
Las sirenas de la patrulla chillaban sin piedad afuera de la ventana abierta de nuestro diminuto y destartalado departamento en las entrañas de la Colonia Doctores. Pateé la puerta de la recámara con tanta fuerza que las bisagras crujieron, con la respiración agitada y entrecortada. Mis ojos, inyectados de sangre, apuntaban como dagas hacia Sofía, quien, temblando, estaba atiborrando ropa en una maleta vieja.
“¡¿A dónde chngados crees que vas, pnche mentirosa?!” le rugí con voz ronca de pura furia. Le aventé con coraje un estado de cuenta del banco arrugado directo a la cara. Los números rojos cayeron revoloteando, demostrando que los ahorros de toda mi vida para abrir una pequeña panadería se habían esfumado por completo.
Ella dio un respingo y volteó de golpe, pálida y empapada de sudor bajo el calor sofocante de esa tarde de abril. Sus ojos negros destellaron con el fuego de un enojo absoluto. Se abalanzó frente a mí y me soltó una cachetada fulminante en la mejilla derecha. El “zas” sonó brutal, cortando de tajo el aire que olía a humo de tráfico.
“¡¿Estás loco?! ¡¿Crees que yo me robé esa m*ldita lana?! ¡Ve a preguntarle a tu escoria de hermano!” gritó hasta que se le quebró la voz, con las lágrimas brotando a mares y mezclándose con su maquillaje escurrido.
“¡No metas a Luis para tapar tus pndejadas y calenturas!” le grité. “¡Vi los mensajes en tu celular, te querías clavar todo el dinero de mi sudor para largarte con tu ex, mldita!”.
Ciego de ira, la agarré brutalmente por los hombros y la zarandeé. “¡Suéltame, eres un p*ndejo!” siseó ella, empujándome con todas sus fuerzas contra mi pecho hasta que perdí el equilibrio y me golpeé duro la cadera contra la cama de metal. Sacó un teléfono de cacahuate de su pantalón y me lo aventó sin piedad.
“¡Luis te robó la tarjeta para pagar sus deudas de apuestas con unos n*rcos sanguinarios de Tepito! ¡Me pusieron una navaja en el cuello amenazando con matarnos! ¡Alejandro no es mi amante, es un policía encubierto tratando de ayudarme!” confesó desesperada.
Me quedé pasmado, con el pecho subiendo y bajando bruscamente. Justo en ese m*ldito momento, el celular de tapita tirado en el piso empezó a vibrar como loco. La pantalla estrellada se iluminó mostrando el nombre de ‘Alejandro’.
¿¡QUÉ VERDAD OCULTABA ESA LLAMADA Y POR QUÉ ESE SUJETO MARCABA EN ESE PRECISO E INFIERNO MOMENTO?!
PARTE 2
La mirada de Mateo se clavó en Sofía, pesada y fría como el plomo, mientras la última sílaba de Alejandro seguía flotando en el aire asfixiante de la habitación. El mundo entero de Mateo acababa de hacerse pedazos. Ya no había gritos. Ya no había empujones. El silencio que inundó el cuarto fue tan denso, tan absoluto, que el sonido de las sirenas allá abajo en la Colonia Doctores parecía pertenecer a otra dimensión.
Sofía estaba paralizada. El color huyó de su rostro tan rápido que parecía un cadáver sudoroso bajo la luz amarillenta del foco pelón que colgaba del techo. Sus ojos, que segundos antes escupían fuego y rabia defensiva, ahora estaban desorbitados, inyectados de un pánico crudo y real. La respiración se le atoró en la garganta.
—”Sofía, ¿qué esperas? El Uber ya está abajo,” —insistió la voz de Alejandro desde el suelo, distorsionada por la bocina de ese teléfono de cacahuate con la pantalla estrellada. —”Deja a ese muerto de hambre. Cancún nos espera, chiquita. Ya coronamos.”
Mateo no parpadeó. Lenta, dolorosamente, como si sus articulaciones estuvieran oxidadas, se agachó. Sus dedos, grandes y ásperos por años de amasar harina y quemarse en los hornos de su pequeña panadería, rozaron el plástico barato del celular. No cortó la llamada. Simplemente acercó el aparato a sus labios, con la mirada fija en su esposa, la mujer con la que había compartido la cama, los sueños y la vida entera durante los últimos cinco años.
—Alejandro —dijo Mateo. Su voz no era un rugido esta vez; era un susurro gutural, rasposo, que arrastraba toda la muerte de su alma—. Disfruta la lana, cabrón. Porque es lo último que vas a robarte en tu perra vida.
—¿Mateo? ¡Hijo de tu…! —la voz del otro lado titubeó por una fracción de segundo antes de que Mateo apretara el botón rojo, matando la llamada.
El “clic” resonó como un balazo.
Mateo dejó caer el teléfono al suelo. No se rompió más de lo que ya estaba. Se enderezó despacio. La cadera le palpitaba por el golpe contra el filo de la cama de metal, pero el dolor físico era un chiste comparado con el agujero negro que se le acababa de abrir en el pecho. Miró el estado de cuenta arrugado que seguía tirado cerca del zapato de Sofía. Ceros. Números rojos. Toda su juventud, todo su sudor, sus madrugadas a las tres de la mañana para prender los hornos, el olor a levadura, la harina en sus pestañas, la esperanza de tener un patrimonio… todo reducido a un par de boletos de avión en primera clase para un policía corrupto y su esposa.
Sofía dio un paso hacia atrás, tropezando con la maleta vieja a medio hacer. Empezó a negar con la cabeza, frenética, casi convulsiva. Las lágrimas que antes eran de coraje, ahora eran de un terror absoluto, de una revelación que la estaba destrozando desde adentro.
—No… no, Mateo, escúchame… —balbuceó, llevándose las manos temblorosas a la boca—. Yo no… yo no sabía eso. Te lo juro por mi vida, por mi madre, yo no sabía que él…
—¿Que él qué? —la interrumpió Mateo, con una calma que daba más miedo que cualquier golpe—. ¿Que él se iba a chingar mi dinero? ¿Que los cincuenta mil pesos que le cobraron a Luis no eran para los narcos, sino para sus vacaciones contigo?
—¡Él me dijo que era protección! —gritó Sofía, desgarrándose la garganta, cayendo de rodillas sobre la loseta fría y cuarteada—. ¡Me dijo que si no le dábamos el dinero a esos cabrones de Tepito nos iban a matar a los dos, Mateo! ¡Te lo juro! ¡Me dijo que sacara mis cosas, que me iba a llevar a una casa de seguridad, que tú no podías enterarte porque si no, te iban a torturar a ti también! ¡Pensé que te estaba salvando!
Mateo soltó una carcajada seca, amarga, una risa que no tenía nada de humor y que le raspó la garganta.
—Me estabas salvando… —repitió él, asintiendo lentamente, mirando el techo lleno de humedad—. Me estabas salvando metiendo tus calzones en una maleta para largarte con tu exnovio el policía. Me estabas salvando dejándome aquí, en este cuarto, con una cuenta en ceros y esperando a que los pinches sicarios vinieran a hacerme picadillo. ¡Qué noble eres, Sofía! ¡Qué maldita heroína!
—¡Fui una estúpida! —lloró ella, golpeando el piso con los puños—. ¡Me usó, Mateo! ¡Nos usó a los dos!
—No, Sofía. —Mateo dio un paso hacia ella, mirándola desde arriba. La distancia entre ellos ya no era de centímetros, era de años luz. Ya no era su esposa. Era una extraña patética, engañada por su propia calentura y su propio miedo—. A ti te usó. A mí, tú me traicionaste. Cuando tuviste miedo, no corriste a buscar a tu marido. No me abrazaste para decirme que estábamos en problemas. Corriste a las patas del perro de Alejandro. Le creíste a él. Le diste mi sangre a él.
Sofía intentó agarrarle el pantalón de mezclilla, pero Mateo dio un paso atrás con brusquedad, como si el toque de ella lo quemara.
—Párate —le ordenó Mateo con una voz de hielo.
—Mateo, perdóname…
—¡Que te pares, chingada madre! —El grito regresó, haciendo temblar los vidrios de la ventana.
Sofía obedeció, temblando de pies a cabeza, limpiándose el maquillaje escurrido que le manchaba las mejillas como si fuera lodo. Se quedó encorvada, encogida, esperando el golpe, esperando que la corriera, esperando el final.
Pero Mateo no la golpeó. Se dio la vuelta y caminó hacia el pequeño clóset. Sacó su chamarra de cuero desgastada y se la puso. Metió la mano en la bolsa y sacó las llaves de su camioneta, una Ford vieja y ruidosa que usaba para repartir el pan.
—¿Qué… qué vas a hacer? —preguntó Sofía en un hilo de voz.
—Luis no contestó el teléfono en todo el día —dijo Mateo, abrochándose la chamarra—. Tú dices que esos cabrones lo agarraron por las apuestas. Si Alejandro se quedó con la lana, eso significa que mi hermano sigue debiendo el dinero. Y si sigue debiendo…
Mateo no terminó la frase. La imagen de su hermano menor, el inútil, el apostador, el que siempre la cagaba, tirado en algún callejón oscuro de Tepito con la garganta abierta se le cruzó por la mente. Luis era un estúpido, sí. Era un cobarde por robarle la tarjeta. Pero era su sangre. La única familia que le quedaba después de que sus padres murieran.
—Límpiate la cara —le ordenó Mateo, abriendo la puerta de la recámara cuyas bisagras aún rechinaban por la patada de hace unos minutos.
—¿Qué?
—Que te limpies la cara. Vas a venir conmigo.
—Mateo, por favor, Alejandro dijo que…
—¡Me vale madre lo que dijo ese pendejo! —estalló Mateo, agarrándola del brazo derecho con una fuerza férrea, obligándola a caminar hacia la salida—. Vas a venir conmigo, vamos a encontrar a Luis, y luego tú vas a citar a ese bastardo en la puta plaza que acordaron.
Sofía intentó zafarse, el pánico reflejado en sus pupilas. —¡No! ¡Si lo vemos, nos va a matar, Mateo! ¡Él es policía, tiene arma, tiene contactos!
—Yo tengo las manos vacías y la vida destruida, Sofía —murmuró Mateo muy cerca de su oído, con un aliento caliente y cargado de adrenalina—. Créeme, yo soy mucho más peligroso ahorita. Camina.
Bajaron las escaleras del edificio en silencio. Los escalones de cemento crujían bajo las botas de Mateo. Salieron a la calle. La tarde de abril seguía siendo un infierno sofocante. El aire de la Ciudad de México olía a smog pesado, a tacos de tripa del puesto de la esquina y a asfalto derretido. La gente caminaba rápido, esquivando baches y perros callejeros. Nadie se fijó en la pareja que caminaba hacia la vieja camioneta estacionada a media cuadra; en esta ciudad, la tragedia es tan común que se vuelve invisible.
Mateo empujó a Sofía hacia el asiento del copiloto, cerró la puerta de un portazo y rodeó el vehículo. Se subió, metió la llave y el motor rugió quejándose. Arrancó quemando llanta, metiéndose de golpe en el tráfico interminable del Eje Central.
El viaje hacia el taller mecánico donde trabajaba Luis fue un suplicio. El interior de la cabina hervía. El sudor le escurría a Mateo por la sien, pero sus manos apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Sofía miraba por la ventana, llorando en silencio, con los brazos cruzados sobre el pecho delgado, como si intentara sostener su propia alma para que no se le escapara.
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó Mateo de repente, sin mirarla, con la vista clavada en los focos rojos de un camión de basura que iba adelante.
Sofía sollozó y se mordió el labio inferior hasta que casi le sacó sangre.
—Estaba aterrorizada —susurró—. Vinieron a mi trabajo, Mateo. Dos tipos en una motoneta. Me acorralaron en el callejón de atrás de la farmacia. Me enseñaron la navaja. Me dijeron tu nombre. Sabían a qué hora cerrabas la panadería. Me dijeron que le iban a cortar los dedos a Luis primero y luego te iban a meter al horno a ti.
—¿Y Alejandro? —preguntó él, implacable.
—Apareció de la nada esa misma noche. Me buscó en el parque. Me enseñó su placa. Dijo que llevaba meses rastreando a esa célula de extorsionadores y que Luis se había metido con la peor calaña. Me dijo que la única forma de salvarlos a todos era pagarles para ganar tiempo, pero que no podías enterarte porque no sabías mentir y si los narcos te veían la cara, sabrían que la policía estaba involucrada.
Mateo golpeó el volante con el puño cerrado. ¡Pam! La camioneta se estremeció.
—Te envolvió. Te leyó la cartilla como a una niña chiquita y caíste redondita porque en el fondo, siempre has pensado que soy un pendejo que solo sirve para amasar harina. Porque Alejandro tiene la placa, el arma, la actitud de cabrón, y yo solo huelo a vainilla y sudor.
Sofía cerró los ojos y rompió a llorar con más fuerza. No lo negó. Esa fue la puñalada final. Esa falta de negación fue la confirmación absoluta de que su matrimonio llevaba años pudriéndose por debajo, y esta estafa solo había sido el golpe de gracia para derrumbar la fachada.
Llegaron a la colonia Guerrero. El taller mecánico de “El Chuy” estaba medio cerrado. La cortina de metal estaba bajada a la mitad. Mateo estacionó la camioneta de cualquier forma, apagó el motor y se bajó sin esperar a Sofía. Ella lo siguió, corriendo torpemente.
Mateo se agachó y pasó por debajo de la cortina metálica. El lugar olía a aceite quemado y a grasa. Estaba oscuro. Había un par de coches viejos levantados en gatos hidráulicos.
—¡Luis! —gritó Mateo. Su voz rebotó en las paredes de concreto.
Solo se escuchó el goteo de un cárter roto.
—¡Luis, cabrón, sal de donde estés! —volvió a gritar, agarrando una llave de cruz pesada que estaba sobre un banco de trabajo.
Un ruido sordo vino desde el fondo, detrás de una montaña de llantas usadas. Mateo caminó rápido hacia allá, con Sofía pisándole los talones. Detrás del caucho sucio, hecho un ovillo sobre un cartón ensangrentado, estaba Luis.
El corazón de Mateo dio un vuelco. Tiró la llave de cruz, que sonó metálica y estridente al chocar contra el suelo de cemento, y cayó de rodillas junto a su hermano.
Luis estaba irreconocible. Tenía un ojo completamente cerrado, hinchado y morado como una berenjena. Le faltaban dos dientes de enfrente. Su playera blanca estaba manchada de sangre seca y fresca, y respiraba con un silbido húmedo y espantoso, agarrándose las costillas.
—¿Qué te hicieron, hermanito? —murmuró Mateo, con la voz quebrada. La furia desapareció por un segundo, reemplazada por el instinto protector de sangre. Agarró el rostro de Luis con ambas manos, manchándose de sangre y grasa.
Luis abrió su único ojo sano. Estaba nublado, lleno de dolor y culpa. Al enfocar a Mateo, intentó arrastrarse hacia atrás.
—Perdóname, jefe… —balbuceó Luis escupiendo sangre—. Perdóname, la cagué bien feo… la cagué…
—Tranquilo, tranquilo. Vamos al hospital.
—¡No! —gritó Luis con un pánico frenético, agarrando a Mateo por la chamarra—. ¡No me lleves, me van a encontrar! Me dijeron que si pisaba un hospital me iban a rematar ahí mismo.
—Luis, mírame —exigió Mateo, obligándolo a sostenerle la mirada—. ¿Quién te hizo esto? ¿Los de Tepito?
Luis asintió débilmente, tosiendo. —Les debía sesenta lucas… las perdí en los gallos y en la liguilla… Me dijeron que querían cien con intereses…
Sofía se asomó por detrás del hombro de Mateo. Al verla, Luis abrió los ojos con sorpresa y luego frunció el ceño.
—¿Y ella qué hace aquí? —gruñó Luis, escupiendo al suelo—. Pinche vieja traidora.
—¿De qué hablas? —preguntó Sofía, dando un paso al frente, indignada y confundida al mismo tiempo.
—Dile a tu pinche mayate que casi me matan por su culpa —espetó Luis, mirando a Mateo con desesperación—. Ese güey, el judicial, el Alejandro… él fue el que me puso.
—Explícate, Luis. Ya —ordenó Mateo, sintiendo que el pecho se le oprimía de nuevo.
Luis respiró hondo, gimiendo de dolor. —Yo le debía a la Unión, sí. Estaba desesperado. Entonces Alejandro me buscó en el billar. Me dijo que él manejaba la zona, que conocía a los pesados. Me dijo que si yo le daba la tarjeta de tu cuenta, la de la panadería, él iba a sacar cincuenta mil, se los iba a dar a los patrones y me iba a limpiar el expediente. Me prometió que tú no te ibas a dar cuenta rápido, que podíamos reponer la lana poco a poco.
—¡Tú le diste la tarjeta! —le gritó Sofía, perdiendo los estribos—. ¡A mí me dijiste que te la habían robado, Mateo!
—¡Me la robé, pendeja! —gritó Luis, tosiendo sangre de nuevo—. ¡Se la robé a mi hermano porque Alejandro me convenció! ¡Pero el muy hijo de puta nunca les pagó a los narcos!
El silencio volvió a caer en el taller. Las palabras de Luis eran piezas de un rompecabezas podrido que por fin encajaban perfectamente.
—Ayer en la noche… —continuó Luis, llorando en silencio—. Me agarraron saliendo del metro. Me treparon a una camioneta. Me pusieron esta madriza. Yo les juré que Alejandro ya les había pagado. Se rieron en mi cara. Me dijeron que Alejandro nunca entregó un peso. Que se guardó la lana. Me dejaron tirado aquí en la madrugada. Me dijeron que tengo hasta mañana a las doce para conseguir cien mil, o van por ti, Mateo.
Mateo sintió que se quedaba sin aire. Todo el escenario se iluminó en su mente con una claridad brutal.
Alejandro, el exnovio resentido y ambicioso. Sabía que Sofía estaba casada con un panadero al que consideraba un fracasado. Sabía que Mateo tenía unos ahorros humildes pero sólidos. Alejandro orquestó todo. Usó a Luis para conseguir la tarjeta. Luego amenazó a Sofía y le vendió el cuento del policía salvador para asegurarse de que ella hiciera las maletas y no hiciera preguntas. Sacó el dinero del cajero y de las ventanillas. No le pagó a ningún cartel. Dejó a Luis a merced de los sicarios para que lo mataran y no hubiera testigos de su trato, y mientras tanto, enamoró a Sofía con la promesa de huir a Cancún con los bolsillos llenos y librarse del problema.
Una jugada maestra. Sádica. Perfecta. Destruir a la familia entera, llevarse el dinero y llevarse a la mujer.
Sofía se dejó caer sentada sobre una llanta, tapándose la cara con las manos, sollozando de una manera tan patética que a Mateo le dio asco.
—Es un monstruo… —susurró ella entre mocos y lágrimas—. Yo iba a irme con él… Iba a dejarte morir.
Mateo se levantó despacio. Se limpió la sangre de Luis en los pantalones. Su rostro ya no reflejaba dolor, ni tristeza. Sus facciones se habían endurecido como el cemento de las calles que lo rodearon toda su vida. Había cruzado una línea. Ya no era el panadero bonachón, el esposo confiado. El hombre que había entrado a ese departamento en la Colonia Doctores estaba muerto.
—¿Dónde te citó? —le preguntó Mateo a Sofía. Su voz era plana, metálica.
Sofía levantó la vista, asustada por la expresión en los ojos de su esposo.
—En la plaza de Fórum Buenavista… en la zona de comida rápida, frente a los trenes del Suburbano. A las siete de la noche.
Mateo miró su reloj Casio de plástico negro. Eran las seis y cuarto.
—Levántate —le dijo a Sofía. Luego miró a su hermano—. Luis, quédate aquí. Atranca la cortina. Escóndete en la fosa de los coches. No salgas, no hagas ruido. Regreso por ti en un par de horas.
—¿Qué vas a hacer, Mateo? —Luis lo agarró del pantalón, aterrorizado—. ¡Ese güey anda armado, es policía! ¡Te va a matar!
—Nadie me va a matar hoy, Luis. Hoy no. —Mateo se soltó con suavidad.
Caminó hacia la salida del taller, agarrando la llave de cruz pesada y fría que había tirado antes. La sopesó en la mano. La metió disimuladamente bajo la chamarra de cuero.
—Camina, Sofía. Tienes un vuelo que alcanzar.
El trayecto hacia Fórum Buenavista fue rápido. La ciudad empezaba a oscurecer, y las luces de las farolas naranjas le daban a las calles un aspecto enfermizo, como si la ciudad misma tuviera fiebre. Estacionaron en las calles aledañas, en una zona oscura cerca de la estación del tren.
El centro comercial estaba atestado de gente. Parejas de adolescentes comiendo helado, familias comprando zapatos, el ruido infernal de las máquinas de videojuegos, el olor a papas fritas y a pollo frito inundando el aire climatizado. Era un escenario demasiado ruidoso, demasiado normal para la tragedia que Mateo llevaba latiendo en las sienes.
Subieron por las escaleras eléctricas. Sofía temblaba visiblemente. Caminaba un paso adelante de Mateo, como una prisionera escoltada hacia la horca. Su teléfono vibró en el bolsillo de su pantalón. Lo sacó con manos torpes.
—Es él —susurró, mirando a Mateo con terror.
—Contesta. Dile que ya estás aquí. Que estás subiendo a la zona de comida rápida. Actúa normal, Sofía, por tu maldita vida, si lloras o gritas, no respondo.
Ella tragó saliva, deslizó el dedo por la pantalla y se llevó el teléfono a la oreja.
—Hola, mi amor… —La voz de Sofía tembló, pero logró sonar convincente—. Sí, ya estoy en las escaleras. Voy para allá. Sí, vengo sola. Todo bien. Ya quiero verte.
Colgó y cerró los ojos un segundo.
—Avanza —ordenó Mateo, caminando un par de metros detrás de ella, camuflándose entre la multitud. Se subió el cuello de la chamarra de cuero. Su corazón latía con tanta fuerza que pensó que le iba a romper las costillas.
Llegaron al último piso. La zona de comida rápida era un mar de mesas de plástico rojo y amarillo, atestadas de oficinistas, estudiantes y familias. Las voces se mezclaban en un zumbido constante. Los grandes ventanales mostraban los andenes del tren Suburbano allá abajo.
Sofía se detuvo cerca de unos basureros. Miró a su alrededor, frenética.
Y entonces, Mateo lo vio.
Alejandro estaba sentado en una mesa de la esquina, de espaldas al ventanal. Llevaba una camisa negra ajustada, pantalones de mezclilla impecables y unos lentes oscuros colgados del cuello. A sus pies, había una mochila deportiva negra, hinchada. Cincuenta mil pesos. El trabajo de incontables madrugadas de Mateo, el dinero para el horno nuevo, para las rentas atrasadas, para el futuro, todo estaba ahí adentro, en esa maleta deportiva de marca barata.
Alejandro vio a Sofía. Una sonrisa arrogante, blanca y asquerosa, se dibujó en su rostro. Se levantó, abrió los brazos como si fuera un héroe de película recibiendo a la damisela en apuros.
Sofía caminó hacia él, sus pasos pesados. Alejandro la rodeó con los brazos.
—Te dije que lo lograríamos, nena —se escuchó la voz de Alejandro por encima del ruido de la plaza. Le besó la cabeza—. ¿Dejaste al pendejo del panadero llorando?
Esa frase. Esa maldita frase fue la chispa que detonó el polvorín.
Mateo no pensó. No planeó. Simplemente actuó movido por una furia primitiva, cruda, la rabia acumulada de un hombre al que le habían pisoteado la dignidad hasta volverla polvo.
Caminó rápido, esquivando mesas, empujando a un chico con una charola de refrescos que cayeron al suelo con un estrépito. Alejandro, sintiendo el alboroto, levantó la vista. Sus ojos se abrieron de par en par al reconocer al hombre grande y musculoso que se le venía encima.
—¡Hijo de tu… ! —Alejandro empujó a Sofía a un lado y metió la mano debajo de su camisa, hacia la cintura, buscando su arma de cargo.
Pero Mateo fue más rápido. Antes de que Alejandro pudiera sacar la pistola, Mateo sacó la llave de cruz de acero macizo de debajo de su chamarra y, con un movimiento brutal y desesperado, la estrelló contra el costado de la cabeza de Alejandro.
El sonido del metal golpeando el cráneo fue sordo y repugnante. Alejandro gritó, un sonido agudo de dolor puro, y cayó de rodillas, soltando el agarre de su pistola. La sangre comenzó a brotarle de la sien, manchándole la camisa impecable.
La plaza entera estalló en caos. Las mujeres gritaron. La gente empezó a correr, volcando sillas y mesas. El pánico se apoderó del lugar.
Mateo no se detuvo. Agarró a Alejandro por el cuello de la camisa, levantándolo a medias, y le soltó un puñetazo directo a la nariz con la mano libre. El cartílago crujió bajo sus nudillos.
—¡Este es mi puto dinero! —rugió Mateo, arrastrando a Alejandro por el suelo sucio de kétchup y refresco derramado—. ¡Es mi sudor, cabrón! ¡Destruiste a mi familia! ¡Ibas a dejar que mataran a mi hermano!
Alejandro, mareado y sangrando a chorros, intentó defenderse. Lanzó un golpe ciego que le dio a Mateo en el pómulo. Mateo sintió el pinchazo caliente del dolor, pero ni siquiera parpadeó. Con la rodilla, prensó el pecho de Alejandro contra las baldosas de la plaza, dejándolo sin aire.
Sofía estaba a un lado, gritando, histérica, tapándose los oídos.
—¡No lo mates, Mateo! ¡Lo vas a matar y te vas a pudrir en la cárcel! —gritaba ella, tirando de la chamarra de Mateo.
—¡Suéltame! —le gritó Mateo, dándole un empujón que la mandó al suelo.
Mateo miró a Alejandro, que tosía sangre y trataba inútilmente de alcanzar la pistola que se había deslizado a un par de metros. Mateo soltó a Alejandro y se acercó a la mochila negra. La agarró por el asa. Pesaba. Pesaba a madrugadas sin dormir. Pesaba a promesas rotas.
A lo lejos, el silbato de los guardias de seguridad de la plaza empezó a sonar frenéticamente.
Mateo abrió el cierre de la mochila, solo un poco, para confirmar. Ahí estaban. Fajitos de billetes de quinientos pesos, atados con ligas. Su dinero.
—Esa lana… es evidencia… pendejo… —balbuceó Alejandro, escupiendo un diente—. Yo soy la ley… tú eres un muerto…
Mateo lo miró desde arriba. La respiración agitada le quemaba los pulmones. Sabía que Alejandro tenía razón a medias. Si se llevaba el dinero y huía, sería un prófugo. Sería un ladrón a los ojos del sistema, porque Alejandro tenía la placa. Alejandro diría que Mateo lo asaltó. Las cámaras de la plaza lo grabarían a él, a Mateo, golpeando a un “agente del orden”. Y los de Tepito seguirían buscando a Luis.
La trampa era perfecta. Incluso ganando, Mateo perdía.
El ruido de botas pesadas subiendo por las escaleras eléctricas le indicó que la policía bancaria estaba a segundos de llegar.
Mateo miró la maleta. Miró los billetes. Todo por lo que había luchado.
Y de repente, sintió una claridad aterradora. La revelación más dolorosa de su vida. El dinero no iba a curar la herida. El dinero no iba a des-besar a Sofía de los labios de ese cabrón. El dinero no iba a devolverle la fe ciega y estúpida que había tenido esa mañana.
Tomó la mochila por el fondo y la volteó sobre Alejandro.
Los billetes, cientos de billetes, cayeron como lluvia sobre el pecho ensangrentado del policía corrupto, sobre el suelo pegajoso, volando con la brisa del aire acondicionado.
Alejandro, confundido, trató de agarrar los billetes con las manos temblorosas.
—Todo tuyo, oficial —escupió Mateo, con una voz que destilaba puro veneno—. Úsalo para pagarte el hospital. Y escúchame bien, cabrón. Sé dónde trabajas. Sé dónde te mueves. Vas a ir con tus amigos de Tepito y les vas a decir que la deuda de Luis está saldada. Porque si un solo sicario se aparece por la calle de mi hermano, o por mi panadería… voy a buscarte. Y la próxima vez, no voy a usar una llave de cruz. Te voy a meter vivo al puto horno de piedra. ¿Entendiste?
Alejandro no respondió, solo miraba aterrado la determinación homicida en los ojos de Mateo.
—¡Alto ahí! ¡Manos arriba! —gritaron cuatro guardias de seguridad armados, apuntándole a Mateo desde el otro lado de la zona de comida.
Mateo no corrió. No se resistió. Levantó las manos lentamente, dejando caer la llave de cruz, que sonó con un ruido sordo.
Los guardias se le echaron encima, tacleándolo contra el suelo, esposándolo con fuerza bruta. Mateo no peleó. Aceptó el frío del metal en sus muñecas. Mientras tenía la mejilla apretada contra las baldosas de la plaza, vio a Sofía.
Ella seguía sentada en el suelo a unos metros de distancia. La gente la rodeaba, mirándola con lástima. Sofía y Mateo cruzaron miradas por última vez. En los ojos de ella había arrepentimiento puro, una súplica muda de perdón. Lloraba desconsolada, dándose cuenta de que había tirado un diamante al lodo por agarrar una piedra de cristal barato.
Pero en los ojos de Mateo ya no había nada. Ni odio, ni rencor, ni amor. Solo un vacío profundo y callado.
Se la llevaron arrastrando.
Las semanas siguientes fueron un borrón de juzgados, abogados de oficio y mierda burocrática. Alejandro trató de hundirlo con cargos de intento de homicidio y asalto, pero cometió un error grave: el dinero. La procedencia del efectivo no pudo justificarla en su declaración, y los videos de seguridad mostraron a Alejandro intentando sacar un arma sin identificarse. Además, una llamada anónima de Luis a Asuntos Internos sobre los tratos de Alejandro con la Unión de Tepito puso al “policía ejemplar” bajo investigación federal. Alejandro fue suspendido, y la denuncia contra Mateo se desmoronó por falta de credibilidad del oficial.
Mateo pasó tres semanas en el Reclusorio Norte antes de salir bajo fianza. Fue suficiente tiempo para oler la verdadera podredumbre, para volverse duro como la piedra, para que cualquier rastro del panadero ingenuo muriera para siempre.
Cuando salió del penal, el cielo de la Ciudad de México estaba gris, amenazando con llover a cántaros. Afuera lo esperaba Luis, con el rostro aún con cicatrices, apoyado en la vieja Ford que chillaba.
—Jefe… —le dijo Luis, abrazándolo fuerte, llorando como un niño—. Perdón, perdón, hermano. Ya hablé con los de la colonia. El pedo con la Unión está arreglado. Les di el local de mi taller, les di mis herramientas. Me quedé en la calle, pero ya no nos van a buscar. Estamos a mano.
Mateo asintió, devolviéndole el abrazo con una palmada en la espalda.
—Está bien, chamaco. Estamos vivos. Eso es lo que cuenta.
Subieron a la camioneta.
—¿Y tu departamento? —preguntó Luis, encendiendo el motor.
—Ya no es mío. Le dejé las llaves al casero.
—¿Y ella?
Mateo miró por la ventana hacia el asfalto mojado. Sofía le había mandado docenas de cartas al penal. Le había rogado perdón. Le dijo que había vuelto con su madre a provincia, que Alejandro la había botado en el momento en que las cosas se pusieron feas, que se odiaba por lo que hizo. Mateo nunca abrió las cartas. Las rompió todas.
—Ella está muerta para mí —respondió Mateo, encendiéndose un cigarro barato, aspirando el humo tóxico y sintiendo que le quemaba los pulmones de manera extrañamente reconfortante—. Arranca. Vamos a la panadería. Tenemos que limpiar los hornos. Mañana hay que amasar.
El motor crujió, y la camioneta se perdió entre el tráfico pesado, bajo la lluvia inclemente de una ciudad que te quiebra los huesos, te traga los sueños y te escupe vivo, obligándote a levantarte al día siguiente solo para ver si aguantas un round más. Y Mateo, con las manos vacías y el alma llena de cicatrices, estaba listo para seguir peleando.