
El sol de julio hervía sobre la plaza de tierra de San Jacinto. El polvo rojo se levantaba con el viento seco, golpeando mi rostro arrinconado en la multitud.
Soy Lupita. Para mi padre, Don Rogelio, el comisario y dueño de la hacienda Los Encinos, yo no era más que la sirvienta de la casa. Mientras mis tres hermanas mayores lucían hermosos vestidos de seda y encaje , yo llevaba un vestido verde y rústico, con la piel quemada por el implacable sol del desierto. Mis manos estaban llenas de callos de tanto palear estiércol en las caballerizas y cargar costales de trigo.
Nadie me prestaba atención en aquel rincón. Todos habían venido a ver el gran reto de mi padre: quien domara a su temible caballo salvaje, se ganaría el derecho de casarse con una de sus hijas.
Hasta que llegó él. Mateo Vargas.
No traía saco ni corbata, solo una camisa vieja, botas polvorientas y los brazos fuertes al descubierto. La gente del pueblo se rió de él, y mi padre lo miró con asco, insultándolo por ser pobre. Pero Mateo, con paciencia y fuerza pura, logró lo imposible: domó al animal salvaje frente a los ojos incrédulos de todos.
El silencio cayó sobre San Jacinto. Mateo se acercó a mi padre para reclamar su premio. Vi la furia contenida en el rostro de Don Rogelio. Su orgullo jamás permitiría que un peón se llevara a una de sus “niñas bien” a trabajar al campo.
De pronto, sentí un tirón violento en mi brazo. Era mi padre.
Me arrastró desde la oscuridad de mi escondite y me empujó con tanta fuerza que caí de rodillas, tragando el polvo rojo frente a los pies de Mateo. El golpe me sacó el aire y la vergüenza me quemó el pecho.
“¡Eres muy bueno, muchacho!”, gritó mi padre con una risa cruel que me heló la sangre. “¡Toma, ella también es mi hija! ¡Si quieres llévate a esta b*sura para que no me estorbe!”.
La plaza entera estalló en carcajadas y murmullos venenosos. Cientos de dedos me señalaban. Cerré los ojos con fuerza, esperando el rechazo inminente, esperando que aquel vaquero me diera la espalda o se uniera a la burla y destrozara lo poco que quedaba de mi dignidad.
Pero las risas se fueron apagando lentamente. Todo quedó en un silencio absoluto.
Escuché el crujir de unas botas acercándose a mí en la tierra seca. Una sombra enorme me cubrió del sol abrasador.
¿QUÉ HARÍA AQUEL FORASTERO AL VERME TIRADA EN EL POLVO, HUMILLADA POR MI PROPIA SANGRE?
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