonios hiciste, maldita loca…? —balbuceó, alejándose de la ventana y retrocediendo hacia mí, temblando, aterrorizado como el cobarde que siempre fue.
Metí la mano en mi bolso de diseñador oscuro, saqué un pequeño dispositivo plateado y encendí la pantalla, que brilló intensamente en la oscuridad de la habitación.
—Te lo dije. Te lo advertí hace una hora, en aquel salón frente a las quinientas personas más importantes de este puto país, que esto apenas comenzaba —dije, con la voz implacable de una jueza dictando sentencia—. Llevo tres malditos años investigando cada una de tus empresas fantasma, cada cuenta bancaria en el extranjero, rastreando a cada uno de los matones que contrataste esa noche de lluvia. Y lo mejor de todo, Sebastián… este pequeño dispositivo ha estado transmitiendo toda nuestra dulce conversación en vivo y en directo. Directo a las inmensas pantallas del evento corporativo que acabamos de abandonar. A los teléfonos personales de la prensa nacional. Y, por supuesto, directo a los expedientes federales de la Fiscalía General de la República. Todo el maldito país acaba de escuchar de tu propia boca cómo confesaste haber asesinado a mis seis bebés por pura avaricia y por un asqueroso fideicomiso.
Sebastián empezó a temblar convulsivamente. El gran hombre poderoso, el monstruo intocable de Veracruz, se redujo en segundos a un pedazo de basura acorralado y sudoroso. —No… no puedes hacerme esto… mi lana… mis abogados… ellos te van a destruir en los tribunales, Valeria…
—Tu dinero está congelado desde hace exactamente una hora —respondí con una frialdad que me sorprendió—. Compré la junta directiva del banco donde guardas todos tus sobornos y tu dinero sucio. Estás en la ruina absoluta, Sebastián. No tienes con qué pagarle ni a un abogado de oficio.
El sonido de botas militares subiendo las escaleras ahogó sus súplicas. La puerta de la habitación fue empujada con una violencia brutal, golpeando la pared. Seis agentes federales, vestidos con equipo táctico negro y fuertemente armados, entraron a la habitación apuntando las linternas de sus rifles directamente al pecho inmovilizado de Sebastián.
—¡Sebastián Cruz, ponga las manos donde pueda verlas, carajo! ¡Queda usted bajo arresto por los cargos formales de secuestro agravado, homicidio múltiple, intento de feminicidio, delincuencia organizada y lavado de dinero! —gritó el comandante a cargo, avanzando hacia él sin bajar el arma.
Mientras los agentes lo tomaban de los brazos, lo sometían violentamente contra el piso de linóleo y le ponían las pesadas esposas de acero en las muñecas, un ruido lastimero llegó desde el pasillo. La figura patética, arruinada y deshecha de Lucía apareció arrastrada por dos policías. La habían traído directamente desde el hotel hasta el hospital. Lloraba histéricamente, chillando como un animal herido, con el rímel negro manchando todo su rostro pálido.
—¡Sebastián, diles la verdad, mi amor! ¡Diles a estos idiotas que yo no tuve nada que ver! ¡Diles que tú me obligaste a guardar el secreto! —chillaba la mujer, intentando zafarse inútilmente del fuerte agarre de una oficial femenina que la empujaba hacia adelante.
Sebastián, con la mejilla aplastada contra el suelo sucio, ni siquiera la volteó a ver. Sus ojos inyectados en sangre, llenos de terror puro y de la más humillante derrota, estaban clavados únicamente en mí.
Caminé despacio, esquivando a los oficiales, y me paré justo frente a su rostro tirado en el suelo, mirándolo desde mi altura. No sentía pena. No sentía ni un mínimo remordimiento. Solo sentía la paz helada, absoluta y purificadora de la justicia llegando tarde, pero implacable.
—Esto es por mis seis hijos que están en el cielo. Pudrete en el puto infierno, Sebastián —le dije, dándole la espalda.
Los oficiales lo levantaron y se lo llevaron a rastras por el pasillo. Sus gritos ahogados y sus maldiciones se fueron perdiendo en la distancia hasta que el silencio volvió a inundar el hospital. La justicia terrenal, esa que en México parece un mito, finalmente lo había alcanzado y destrozado.
Caminé de regreso a la cama. Mi hijo seguía ahí, asustado por el ruido, pero vivo. Lo tomé en mis brazos, sin importar los cables, sintiendo su calor contra mi pecho por primera vez en años.
—Ya pasó, mi amor. Ya nos vamos a casa.
Dieciocho meses después….
El sol brillaba sobre el amplio jardín de nuestra nueva casa. El aire fresco olía a tierra mojada y a flores frescas, muy lejos de la contaminación y el ruido.
—¡Mamá, mira, mira mi catrina! —gritó una vocecita alegre a mis espaldas.
Me giré lentamente. Mateo, que ahora tenía nueve años, corría por el pasto verde y cuidado del jardín. Sus mejillas, que alguna vez vi pálidas y casi transparentes, ahora estaban sonrosadas, fuertes y llenas de vida. Atrás, muy atrás en el tiempo, habían quedado los malditos días de hospitales oscuros, de tubos de oxígeno intravenoso y de pesadillas. Ahora era un niño sano, inmensamente feliz y amado sin ningún límite.
Un hombre alto, vestido con una camisa casual, de mirada noble y amable, se acercó a mí caminando por el pórtico. Era el abogado. El mismo hombre brillante que, en absoluto secreto, me había ayudado a construir paso a paso, peso a peso, el caso judicial contra mi ex esposo y toda su red de corrupción. Llevaba en sus manos dos tazas humeantes. Me tendió una.
—¿Estás bien, Valeria? —preguntó él en voz baja, ofreciéndome la bebida caliente, respetando mi espacio pero siempre presente.
Tomé la taza, sintiendo el calor reconfortante en mis palmas. Miré a mi hijo correr detrás de la pelota, riendo a carcajadas limpias. Y luego, mi vista viajó hacia la esquina del jardín. Allí, adornado con papeles de colores y veladoras, estaba el altar. Un altar lleno de flores frescas de cempasúchil anaranjadas, brillante bajo la luz del sol, donde descansaban las almas inocentes de mis pequeños ángeles. Mis seis bebés.
El dolor de su pérdida nunca se iba a borrar de mi pecho. Era una cicatriz eterna. Pero ya no dolía con rabia, ni con odio, ni con culpa. Dolía con amor.
Asentí lentamente, tomando un pequeño sorbo del dulce café de olla.
—Ahora sí —le respondí al abogado, mientras una sonrisa suave y genuina iluminaba mi rostro por primera vez en muchísimo tiempo. Miré al cielo azul, despejado de cualquier tormenta—. Por fin, todos estamos en paz.
FIN