
El crujido del metal contra la corteza del árbol fue como el filo de un cuch*llo rasgándome los oídos. Sentí que el mundo entero se inclinaba hacia la barranca. La gravedad ya era nuestra enemiga y, allá abajo, la oscuridad de Naucalpan nos llamaba con una voz hambrienta.
La camioneta se balanceaba peligrosamente sobre el vacío. El olor a gasolina derramada inundó la cabina de golpe. Atrás, los sollozos de Joel me partían el alma en mil pedazos. Brandon estaba inconsciente a mi lado, con un hilo de s*ngre escurriendo por su sien.
Victoria soltó un grito que no parecía humano. Tenía los ojos inyectados de odio, brillando con una locura enferma. En su mano, el brillo frío de una nav*ja me heló hasta los huesos.
Se me echó encima como un animal acorralado y sus uñas se enterraron sin piedad en mi garganta. El espacio era diminuto; apenas podíamos respirar. Forcejeamos en medio del pánico y sentí el roce del acero en mi brazo. El perfume caro de esa mujer se mezclaba con el sudor de mi miedo.
La camioneta dio otro sacudón violento. Nos deslizamos unos centímetros más hacia el abismo mientras las raíces del árbol que nos sostenían de milagro empezaban a crujir. Mi cara hervía y el aire dejó de entrar a mis pulmones. Me aferré a sus muñecas con todas las fuerzas que me daba la desesperación absoluta. Sabía que un solo movimiento en falso nos mandaría a todos directo a la m*erte.
PARTE 2: EL ABISMO DE LA TRAICIÓN Y LA HUIDA POR NAUCALPAN
La mano que atravesó el cristal roto no era la de la muerte, aunque en ese momento de pura oscuridad y pánico, cualquier cosa parecía una condena. Era una mano grande, áspera, con los nudillos raspados y llenos de tierra. Agarró la muñeca de Victoria, la misma que sostenía la navaja a milímetros de mi yugular, con una fuerza bestial. El crujido del hueso de la tía rica resonó casi más fuerte que el metal de la camioneta retorciéndose.
Victoria soltó un alarido de dolor, un grito agudo que me reventó los tímpanos, y la navaja cayó, rebotando contra el tablero antes de perderse en la alfombra manchada de sangre.
—¡Suéltala, pinche loca! —bramó una voz ronca desde afuera.
No tuve tiempo de reconocer quién era. La camioneta dio un respingo, inclinándose otros quince grados hacia el barranco. El estómago se me subió a la garganta. Estábamos valiendo madre. Las raíces del árbol, nuestra única línea de vida, estaban cediendo con un sonido parecido al de huesos rompiéndose.
—¡El niño! ¡Saquen al chamaco primero, por lo que más quieran! —grité, con la voz desgarrada, escupiendo la sangre que me había brotado del labio partido durante el forcejeo.
—¡Agárrate de mí, muchacha! —me gritó el hombre de afuera. Pude verle la cara a medias gracias a la luz parpadeante del tablero: era un señor de bigote espeso, con una gorra de los Pumas y una chamarra de mezclilla sucia. Un lugareño, un ángel caído del cielo en medio de la chingada noche de Naucalpan.
Victoria, ciega de rabia y dolor, no se rendía. Con la mano que le quedaba libre, intentó arañarme los ojos. Era como pelear contra un demonio empapado en perfume de Chanel.
—¡No te vas a llevar un solo peso, muerta de hambre! —chillaba ella, escupiéndome, con el rímel corrido dándole un aspecto espectral—. ¡Ese bastardo y su herencia son míos!
Le metí un codazo en las costillas con toda la fuerza que me quedaba, usando la adrenalina pura que te da el instinto de supervivencia. El golpe la dejó sin aire un segundo, cayendo hacia atrás contra el asiento.
—¡Pásame al morro! —gritó el señor de la gorra, rompiendo más el cristal con la culata de lo que parecía ser un tubo de metal pesado.
Me giré como pude en ese espacio claustrofóbico. El olor a gasolina me estaba mareando, dándome náuseas. Joel estaba hecho bolita en el asiento trasero, temblando como un perrito asustado, con sus zapatitos de marca manchados de lodo y sangre.
—¡Joel, mi amor, ven! ¡Agárrame la mano, rápido! —le supliqué, estirando el brazo.
El niño dudó. Estaba en shock.
—¡Vente, chamaco, que esta madre se va a ir pa’ abajo! —apremió el señor desde afuera.
Joel saltó hacia adelante. Lo agarré por el cuello de su suéter carísimo y lo empujé hacia la ventana rota. El cristal le rasguñó un poco el brazo, pero el señor de afuera lo jaló con una fuerza impresionante, poniéndolo a salvo en la tierra firme del borde de la barranca.
—¡Ya lo tengo! ¡Sáquese usted, órale! —me ordenó el hombre.
Pero entonces, sentí un peso muerto cayendo sobre mi regazo. Era Brandon. El golpe de la camioneta lo había dejado noqueado, y con la inclinación del vehículo, su cuerpo inerte se había deslizado contra mí. No podía dejarlo ahí. Él era el chofer, el güey que me había prometido que esto sería un “trabajo sencillo”, pero no tenía la culpa de que la tía del niño fuera una psicópata asesina.
—¡No puedo, pesa mucho! ¡Ayúdeme a jalarlo! —grité desesperada.
Victoria, recuperando el aliento, vio que se quedaba sola en la trampa mortal. El pánico por fin reemplazó a la avaricia en sus ojos.
—¡Sácame a mí! ¡Te pago lo que quieras! ¡Millones! ¡Te hago rica, gata estúpida, pero sácame! —empezó a chillar, agarrándose de mi blusa, rasgándola.
La ignoré. Agarré a Brandon por el cinturón y la camisa, jalando hacia arriba con una fuerza que no sabía de dónde carajos estaba sacando. El hombre de afuera metió medio cuerpo por la ventana, agarró a Brandon por los hombros y entre los dos logramos sacarlo a medias.
En ese preciso milisegundo, un sonido ensordecedor inundó la noche. CRACK.
El árbol no aguantó más.
—¡Bríncale! —rugió el señor.
Me impulsé con las dos piernas contra el asiento de Victoria, empujándola hacia el fondo mientras yo salía disparada como un tapón de sidra por la ventana. Caí de bruces sobre la tierra húmeda, las piedras y las ramas secas raspándome la cara y los brazos.
Detrás de mí, el sonido del metal crujiendo se convirtió en un rugido a medida que la camioneta de lujo, con Victoria gritando maldiciones adentro, se precipitó hacia el abismo de la barranca.
Nos quedamos en un silencio sepulcral, solo roto por mi respiración entrecortada y el viento frío de la madrugada golpeándonos. Unos cinco segundos después, escuchamos el impacto sordo, lejano, metálico, seguido de una explosión ahogada y un resplandor naranja que iluminó el fondo de la barranca de Naucalpan.
Me quedé tirada en el suelo, tosiendo, escupiendo tierra. El corazón me latía tan fuerte que sentía que se me iba a salir por la garganta.
—¿Estás bien, muchacha? —El señor de la gorra me ayudó a sentarme.
Asentí, temblando sin control. Miré a mi alrededor. Brandon estaba tirado boca arriba, respirando con dificultad pero vivo. Y ahí estaba Joel, de pie junto a un árbol, iluminado por el fuego lejano de allá abajo, mirándome con unos ojos inmensos y llenos de lágrimas.
—¿Mi tía…? —preguntó el niño, con un hilo de voz.
Me levanté a trompicones, ignorando el dolor punzante en mi brazo derecho donde el cuchillo de Victoria me había alcanzado a rozar, y corrí a abrazarlo. Lo apreté contra mi pecho. Olía a miedo, a sudor de niño chiquito y a ese perfume caro que le ponían.
—Ya pasó, mi cielo. Ya pasó —le susurré, sintiendo mis propias lágrimas finalmente salir—. Ya nadie te va a hacer daño.
El señor se quitó la gorra y se secó el sudor de la frente.
—Me llamo don Chema —dijo, ofreciéndome una mano callosa para estrechar—. Venía de mi turno de velador en la constructora de allá arriba cuando vi que esa camionetota se salió del camino a lo pendejo. Vi a la vieja esa brincarse del asiento de atrás p’adelante echando pleito. No mames, se querían matar.
—Me salvó la vida, don Chema. A mí y al chamaco —le dije, apretándole la mano con devoción—. Soy Elena. Vendo tacos de suadero allá por Buenavista. No sé en qué pinche momento mi vida se convirtió en una película de balazos.
Don Chema soltó una risa seca, sin humor.
—Pues los ricos siempre traen un desmadre, mija. Y cuando hay billetes de por medio, hasta la misma familia te entierra. Hay que movernos. Esa explosión va a llamar a la tira, o peor, a la gente que venía persiguiéndolos. Porque me imagino que esa vieja loca no venía sola, ¿o sí?
El comentario de don Chema me cayó como un balde de agua helada. Tenía razón. Victoria tenía guardaespaldas, matones a sueldo que su papá —el abuelo de Joel, un magnate de las telecomunicaciones que acababa de estirar la pata y dejar una herencia de miles de millones— le había asignado.
Cerré los ojos un momento y el recuerdo de cómo empezó todo esta locura me asaltó la mente.
Una semana antes.
El puesto de tacos “El Güero” (aunque ni güera soy, pero así le puso mi jefe en paz descanse) estaba a reventar. Era viernes por la noche en Buenavista. El humo del pastor y el suadero inundaba la banqueta. Yo estaba cobrando y despachando, con el delantal manchado de grasa y salsa verde.
Fue entonces cuando lo vi. Un niño, no mayor de ocho años, parado junto al semáforo. Llevaba un trajecito de marinero que, a leguas, se veía que costaba más que tres meses de mi renta. Pero estaba solo, sucio, con la mirada perdida. La gente pasaba a su lado sin pelarlo, como si fuera un fantasma.
Me acerqué a él, limpiándome las manos en el delantal.
—¿Qué pasó, chamaco? ¿Andas perdido? —le pregunté.
Me miró y sus tripas rugieron con tanta fuerza que se escuchó por encima del ruido del tráfico. No dijo nada, solo miró el trompo de pastor con una necesidad que me partió el alma.
—Órale, vente. Te voy a dar unos taquitos. Invita la casa —le dije, poniéndole la mano en el hombro.
Esa noche, Joel se comió seis de pastor y dos de suadero. Descubrí que se había escapado de un evento de caridad de su familia. Me contó, con palabras de niño rico pero con un dolor muy real, que su papá casi nunca estaba, que su mamá había muerto, y que su tía Victoria lo miraba “feo”, como si quisiera que desapareciera.
No quise llamar a la policía. Tenía miedo de que se lo llevara el DIF. Así que lo dejé dormir en un catre en la parte de atrás de mi cuartito. Al día siguiente, su padre, don Arturo, un hombre trajeado que bajó de un BMW blindado rodeado de guaruras, llegó a mi puesto. Alguien me había grabado con el niño y el video había rodado. Pensé que me iban a meter al bote por secuestro.
Pero don Arturo lloró. Lloró abrazando a Joel frente a mi puesto de lámina. Y luego, me ofreció el trato que me arruinó la vida.
—Elena —me dijo, sentándose en un banco de plástico, su traje de seda contrastando con la grasa de la mesa—. Mi hijo confía en usted. Sonríe con usted. En mi casa, está rodeado de buitres. Mi hermana Victoria quiere la custodia para controlar mi dinero. Necesito a alguien de confianza absoluta que lo cuide. Que lo proteja. Le pagaré lo que me pida. Cien mil pesos a la semana.
Cien mil pesos. Yo sacaba tres mil a la semana rompiéndome la espalda. Acepté. Pensé que era trabajo de niñera glorificada. Ser la sombra de Joel en su mansión en Bosques de las Lomas. Pero no sabía que don Arturo estaba recibiendo amenazas de muerte por un conflicto de acciones en su empresa. No sabía que Victoria había contratado a sicarios colombianos para “limpiar” su camino hacia la herencia total. Y mucho menos sabía que esta misma noche, mientras don Arturo estaba en un viaje de negocios en Monterrey, Victoria iba a asaltar la mansión con sus matones.
Brandon, el chofer leal de don Arturo, nos había sacado a escondidas por la puerta de servicio. Pero Victoria nos alcanzó en su propia camioneta, se metió a punta de pistola, hubo un forcejeo, y terminamos aquí, volando por un barranco en Naucalpan.
Abrí los ojos. El frío de la madrugada me devolvió a la realidad.
—Hay que levantar a este cabrón —le dije a don Chema, señalando a Brandon, que empezaba a gemir.
—¡Ay, cabrón, mi cabeza! —masculló Brandon, tocándose la herida en la sien. Se sentó lentamente, mirando a su alrededor con los ojos desenfocados—. ¿Qué pasó? ¿Dónde está la vieja bruja?
—Se fue a visitar al diablo, allá abajo —contesté, señalando el humo que subía del precipicio—. Pero nosotros tenemos que largarnos de aquí. Victoria dijo que traía gente detrás de nosotros.
—Mi papá nos va a buscar —dijo Joel, agarrándose fuerte de mi mano. Su vocecita temblaba, pero había una confianza ciega en sus palabras.
—Sí, mijo, tu papá nos va a encontrar. Pero por ahora, tenemos que escondernos —le dije, acariciándole el pelo.
Don Chema se rascó la barba incipiente.
—Conozco estas brechas como la palma de mi mano. Si nos metemos por el cerro, salimos a la autopista vieja en un par de horas. Ahí hay una gasolinera donde pueden echar un telefonazo. Pero la caminata está cabrona, pura piedra y lodo. Y está bien oscuro.
—No tenemos opción —sentenció Brandon, poniéndose de pie con esfuerzo, tambaleándose un poco—. Yo los sigo. Elena, gracias por sacar al patrón chico.
—No agradezcas, Brandon. Si salimos de esta, le voy a cobrar a don Arturo los cien mil pesos semanales, más un bono de riesgo de muerte, y un puesto de tacos nuevo de acero inoxidable, me cae que sí.
La tensión se rompió un poco con mi comentario, y emprendimos la marcha.
El descenso por el cerro de Naucalpan fue un infierno. La oscuridad era casi total, solo iluminada por la luna que de vez en cuando se asomaba entre las nubes cargadas de smog. El suelo era resbaladizo, lleno de hojas húmedas y raíces traicioneras. Cada paso requería concentración absoluta. Llevaba a Joel de la mano, asegurándome de que no tropezara, mientras don Chema iba abriendo camino con un palo grueso que agarró del suelo.
—Ten cuidado con las víboras, mijo —le susurraba a Joel, intentando distraerlo del trauma reciente—. Aquí en el cerro salen unas chirrioneras que te sacan un susto.
—¿Son muy malas? —preguntó él, con los ojos muy abiertos.
—Nah, le tienen más miedo ellas a ti. Tú pisa fuerte.
Llevábamos caminando quizás unos cuarenta minutos cuando escuchamos el primer sonido que nos heló la sangre.
Crack. Crack.
Ramas pisadas a nuestras espaldas. A lo lejos, pero no tan lejos como para ignorarlo. Y no era el sonido de animales. Eran pisadas rítmicas, pesadas. Botas tácticas.
Brandon se detuvo en seco y nos hizo una seña para que guardáramos silencio. Se llevó la mano a la cintura, pero maldijo por lo bajo.
—Dejé la pinche fusca en la camioneta —susurró, con la cara pálida por la pérdida de sangre y el miedo.
—¿Son los hombres de mi tía? —susurró Joel, escondiéndose detrás de mi pierna.
—No lo sabemos, mi amor. Shh —le pedí.
Don Chema entrecerró los ojos hacia la oscuridad de donde veníamos.
—Traen linternas. Miren, allá arriba —señaló.
Efectivamente, a unos doscientos metros de distancia, en la pendiente superior del cerro, tres haces de luz blanca y potente barrían los árboles. Estaban buscando, rastreando como perros de caza.
—Hijos de su pinche madre, ¿cómo nos encontraron tan rápido? —reclamé en voz baja, sintiendo que el pánico quería volver a apoderarse de mí.
—El celular —dijo Brandon, pasándose la mano por el pelo sudoroso—. El celular que traía Victoria. Seguro tenía el GPS activado y lo estaban rastreando los sicarios. Cuando la camioneta cayó, habrán marcado el último punto de ubicación.
—¡Pues apúrele, don Chema! Llévenos por donde no nos vean —le supliqué al viejo.
Nos desviamos del sendero principal, metiéndonos de lleno en la maleza espesa. Las espinas me rasgaban los pantalones de mezclilla y me hacían cortes en los brazos, pero no me importaba. Tenía que sacar a este niño de aquí. Era mi responsabilidad. El pinche dinero ya no importaba. Si me mataban aquí, nadie en Buenavista iba a llorar mucho por mí, tal vez solo doña Chonita la de los tamales, pero si mataban a este niño, sentía que Dios no me lo iba a perdonar nunca.
Avanzamos en un silencio absoluto, solo interrumpido por nuestras respiraciones agitadas. De repente, llegamos a un pequeño claro. Una explanada de tierra seca rodeada de rocas enormes.
Y de entre las sombras de las rocas, salió una figura.
Mi corazón dio un vuelco. No eran tres hombres, era uno solo. Alto, corpulento, vestido de negro.
Brandon se puso instintivamente delante de nosotros, en posición de combate, aunque estaba hecho mierda.
El hombre encendió una linterna, pero no nos apuntó a la cara, sino al suelo, lo suficiente para iluminar sus propias facciones.
—¡Bajen las manos, bajen las manos! —dijo una voz gruesa pero familiar—. Soy yo. Soy el comandante Torres.
Brandon soltó un suspiro tan grande que casi se desmaya ahí mismo.
—¿Torres? ¿Eres tú, cabrón? —preguntó, acercándose a medias.
Yo no conocía a ningún Torres. Agarré una piedra grande del suelo, por si las dudas.
—Tranquila, Elena —me dijo Brandon, notando mi postura—. Es el jefe de seguridad de don Arturo. Es de los nuestros.
Torres se acercó apresurado. Era un hombre con cicatrices en la cara y mirada dura, de esos que han visto cosas que tú no quieres ni imaginar. Llevaba un chaleco antibalas y un arma larga colgando del pecho.
—¡Patroncito! —Torres se agachó frente a Joel—. Gracias a Dios está usted bien. Su papá está a punto de un infarto, viene volando desde Monterrey en helicóptero.
—¿Dónde está mi tía Victoria? —preguntó Joel otra vez, la pobre criatura estaba traumada con eso.
Torres nos miró a Brandon y a mí con una expresión sombría.
—Encontramos la camioneta allá abajo, ardiendo. Tuvimos que bajar a rapel para revisar. Está calcinada. Se acabó, patrón. Se acabó la pesadilla.
Sentí que el alma me regresaba al cuerpo. Solté la piedra y me dejé caer de rodillas al suelo, abrazando a Joel. Empecé a llorar, ahora sí, con un llanto catártico, un llanto de barrio, ruidoso y lleno de mocos. Estábamos vivos. Sobrevivimos a una pinche asesina con tarjeta Centurion y zapatos Prada.
—¿Y los que venían arriba con las linternas? —preguntó don Chema, sin bajar la guardia, aferrado a su palo.
—Son mis muchachos. Estamos barriendo la zona. Los de Victoria huyeron cuando escucharon las sirenas a lo lejos y se dieron cuenta de que su jefa estaba rostizada en la barranca. Son ratas, sin el dinero en la mesa, no pelean.
Torres sacó un radio de su chaleco y habló por él.
—Aquí Águila Uno. Tengo al paquete. Repito, tengo al paquete. Todos a salvo. Solicito extracción en las coordenadas de la planicie norte. Corto.
Luego me miró a mí. Me miró de arriba a abajo, viéndome sucia, sangrando, con la ropa rota.
—Don Arturo me dijo que le diera esto si la encontraba viva —Torres metió la mano a su chaleco y sacó un sobre grueso, manila, sellado—. Me dijo que es un “adelanto” por sus servicios y una disculpa por el infierno.
Me quedé mirando el sobre. Sabía lo que había adentro. Billetes. Fajos de billetes. Lana suficiente para salir del hoyo, para poner una taquería que no fuera un puesto de lámina, para no tener que preocuparme de si me alcanzaba para el gas o para la renta de mi cuartucho en la Guerrero.
Pero miré a Joel. El niño tenía su manita aferrada a mi camisa sucia, viéndome como si yo fuera su madre, su heroína, su todo.
Con un movimiento lento, agarré el sobre. Pesaba un chingo. Lo miré por un segundo, y luego se lo devolví a Torres, golpeándoselo contra el pecho.
—Dígale a don Arturo que se meta su dinero por donde le quepa —le dije, con la voz firme, aunque me temblaban las piernas—. Yo no hice esto por la lana. Lo hice porque este chamaco es un buen niño. Y no tiene la culpa de haber nacido en una familia de víboras. Si me quiere pagar, que venga él mismo a mi puesto en Buenavista, se siente a comerse unos de suadero, y me pida perdón en la cara por haberme metido en este desmadre.
Torres esbozó una media sonrisa. Una sonrisa de respeto. Guardó el sobre.
—Entendido, señorita Elena. Yo le paso el mensaje.
Don Chema soltó una carcajada ronca.
—¡A huevo, mija! ¡Esa es mi gente! Mucha dignidad y los ovarios bien puestos.
El sonido de unas aspas de helicóptero empezó a cortar el aire de la madrugada. Un reflector gigante nos iluminó desde el cielo. Era el transporte de don Arturo.
Mientras el helicóptero descendía, levantando un torbellino de tierra y hojas secas, cargué a Joel en mis brazos. A pesar del cansancio que me rompía los huesos, a pesar del dolor de las cortadas, sentí una paz inmensa.
Habíamos sobrevivido a la oscuridad de Naucalpan, a la avaricia de los ricos, y a la muerte misma.
—Vámonos a casa, chamaco —le grité al oído para sobreponerme al ruido del motor—. Te debo unos tacos al pastor, y esta vez, sí te los cobro dobles.
Joel, por primera vez en toda la maldita noche, me regaló una sonrisa. Y supe, en ese instante, que todo el infierno había valido la pena. No por los millones, sino por la vida de ese chiquillo que, al final, solo quería lo que todos queremos: alguien que te tienda la mano cuando sientes que te vas a caer al vacío.
FIN