Me ofrecieron miles de pesos por lo único que me mantiene vivo en estas calles frías, pero mi respuesta la dejó helada.

El frío del asfalto húmedo se colaba hasta mis huesos, pero fue el sonido seco de unos tacones de diseñador lo que realmente me hizo apretar los dientes.

Llevaba tres días sin comer nada más que las sobras de una panadería en el centro de la ciudad.

A mi lado, sobre un pedazo de cartón aplastado que llamábamos hogar, Canelo descansaba su cabeza dorada sobre mis piernas. Su respiración cálida era mi único refugio.

De repente, una sombra bloqueó la poca luz de la tarde en el callejón.

Levanté la vista, parpadeando contra el viento helado. Era una mujer.

Su abrigo beige estaba inmaculado, sin una sola arruga, contrastando brutalmente con mis manos manchadas de tierra y mi chamarra rota.

Me miró de arriba a abajo. Su rostro se torció en una mueca que mezclaba asco y lástima.

—Es un animal demasiado fino para estar p*driendo en la calle con alguien como tú —soltó de golpe.

Sus palabras se sintieron como un g*lpe directo al pecho.

La vergüenza me quemó las mejillas, pero el miedo fue más fuerte. Instintivamente, rodeé el cuello de Canelo con mis brazos. Él gimió suavemente, sintiendo mi tensión.

—Él está bien conmigo, señora —logré murmurar, con la voz rota por la sed y el frío.

Ella dejó escapar una risa seca.

—Mírate. Apenas puedes mantenerte con vida. Estás mtando a ese pobre animal de hmbre.

Ella no sabía nada de mí.

No sabía de la tr*gedia que me había arrebatado todo de la noche a la mañana. No sabía que Canelo fue el único que se quedó a mi lado cuando perdí mi casa y a mi familia.

La mujer dio un paso hacia nosotros, invadiendo nuestro frágil espacio. Su perfume caro me asfixió, borrando el olor a smog y humedad.

Metió la mano en su bolso de cuero fino y sacó un grueso fajo de billetes. El sonido del papel crujiendo me paralizó.

—Te doy veinte mil pesos en este instante —dijo, con la voz firme y calculadora—. Y me llevo al perro. Ahora mismo.

El mundo pareció detenerse.

Veinte mil pesos. Era más dinero del que había visto en meses. Era un techo, comida caliente, una salida momentánea de este i*fierno.

Canelo me lamió la mano raspada, mirándome con esos grandes ojos marrones llenos de confianza absoluta.

¿QUÉ HARÁ MATEO? ¿VENDERÁ A SU ÚNICO AMIGO PARA ESCAPAR DE LA MISERIA O EL AMOR SERÁ MÁS FUERTE QUE EL HAMBRE Y LA DESESPERACIÓN?

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