
—Si no sacas a ese p*nche animal de mi vecindad hoy mismo, te largo a la calle con todo y tus miserias, Mateo.
El grito de Don Rigo rebotó en las paredes de cemento sin pintar de aquel patio húmedo. Su aliento apestaba a tabaco barato y café rancio.
Me quedé ahí, de pie, con los zapatos empapados por los charcos del aguacero que no había parado en toda la tarde. Detrás de mis piernas temblaba “Solovino”, un perro callejero color arena, tan flaco que se le marcaban las costillas bajo el pelaje mojado y lleno de lodo.
El animal soltó un quejido bajito, casi inaudible. Tenía una vieja cicatriz cruzándole el hocico, recuerdo de algún g*lpe en las implacables calles de nuestro barrio.
—No hace ruido, Don Rigo. Y yo limpio lo que ensucie —supliqué, sintiendo un nudo en la garganta y la desesperación apretándome el pecho.
—¡Me vale m*dres! Aquí no es refugio de bestias. O se va el chucho antes de la medianoche, o te saco a patadas. Tú decides.
El portón de lámina se cerró de un p*rtazo, haciendo temblar los vidrios de mi pequeño cuarto. El eco del golpe me dejó zumbando los oídos.
Me deslicé por la pared fría hasta sentarme en el suelo de concreto. Metí la mano al bolsillo de mi pantalón gastado. Solo traía una moneda de diez pesos y otra de cinco. Quince pesos. Ni siquiera me alcanzaba para comprarme un par de tacos, mucho menos para pagar la renta atrasada que me ahogaba.
Había perdido mi trabajo en la maquila hace un mes. Me sentía como un completo fracasado, un inútil que no podía ni sostener su propia vida. Mi estómago gruñó con fuerza, un dolor agudo que me recordó mi cruda realidad.
En ese momento, Solovino dio un paso hacia mí. Cojeaba de la pata trasera. Acercó su nariz húmeda a mi mano, la olfateó y, con una suavidad que me rompió el alma, me lamió los dedos sucios. Me miró con esos grandes ojos color ámbar. No había lástima en su mirada, solo una lealtad absoluta.
Una vergüenza profunda y ardiente me subió por el rostro. ¿Cómo iba a echar a la calle a la única criatura que se había quedado a mi lado cuando todos los demás me dieron la espalda?
Faltaban cuatro horas para la medianoche. El viento sopló helado por la rendija de la puerta, y Solovino se acurrucó más contra mí, buscando calor.
¿QUÉ HARÍAS TÚ SI TUVIERAS QUE ELEGIR ENTRE QUEDARTE EN LA CALLE O ABANDONAR A LA ÚNICA ALMA QUE TE HA DEMOSTRADO AMOR VERDADERO EN TU PEOR MOMENTO?
PARTE 2
El reloj de plástico que colgaba de la pared descarapelada marcaba las ocho de la noche. El tic-tac sonaba hueco, casi burlón, marcando el compás de mi desgracia. Cuatro horas. Solo me quedaban cuatro horas antes de que Don Rigo cumpliera su amenaza.
La lluvia seguía azotando el techo de lámina de mi cuarto. Era un sonido ensordecedor que, en otros tiempos, me habría arrullado, pero esa noche sonaba como un centenar de uñas rasguñando el metal. Bajé la mirada. Solovino seguía ahí, acurrucado contra mi pierna, temblando. Su respiración era superficial. El calor de su cuerpecito raquítico era lo único que me recordaba que yo también seguía vivo.
Apreté las dos monedas en mi bolsillo hasta que los bordes me lastimaron los dedos. Quince pesos. Una b*rla. Hacía apenas un mes, yo tenía un gafete, un casillero en la maquila y la ilusión de juntar una lanita para salir de este hoyo. Pero un recorte de personal me dejó en la calle, con una liquidación miserable que se esfumó en medicinas cuando me dio aquella infección en el estómago, y en pagar las deudas atrasadas. Ahora, estaba literalmente en el fondo.
—Perdóname, perrito —le susurré, con la voz quebrada.
Solovino levantó las orejas, o lo que quedaba de ellas. Una la tenía a la mitad, comida por las m*rdidas de otros perros callejeros. Me miró fijamente. Sus ojos ámbar brillaban en la penumbra de mi cuarto, iluminado solo por el farol fundido del patio de la vecindad. No me juzgaba. Eso era lo que más me dolía. Si me hubiera gruñido, si me hubiera exigido comida, tal vez habría sido más fácil sacarlo a patadas. Pero no. Solo me ofrecía su compañía silenciosa, su lealtad incondicional.
Me puse de pie lentamente, sintiendo el dolor en las rodillas. El frío y la humedad ya se me habían metido hasta los huesos. Tenía que hacer algo. Caminé hacia la única mesa de plástico que tenía y saqué una bolsa negra de basura. Empecé a meter mis cosas. Dos pantalones de mezclilla desgastados, tres playeras, un suéter viejo que olía a naftalina y un par de calcetines agujerados. No había mucho más que empacar. Mi vida entera cabía en una bolsa de plástico de diez pesos.
Mientras empacaba, la mente me jugaba sucio. Una voz dentro de mi cabeza, la voz de la supervivencia, me susurraba cosas horribles.
“Déjalo, Mateo. Es solo un animal. Don Rigo tiene razón, no es tu problema. Sácalo a la lluvia, cierra la puerta, mañana vas a rogarle al viejo, le pides perdón, le dices que le lavas los baños gratis un mes, pero no pierdas el techo. Si te vas a la calle, te vas a mrir de frío. Te vas a mrir de hambre.”
El estómago me dio un vuelco. Un calambre de hambre me dobló por la mitad. Me apoyé en la mesa, respirando por la boca. Llevaba dos días comiendo solo tortillas frías con sal, y hoy, nada. La debilidad me hacía ver manchas negras flotando en el aire.
Solovino se acercó cojeando. Se paró frente a mí y soltó un gemido lastimero. Luego, hizo algo que me destrozó por completo. Caminó hacia la esquina del cuarto, donde yo había dejado la envoltura vacía de un pan de dulce de hace días. La tomó con el hocico, regresó hacia mí y la dejó a mis pies. Me estaba ofreciendo lo único que encontraba, pensando que yo tenía hambre.
Rompí a llorar.
Las lágrimas salieron gruesas, ardientes, mezclándose con la mugre de mi cara. Me tiré al suelo de rodillas, abracé al perro y hundí el rostro en su pelaje mojado y apestoso a calle. Él me lamió las lágrimas con desesperación, frotando su cabeza contra mi pecho.
—No te voy a dejar —sollocé, aferrándome a su cuerpo esquelético—. No te voy a dejar, te lo juro por mi vida. No te voy a dejar.
Las horas pasaron. El frío se volvió insoportable. A las once de la noche, el aguacero no había cedido. Los vecinos ya habían apagado sus luces; nadie quería problemas con Don Rigo. Yo me senté en la orilla de mi colchón hundido, con mi bolsa de basura a un lado y Solovino envuelto en mi única cobija cobrando un poco de calor.
El miedo era un monstruo real. La calle en México no perdona. Las banquetas de madrugada son dueñas de los que no tienen nada que perder y de los que te lo quitan todo. Sabía lo que significaba cruzar ese portón de lámina hacia afuera. Significaba convertirse en un fantasma, en un número más, en otra sombra de esas que la gente esquiva por las mañanas cuando van apurados al metro.
De pronto, un ruido en el patio me heló la sangre.
Pasos pesados. El chapoteo de unas botas en los charcos.
—¡Mateo!
La voz de Don Rigo resonó gruesa, arrastrando las sílabas. Venía tomado. El olor a alcohol barato se filtró por las rendijas antes de que siquiera tocara la puerta.
—¡Ábrele, c*brón! ¡Ya es la hora!
La puerta de madera tembló bajo el impacto de un p*ñetazo. Solovino se puso de pie de un salto, soltando un ladrido ronco, defensivo. A pesar de estar en los huesos, el instinto de protegerme lo hizo pararse frente a mí, enseñando los dientes.
—¡Calla a esa bestia o se la m*to a patadas! —gritó el viejo desde afuera, pateando la puerta con fuerza—. ¡A ver si muy machito, sal y da la cara!
Me levanté. Sentí una extraña calma, la calma de los que ya lo han perdido todo. Agarré mi bolsa negra, me eché el suéter viejo sobre los hombros y miré a Solovino.
—Tranquilo, muchacho. Vámonos.
Giré la perilla oxidada y abrí. Don Rigo estaba ahí, tambaleándose, con una botella a medio terminar en la mano y los ojos inyectados en sangre. Su barriga sobresalía de la camisa desabotonada. El agua le escurría por el sombrero de paja arruinado.
—Ah, ya estás listo —escupió con desprecio al ver mi bolsa—. ¿Y el chucho?
—Viene conmigo.
—Pndejo —se rió el viejo, una risa rasposa y sin gracia—. Echar a perder tu techo por un animal rñoso. Mañana vas a estar chillando en la banqueta, suplicando que te deje entrar. Pero ya te ching*ste. Me dejas la llave en la mesa y lárgate de mi propiedad.
No le contesté. No valía la pena. Mi dignidad, o lo poco que me quedaba de ella, no me permitía rogarle a un hombre que no tenía alma.
Caminé hacia el portón. Solovino caminaba pegado a mi tobillo derecho, con el rabo entre las patas, intimidado por los gritos del viejo, pero sin despegarse un centímetro de mí.
—¡Y no regreses, muerto de hambre! —gritó Don Rigo a mis espaldas.
El portón de lámina se cerró detrás de nosotros con un estruendo metálico definitivo. El sonido del seguro cayendo fue como una sentencia.
Estábamos en la calle.
La oscuridad nos tragó de inmediato. Las lámparas de la calle estaban fundidas. El agua me golpeaba la cara sin piedad. El viento helado me cortaba la respiración. Caminamos sin rumbo fijo. Cada paso pesaba toneladas. Mis zapatos rotos se llenaron de agua helada en la primera cuadra.
Cruzamos avenidas vacías donde los semáforos parpadeaban en amarillo, reflejándose en los charcos inmensos de la avenida principal. Buscaba algún voladizo, algún cajero automático abierto, la marquesina de una tienda, pero todo estaba cerrado o bloqueado con rejas metálicas. Los negocios en esta zona no dejaban espacio para los vagabundos.
A la 1:00 de la mañana, mis piernas empezaron a fallar. El hambre y el frío estaban haciendo estragos en mi sistema. Solovino también estaba sufriendo. Lo escuchaba jadear, arrastrando la pata lastimada con más dificultad.
Llegamos a la base de un puente vehicular. Había un rincón oscuro, lleno de basura y cartones húmedos, pero al menos el cemento de arriba bloqueaba la lluvia directa. Me dejé caer ahí, entre un olor insoportable a orines y llantas quemadas.
Solovino se acostó a mi lado al instante. Estaba temblando incontrolablemente. Su cuerpo entero era un espasmo de frío.
Desamarré mi bolsa de plástico. Saqué mi suéter y las dos playeras que tenía. Se las puse encima, intentando hacerle un nido, frotando sus costillas para generarle fricción y calor.
—Aguanta, carnalito —le decía, castañeteando los dientes—. Aguanta, ya va a amanecer. Ya merito.
Me acurruqué abrazándolo, pegando mi pecho a su lomo. Esa noche fue una tortura. Cada minuto era una agonía lenta. Sentí que el corazón se me iba a detener. En un momento de la madrugada, el cansancio y la fiebre empezaron a nublarme la mente. Empecé a delirar un poco. Veía luces que no estaban ahí. Creí escuchar a mi difunta madre llamándome desde el otro lado del puente.
“Ya vente, Mateo. Ya descansa.”
El sueño era pesado, dulce, tentador. Cerré los ojos. Dejar de luchar se sentía tan bien. Solo quería dormir. Dormir y no despertar en esa realidad miserable.
Pero entonces, sentí un dolor agudo en la mano.
Abrí los ojos de golpe, asustado. Solovino me había m*rdido. No fuerte, no para lastimarme, sino un jalón seco en la manga del suéter. Estaba de pie sobre mí, ladrando débilmente pero con desesperación, empujando su hocico húmedo y frío contra mi mejilla, lamiéndome la cara con insistencia.
Me estaba despertando. Sabía que si me dormía con ese frío, ya no iba a despertar.
Me incorporé, tosiendo, sintiendo cuchillos en la garganta.
—Aquí estoy, aquí estoy… —balbuceé, abrazándolo de nuevo.
Ese perro, que no tenía nada, que era basura para el mundo, me acababa de salvar la vida.
Las horas más oscuras dieron paso a un gris cenizo. El amanecer en la ciudad no trajo el sol, solo una luz sucia y pálida. Había dejado de llover, pero el frío seguía calando. Nos levantamos. Mis articulaciones crujían. Solovino se estiró y me miró moviendo la cola ligeramente. Estábamos vivos.
Caminamos hacia un pequeño mercado sobre ruedas que empezaba a instalarse. Los comerciantes bajaban guacales de tomates, cebollas, pollos. El ruido de los fierros armando los puestos y la música cumbia de fondo era la banda sonora de la supervivencia.
El olor a tamales y atole caliente me golpeó la cara. El estómago se me retorció de dolor. Caminé hacia el puesto de tamales. La señora, una mujer robusta con delantal de cuadros, me miró de arriba abajo. Mi aspecto debía ser aterrador: ropa húmeda, ojeras negras, sucio, pálido como un m*erto.
Metí la mano al bolsillo y saqué mis quince pesos.
—Señora… buenos días —mi voz salió ronca, rota—. ¿Me alcanza para un bolillo duro y un poquito de caldito? No quiero el tamal, solo… algo caliente.
La mujer miró mis monedas, luego me miró a los ojos. Después bajó la vista y vio a Solovino, que estaba sentado a mi lado, educado, sin hacer ruido.
La mujer suspiró pesado, agarró un trapo y se limpió las manos.
—Guarda tus centavos, muchacho —dijo con voz firme, pero suave—. Siéntate ahí en el banco.
Me puso enfrente un plato de peltre despostillado con dos tamales calientes y un vaso de atole de avena. Después, tomó un plato hondo de plástico, partió un tamal de dulce por la mitad, le echó un chorrito de agua y lo puso en el suelo.
—Pa’ tu compañero. Se ve que son uña y mugre.
Las lágrimas se me volvieron a juntar en los ojos. No pude hablar. El nudo en la garganta me lo impedía. Agaché la cabeza, agarré el atole y le di el primer sorbo. El calor bajó por mi pecho, devolviéndome el alma al cuerpo. Escuché a Solovino comer con desesperación a mis pies.
Miré al perro. Él levantó la vista un segundo, con el hocico lleno de masa, y me movió la cola.
Esa mañana en el mercado, supe que no importaba lo que pasara. No importaba si no tenía casa, si no tenía trabajo, si el mundo entero me daba la espalda. No estaba solo. Y mientras Solovino caminara a mi lado, yo iba a encontrar la manera de salir adelante, aunque tuviera que levantarme de entre las piedras. Porque él me enseñó que la lealtad no se compra, el amor no se vende, y la verdadera familia es la que se queda contigo en la tormenta cuando los demás te han cerrado la puerta.