
“No hagas ruido, Mateo. Ya casi llegamos”, le susurré al oído, aunque mis propios dientes castañeaban de miedo.
El viento frío de la sierra nos crtaba la cara. Yo, Lupita, solo tenía siete años, pero esa noche tuve que crecer de glpe.
Mis pies descalzos pisaban piedras filosas y ramas secas. Cada paso era un pnchazo de dolor insoportable. La sngre ya se había secado en mis pantorrillas, mezclada con la tierra oscura y húmeda del monte.
Mateo temblaba contra mi pecho. Su respiración era rápida, agitada. Llevaba horas sin soltarlo. Mis brazos estaban entumecidos, casi m*ertos, pero el terror me daba una fuerza que no sabía que tenía.
El olor a pino húmedo lo inundaba todo. Mis labios estaban agrietados y pálidos. Sentía que me iba a desvanecer.
Atrás, en nuestra pequeña casa de adobe, se habían quedado los gritos. El sonido brutal de los g*lpes. El ruido sordo de los muebles rompiéndose contra la pared.
“¡Lupita, llévatelo y no mires atrás!”, había suplicado mi madre. Su voz se apagó en medio de un estruendo que todavía me zumbaba en los oídos.
No lloré. No podía hacerlo. Si me detenía a derramar una lágrima, nos iban a alcanzar.
Las sombras de los árboles parecían garras intentando atraparnos en la oscuridad. De repente, escuché el crujido de una rama seca a mis espaldas. Un paso pesado. No era un animal.
El corazón me dio un vuelco brutal. Apreté a mi hermanito tan fuerte que soltó un pequeño quejido. Me escondí rápido detrás de un tronco grueso, conteniendo la respiración hasta que mis pulmones ardieron.
Un destello de luz fría, como el de una linterna, barrió la maleza a muy pocos metros de nosotros.
“¡Salgan de ahí, chamacos!”, gritó una voz ronca que conocía demasiado bien.
Cerré los ojos con fuerza.
¿QUÉ IBA A PASAR CON NOSOTROS SI NOS ENCONTRABA EN MEDIO DE LA NADA?!
PARTE 2: EL PESO DE LA VERDAD
El haz de luz fría cortó la neblina a centímetros de mis pies d*strozados. “¡Salgan de ahí, chamacos!”, repitió esa voz, rasposa, ahogada en alcohol barato y coraje.
Era Ramiro.
El tiempo pareció detenerse por completo. La respiración de mi hermanito, Mateo, contra mi clavícula se sentía como el aleteo de un pájaro moribundo. El olor a pino húmedo de la sierra de pronto fue reemplazado por el hedor fantasma del sudor rancio y el tabaco que siempre lo acompañaban. Mi mente se fragmentó en un millón de pedazos. Una parte de mí negaba la realidad: no puede ser, corrimos kilómetros, no pudo habernos alcanzado.
Pero el crujido de sus botas sobre las hojas secas era un eco innegable.
Apreté los párpados. Mis manos, manchadas de tierra y s*ngre seca, se aferraron a la ropita de Mateo con tanta fuerza que mis nudillos ardían. El frío de la madrugada me calaba hasta los huesos, pero una gota de sudor helado resbaló por mi sien. En mi cabeza, volvía a ver la mirada vacía de mi mamá en el piso de tierra de nuestra choza. Ese recuerdo me aplastaba el pecho, asfixiándome más que la falta de aire en el monte. Quería gritar, quería correr, pero mis músculos estaban paralizados por un terror absoluto y silencioso.
PARTE 3: LA RUPTURA Y EL CLÍMAX
La luz de la linterna me dio de lleno en la cara, cegándome.
—¡Aquí están, m*lditos escuincles! —rugió, agarrándome del cabello con un jalón que me hizo soltar un grito desgarrador.
Caí de rodillas sobre las piedras. Mateo rodó por la tierra, llorando a gritos. Los árboles a nuestro alrededor parecían cerrarse, como muros de una prisión natural aplastándonos. El agotamiento me nublaba la vista; mis piernas no me respondían, sentía el cuerpo como de plomo.
—¡Déjalo! —grité, con la garganta seca, desgarrada por el polvo.
Ramiro soltó una carcajada seca y avanzó hacia Mateo.
—Se van a regresar conmigo, por las buenas o a g*lpes…
El pánico me inyectó una adrenalina cruda. Mis dedos rasparon la tierra suelta y encontraron una piedra pesada, afilada. Él se agachó para agarrar a mi hermano. Sin pensarlo, con la visión borrosa y el aliento cortado, me impulsé hacia adelante y golpeé a ciegas en la oscuridad. El impacto hizo un sonido hueco. La linterna cayó al suelo, proyectando sombras deformes en los troncos, mientras un bulto pesado se desplomaba a nuestro lado con un quejido ahogado.
PARTE 4: EL ECO DEL SILENCIO
Todo se volvió gris. La luz de la luna apenas iluminaba la silueta inerte en el suelo. Ya no había colores en el monte, solo un manto cenizo de sombras frías.
El silencio era sepulcral, roto únicamente por mi respiración entrecortada y el llanto silencioso de Mateo. El viento dejó de soplar. Mis manos, entumecidas y vacías, colgaban a mis costados, manchadas de una oscuridad espesa que no me atrevía a mirar. Me dolía cada centímetro de piel. Mi alma se sentía hueca, rasgada.
Mateo me jaló la bastilla del vestido roto. No lo miré. Mi vista estaba clavada en la nada, en el polvo gris, en los árboles negros. El frío de la madrugada nos envolvió por completo, y ahí nos quedamos, atrapados en esa inmensidad descolorida, esperando un amanecer que sentía que nunca, nunca iba a llegar.