
El chirrido del metal contra las vías casi me revienta los tímpanos cuando el tren aceleró de golpe.
Era el último vagón de la noche. En lugar de frenar en la terminal, la máquina se tragó la oscuridad de un túnel que no aparecía en ningún mapa de la ciudad.
Solo quedábamos cinco personas en ese encierro de acero frío.
—¡Abre la maldita puerta! —gritó un hombre de traje sudado, golpeando el cristal de la cabina del conductor.
Nadie respondió. Las luces fluorescentes parpadearon hasta morir.
De repente, la temperatura cayó a cero. El aliento se me congeló en los labios.
Me abracé las rodillas, temblando en el asiento de plástico naranja.
Fue entonces cuando la mujer mayor frente a mí soltó un alarido gutural. Señalaba la ventana negra.
Todos miramos. Las sombras afuera no eran de las paredes del túnel.
Eran rostros.
Rostros pálidos, deformados por el dolor, pegados al cristal a una velocidad imposible.
El hombre del traje retrocedió, cayendo de rodillas con las manos en la cabeza.
—Es él… —susurró, con los ojos desorbitados—. Es mi socio… pero yo lo vi m*rir… yo lo empujé.
La mujer mayor se arañaba el pecho, sollozando histérica. Afuera veía a la familia que había h*chado a la calle.
Estaban viendo las ilusiones de su propio pasado, a las personas que habían d*struido de la peor manera.
El pánico se volvió asfixiante. El olor a cables quemados y miedo puro llenaba el aire.
Empezaron a gritar sus peores pecados, escupiendo confesiones desesperadas mientras el tren caía en picada, como si nos llevara directo al mismísimo infierno.
—¿Por qué nos pasa esto? —me gritó uno de los hombres, agarrándome por los hombros y sacudiéndome con violencia—. ¡Tú también tienes que hablar!
Mis lágrimas rodaban calientes por mis mejillas frías.
—¡Yo no hice nada malo! —sollocé, haciéndome bolita, aterrada.
Pero el tren seguía acelerando hacia un resplandor rojo, y las ventanas empezaron a resquebrajarse.
¡¿POR QUÉ ME ESTABA PASANDO ESTO A MÍ SI YO ERA LA ÚNICA INOCENTE?!
El aire dentro del vagón comenzó a volverse espeso, pesado, como si de pronto estuviéramos respirando humo de llanta quemada y carne podrida. El característico olor a ozono del Metro de la Ciudad de México había desaparecido por completo, reemplazado por un tufo a azufre que te picaba en la garganta y te hacía llorar los ojos. La velocidad era absurda. Las ventanas vibraban con una fuerza que amenazaba con hacer estallar los cristales en cualquier segundo. Estábamos cayendo. No avanzando en línea recta como debería ser entre la estación Tacubaya y Observatorio. No. El tren estaba en una caída libre y controlada hacia las entrañas de la tierra, hacia una oscuridad tan densa que parecía tener vida propia.
Éramos cinco en ese último viaje. Cinco almas metidas en una caja de metal anaranjado que rechinaba como un animal agonizando.
—¡Frena esta mdre, cbrón! —bramaba el tipo que parecía un cholo de barrio, aferrándose al tubo central con los nudillos blancos por la fuerza—. ¡Que frenes te digo!
El vato, al que llamaremos “El Chucho” por el tatuaje descolorido que asomaba en su cuello, le dio una patada brutal a la puerta que conectaba con el siguiente vagón. Pero estaba trabada. Sellada. Como si la hubieran soldado por fuera.
Yo seguía hecha bolita en mi asiento. Mis manos temblaban sin control mientras me aferraba a las correas de mi mochila de lona. Las lágrimas me escurrían por las mejillas, calientes, empapando el cuello de mi chamarra de mezclilla. Parecía una estudiante universitaria que había tenido la mala suerte de quedarse hasta el cierre del servicio, una niña asustada que solo quería llegar a su casa con su mamá.
—Tranquila, chamaca, tranquila —balbuceó el quinto pasajero, un hombre corpulento que llevaba un uniforme gastado de policía auxiliar, aunque su placa estaba rayada y su mirada delataba una cobardía inmensa—. Ya… ya han de haber cortado la corriente. Ahorita vienen los de Protección Civil. Neta, no pasa nada.
Pero sus palabras sonaron huecas, tragadas por el estruendo ensordecedor de las ruedas de acero girando a una velocidad infernal.
Fue entonces cuando la verdadera pesadilla comenzó. Las luces fluorescentes del techo, esas tiras blancas y frías que siempre parpadean en los vagones viejos, dieron un último chispazo y se apagaron de golpe. Solo quedó encendida una pequeña luz roja de emergencia cerca de la puerta. Esa luz bañó todo el vagón en un tono s*ngriento, proyectando nuestras sombras largas y retorcidas contra el piso de linóleo desgastado.
Doña Carmelita, la señora mayor que llevaba un rebozo gris sobre los hombros y que hasta ese momento había estado rezando un rosario entre susurros, dejó caer sus cuentas al suelo. Las bolitas de plástico rebotaron con un sonido seco. La anciana se quedó paralizada, con los ojos muy abiertos, fijos en la ventana que tenía enfrente.
Afuera no había un túnel de concreto. No estaban los cables gruesos, ni los tubos de drenaje, ni la oscuridad vacía que uno espera ver en los subterráneos de la capital. Afuera, pegados al cristal como moscas atrapadas en una telaraña, había rostros. Cientos de rostros pálidos, desfigurados por una agonía eterna, pasando a toda velocidad. Eran visiones aterradoras, fantasmas de aquellos a quienes les habíamos arruinado la existencia o a quienes habíamos enviado a la t*mba.
—¡Niño…! ¡Mi niño hermoso! —gritó Doña Carmelita con una voz tan ronca y desgarrada que me puso la piel de gallina.
La anciana se arrastró por el piso sucio del vagón y pegó sus manos arrugadas contra la ventana fría. Afuera, en la oscuridad que pasaba como un relámpago, se podía ver la imagen nítida de un niño pequeño, tal vez de unos seis años. Estaba desnutrido, con la piel pegada a los huesos, llorando lágrimas oscuras mientras golpeaba el cristal desde el otro lado, pidiendo comida.
—¡Yo no quise dejarte encerrado en ese cuarto! —berreaba la anciana, arañando el vidrio hasta que sus uñas se astillaron—. ¡Tu madre era una p*ta, nos abandonó! ¡No tenía dinero para darte de tragar! ¡Perdóname, mijito, perdóname por no abrir el candado cuando dejaste de llorar!
La confesión golpeó el interior del vagón como un mazo. El policía auxiliar retrocedió, mirándola con asco y terror. ¿Esta viejita con cara de santa había dejado mrir de hambre a su propio nieto? La señora se arrancaba los cabellos grises, golpeando su frente contra la ventana una y otra vez, dejando pequeñas manchas de sngre en el vidrio. La ilusión de su nieto m*erto seguía allí, corriendo a la par del tren, mirándola con unos ojos hundidos y llenos de un rencor milenario.
El señor de traje, Don Arturo, que había estado exigiendo que abrieran la cabina, de pronto se quedó mudo. Su mirada se clavó en la puerta de la cabina del conductor. El reflejo en el cristal de esa puerta había cambiado. Ya no mostraba su propia cara gorda y sudorosa. Mostraba a otro hombre. Un hombre más joven, con un balazo en la sien, la camisa blanca empapada en s*ngre fresca, sosteniendo unos documentos legales.
—No… no, tú no. Tú te dste un tro, cabrón. Tú fuiste el cobarde —empezó a balbucear Don Arturo, retrocediendo a tropezones hasta chocar contra el tubo central—. ¡Tú firmaste! ¡Tú sabías que la constructora estaba en quiebra!
El fantasma en el reflejo levantó una mano temblorosa, señalando al empresario. La voz del espectro no se escuchó con los oídos, sino que resonó directamente en nuestras cabezas, como un eco podrido. Tú cambiaste los planos, Arturo. Tú te robaste la lana del cemento y por tu culpa se cayó el edificio en el temblor. Tú me echaste la culpa. Tú me psiste la pstola en la cabeza.
—¡MNTIRA! —rugió Don Arturo, cayendo de rodillas. Su saco caro se llenó de la mugre del piso. Empezó a llorar, un llanto patético y ruidoso de un hombre que sabe que ha sido descubierto ante los ojos de Dios—. ¡Yo solo quería proteger a mi familia! ¡Eran millones de pesos, hermano! ¡Millones! ¡No podía dejar que me metieran al bote a mí! ¡Perdóname, yo apreté el gtillo, pero tú me obligaste!
Dos confesiones atroces en menos de tres minutos. Y el tren seguía bajando. El ángulo de inclinación era ahora tan pronunciado que teníamos que agarrarnos de los asientos para no resbalar hacia la parte frontal del vagón. El calor se volvió insoportable. El linóleo del piso empezó a burbujear, emitiendo un humo negro y tóxico. Las paredes naranjas de fibra de vidrio del Metro comenzaron a derretirse lentamente, cayendo en gotas espesas y ardientes que chisporroteaban al tocar el suelo.
Estábamos bajando directo al Infierno.
El Chucho, el pandillero que minutos antes se creía el dueño del barrio, estaba arrinconado contra la puerta trasera. Su rudeza se había esfumado. Estaba temblando como un perro apaleado. Miraba fijamente su propio reflejo en el cristal de la puerta. Afuera no se veía a un niño ni a un socio de negocios. Se veía a una muchacha joven, embarazada, tirada en el asfalto bajo la lluvia, con la cabeza destrozada por un golpe de tubo.
—No mames… no mames, virgencita, sácame de aquí —lloriqueaba El Chucho, persignándose a una velocidad frenética, una y otra vez—. Te lo juro, morra, yo nomás quería tu celular. Yo no sabía que estabas embarazada. Te empujé porque me mordiste la mano, wey. Caíste mal. ¡Fue un accidente! ¡Yo no soy un as*sino, la neta yo no soy malo!
Pero la chica en la ventana simplemente levantó la vista, mostrando un rostro destrozado, y abrió la boca en un grito silencioso que hizo estallar una de las lámparas fundidas del techo.
Los cuatro pasajeros que me acompañaban estaban vomitando sus verdades, destilando el veneno de sus almas, revelando que detrás de sus disfraces de personas comunes y corrientes de la Ciudad de México, escondían atrocidades imperdonables.
El policía, Héctor, ni siquiera necesitó mirar por la ventana. El calor extremo y el pánico colectivo terminaron por quebrar su frágil mente. Se tiró al piso de rodillas, abrazando sus propias piernas.
—¡Fui yo! ¡Fui yo el que le dio el pitazo al cártel! —gritaba el policía, con la saliva escurriéndole por la barbilla—. ¡El estudiante que estábamos buscando, el de Ayotzinapa, yo lo tenía en la patrulla! ¡Me dieron cincuenta mil pesos por entregarlo en la carretera! ¡Yo escuché cómo gritaba cuando lo subieron a la camioneta! ¡Perdón, Dios mío, perdón!
El ambiente dentro del vagón era un caos de histeria, llanto, calor abrasador y confesiones repugnantes. El tren rugía como un monstruo metálico, rodeado por un túnel que ya no era de piedra, sino de fuego vivo, de rocas incandescentes que iluminaban el interior con un resplandor naranja y rojo.
Y luego, todas las miradas se clavaron en mí.
Yo estaba en el último asiento, encogida, con las rodillas pegadas al pecho, llorando a mares. Mis sollozos eran infantiles, llenos de un terror genuino. O al menos, eso es lo que ellos percibían.
—¡¿Tú qué hiciste, escuincla?! —me gritó Don Arturo, arrastrándose hacia mí. Sus manos estaban quemadas por tocar el piso caliente, y sus ojos inyectados en sngre parecían a punto de salirse de sus órbitas—. ¡Aquí todos estamos pagando! ¡Este es el pnche infierno y tú vienes con nosotros! ¡Habla! ¡Confiésate para que esta chingadera se detenga!
Me encogí aún más, tapándome la cara con las manos.
—¡Yo no hice nada malo! —grité, con la voz quebrada, llena de pánico y vulnerabilidad—. ¡Se los juro! ¡Solo venía de la universidad! ¡Yo rescato perritos de la calle, yo cuido a mi mamá enferma! ¡Yo nunca le he hecho daño a nadie, soy inocente! ¡Ayúdenme, por favor, no me quiero m*rir!
El contraste entre mi inocencia y su podredumbre los volvió locos. La injusticia de que una niña buena y pura estuviera compartiendo el mismo destino infernal que unos monstruos como ellos les retorcía las tripas. El policía Héctor intentó levantarse para protegerme, balbuceando que no era justo, que tenían que salvar a la niña, que yo no merecía quemarme con ellos.
—¡Dios es un sádico! —gritó Doña Carmelita, alzando los puños hacia el techo que se estaba derritiendo—. ¡Llévanos a nosotros, pero a la criatura déjala, m*ldita sea!
Pero el tren no iba a detenerse. El calor ya estaba quemando nuestra ropa, chamuscando nuestro cabello. El olor a carne asada empezó a mezclarse con el azufre. Las paredes del metro se abrieron de tajo, y frente a nosotros apareció la inmensidad del abismo. Un océano de lava y almas retorciéndose en el tormento eterno, gritando en un coro de sufrimiento que duraría por toda la eternidad. El tren se asomó por el borde del precipicio y comenzó la caída final hacia el fuego rojo y purificador.
Cayeron en un pánico ciego. Gritaron hasta desgarrarse las cuerdas vocales. Se abrazaron unos a otros buscando un consuelo inútil, llorando por sus vidas perdidas, por sus almas condenadas. Cerraron los ojos esperando el impacto, esperando el dolor abrasador del fuego que consumiría sus cuerpos.
Y entonces… el tren se detuvo en seco.
No hubo choque. No hubo explosión. No hubo fuego consumiendo nuestra carne.
El vagón simplemente flotó en medio del aire ardiente, sostenido por una fuerza invisible sobre el océano de lava. El calor seguía ahí, pero ya no quemaba; solo era sofocante, como un recordatorio eterno de dónde estábamos.
Los gritos de los cuatro pasajeros se fueron apagando, transformándose en jadeos confundidos. Abrieron los ojos, dándose cuenta de que no estaban carbonizados. Miraron sus manos. Miraron el fuego debajo de ellos.
Yo dejé de llorar.
El llanto infantil y aterrorizado que me había estado desgarrando la garganta se cortó de tajo, reemplazado por un silencio sepulcral. Bajé mis manos, lentamente, revelando mi rostro. Ya no había lágrimas. Mi expresión de pánico absoluto se había disuelto en una máscara de fría y milenaria indiferencia.
Suspiré, arreglándome la chamarra de mezclilla con tranquilidad, sacudiéndome un poco de ceniza que había caído en la manga. Me puse de pie. Mi postura ya no era la de una joven asustada, sino la de una entidad que imponía un respeto aplastante, un peso en el aire que los hizo encogerse en sus lugares.
—¿Qué… qué está pasando? —susurró Don Arturo, mirándome con la mandíbula temblorosa.
—Están haciendo un berrinche excesivo, como siempre —respondí. Mi voz ya no sonaba a la de una niña universitaria de la Ciudad de México. Era una voz que resonaba en tres tonos distintos al mismo tiempo, antigua como el polvo de las estrellas, fría como el vacío del espacio, pero usando el mismo acento chilango de antes—. Y la neta, ya me están aburriendo.
Caminé lentamente hacia el centro del vagón, pasando por encima de la puerta de metal derretida. El policía Héctor intentó agarrarme del tobillo, pero su mano atravesó mi bota negra como si yo estuviera hecha de niebla. Héctor soltó un grito ahogado y se arrastró hacia atrás.
—¿Quién eres tú? —tartamudeó Doña Carmelita, apretando su rosario roto contra su pecho—. ¡Alejate, d*monio!
Esbocé una pequeña sonrisa ladeada.
—Ay, Carmelita. Sigues con tus rezos baratos. ¿Todavía no entienden, verdad? Ninguno de ustedes.
Me acerqué a la ventana y miré el inmenso abismo rojo que se extendía debajo de nosotros. Era un paisaje hermoso desde mi perspectiva. Una obra de arte de justicia y sufrimiento puro.
—Creen que están a punto de m*rir —dije, dándome la vuelta para mirarlos a los cuatro. Sus rostros estaban pálidos, sudorosos, llenos de terror puro—. Creen que este fue su último viaje en el Metro. Creen que yo era una víctima más de su mala suerte. Pero hay un pequeño detalle, señores. Un pequeñísimo detalle que sus mentes humanas y frágiles se niegan a aceptar para protegerse de la locura total.
Chasqueé los dedos.
En un instante, el vagón entero parpadeó. La ilusión de la carne viva se desvaneció por un segundo.
Don Arturo no estaba en su costoso traje sudado. Estaba vestido con la misma ropa andrajosa con la que lo habían enterrado después de que le dio un paro cardíaco en su mansión hace setenta años.
Doña Carmelita no era una anciana viva; su piel era gris, momificada, mostrando las marcas de la enfermedad que se la llevó en un hospital del Seguro Social a finales de los años noventa.
El Chucho no tenía piernas. Las había perdido cuando lo atropelló un camión de carga en el periférico mientras intentaba escapar de un robo en el 2015.
Y Héctor, el policía… bueno, Héctor tenía un agujero del tamaño de una naranja en la frente, cortesía del mismo cártel al que le había vendido su alma.
Las ilusiones volvieron a su lugar, devolviéndoles su aspecto humano. Pero la revelación ya había penetrado en sus cerebros podridos. La verdad absoluta e innegable.
—No… no puede ser… —murmuró El Chucho, tocándose las piernas, recordando de golpe el dolor del asfalto, el sonido de sus huesos triturándose—. Yo me mrí. Yo me mrí hace un ch*ngo de años.
—Exacto, mi buen Chucho —le aplaudí lentamente—. Todos ustedes murieron. Hace décadas. Algunos hace más de un siglo. Y la verdad es que esos cuatro pasajeros que acaban de confesar sus asquerosos crímenes, no son personas vivas; son almas en pena que llevan siglos atrapadas en este mismo vagón, reviviendo el último momento de terror antes de caer al Infierno, una, y otra, y otra vez.
Los cuatro rompieron a llorar al mismo tiempo, un llanto seco, desesperado, el llanto de almas condenadas que de pronto recordaban que llevaban atrapadas en este bucle de agonía desde el día de su muerte. Habían olvidado su muerte, como siempre lo hacían cuando el viaje comenzaba de nuevo, solo para volver a sentir el terror de enfrentarse a la condena por primera vez.
—¿Y tú? —preguntó Don Arturo, llorando s*ngre, incapaz de levantar la vista del suelo—. ¿Por qué estabas llorando? ¿Por qué nos dijiste que eras inocente?
Me reí. Fue una risa genuina, cristalina, que hizo que las llamas del abismo bailaran con más fuerza.
Caminé hacia la cabina del conductor. La puerta, que antes estaba trabada, se abrió suavemente para mí con un leve zumbido. Me asomé al panel de control destruido, puse mis manos sobre los frenos oxidados y me giré para mirarlos por última vez antes de reiniciar el ciclo.
Mi piel se volvió pálida como el hueso, y mi rostro de niña universitaria se disolvió, revelando las cuencas vacías de la Santa Muerte, envuelta en una túnica de oscuridad que devoraba la poca luz que quedaba en el vagón.
—Porque yo soy la que conduce este tren, Arturo. Yo soy la Muerte —dije, con mi verdadera voz resonando como el crujido de lápidas antiguas—. Y francamente, me encanta hacerme pasar por la víctima. Sentarme ahí atrás, llorar y ver cómo se tragan el pánico, escuchar sus patéticas confesiones… Es mi parte favorita del viaje. Es mi pequeño entretenimiento personal, repitiéndolo todos los p*nches días.
Agarré la palanca del acelerador y sonreí con mi mandíbula de hueso.
—Agarrense fuerte, cabrones. Que ahí vamos de nuevo. Próxima estación: El Abismo.
Y jalé la palanca hasta el fondo. El tren volvió a caer en la oscuridad eterna, y sus gritos de terror volvieron a ser música para mis oídos.
Fin de la historia. Por ahora.