
La sensación de mi cara hecha un chicharrón no fue nada comparada con el t*rror que sentí en ese momento.
Llevaba dos años esperándolo, desde el día que vendí las cadenas de mi jefe para pagarle su viaje al norte.
Me tapaba el rostro con un rebozo para no espantar a los vecinos en la calle.
Cuando el carro lujoso se detuvo, mi corazón quería explotar de alegría.
Ikenna bajó luciendo ropa de marca, con un aire de quien ya no pertenece al lodo.
Me acerqué y me quité el rebozo con las manos temblando.
Esperaba que el amor lo pudiera todo, como yo pensaba, bien ilusa.
Pero la puerta del copiloto se abrió.
De ahí bajó Chioma, la morra que siempre nos tuvo envidia, vestidita como para ir de fiesta a Polanco.
La sonrisa de Ikenna se transformó en una mueca de asco.
El silencio en la calle era sepulcral.
“¿Quién eres tú?”, me soltó con una voz bien fría.
Su madre intentó explicarle que me había puesto así por cuidarla con los caldos de hoja amarga, pero a él le valió un comino.
Me miró de arriba abajo como si fuera un bicho raro.
Gritó que no había trabajado tanto allá para regresar a casarse con un monstruo.
Para rematar, me ofreció pagarme la lana al doble con tal de que desapareciera de su vida.
Ahí me dejó, con el alma rota y abrazada a su nueva mujer.
PARTE 2: LAS CICATRICES QUE EL DINERO NO COMPRA Y LA CAÍDA DEL REY DE BARRO
Los billetes verdes revolotearon en el aire polvoriento de nuestra calle.
Caían lentos, como si se burlaran de mí antes de ir a ensuciarse en el lodo.
Eran dólares.
Un montón de dólares que Ikenna me aventó a la cara como si yo fuera una limosnera cualquiera.
La gente del pueblo, mis vecinos de toda la vida, los que me vieron crecer, no decían ni una sola p*labra.
Estaban todos mudos, nomás viendo el espectáculo desde sus banquetas.
Chioma soltó una carcajada que me perforó los oídos.
Una risa chillona, fresa, llena de ese veneno que siempre me tuvo.
“Ya oíste al patrón, gata”, me dijo ella, acomodándose unos lentes oscuros que valían más que mi casa entera. “Recoge tus limosnas y piérdete, que nomás de verte nos arruinas el paisaje”.
Sentí que la s*ngre me hervía en las venas, pero mis piernas no me respondían.
Estaba clavada en el suelo.
Ikenna ni siquiera se inmutó por la crueldad de su nueva vieja.
Al contrario, la agarró por la cintura y la pegó a su cuerpo con orgullo.
“Vámonos, mi reina, este pueblo huele a pura pobreza y a carne qemada”, dijo él, escupiendo las plabras.
Esa frase me cayó como un balde de agua con hielos en la espalda.
¿Carne q*emada?
Esa carne era mi rostro, mi propia piel.
El mismo rostro que se achicharró por salvar a su jefecita cuando se le volteó la olla de aceite hirviendo en la cocina hace unos meses.
Su madre, Doña Carmen, estaba ahí parada a unos metros, llorando en un silencio que partía el alma.
“Hijo, por favor, no le hables así… ella me salvó la vida, muchacho tonto”, suplicó la señora, agarrándolo de la manga de su camisa de diseñador.
Pero Ikenna la empujó suavemente, quitándosela de encima como si la viejecita le estorbara.
“Ya le pagué, amá. Con toda esa lana se puede comprar otra cara nueva si quiere, o esconderse debajo de las piedras”, respondió él, con una frialdad que me d*lió muchísimo más que el fuego en su momento.
Me di la media vuelta.
Cada paso que daba sentía que me pesaba cien kilos.
El polvo de la calle de tierra se levantaba con cada pisada de mis huaraches gastados.
Empecé a escuchar los murmullos a mis espaldas.
Las viejas chismosas de la cuadra ya estaban haciendo su festín con mi d*sgracia.
“Pobre chamaca”, decía Doña Lucha persignándose.
“Se quedó fea y sin marido, qué c*stigo de Dios”, le respondió la esposa del panadero.
Empujé la puerta de madera astillada de mi casa.
Rechinó como si ella también estuviera llorando mi d*lor.
Cerré con seguro, pasé el pasador de fierro y me recargué en la puerta.
Me dejé caer poco a poco hasta tocar el piso frío de cemento.
Y ahí, en la oscuridad de mi humilde sala, solté un llanto animal.
Un llanto que me desgarraba la garganta y me asfixiaba.
Mis lágrimas escurrían calientes y tocaban las cicatrices irregulares de mi mejilla izquierda.
El ardor era insoportable, la piel jalaba y punzaba.
Pero en ese momento no me importaba nada el d*lor físico.
Me d*lía el alma, me sentía vacía, hueca, como si me hubieran arrancado el corazón y lo hubieran pisoteado en medio del tianguis.
¿Cómo pudo hacerme esto?
¿Cómo pudo olvidar que yo le di todos los ahorros de mi vida para que cruzara al otro lado?
Vendí las cadenitas de oro de mi difunto padre.
Vendí mis anillos de quinceañera.
Me quedé sin un peso, comiendo puros frijoles de la olla por meses para que él no pasara hambre en el desierto.
Me levanté del piso temblando.
Fui directo al espejito roto que tenía colgado en el baño.
Me quité el rebozo por completo y me miré de frente, bajo el foco amarillo que parpadeaba.
La luz cruda iluminaba cada pliegue de la piel m*rchita, cada mancha rojiza y morada donde el aceite hirviendo me había derretido.
Yo antes era bonita.
Tenía la piel lisa, morenita clara, y unos ojos grandes que le encantaban a Ikenna.
“Mis luceros”, me decía antes de largarse.
Ahora, mi ojo izquierdo estaba ligeramente estirado hacia abajo por la tensión de la cicatriz.
Me toqué la cara con la yema de los dedos.
La textura era rugosa, dura, insensible en algunas partes y d*lorosamente sensible en otras.
Agarré un cepillo de madera con rabia y lo aventé contra el espejo.
El cristal se hizo pedazos, estrellándose en el lavabo con un ruido sordo.
“¡Mldito seas, Ikenna!”, grité a todo pulmón, esperando que Dios o el dablo me escucharan. “¡M*ldita la hora en que te crucé en mi camino!”.
Pasé tres días encerrada.
No abrí la puerta, no salí a comprar pan, no prendí la estufa.
Me la pasé en la cama, envuelta en las cobijas, sintiendo que la vida se me había acabado.
Al cuarto día, escuché unos toquidos suaves en la puerta.
“Hija… mi niña, soy yo, ábreme por favor”, escuché la voz temblorosa de Doña Carmen.
Me levanté arrastrando los pies.
No me puse el rebozo.
Si iba a ver a su madre, que viera el p*nche monstruo en el que me había convertido por salvarla a ella.
Quité el seguro y abrí la puerta.
Doña Carmen tenía los ojos hinchados de tanto llorar.
En sus manos callosas traía un plato hondo tapado con una servilleta de tela bordada, de esas que huelen a jabón Zote y a cariño.
Era caldito de pollo.
“Pásale, Doña Carmen”, le dije con la voz ronca por la falta de uso.
La señora entró y puso el plato en mi mesa de plástico.
No aguantó más y se soltó llorando, abrazándome fuerte.
“Perdóname, mi niña, perdóname por el hijo tan mserable que crie”, sollozaba la anciana en mi hombro. “Yo le dije, te lo juro que le dije que tú te habías qemado por ayudarme con las ventas, que tú eras un ángel”.
“Ya no importa, doña”, le respondí sintiéndome muerta por dentro. “Su hijo ya tomó su decisión. Y escogió el plástico y la lana por encima del amor verdadero”.
“Esa mujer que trajo… esa Chioma, lo tiene embrujado”, me confesó Doña Carmen, sentándose en una de las sillas cojas. “Desde que llegó, mi hijo no es el mismo. Trae una mirada oscura, unas mañas de gente mala. Todo el día hablan de negocios sucios, de envíos, de pacas de dinero. Yo no reconozco a mi muchacho”.
“Pues ese es su muchacho ahora”, le dije, dándole un trago al caldo que me supo a pura gloria, pero también a tristeza. “Y de los negocios sucios mejor ni hable, no se vaya a meter en problemas usted también”.
“Recogí el dinero que te aventó”, dijo ella de pronto, sacando un fajo grueso de billetes de su delantal. “Es tuyo. Tómatelo, hija. Úsalo para curarte, para ir a un buen doctor en la capital. No lo dejes ahí tirado, es lo mínimo que te debe ese cbrón, con perdón de la plabra”.
Miré el fajo de dólares.
Ahí había miles.
Más dinero del que había visto junto en toda mi p*nche vida.
Sentí asco de tocarlo.
Era el precio de mi cara, el precio de mi dignidad, el finiquito de mis ilusiones.
“No lo quiero”, le dije empujando su mano. “Ese dinero está sucio de traición”.
“Tómalo, por tu madre santa que está en el cielo”, insistió ella, dejándolo en la mesa. “Si no lo agarras tú, Ikenna se lo va a gastar en los caprichos de la flfa esa. Hazlo por mí. Saca provecho de mi dsgracia y de tu sacrificio”.
Me quedé viendo los billetes cuando Doña Carmen se fue.
Tenía razón.
Irme a la tumba llorando por un imbécil no me iba a devolver mi rostro ni mis cadenas de oro.
Si él creía que con billetes me iba a hundir, yo le iba a demostrar que de la basura también crecen flores, aunque salgan con espinas.
Al día siguiente, me levanté tempranito.
Me lavé la cara.
Me puse crema en mis cicatrices con cuidado.
Esta vez, dejé el rebozo colgado en la silla.
Me amarré el cabello en una trenza apretada, me puse un vestido limpio y salí a la calle con la cara descubierta.
Que me vieran.
Que vieran lo que su chisme alimentaba.
Fui directo a la cabecera municipal, tomé un camión a la ciudad más cercana y busqué una casa de cambio.
Cambié todos y cada uno de esos dólares a pesos.
Regresé al pueblo con una mochila llena de fajos de billetes.
No me iba a pagar cirugías plásticas.
Los doctores ya me habían dicho que mi piel nunca volvería a ser la misma, que solo me quitarían la plata.
En lugar de eso, compré el terreno baldío que estaba justo frente a la nueva mansión que Ikenna estaba empezando a construir en el centro del pueblo.
El terreno era de Don Chema, un viejito que aceptó vendérmelo de contado y sin hacer preguntas.
Contraté a unos albañiles del pueblo vecino y les pagué al doble para que trabajaran día y noche.
En menos de tres semanas, levantaron un local comercial amplio, bonito, pintado de colores vivos, con mesas de madera fina y una cocina de azulejos relucientes.
Abrí “La Fonda de la Cicatriz”.
Le puse así a propósito.
Con todo el orgullo del mundo.
La inauguración fue un domingo.
El pueblo entero es bien mitotero, así que todos vinieron a ver en qué me había gastado el varo del “patrón”.
Hice carnitas, mole de olla, barbacoa y tortillas hechas a mano.
El olor de la comida inundó la calle principal, colándose hasta por las ventanas de la casa de Ikenna.
Yo estaba ahí, cobrando en la caja, sin rebozo, sonriendo con mi cara marcada.
La gente se me quedaba viendo al principio, pero cuando probaban la sazón que tenía, se les olvidaba si yo parecía monstruo o princesa.
A la una de la tarde, la puerta de cristal de mi local se abrió de g*lpe.
Era Chioma.
Venía vestida con unos pantalones de cuero que con este calor la debían estar asando, tacones de aguja y una blusa de marca.
Venía roja del coraje.
“¿Qué te pasa, estúpida?”, me gritó enfrente de todos los clientes. “¿Creíste que poner tu fonda mugrosa frente a mi casa iba a ser un buen chiste?”.
Me limpié las manos en el delantal con mucha calma.
“Esta es la vía pública, señorita”, le respondí con una voz tan suave que hasta yo me sorprendí. “Y este local es de mi propiedad. Si no le gusta el olor a comida de gente trabajadora, cierre sus ventanas o váyase de regreso a su fraccionamiento en Polanco”.
Los comensales, entre ellos Don Chema y Doña Lucha, soltaron unas risitas por lo bajo.
Chioma se puso morada de la rabia.
“¡Eres una naca resentida!”, chilló ella, golpeando la mesa de madera con su bolso fino. “¡Mi esposo tiene más lana que todo este rancho junto, te podemos desaparecer a ti y a tu fonda de pacotilla si nos da la gana!”.
“Pues que venga su esposo a decírmelo en la cara”, le contesté, sosteniéndole la mirada. “A ver si es tan hombrecito como para venir a amenazarme él mismo, o si solo sabe aventar billetes como cobarde”.
“¡Zorra!”, gritó Chioma, y levantó la mano para darme una cachetada.
Pero no alcanzó a tocarme.
Una mano fuerte le agarró la muñeca en el aire.
Era Mateo, el hijo del carnicero, un muchacho trabajador que me había estado ayudando con los costales de maíz desde que abrí la fonda.
“A ella no la tocas, señora”, le dijo Mateo con voz firme, empujando su brazo hacia atrás. “Aquí respetamos a la gente que trabaja. Mejor váyase antes de que llamemos a la patrulla”.
Chioma se zafó con brusquedad, nos miró con asco y salió pateando la puerta.
“¡Se van a arrepentir, par de muertos de hambre!”, amenazó desde la calle.
Yo le sonreí a Mateo en forma de agradecimiento.
Él no me miraba con asco.
Me miraba con una admiración que hacía años no veía en los ojos de un hombre.
Los meses pasaron y mi fonda se volvió el lugar más exitoso de la región.
Venían de los pueblos vecinos nomás para probar mi mole.
Yo trabajaba de sol a sol, ahorrando cada peso, contratando muchachas del pueblo para que me ayudaran.
Mi corazón, poco a poco, iba sanando.
La herida de Ikenna ya no sangraba, se estaba haciendo costra, igual que mi cara.
Mientras tanto, la historia de “el gran Ikenna” empezó a ponerse oscura.
El pueblo es chico y aquí todo se sabe.
Su mansión la terminaron, sí.
Le pusieron portones eléctricos, cámaras por todos lados, alberca y hasta una fuente espantosa con un león en el centro.
Pero Ikenna ya no salía.
Se la pasaba encerrado.
Por las noches, llegaban camionetas blindadas sin placas, polarizadas.
Se bajaban hombres armados con cuernos de chivo, entraban a su casa y salían horas después.
La gente empezó a murmurar que el gringo no le había dado la lana por lavar platos o cortar pasto.
Decían que Ikenna se había metido con gente muy pesada de la frontera.
Que estaba moviendo porquería.
Chioma, por su parte, se la vivía en la capital, gastando el dinero en bolsas y cirugías, ignorando olímpicamente que el rancho entero murmuraba sobre la inminente caída de su marido.
Doña Carmen me visitaba en la fonda todas las mañanas a tomar su café de olla.
Cada día la veía más acabada.
“Mi muchacho no duerme, hija”, me contó una mañana, con las manos temblorosas abrazando el jarrito de barro. “Tiene ojeras hasta los pómulos. Pega de gritos en la madrugada. Y esos hombres que vienen… me dan mucho medo. Tienen ojos de dablos”.
“Usted debería salirse de ahí, doña”, le aconsejé, agarrándole las manos frías. “Véngase a vivir conmigo a la parte de atrás de la fonda. Yo le acondiciono un cuarto bonito. Esa casa ya no huele a nada bueno”.
“No puedo abandonarlo”, decía ella, secándose las lágrimas. “Es mi sangre, mi hijo. Si se hunde, yo me hundo con él”.
Yo sentía una lástima inmensa por ella.
El destino tiene una forma bien cabrona de cobrar las facturas, y yo sabía que la de Ikenna estaba a punto de vencer.
Una noche de martes, la más calurosa de todo el año, yo estaba cerrando la fonda con Mateo.
Estábamos limpiando las mesas, con la cortina metálica a medio bajar.
El pueblo estaba en un silencio absoluto, de esos silencios que te avisan que algo malo viene en camino.
De repente, escuchamos un rechinar de llantas brutal.
Eran tres camionetas negras que frenaron de g*lpe frente a la mansión de Ikenna.
Mateo y yo nos asomamos por debajo de la cortina, apagando las luces de la fonda para que no nos vieran.
Unos diez hombres encapuchados se bajaron.
Llevaban armas largas.
No tocaron el timbre.
Con una camioneta, echaron el portón de lujo abajo con un estruendo m*rtal.
Mi corazón empezó a latir a mil por hora.
“¡Doña Carmen!”, susurré, sintiendo que el pánico me invadía.
Mateo me agarró del brazo antes de que pudiera hacer una tontería.
“No salgas, te van a m*tar a ti también”, me rogó en voz baja.
Se escucharon gritos desde adentro de la mansión.
Gritos de hombres.
Gritos pidiendo clemencia.
Yo conocía esa voz.
Era Ikenna.
El gran Ikenna, el rey de barro, suplicando por su vida como un animal asustado.
“¡Les juro que la mercancía llega mañana! ¡Se las voy a pagar al triple, denme una semana!”, gritaba desesperado.
“¡Tú ya no tienes crédito, p*ndejo!”, le respondió una voz ronca y amenazante.
Hubo un silencio terrible.
Y luego, el sonido de d*sparos que rompieron la noche del pueblo.
Pm, pm, p*m.
Yo cerré los ojos y me tapé los oídos, rezando el Padre Nuestro.
Unos minutos después, los hombres salieron arrastrando algo.
Era Ikenna.
Estaba irreconocible.
Toda su ropa fina estaba manchada de s*ngre y lodo.
Lo dejaron tirado a mitad de la calle, justo donde hace meses él me había aventado los billetes.
Los hombres se subieron a las camionetas.
“Para que aprendan a no jugar con el cártel, jijos de la ch*ngada”, gritó el líder por la ventana antes de arrancar a toda velocidad y perderse en la oscuridad.
Mateo y yo esperamos unos minutos hasta que no se escuchó nada más que el aullar de los perros del barrio.
Levantamos la cortina despacio.
Salí corriendo hacia la casa, con las piernas temblando.
“¡Doña Carmen! ¡Doña Carmen!”, gritaba a todo pulmón.
Entré por el portón destrozado.
La casa de lujo estaba hecha un desastre.
Muebles finos rotos, pantallas destrozadas, cristales por todos lados.
Encontré a Doña Carmen en la cocina, escondida debajo de la mesa de mármol.
Estaba viva, gracias a Dios.
Lloraba desconsolada, abrazándose las rodillas.
“No me hicieron nada a mí… pero se lo llevaron al infierno”, balbuceaba ella, en estado de shock.
La ayudé a levantarse y la saqué de esa casa maldita.
Afuera, en la calle de tierra, Ikenna seguía tirado.
Los vecinos empezaban a salir tímidamente de sus casas, asomándose por las ventanas.
Me acerqué a él.
Estaba vivo, pero muy mal herido.
Le habían dado una pliza mrtal, le rompieron ambas piernas y le d*spararon en un hombro.
Tosía y escupía s*ngre.
Al verme parada frente a él, intentó arrastrarse hacia mí.
Su mirada de soberbia había desaparecido por completo.
Ahora solo había terror y humillación en sus ojos.
Extendió una mano temblorosa y sucia, manchando el filo de mi vestido limpio.
“Ayúdame… por favor… ayúdame”, susurró con la voz quebrada. “Perdóname”.
Miré al hombre por el que había sacrificado todo.
Al hombre que me llamó monstruo.
Al hombre que trajo la merte y el medo a mi pueblo por pura ambición.
En ese momento, apareció Chioma.
No venía a ayudarlo.
Venía arrastrando dos maletas gigantes de marca.
Al ver a Ikenna tirado en su propio charco de s*ngre, ni siquiera se inmutó.
“Estás acabado, Ikenna”, le dijo ella, con una voz fría y calculadora. “Sabía que esto iba a pasar tarde o temprano. Te lo dije, que no te metieras con los de la sierra. Eres un imbécil”.
“Chioma… mi amor, no me dejes”, le rogó él, llorando como un niño.
“¿Amor? Yo estaba contigo por la lana, güey. Y ahorita ya no vales ni un peso partido por la mitad”, le escupió ella.
Agarró sus maletas, paró un taxi de los que siempre hacen base en la esquina, y se largó sin mirar atrás.
Ahí quedó el gran rey.
Traicionado por la mujer que presumió.
Destruido por su propia avaricia.
Me agaché frente a él.
No sentí alegría de verlo así.
El karma es perro, y a veces muerde bien duro.
“¿Te acuerdas de este mismo lugar, Ikenna?”, le pregunté, bajando la voz para que solo él me escuchara. “¿Te acuerdas cuando me tiraste billetes aquí mismo y me llamaste carne q*emada?”.
Él asintió con la cabeza, llorando patéticamente.
“Yo podría dejarte aquí a que te desangres en la tierra que tanto despreciaste”, le dije mirándolo a los ojos, mis cicatrices tensas por la seriedad de mi rostro. “Pero a diferencia tuya, yo sí tengo alma. Y tengo corazón. Mateo ya llamó a la ambulancia, vienen en camino”.
Me levanté y sacudí mi vestido donde él me había manchado.
“No te odio, Ikenna. El odio es un veneno que me tomaría yo esperando que te mueras tú, y yo ya no quiero más veneno en mi vida”, le declaré frente a todo el pueblo que ya nos rodeaba. “Mi cara está marcada para siempre. Pero tus cicatrices son invisibles y te van a pudrir el alma por el resto de tu m*serable existencia. Ojalá sobrevivas para que veas cómo yo, el monstruo que tú creaste, vivo feliz”.
Di la media vuelta y abracé a Doña Carmen, llevándomela hacia mi fonda.
A la mañana siguiente, el pueblo amaneció con un aire distinto.
La ambulancia se había llevado a Ikenna en la madrugada.
Dicen que los doctores le salvaron la vida, pero que quedó postrado en una silla de ruedas para siempre.
El gobierno incautó su mansión, y a las pocas semanas, la dejaron en el abandono.
La fuente del león se secó y se llenó de hierba mala.
Yo no volví a saber de él, ni quise investigar.
Mi vida siguió adelante.
Doña Carmen se quedó a vivir conmigo.
La adopté como mi verdadera madre, porque a fin de cuentas, la familia no es de s*ngre, es la que te cuida y te respeta.
La fonda siguió prosperando.
Con el tiempo, dejé de usar el rebozo por completo.
Mateo y yo nos hicimos novios.
Él dice que mis cicatrices son como las de una guerrera que cruzó el fuego y salió más fuerte.
Y neta que sí lo creo.
A veces, cuando estoy amasando la masa para las tortillas en la madrugada, escucho el canto de los gallos y me siento en paz.
El olor a maíz tostado y a café recién hecho me llena el espíritu.
Me miro en el espejo grande de la entrada de mi negocio, el negocio que construí con mis propias manos y mi propio esfuerzo.
Veo mi rostro marcado.
Ya no me duele.
Ya no me da vergüenza.
Porque entendí que la verdadera belleza no se pierde con aceite hirviendo, ni se compra con dólares sucios de la frontera.
La verdadera belleza está en la dignidad de saber levantarte del piso, sacudirte el lodo, juntar tus pedazos rotos y construir un imperio sobre las cenizas que alguien más dejó.
Ikenna tuvo el mundo en sus manos y lo perdió por no saber valorar lo que no tiene precio.
Y yo, el “monstruo” del pueblo, resulté ser la única que encontró la verdadera corona en este pinche cuento de vida.
PARTE FINAL: LA COSECHA DE LO QUE SEMBRAMOS Y EL AMANECER DE UNA REINA
Han pasado siete largos años desde aquella noche sofocante en la que el cártel rompió la paz de nuestro pueblo y dejó a Ikenna tirado en el lodo, desangrándose en la misma tierra que tanto despreció.
Mi vida dio un giro que ni en mis mejores sueños, de esos que tenía cuando era una chamaca ingenua, me hubiera podido imaginar.
“La Fonda de la Cicatriz” ya no es solo un local comercial bonito con mesas de madera fina y una cocina de azulejos relucientes.
Con el éxito rotundo del negocio y el trabajo de sol a sol, logré comprar los dos terrenos baldíos que colindaban con mi propiedad.
Levantamos una hacienda hermosa, un restaurante de los grandes, con un patio central enorme lleno de macetas con bugambilias rosas y moradas.
En medio del patio mandé a hacer una fuente de piedra volcánica que sí tiene agua limpia y cristalina, no como esa fuente espantosa del león que se secó en la mansión abandonada de enfrente.
Esa mansión de lujo, que alguna vez fue el símbolo de la avaricia, hoy es solo un nido de ratas cubierto de hierba mala, un recordatorio gigante de lo que pasa cuando te vendes al d*ablo por unos billetes.
Mateo y yo trabajamos codo a codo todos los m*lditos días, desde que canta el gallo hasta que las estrellas pican el cielo.
Él dejó definitivamente de cargar costales de maíz y de ayudar en la carnicería de su padre, para convertirse en el administrador oficial de nuestra hacienda.
Es un hombre bueno, de esos con manos ásperas pero corazón de oro, de los que ya casi no nacen en este mundo de plástico.
A él nunca le importó que mi ojo izquierdo estuviera estirado hacia abajo por la tensión de la vieja herida.
Para él, mis marcas no son de un monstruo, son medallas de una guerrera que cruzó el mismísimo fuego y salió mucho más fuerte.
“Buenos días, mi reina”, me dice cada mañana sin falta, acercándome a la cama un jarrito de barro con mi café de olla bien calientito.
Y me lo dice con una devoción tan real, que se me borran de la memoria las plabras vacías que Ikenna le escupía a esa flfa de Chioma cuando le decía “mi reina” enfrente de mi cara.
Doña Carmen, mi madre de corazón, vivió conmigo en el cuartito bonito y lleno de luz que le acondicioné en la parte de atrás de la fonda.
Fueron cinco años de mucha paz y de risas para ella, lejos del t*rror que le provocaban las mañas y los negocios sucios de su hijo.
Se levantaba tempranito, se amarraba su delantal y se sentaba en el patio a ayudarme a desgranar el maíz tierno.
Su rostro, que antes siempre estaba hundido en ojeras hasta los pómulos y marcado por el m*edo profundo, se fue suavizando con el paso de las temporadas.
Pero el cuerpo humano es un libro contable que siempre termina cobrando las facturas del d*lor acumulado.
Una tarde de noviembre, justo cuando el viento empezaba a soplar con un frío que calaba los huesos, ella se sintió débil y se quedó acostada en su cama.
Me acerqué a su cuarto llevándole en sus manos callosas un plato hondo con un caldito de pollo humeante, igualito al que ella me trajo cuando yo estaba hundida en la mseria de mi propia dsgracia.
“Mi niña bonita”, me llamó con un hilo de voz que apenas se escuchaba, agarrando mi mano caliente con sus deditos fríos y temblorosos.
“Dígame, mi doña hermosa. Aquí estoy con usted”, le respondí, sintiendo un nudo gigante de t*steza atorándose en mi garganta.
“Ya me voy a ir a descansar con Diosito”, susurró, regalándome la sonrisa más cansada y pacífica que le había visto jamás.
Empecé a llorar en silencio; mis lágrimas escurrían calientes y tocaban la textura rugosa, dura e insensible de mi mejilla izquierda.
“No se me vaya todavía, ande. ¿Quién me va a probar el mole de olla para decirme si le falta sal?”, le supliqué, intentando bromear un poco para esconder el pánico de perderla.
“Tú ya no necesitas que nadie te apruebe nada, hija mía. Eres la mujer más fuerte y más cabrona que conozco”, me contestó ella, mirándome con un amor tan puro que me limpió el alma.
“Te pido perdón una última vez por el infierno que mi s*ngre te hizo pasar, por mi muchacho tonto que no supo ver al ángel que tenía enfrente “, añadió, y vi cómo una lágrima solitaria se escapaba de sus ojitos arrugados.
“No hay nada que perdonar, Doña Carmen. Usted es mi verdadera madre, usted es la familia que me cuidó y me respetó cuando más lo necesité “, le aseguré, agachándome para darle un beso largo en su frente sudorosa.
Ella cerró los ojitos esa misma noche, sin hacer ruido, y se fue en completa paz mientras dormía.
Le hicimos un velorio precioso en el patio central de la fonda, rodeada de las flores naturales que tanto le gustaban.
Todo el m*ldito pueblo, desde la familia del carnicero hasta Don Chema, vinieron a despedirla con veladoras y cantos.
No hubo gritos de d*sesperación ni dramas, sino de puro agradecimiento por la viejecita tan noble e inocente que fue.
Aproximadamente un año después del funeral de mi doña, el destino decidió que era hora de cerrar un círculo que seguía abierto en la oscuridad.
Tuve que ir de viaje a la capital del estado para comprar unas ollas gigantes de cobre martillado y unos molinos industriales nuevos para expandir la producción de masa.
Mateo se quedó a cargo del rancho y del restaurante.
Yo caminaba sola por la plaza principal del centro histórico, disfrutando del bullicio de los carros, de los vendedores ambulantes y del sol que calentaba el asfalto.
Llevaba puesto un vestido limpio y bordado a mano que me compré con mi propio esfuerzo, y caminaba con la cara en alto, sin ningún rebozo oscuro que me escondiera el rostro.
Ya no sentía vergüenza absoluta de mis cicatrices.
De pronto, al dar la vuelta cerca de los arcos de la catedral, escuché una voz rasposa, arrastrada y lastimera pidiendo limosna a los transeúntes.
“Una monedita para un taco, mi patrón… que Dios se lo multiplique”, decía aquella voz rota.
Me detuve en seco en medio de la banqueta.
Un escalofrío helado me recorrió desde la nuca hasta la punta de mis huaraches finos.
Yo conocía perfectamente esa voz, aunque ahora sonara gastada, humillada y completamente derrotada por la vida.
Me giré lentamente, sintiendo que el corazón me latía a mil por hora.
Y ahí estaba.
Sentado en una silla de ruedas oxidada, chueca, a la que le faltaba un descansabrazos y una goma en la llanta.
Era el mismísimo Ikenna.
Estaba totalmente irreconocible, pero esta vez no era por estar manchado de sngre fresca y lodo como aquella madrugada de dsparos.
Estaba desnutrido, en los puros huesos, con la piel curtida y quemada por el inclemente sol de vivir en la calle, y con la ropa sucia, llena de agujeros y manchas de mugre vieja.
Sus piernas, las mismas que los hombres encapuchados le rompieron a plizas mrtales por deber mercancía, colgaban flácidas y sin vida debajo de unos pantalones que le quedaban enormes.
El gran Ikenna, el “rey de barro” que suplicaba por su vida como un animal asustado.
El hombre inflado de soberbia que alguna vez creyó que su dinero sucio compraba el respeto de todo el mundo.
El cobarde que me aventó un fajo grueso de dólares a la cara como si yo fuera una p*nche limosnera cualquiera en la calle de tierra.
Ese mismo hombre ahora era el verdadero mendigo de esta historia.
Me quedé parada a unos tres metros de distancia, observándolo en silencio, mientras la gente de la capital pasaba de largo ignorándolo por completo.
Recordé vívidamente el día que regresó del norte y se bajó del carro lujoso, oliendo a perfume caro, con un aire superior de quien jura que ya no pertenece al lodo de los pobres.
Recordé cómo me miró de arriba abajo, escaneando mis quemaduras, como si yo fuera un bicho raro y asqueroso que le arruinaba el paisaje.
Y sobre todo, recordé su mldita frase que se me clavó como un balde de agua con hielos en la espalda: “Este pueblo huele a pura pobreza y a carne qemada”.
Él levantó la vista cansada y sus ojos enrojecidos se toparon de g*lpe con los míos.
Tardó unos buenos diez segundos en procesar quién era la mujer que estaba parada frente a él.
Cuando por fin me reconoció, vi cómo el poquísimo color que le quedaba en las mejillas chupadas se le escurrió por completo, dejándolo pálido como un fantasma.
Intentó esconder su rostro sucio entre sus manos huesudas y temblorosas, agachando la cabeza hacia el pecho por la pura y absoluta vergüenza que lo estaba devorando por dentro.
Di un paso firme hacia él.
No sentía ni un gramo de rencor, ni deseos de patearlo.
El odio profundo es un veneno que me tomaría yo misma esperando que te mueras tú, y yo ya había decidido sacar todo el veneno de mi sistema para poder florecer.
“Ikenna”, le dije pronunciando su nombre con una voz firme, pero extrañamente muy tranquila.
Él no se atrevía a levantar la cara ni a mirarme a los ojos; su cuerpo entero temblaba como una hoja seca.
“¿Qué haces tú aquí?”, murmuró él, con la voz quebrada por el llanto que estaba aguantando. “¿Vienes a burlarte de mi m*seria, verdad? Vienes a humillarme y a tirarme billetes a la cara como yo lo hice contigo enfrente de todo el rancho. Anda, hazlo. Me lo merezco”.
Negué con la cabeza, aunque él seguía sin atreverse a mirarme.
“Yo no soy como tú, Ikenna. Jamás lo he sido”, le respondí con la misma calma. “No vengo a patear a alguien que ya está destrozado en el piso. Eso es de cobardes”.
Abrí el cierre de mi bolsa de piel fina.
No saqué un fajo de dólares sucios de traición.
Saqué un billete grande de mil pesos mexicanos, producto del trabajo honesto y sudado de mi fonda.
Me acerqué a su silla de ruedas y dejé el billete suavemente adentro del vasito de plástico mugroso que tenía descansando sobre sus piernas sin movilidad.
Él levantó la mirada de g*lpe, sorprendido, con los ojos llenos de lágrimas gruesas que empezaron a escurrirle por la mugre de la cara.
“Doña Carmen falleció el año pasado, a finales de noviembre”, le informé de manera directa, sintiendo que, a pesar de todo, le debía entregar esa noticia como hijo suyo que era.
Ikenna soltó un sollozo ahogado brutal, un sonido patético, ronco y lleno de una culpa que no se iba a poder quitar ni en otra vida.
“Murió muy tranquila, en mi casa, rodeada de la gente de la fonda que sí la quería. Le dimos santa sepultura en el panteón del pueblo”, agregué, sin buscar lastimarlo, solo diciendo la pura verdad.
“Yo… yo no pude ir a buscarla nunca más”, balbuceó, limpiándose los mocos que le salían con la manga sucia y rota de su camisa. “Los hombres pesados de la sierra me incautaron absolutamente todo lo que tenía. Chioma me escupió que yo no valía ni un peso partido por la mitad , me dejó tirado en la banqueta y se largó en un taxi con las maletas gigantes llenas de la poca lana que me quedaba. Nadie en este mldito mundo me quiso ayudar. Soy una maldita bsura, un m*erto en vida”.
“Tú solito elegiste tu camino cuando la ambición te cegó”, le dije, mirándolo directo a esos ojos apagados que alguna vez me llamaron “sus luceros” antes de largarse al desierto. “Tú decidiste destruir todo, y yo decidí que de la basura también crecen flores gigantes. Elegí juntar mis pedazos rotos y construir un imperio de amor sobre las cenizas que tú dejaste abandonadas “.
Me di la media vuelta para retomar mi camino hacia las tiendas de cobre.
“¡Perdóname, por favor perdóname por el monstruo que fui contigo! “, me gritó a mis espaldas, con una d*sesperación que retumbó en las paredes de la plaza.
Me detuve un solo instante, dejando que el aire de la ciudad me refrescara el rostro marcado.
“Ya te perdoné hace muchísimo tiempo, Ikenna. Si no lo hubiera hecho, no podría ser tan inmensamente feliz como lo soy el día de hoy. Que Diosito te bendiga y ojalá te dé la paz que tú mismo te arrebataste por pura estupidez”.
Seguí caminando con paso firme y no volví a mirar hacia atrás nunca más.
El pasado se quedaba exactamente ahí, en el pasado.
Regresé a nuestro pueblo con mis ollas nuevas de Santa Clara y con el alma más ligera que el viento.
Al bajarme de la camioneta de carga frente a la fonda, Mateo me estaba esperando parado en la puerta de cristal.
Se acercó corriendo y me dio un beso profundo en los labios que me supo a pura gloria y a hogar seguro.
“Te extrañé muchísimo, mi chaparrita preciosa”, me dijo, abrazándome tan fuerte que casi me saca el aire.
“Y yo a ti, mi amor. Ya traje absolutamente todo lo que nos faltaba para echar a andar la nueva cocina industrial”, le contesté, sonriendo de oreja a oreja.
Esa misma noche cálida, después de cerrar las puertas del negocio y apagar casi todas las luces, Mateo me llevó agarrada de la mano al centro del patio de la hacienda, justo junto a la fuente de piedra.
Las luces cálidas que enredaban las bugambilias estaban prendidas, dándole al lugar un ambiente mágico y romántico.
“Tengo algo muy importante que preguntarte”, me dijo, poniéndose de pronto muy nervioso, pasándose la mano por el cabello corto.
Metió la mano gruesa en la bolsa de su pantalón de mezclilla y sacó una cajita rústica de madera tallada a mano.
Se arrodilló lentamente frente a mí en el piso de adoquín.
Mi corazón empezó a latir a mil por hora, exactamente igual que aquella mldita noche del estruendo mrtal y los d*sparos, pero esta vez era por pura y absoluta felicidad desbordante.
“Desde el mismísimo día que vi cómo le plantaste cara a esa mujer plástica en la fonda , y cómo defendiste tu dignidad con las manos limpias, supe que no existía en todo este m*ldito mundo una mujer más valiente y cabrona que tú”, empezó a decir Mateo, mirándome directo a los ojos con una admiración brutal que me derretía.
“Me enseñaste que el trabajo duro de sol a sol y el tener un corazón honesto, valen mil veces más que todo el oro y los billetes verdes del mundo. ¿Te quieres casar conmigo, mi reina?”.
Abrí la boca para contestar, pero no me salían las p*labras por la emoción que me ahogaba.
Las lágrimas de alegría se me escurrieron sin permiso, tocando otra vez las cicatrices irregulares de mi rostro.
Pero esta vez no sentía que la piel me jalaba ni me punzaba, esta vez solo sentía gratitud infinita.
“Sí, Mateo. Sí quiero ser tu esposa”, le contesté con un grito emocionado, jalándolo de la camisa para levantarlo del suelo y abrazarlo con todas mis fuerzas.
La boda que armamos fue la fiesta más grande y espectacular que se ha visto en este rincón olvidado del estado.
No hubo carros deportivos de lujo ni guardaespaldas ridículos.
No hubo vestidos de marcas pretenciosas ni invitadas con tacones de aguja quejándose del calor.
Fue una fiesta genuina del pueblo y totalmente para el pueblo mitotero.
Mandé a hacer mi vestido de novia con las mejores bordadoras artesanales de Oaxaca; era blanco impecable, de manta fina, con unas flores de colores intensos bordadas a mano en el pecho y a lo largo de toda la falda amplia.
Por supuesto, no usé ningún velo para taparme la cara.
Llevé el cabello negro suelto, adornado únicamente con una corona enorme de flores silvestres naturales.
Caminé hacia el altar de la iglesia de la plaza sintiéndome, sin la menor duda, la mujer más hermosa sobre la faz de la tierra.
Don Chema, el viejito noble que me vendió el terreno de contado y sin hacer preguntas tontas cuando yo era la comidilla del barrio, fue quien se ofreció a entregarme en el altar, porque él creyó en mí desde el día uno.
Todo el mundo aplaudía y chiflaba de felicidad.
Doña Lucha, la persignada, la esposa del panadero chismoso y todas esas viejas vecinas que alguna vez murmuraron sobre mi gran dsgracia y aseguraron que me quedaría fea y sola por un cstigo de Dios, ahora lloraban a moco tendido viéndome triunfar vestida de blanco.
Después de la misa solemne, cerramos por completo la calle principal del centro, esa misma m*ldita calle de tierra polvorienta donde años atrás yo tragué el polvo amargo de la peor humillación de mi vida.
Pusimos decenas de mesas largas de madera.
Servimos, completamente gratis para todos, kilos y kilos de carnitas jugosas, unas ollas gigantes de mole riquísimo, barbacoa tierna de hoyo y miles de tortillas de maíz calientitas hechas a mano por mis muchachas.
El olor espectacular de nuestra comida inundó absolutamente todos los rincones de la región.
La banda norteña empezó a tocar los corridos alegres y bailamos zapateando hasta que nos d*lieron las plantas de los pies.
Mateo me daba vueltas rápidas en el aire, riendo a carcajadas limpias.
Me sentía completamente libre.
Absolutamente libre de las cadenas y de los t*rribles fantasmas de mi pasado.
Por otro lado, la vida sola se encargó de poner la b*sura en su lugar.
A los pocos meses de habernos casado felices, nos enteramos por los chismes que corren más rápido que el agua del río, de la s*erte de Chioma.
La f*lfa superficial que siempre nos tuvo envidia profunda, la que se sentía de la alta sociedad intocable.
Dicen que cuando huyó de este rancho con las maletas gigantes atascadas de dinero ajeno, se fue a meter inmediatamente con otro capo pesado en la capital, buscando replicar la vida fácil.
Creyó que su juventud y su actitud calculadora e interesada le iban a garantizar la vida de lujos para siempre.
Pero los de la mafia no perdonan las traiciones ni la estupidez.
Cuando el nuevo hombre con el que andaba cayó en una emboscada federal, a ella le congelaron y le confiscaron todas sus cuentas bancarias.
La dejaron literalmente en la calle, con la ropa que traía puesta, y le quitaron los pasaportes.
Un martes por la mañana, una de las muchachas más jóvenes del pueblo que trabaja en mis cocinas me mostró un video viral en su teléfono celular.
“Mire esto, patrona, pa’ que vea que el diablo no duerme”, me dijo, acercándome la pantalla brillante.
Era un reportaje nacional de un canal de noticias sobre unas redadas masivas en lugares de apuestas clandestinas y trata de personas en la ciudad.
Ahí, en primera fila, siendo empujada por los policías y tapándose la cara avergonzada con una chamarra deportiva sucia, la vi clarito.
Era Chioma.
La acababan de arrestar en un operativo por estar directamente involucrada en el lavado de los negocios chuecos de su última pareja sentimental.
La altanera “señora” que alguna vez chilló golpeando mi mesa, que me llamó naca resentida y que amenazó con desaparecer a mi fonda de pacotilla en un chasquido de dedos porque tenían más lana que todos, ahora estaba esposada tras las rejas, a punto de pudrirse perdiendo los mejores años de su juventud en una celda de máxima seguridad fría y asquerosa.
Yo le devolví el celular a mi empleada con mucha calma y no emití ni una sola p*labra de burla.
No me alegré de su rotundo fracaso.
Simplemente reconfirmé lo que la vida a g*lpes me ha enseñado: el karma es un perro muy bravo, y a veces, cuando te confías, muerde bien, pero bien duro y hasta el hueso.
La avaricia ciega rompe todos los sacos, y ella, por querer quedarse con el mundo entero de manera fácil, se quedó sin nada.
Mientras tanto yo, la estúpida “gata” que solo servía para arruinar el paisaje de Polanco, estaba liderando negocios lícitos y construyendo un legado de trabajo honesto para dejárselo a mis futuros hijos.
Hoy, en la actualidad, me levanté mucho antes de que saliera el primer rayo de sol, como es la costumbre de la gente trabajadora de mi tierra.
El aire fresco y puro de la madrugada me llenó los pulmones de vida nueva.
Fui caminando despacio a la cocina inmensa de mi bella hacienda.
Las empleadas apenas estaban llegando, amarrándose el cabello y poniéndose sus delantales blancos y limpios.
Encendí los fogones industriales con mis propias manos.
El crujir de la leña seca al empezar a quemarse siempre me trae miles de recuerdos a la mente.
Pero ya no son recuerdos llenos de pánico y t*rror.
El fuego, que una vez de forma t*rrible fue mi peor enemigo, aquel que se me volteó encima en la olla hirviendo y me arrebató la juventud y mi piel lisa y morenita clara, ahora es indiscutiblemente mi mejor aliado.
Con este mismo fuego cocino todos los días, con él alimento a mi familia entera, y con él le doy trabajo seguro y digno a más de treinta familias de mi pueblo.
El fuego calienta, el fuego purifica y el fuego transforma.
Y a mí, de manera m*rtal, me transformó en una versión poderosa que ni yo misma, en mis sueños más locos, sabía que existía debajo de mi piel.
Mientras amaso fuertemente la masa para los huaraches de desayuno, siento la textura porosa entre mis dedos fuertes.
Es suave, moldeable, resiliente.
Pienso detenidamente en lo ridículamente rápido que pasa el tiempo y en lo frágiles que somos los seres humanos cuando ponemos nuestra fe en cosas vacías.
Si yo nunca hubiera vendido las cadenitas de oro grueso de mi difunto padre y mis preciosos anillos de quinceañera para mandar al p*ndejo de Ikenna al norte buscando el sueño americano…
Quizás, y solo quizás, hoy estaría tristemente casada con ese m*serable.
Quizás yo sería la mujer engañada, encerrada en esa mansión vulgar, soportando humillaciones por unos cuantos billetes sucios.
O peor tantito, quizás yo estaría tres metros bajo tierra, merta por culpa directa de los negocios mlditos que él hizo con los capos de la frontera.
Dios aprieta pero no ahorca, dicen muy sabiamente los viejos de por aquí.
Ese pnche accidente dloroso con el aceite ardiente de la olla, que en su momento me hizo sentarme a berrear sintiendo que la vida y el futuro se me habían acabado para siempre… fue en grandísima realidad mi bendita salvación disfrazada de t*ragedia.
Me alejó violentamente del hombre equivocado que solo amaba lo superficial.
Me quitó la máscara para obligarme a ver quién me quería verdaderamente por mi alma.
Y me forzó, a la mala, a encontrar mi inmenso valor interno, demostrándome que mi valía no radica en la mirada de aprobación o de asco de un hombre, sino en la fuerza inquebrantable de mis propias manos y en la resiliencia de mi corazón.
Mateo entra a la gran cocina interrumpiendo mis pensamientos reflexivos.
Trae a nuestra pequeña hija de apenas dos añitos cargada en sus brazos fuertes.
La bautizamos Carmen, en honor a la única madre que me demostró lo que es la lealtad.
La niña preciosísima tiene los ojos grandes y expresivos, mis “luceros”, pero ella no tiene ni una sola de mis d*lorosas cicatrices.
Tiene la piel de la cara suave, lisita y perfecta, como un milagro recién hecho.
Cuando me ve entre los fogones, estira sus bracitos regordetes hacia mí con desesperación alegre.
“¡Mamita, mamita!”, grita a todo pulmón con su vocecita dulce que me derrite por completo.
Me limpio las manos embarradas de masa húmeda en mi delantal con mucha calma y corro a tomarla en mis brazos.
Ella, con mucha curiosidad infantil, me toca la mejilla izquierda con su manita chiquita y caliente.
Toca la piel estirada, la zona arrugada y la textura rugosa que hace años a Ikenna y a Chioma les causaba repulsión y burlas.
Pero mi bebita no ve a ningún monstruo deforme.
Ella solo sonríe enseñándome sus dientitos y me planta un sonoro beso muy baboso justo en el mero centro de la cicatriz.
Para ella, yo no soy carne q*emada.
Soy simple y sencillamente su mamá.
Su refugio seguro en este mundo loco.
Su universo entero.
Y te juro por Dios que, en ese pequeño y húmedo beso inocente de mi hija, termino de sanar absolutamente todo lo que estaba roto en mí.
Levanto la vista y miro a Mateo, que nos está observando en silencio con una sonrisa boba e hipnotizada en la cara, recargado con orgullo en el marco de madera de la puerta.
“¿En qué andas pensando, mi reina guerrera?”, me pregunta, acercándose lentamente para darnos un abrazo de oso a las dos juntas.
“Pensaba en que, por increíble que parezca, no cambiaría absolutamente ni un solo mldito segundo de mi vida, mi amor. Ni siquiera el dlor físico más grande que sentí cuando me q*emé”, le confieso de todo corazón, recargando mi cabeza pesada en su hombro firme.
“Absolutamente todo el lodo que tragamos y las lágrimas calientes que lloramos, nos trajeron exactamente a este preciso momento. Y te digo la neta, Mateo… este momento es simplemente perfecto”.
Él me da un beso tierno en la frente y asiente con la cabeza, dándome la razón.
Salimos los tres juntos caminando hacia el patio central de la fonda iluminada para empezar a recibir a las decenas de clientes hambrientos que ya hacen fila afuera.
El olor fuerte a maíz recién tostado en el comal y a café de olla recién hechito inunda todo el aire limpio, mezclándose de forma mágica con el perfume dulzón de las bugambilias en flor.
Las mesas de madera fina empiezan a llenarse rápidamente de familias enteras.
Hay mucho ruido agradable, hay risas escandalosas, hay música norteña sonando bajito en la grabadora, hay muchísima vida.
Vida de la buena.
Me detengo un momento clave frente al espejo grande que mandé a colocar justo en la mera entrada de mi negocio, el negocio monumental que construí con mis propias manos rasposas y mi propio sudor y esfuerzo diario.
Me miro fijamente a través del cristal limpio.
Veo mi rostro marcado por la furia del fuego.
Pero ya no me duele absolutamente nada de mi cuerpo ni de mi alma.
Y te juro que ya no me da ni un gramito de vergüenza andar así.
Veo a una mujer entera, sólida como una roca.
Ya no veo a la chamaca tonta y pobremente ilusa que esperaba, temblando de emoción, a un cobarde mientras se tapaba el rostro con un rebozo oscuro para no asustarlo.
Tampoco veo a la víctima d*strozada que soltó un llanto animal hasta desgarrarse por completo la garganta en el piso frío y duro de cemento de su sala humilde.
No.
Hoy veo a una gran patrona respetada.
A una madre leona.
A una esposa profunda y locamente amada por un hombre de verdad.
Porque a fin de cuentas, entendí mejor que nadie que la verdadera belleza de un ser humano jamás se pierde con una olla de aceite hirviendo cayéndote en la cara, y mucho menos se puede comprar con fajos de dólares sucios traficados en la frontera.
La verdadera belleza reside en la dignidad cabrona de saber levantarte tú sola del piso cuando te hunden, sacudirte con orgullo el lodo que te aventaron , juntar pacientemente tus pedazos hechos trizas y atreverte a construir un imperio imponente sobre las mismas cenizas que alguien más dejó tiradas y humeando.
Ikenna, el rey de barro, tuvo absolutamente el mundo entero puesto en sus manos limpias y lo perdió miserablemente por no saber valorar ni respetar lo único que verdaderamente no tiene precio en esta vida.
Sus heridas invisibles y su ambición le pudrieron por completo el alma por el resto de su m*serable y solitaria existencia postrado en una silla.
Y yo… la gata rechazada, la mujer de las cicatrices horrendas, el asqueroso “monstruo” de este pueblo olvidado.
Yo resulté ser, al final de todo el desmadre, la única que encontró, se puso y ajustó a su medida la verdadera corona de oro en este pinche cuento lleno de lodo y de fuego que llamamos vida.
FIN