
No fue un grto, fue la claridad helada de entender que el hombre con el que compartía la cama ya había decidido brrarme del mapa.
Regresé antes a mi penthouse en Monterrey, sintiendo que algo no cuadraba. Entré en silencio.
En la terraza, la voz de Julián, mi esposo, sonaba firme y calculada.
—Después del parto será más fácil —dijo.
—Los papeles ya están firmados. La empresa ya no está a su nombre —añadió, mientras una risa suave de Renata, mi mejor amiga, le respondía.
—¿Y ella? —preguntó Renata.
—Nadie va a investigar. Mujer embarazada, emocional… se cuenta fácil —sentenció él.
El aire dejó de existir en mis pulmones. No solo querían mi fortuna. Querían que desap*reciera sin hacer ruido.
Salí por la escalera de servicio, con el corazón glpeándome la garganta y mi vientre de nueve meses pesando como plomo. No tomé dinero, ni teléfono, ni identidad. El fro de la madrugada me tragó mientras caminaba sin rumbo.
El dlor empezó como una advertencia y terminó en un clapso total. El suelo húmedo bajo un puente me recibió.
—Hey… mírame —una voz joven rompió la oscuridad. Un muchacho de ropa gastada y manos rápidas se arrodilló a mi lado.
—Respira. No te vas a m*rir aquí —dijo con una seguridad extraña.
El mundo desapreció entre el dlor hasta que el llanto de mi bebé rompió la noche. Estaba vivo.
Pero al amanecer, una vieja radio crujió: “Última hora: desap*rece Valeria de la Torre…”.
El joven apagó la radio de un g*lpe. Afuera, un motor pasó demasiado lento. Luego otro.
—No vinieron solo a buscarte —murmuró, asomándose al borde del puente. —Vinieron a asegurarse de que nadie te encuentre antes que ellos.
Escuché pasos subiendo por la estructura. Varios. Coordinados. Una linterna c*rtó la oscuridad, iluminándonos directamente.
—Ahí… —dijo una voz desde la sombra.
PARTE 2: LA HUIDA HACIA LA OSCURIDAD Y EL P*CTO ROTO
La luz de la linterna nos g*lpeó directo en la cara, cegándome por completo.
El instinto me hizo encogerme, abrazando a mi bebé recién nacido contra mi pecho húmedo y tembloroso. Sentí que el corazón se me iba a salir por la garganta.
—¡Ahí están! ¡Muévanse, cabrnes! —gritó la voz desde arriba. El eco metálico del puente amplificó el sonido, haciéndolo sonar como una sentencia de merte.
El muchacho a mi lado no dudó ni un microsegundo. Con una agilidad que solo te da la calle, agarró un puñado de piedras y tierra del suelo húmedo y lo lanzó con todas sus fuerzas hacia el origen de la luz.
El hombre soltó una maldición, bajando la linterna un instante.
—¡Córrele, jefa! ¡Párate, ya! —me siseó el joven, tirando de mi brazo con una fuerza desesperada.
El dlor en mi vientre era una lmada ardiente. Acababa de dar a luz sobre el frío concreto, mi cuerpo estaba destrozado, pero la adrenalina es una dr*ga poderosa. Me puse de pie a trompicones, aferrando a mi hijo envuelto en esa tela sucia que el chico me había dado.
Escuché el sonido metálico de un rma al ser preparada. El inconfundible “clic-clac” que te hiela la sngre.
—¡Si corren, se los lleva la ching*da! —bramó otro de los hombres, sus botas de casquillo resonando contra la estructura del puente.
No miré atrás. El chico, sin soltarme el brazo, me empujó hacia la oscuridad más profunda debajo del puente, hacia una enorme tubería de drenaje pluvial que bostezaba como una caverna negra.
—Métete, rápido. No hagas ruido —susurró, empujándome hacia el interior. El olor a humedad, óxido y agua estancada me invadió de inmediato.
El eco de los pasos de nuestros pers*guidores se multiplicaba afuera. Las luces de sus linternas empezaron a barrer la entrada del tubo, proyectando sombras alargadas y monstruosas en las paredes de concreto húmedo.
—¿Dónde se metió esta pnche vieja? —dijo uno, respirando agitadamente—. El patrón dijo que no podía pasar de esta noche. Tiene que parecer un aslto que salió mal.
Me tapé la boca con la mano libre, intentando sofocar mis propios jadeos. Mi bebé, un milagro en medio de esta pesadilla, se removió en mis brazos, pero no lloró. Parecía entender que nuestra vida dependía de su silencio.
—Revisen los matorrales. No pudo ir lejos, está recién parida. Va dejando un rastro de s*ngre, fíjense bien en el piso —ordenó la voz que parecía estar al mando.
El joven callejero, a mi lado en la oscuridad total del tubo, se quitó su chamarra vieja y me la pasó por los hombros. Me hizo una seña para que retrocediéramos más hacia las entrañas de la ciudad.
Caminamos agachados. Cada paso era una t*rtura. Sentía un líquido tibio bajando por mis piernas, mezclándose con el lodo y el agua sucia del suelo. Mi cuerpo exigía detenerse, colapsar, pero la imagen de Julián riendo con Renata en la terraza de mi penthouse me inyectaba una rabia pura y fiera.
—¿Cómo te llamas? —le susurré al chico, cuando estuvimos lo suficientemente profundo como para que las voces de los hombres fueran solo un eco lejano.
—Me dicen ‘El Checo’, señora —respondió en voz baja, sin dejar de avanzar—. Usted no debería estar aquí abajo. Esto no es lugar para alguien de lana.
—Ya no tengo lana, Checo. No tengo nada —respondí, sintiendo que las lágrimas finalmente amenazaban con salir—. Solo lo tengo a él.
El llanto de mi bebé rompió el silencio de nuevo. Fue un sonido bajito, pero en ese tubo de eco sonó como una sirena de alarma.
—Shhh, mi amor, mi vida, tranquilo —le rogué, acunándolo contra mi piel sudorosa. El frío de la madrugada en Monterrey es implacable, y sentía que el bebé estaba perdiendo calor.
Checo se detuvo y encendió un encendedor de plástico. La pequeña flama iluminó su rostro sucio pero determinado. Tendría unos dieciocho años, máximo.
—Mire, jefa, yo conozco a esos b*stardos que la andan buscando —dijo, mirándome a los ojos—. Son gente pesada. Trabajan para un cartel que lava dinero por San Pedro.
El mundo me dio vueltas. ¿Julián, mi esposo, el prestigioso arquitecto y empresario, mezclado con esa gente?
—¿Cómo sabes eso? —le pregunté, apoyando mi espalda contra la pared curva y húmeda del tubo para no caer de rodillas.
—Porque yo les lavaba las camionetas en una bodega clandestina allá por Santa Catarina —respondió, apagando el encendedor para ahorrar gas—. Escuché cosas. Sabía que hoy tenían un ‘trabajito’ especial. Hablaban de una señora de sociedad. La esposa del arquitecto De la Torre. Decían que el patrón pagó millones para que la desap*recieran junto con la cría.
Me quedé helada. No era solo la avaricia por mi empresa. Julián había contratado a s*carios profesionales.
—Renata… —murmuré, recordando la risa de mi mejor amiga—. Ella sabía todo. Ella le ayudó a planearlo.
—No hay tiempo para llorar, señora —me interrumpió Checo con brusquedad, pero sin maldad—. Si la agarran, la van a hacer p*dazos a usted y al niño. Y a mí también por andar de metiche. Tenemos que movernos. Conozco un lugar seguro, pero hay que caminar unas diez cuadras por aquí abajo. ¿Aguanta?
Asentí, aunque por dentro sentía que me m*ría.
Avanzamos por el drenaje. El agua nos llegaba a los tobillos. En un punto, tuvimos que pasar por debajo de una coladera en la calle. Pude ver las luces de las patrullas iluminando la calle de arriba.
—Están buscando a la “desap*recida” —susurró Checo con sarcasmo—. Qué conveniente que la policía ya ande patrullando justo aquí, ¿no? Su marido los tiene bien comprados.
—Julián controla todo —respondí con amargura—. El jefe de policía es su compañero de golf. Si salimos, nos entregan directamente a sus m*tones.
El trayecto pareció durar horas. Mis piernas temblaban tanto que Checo tuvo que cargarme en varios tramos, sosteniéndome por la cintura mientras yo me aferraba a mi bebé. El dolor del postparto era tan agudo que me nublaba la vista, pero me mordía los labios hasta hacerlos s*ngrar para no gritar.
Finalmente, llegamos a una sección seca. Había una puerta de metal oxidada, escondida detrás de una montaña de escombros subterráneos. Checo empujó la puerta con el hombro, gruñendo por el esfuerzo.
—Pase. Es mi cantón —dijo.
Era el sótano abandonado de una antigua fábrica. Había un colchón viejo en el suelo, algunas veladoras y botellas de agua. No era un penthouse, pero en ese momento, me pareció el palacio más seguro del mundo.
Me dejé caer en el colchón, exhausta, d*lorida y destrozada.
Desenvolví a mi bebé. Estaba moradito de frío. Me quité mi blusa manchada y lo pegué piel con piel contra mi pecho, cubriéndonos con la chamarra de Checo.
—Necesita comer, jefa —dijo Checo, acercándome una botella de agua y un paquete de galletas a medio terminar—. Usted también. Perdió mucha s*ngre.
—Gracias, Checo. De verdad. No sé cómo pagarte.
—Ahorita no piense en eso. Piense en cómo vamos a salir vivos de esta —respondió, sentándose en una caja de madera y vigilando la puerta de metal—. Ese tal Julián no va a parar. Si no aparece su cu*rpo, no puede cobrar los seguros ni quedarse con la empresa al cien por ciento. Usted es un cabo suelto.
Tenía razón. Julián era un perfeccionista maniático. No iba a dormir hasta ver mi c*dáver.
Mientras le daba pecho a mi hijo por primera vez en ese sótano sucio y frío, mi mente empezó a atar cabos.
Recordé las vitaminas que Julián me insistía tanto en tomar los últimos meses. El cansancio extremo. Los mareos.
—Me estaba envnenando poco a poco —dije en voz alta, la revelación golpeándome como un mazo—. Las pastillas. Quería debilitarme antes del parto. Para que, si sobrevivía a los mtones, mi cuerpo no resistiera el estrés.
—Un hijo de la ching*da muy calculador —escupió Checo, encendiendo de nuevo su encendedor para darnos un poco de luz—. ¿Y la otra morra? ¿La que mencionó hace rato?
—Renata. Mi mejor amiga desde la universidad. La madrina de mi boda —respondí. Cada palabra me sabía a bilis—. Ella me presentó a Julián. Ella siempre estaba en nuestra casa.
De repente, una memoria me asaltó. Hacía dos semanas, entré al despacho de Julián y encontré a Renata acomodándose la blusa. Me dijeron que estaban revisando unos contratos de la fundación. Qué estúpida fui. Qué ciega.
—Llevan años planeándolo, Checo. Años. Me usaron como a una cuenta bancaria. Mi padre me dejó el imperio constructor más grande del norte de México y ellos lo querían todo.
El bebé se quedó dormido en mi pecho, respirando suavemente. Le acaricié su cabecita llena de pelo oscuro. Era idéntico a mí. No iba a permitir que ese m*nstruo le pusiera un dedo encima.
—¿Tiene alguien en quien confiar? —me preguntó el muchacho—. ¿Algún familiar? ¿Un abogado que no sea chueco?
Negué con la cabeza. —Mi padre f*lleció el año pasado. Accidente de auto. —Me detuve en seco. Mis ojos se abrieron de par en par. ¿Accidente? Los frenos de su camioneta fallaron en la carretera a Saltillo. Julián fue quien mandó la camioneta al taller una semana antes.
—Dios mío… —sollocé, sintiendo que me ahogaba—. Él lo mtó. Julián mtó a mi padre.
Checo se levantó de un salto, acercándose a mí. —Tranquila, jefa. Respire. Si entra en pánico, no nos sirve de nada. Tiene que ser más fría que ellos.
Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano sucia. La tristeza desapareció de un g*lpe, reemplazada por una ira tan oscura y profunda que me asustó.
—Tienes razón —dije, mi voz sonando ronca, irreconocible—. Ya no soy Valeria de la Torre, la esposa ingenua. Me m*taron esta noche bajo ese puente.
Checo asintió, una media sonrisa formándose en su rostro sucio. —Así me gusta. ¿Entonces qué hacemos?
—Hay un hombre —dije, recordando—. El viejo socio de mi padre. Don Arturo Garza. Él se retiró porque nunca confió en Julián. Si alguien tiene el poder y los contactos para enfrentarlos, es él.
—¿Dónde vive el tal Don Arturo? —preguntó Checo, agarrando un fierro oxidado del suelo, como preparándose para la g*erra.
—En las afueras, en Santiago. Es un rancho blindado. Pero no podemos llegar así. Nos van a ver. Necesito ropa, necesito limpiar mis h*ridas y necesito un teléfono que no puedan rastrear.
—Yo me encargo de eso —dijo Checo, ajustándose los tenis rotos—. Arriba hay un tianguis que se pone temprano. Puedo c*nseguir algunas garras y un celular de desecho, de esos que traen saldo recargado. Pero usted no se mueva de aquí por nada del mundo.
—Checo, espera —lo detuve—. Si te atrapan… no les digas dónde estoy. Te pido por favor que, si te agarran, me dejes a mi suerte, pero no traigas a esos as*sinos hacia mi hijo.
El chico me miró con una seriedad que no correspondía a su edad. —A mí ya no me importa m*rir, señora. No tengo a nadie. Pero a este morrito sí lo vamos a salvar. Se lo juro por mi jefa que está en el cielo.
Checo salió por la puerta de metal, perdiéndose en los túneles oscuros.
Me quedé sola en el silencio del sótano abandonado. Las sombras parecían moverse. Cada crujido de la estructura me hacía saltar.
El dolor en mi zona pélvica era insoportable. Tenía fiebre, lo sabía por los escalofríos que me sacudían de pies a cabeza. Estaba desarrollando una infección por el parto en condiciones insalubres, y si no conseguía antibióticos pronto, no llegaría al amanecer siguiente.
Miré a mi bebé. —Te vas a llamar Leonardo —le susurré, llorando en silencio—. Como tu abuelo. Y te prometo, mi amor, te juro por mi vida, que tu padre y esa mldita van a pagar por cada lágrima y cada gota de sngre que nos han hecho derramar.
Las horas pasaron como una eternidad. Arriba, se escuchaba el murmullo de la ciudad despertando. El tráfico lejano, los cláxones. Monterrey seguía su curso, ajena al infierno que se escondía en sus entrañas.
De repente, un ruido metálico me sacó de mi letargo. Alguien estaba forzando la puerta por donde Checo se había ido.
Me arrinconé contra la pared, cubriendo a Leonardo por completo con la chamarra para apagar cualquier sonido. Busqué a ciegas a mi alrededor y agarré una botella de vidrio rota. Si era Julián o sus s*carios, no me iba a ir sin pelear.
La pesada puerta gruñó sobre sus bisagras oxidadas. Un haz de luz cortó la oscuridad del sótano, apuntando directamente al colchón donde yo estaba escondida.
Contuve la respiración. Mi corazón amenazaba con reventar mis costillas.
—¿Valeria? —susurró una voz.
No era Checo. Tampoco era uno de los s*carios de Julián.
Era una voz de mujer. Una voz que yo conocía a la perfección, una voz que hasta hace unas horas, consideraba la de una hermana.
Renata estaba parada en la puerta, sosteniendo una linterna en una mano y un rev*lver negro y reluciente en la otra.
—Sal de ahí, amiga —dijo Renata con un tono dulce y venenoso—. Checo me dijo dónde estabas. No hagas esto más difícil.
El mundo entero se desmoronó sobre mí. ¿Checo me había vendido? ¿El único que me había ayudado era parte de su trampa todo este tiempo?
Apreté la botella rota en mi mano hasta que el vidrio me crtó la piel, levantándome lentamente de las sombras. El juego no había terminado. Apenas estaba por comenzar su por fase.
PARTE 3: EL ENGAÑO DE S*NGRE Y LA VERDAD BAJO EL FUEGO
Apreté la botella rota en mi mano hasta que el vidrio me c*rtó la piel, levantándome lentamente de las sombras.
El juego no había terminado. Apenas estaba por comenzar su p*or fase.
Renata estaba parada en la puerta, sosteniendo una linterna en una mano y un rev*lver negro y reluciente en la otra. Llevaba unos botines de diseñador que desentonaban asquerosamente con el lodo y la humedad del sótano abandonado.
—Sal de ahí, amiga —dijo Renata con un tono dulce y venenoso. —Checo me dijo dónde estabas. No hagas esto más difícil.
Mi mente trabajaba a mil por hora. ¿De verdad Checo me había vendido? ¿El único que me había ayudado era parte de su trampa todo este tiempo?
No. Algo no cuadraba.
Si Checo me hubiera traicionado, no habría mandado a Renata sola. Habría traído a los m*tones de Julián. Habrían entrado tumbando la puerta, no susurrando mi nombre.
Renata estaba mintiendo. Como siempre lo había hecho.
—¿Dónde está Julián? —pregunté, mi voz sonando rasposa, casi animal.
Me pegué más a la pared, asegurándome de que Leonardo estuviera completamente cubierto por la chamarra para apagar cualquier sonido. El d*lor en mi zona pélvica era insoportable, pero la adrenalina me mantenía de pie.
—Julián está ocupado, lidiando con la policía allá arriba —respondió ella, dando un paso hacia adentro—. Dando la cara de esposo desconsolado. Llorando por su mujer desap*recida. Es un gran actor, ¿no crees?
—Una m*ldita rata de caño, igual que tú —escupí.
Renata soltó una carcajada seca que rebotó en las paredes de concreto. La luz de su linterna me apuntó directamente a los ojos, cegándome por un segundo.
—Ay, Valeria. Siempre tan fresa, tan creída. Pensabas que el mundo giraba a tu alrededor solo porque tu papi te dejó esa constructora millonaria.
Recordé de g*lpe el día que los vi en el despacho. Me dijeron que estaban revisando unos contratos de la fundación. Qué estúpida fui. Qué ciega.
Me usaron como a una cuenta bancaria.
—No te atrevas a mencionar a mi padre —gruñí, sintiendo cómo la sngre de mi mano crtada resbalaba por el cuello de la botella rota que empuñaba.
—Tu padre era un viejo terco. Se tuvo que ir porque no quiso firmar la fusión que Julián le propuso. —Renata levantó el rev*lver, apuntando hacia el bulto que yo protegía—. Y ahora te toca a ti. Entrega al mocoso.
Mi corazón se detuvo.
—Si le pones un dedo encima, te juro que te arranco la garganta con mis propias manos —le advertí, y hablaba muy en serio.
—No te pongas dramática, Vale. El niño no nos sirve vivo. Si hay un heredero, el testamento se complica. —Renata dio otro paso, sus tacones resonando sobre los escombros—. Sabía que ese p*nche huerco callejero te iba a esconder por aquí. Rastreamos la ubicación desde que encendió el celular que compró arriba. Fue demasiado fácil.
Entonces era eso. Checo no me había traicionado. Había encendido el teléfono de desecho y los hackers de Julián lo habían interceptado.
Tenía fiebre, lo sabía por los escalofríos que me sacudían de pies a cabeza. Estaba desarrollando una infección por el parto en condiciones insalubres. Mis piernas temblaban, pero no iba a caer.
Leonardo se removió contra mi pecho, soltando un pequeño quejido.
—Ahí está el as*queroso bastardo —sonrió Renata, acercándose aún más. Bajó la linterna por un segundo para acomodar su agarre en el *rma.
Fue mi única oportunidad.
No lo pensé. No medí las consecuencias. Con un grito que me desgarró las cuerdas vocales, me abalancé sobre ella.
Salté desde las sombras con la botella rota por delante. Renata no se lo esperaba. Pensó que la Valeria débil, d*lorida y traicionada se iba a rendir. Se equivocó.
El impacto nos tiró al suelo de lodo y escombros. El revlver se disparó con un estruendo sordo que me reventó los tímpanos. La bla dio en el techo del sótano, haciendo llover polvo de cemento sobre nosotras.
Renata soltó un alarido de d*lor cuando le clavé el borde de la botella en el hombro.
—¡P*ta loca! —gritó, intentando quitárseme de encima.
Rodamos por el suelo húmedo. Mi instinto protector me hizo girar para que los g*lpes no alcanzaran a mi bebé, que seguía amarrado a mi pecho. Renata me soltó un puñetazo en la cara que me hizo ver estrellas, pero yo no solté el pedazo de vidrio.
Le tiré un tajo hacia la cara, logrando rasgarle la mejilla. La s*ngre brotó de inmediato.
—¡Te voy a mtar! —bramó ella, desesperada, buscando el revlver que se le había caído a unos metros.
Se arrastró hacia el rma. Yo intenté levantarme, pero mi cuerpo cedió. El dlor del parto me atravesó la columna como un cuchillo al rojo vivo. Caí de rodillas, jadeando, sintiendo que me desmayaba.
Renata agarró el revlver. Se dio la vuelta, con la cara empapada en sngre y una mirada de puro *dio. Levantó el cañón, apuntando directo a mi cabeza.
—Se acabó, Valeria.
Cerré los ojos, cubriendo a mi hijo con ambos brazos.
¡CLANK!
El sonido de metal chocando contra hueso resonó en todo el sótano.
Abrí los ojos de glpe. Renata estaba en el suelo, inconsciente, con los ojos en blanco. Detrás de ella estaba Checo, respirando agitadamente, sosteniendo un tubo de acero grueso manchado de sngre.
—Le dije que no se moviera de aquí, jefa —dijo el muchacho, escupiendo al suelo—. Qué bueno que llegué a tiempo. Esta p*nche vieja casi le vuela la cabeza.
—Checo… —jadeé, llorando de alivio—. Ella dijo… dijo que me habías vendido.
—¿Y le creyó a esta v*bora? —Checo se acercó, ayudándome a levantarme. Me miró con reproche, pero su expresión se suavizó al ver que yo estaba temblando—. Rastreraron el celular que compré. Apenas lo prendí y me di cuenta. Me vine corriendo, pero había unos güeyes cuidando la entrada. Tuve que dar un rodeo por las alcantarillas.
Me fijé en su brazo. Tenía un crte profundo del que escurría sngre fresca.
—Estás h*rido —dije, sintiendo una culpa terrible.
—Es un rasguño. Me topé a uno de sus scarios arriba. No se preocupe por mí. Tenemos que salir de aquí a la de ya. El dsparo seguro atrajo a los demás.
Checo se agachó y recogió el rev*lver de Renata. Revisó el cilindro con la soltura de alguien que conoce la calle.
—Le quedan cinco t*ros —murmuró, guardándose el *rma en la cintura del pantalón—. Oiga, jefa, ¿qué hacemos con la morra?
Miré a Renata, tirada en el lodo. La mujer que había sido mi confidente, mi hermana. La que me ayudó a elegir mi vestido de novia mientras planeaba mi desap*rición. Sentí un asco profundo.
—Déjala ahí —ordené, con la voz helada—. Si sus m*tones bajan y la ven así, perderán tiempo ayudándola. Y si no la ayudan, que se pudra en este agujero.
Checo asintió. Sacó de una bolsa de plástico una sudadera gigante y unos pantalones deportivos holgados.
—Póngase esto encima. Rápido. No está muy limpio, pero la va a esconder.
Con manos temblorosas, me puse la ropa de hombre sobre mi ropa sucia. Metí a Leonardo dentro de la sudadera, pegado a mi piel para que no perdiera más calor. El bebé estaba inusualmente tranquilo, como si supiera que nuestro destino pendía de un hilo.
Salimos por la parte trasera del sótano, empujando otra puerta oxidada que nos llevó a un túnel de ventilación industrial. El olor a humedad y óxido volvió a golpearme.
Comenzamos a avanzar en silencio. Cada paso era un s*plicio. Sentía que el suelo bajo mis pies se movía. La fiebre me estaba consumiendo.
Arriba, empezamos a escuchar los motores de camionetas pesadas. Vehículos grandes frenando de g*lpe sobre el asfalto. Puertas cerrándose con fuerza.
—Ya llegaron los refuerzos de su marido —susurró Checo, deteniéndose para asomarse por una rejilla que daba a la calle—. Son como tres trocas blindadas. Pura gente con *rmas largas. No podemos salir por la calle.
—¿Entonces por dónde? —pregunté, sintiendo que el pánico amenazaba con paralizarme.
—Conozco las vías del tren. Pasan a unas cinco cuadras de aquí, por la zona industrial vieja. Hay trenes de carga que van hacia el sur, rumbo a Santiago. Si logramos subirnos a uno, los perdemos.
—Checo, no sé si voy a aguantar —admití, sintiendo cómo una ola de mareo me obligaba a apoyarme en la pared. Si no conseguía antibióticos pronto, no llegaría al amanecer siguiente.
—Tiene que aguantar, señora. Piense en Don Arturo Garza. Él se retiró porque nunca confió en Julián. Él es la única salida.
La mención de Don Arturo me dio una chispa de energía. Era un hombre rudo, de la vieja escuela de Monterrey. Mi padre confió en él su vida. Y si Julián m*tó a mi padre fingiendo un accidente en la carretera a Saltillo, Don Arturo no se iba a quedar de brazos cruzados.
Avanzamos por las sombras, saltando bardas caídas y esquivando basura. La madrugada seguía oscura, pero el cielo ya empezaba a tornarse de un azul grisáceo. El tiempo se nos agotaba.
Llegamos a la zona de las vías. El sonido del silbato del tren retumbó en la distancia, haciendo vibrar el suelo bajo nuestros pies.
—Ahí viene —dijo Checo, señalando las luces frontales de la locomotora que se acercaba lentamente, arrastrando decenas de vagones de carga metálicos.
Nos escondimos detrás de unos contenedores oxidados. A unos metros de nosotros, pude ver las luces de las linternas de los hombres de Julián escaneando la zona. Estaban peinando el perímetro.
—Ahí están esos pndejos —murmuró Checo, sacando el revlver de su cintura—. Jefa, cuando el tren pase, se va a hacer un ch*ngo de ruido y va a levantar polvo. Ese es nuestro momento. Yo me subo primero y la jalo. ¿Entendido?
Asentí, apretando a Leonardo contra mí.
El tren comenzó a pasar frente a nosotros, una mole de metal rugiente. El estruendo era ensordecedor. Las ruedas chirriaban contra las vías, creando chispas en la oscuridad.
—¡Órale, jefa, corra! —gritó Checo, aunque apenas pude escucharlo por el ruido.
Salimos de nuestro escondite, corriendo hacia los vagones en movimiento. Mis piernas protestaron con un d*lor agonizante, pero el instinto de supervivencia me empujó hacia adelante.
Checo alcanzó una de las escalerillas de un vagón abierto. Se trepó con una agilidad impresionante y luego se inclinó, extendiéndome la mano.
Corrí a su lado, tropezando con las piedras del balasto. El tren iba ganando velocidad.
—¡Deme la mano! —me gritó.
Extendí mi mano libre. Nuestros dedos se rozaron, pero me resbalé. Caí de rodillas sobre las piedras cortantes.
De repente, un rayo de luz me iluminó la espalda.
—¡Allá van! ¡En el tren! —bramó una voz desde atrás.
Habían sido alertados.
Me giré por un segundo y vi a dos hombres armados corriendo hacia nosotros, levantando sus r*fles.
—¡Jefa, levántese! —gritó Checo. Saltó del vagón, aterrizó a mi lado y disparó dos veces hacia las linternas.
Los d*sparos hicieron que los hombres se cubrieran, dándonos tres segundos de ventaja.
Checo me agarró de la sudadera y me levantó de un tirón. Con una fuerza sobrehumana, me empujó hacia arriba justo cuando el siguiente vagón pasaba. Logré agarrarme de la barra de metal. Mis botas resbalaron, pero Checo me empujó desde abajo, logrando meterme al vagón.
Él saltó detrás de mí en el último segundo, esquivando una ráfaga de b*las que impactó contra el metal del tren, soltando chispas a nuestro alrededor.
Caímos al piso de madera sucia del vagón de carga, rodando para alejarnos de la puerta abierta.
Nos quedamos tirados ahí, jadeando, envueltos en el traqueteo rítmico del tren. Afuera, las luces y los gritos se fueron desvaneciendo rápidamente a medida que el tren aceleraba, adentrándose en las afueras de la ciudad.
Habíamos escapado. Por ahora.
Revisé a Leonardo. Estaba ileso, dormido, ajeno al infierno de b*las del que acabábamos de escapar. Rompí a llorar. Un llanto silencioso, convulsivo, mezclado con fiebre y agotamiento.
Checo se arrastró hacia mí y cerró la pesada puerta corrediza del vagón. Nos quedamos en completa oscuridad.
—Lo logramos, jefa —dijo, dejándose caer contra la pared del vagón, respirando con dificultad.
Encendió su encendedor de plástico para darnos algo de luz. Lo miré. Su rostro estaba cubierto de hollín, sudor y s*ngre. Había arriesgado su vida por una completa extraña.
—Me salvaste la vida otra vez —le dije, mi voz quebrándose—. Eres un ángel, Checo.
Él soltó una risa amarga y apagó el encendedor.
—Los ángeles no existen en Monterrey, señora. Solo existen los cabrnes con suerte. Y hoy, tuvimos un chngo de suerte.
El viaje en tren duró lo que parecieron horas. En la oscuridad total del vagón, el frío de la madrugada comenzó a ceder ante el calor sofocante del amanecer. Mi fiebre aumentaba. Empecé a delirar un poco, viendo sombras donde no las había.
Escuchaba la voz de mi padre en mi cabeza. Lo veía en su despacho, sonriéndome, pidiéndome que nunca confiara ciegamente en nadie. Julián se había encargado de que esa lección me costara todo.
Alrededor de las ocho de la mañana, el tren comenzó a disminuir su velocidad.
Checo abrió un poco la puerta del vagón. Un rayo de luz de sol nos g*lpeó los ojos.
—Ya pasamos los límites de la ciudad —anunció, asomándose—. Estamos cerca de Santiago. Ahorita que el tren reduzca la velocidad para cambiar de vía, tenemos que saltar. ¿Lista?
Asentí con pesadez. Apenas podía sostenerme en pie.
Cuando el tren frenó lo suficiente, saltamos hacia un terraplén de pasto y tierra. Rodamos cuesta abajo. El g*lpe me sacó el aire de los pulmones, pero logré proteger a mi bebé en todo momento.
Nos levantamos llenos de tierra. Estábamos en una carretera rural. A lo lejos, se veían las imponentes montañas de la Sierra Madre, verdes y majestuosas.
Caminamos por el acotamiento de la carretera durante casi una hora. Cada paso era una batalla contra mi propio cuerpo, que me pedía a gritos rendirme.
Finalmente, a lo lejos, vi los muros altos de piedra, rodeados de alambres de púas y cámaras de seguridad. El portón de hierro forjado tenía las iniciales “A.G.” grabadas en el centro.
Era el rancho blindado. El hogar de Don Arturo Garza.
Llegamos tambaleándonos hasta la entrada.
Dos hombres armados con rfles de alto pder salieron de la caseta de vigilancia, apuntándonos de inmediato.
—¡Alto ahí! ¡Identifíquense! —gritó uno de los guardias, sin bajar el *rma.
—¡No disp*ren! —gritó Checo, levantando las manos—. Venimos buscando a Don Arturo.
—¡El patrón no recibe a vagabundos! Lárguense antes de que los usemos de práctica de t*ro.
Me adelanté, quitándome la capucha de la sudadera para que pudieran ver mi rostro, pálido, sucio y lleno de sudor.
—Díganle a Arturo Garza… que Valeria de la Torre, la hija de su compadre Leonardo, está aquí —dije con la poca voz que me quedaba—. Y dígale que necesito hablar con él. Ahora mismo.
Los guardias intercambiaron una mirada de duda. Uno de ellos bajó el *rma y tomó su radio.
Esperamos tres eternos minutos bajo el sol ardiente de Nuevo León.
De pronto, los motores eléctricos del portón zumbaron. Las enormes puertas de hierro comenzaron a abrirse lentamente, revelando un camino empedrado que llevaba a una mansión de estilo colonial.
Un carrito de golf bajó por el camino a toda velocidad, conducido por un hombre mayor, de cabello canoso, sombrero tejano y bigote espeso. Sus ojos se clavaron en mí desde la distancia.
El carrito frenó bruscamente frente a nosotros.
Don Arturo Garza se bajó. Me miró de arriba abajo, observando mis ropas sucias, la s*ngre en mis manos, al muchacho que me acompañaba, y finalmente, el pequeño bulto que yo acunaba en mi pecho.
Su rostro, marcado por los años y el carácter fuerte norteño, se palideció.
—¡Valeria, muchacha de Dios! —exclamó, quitándose el sombrero y acercándose a mí—. En las noticias acaban de decir que te encontraron m*erta en tu camioneta, al fondo de un barranco en La Huasteca.
El mundo dejó de girar.
¿Merta? Julián ya había cerrado el trato. Había plantado un cdáver calcinado en mi vehículo para fingir mi f*nal y cobrar todo.
Mis rodillas finalmente cedieron. Don Arturo me alcanzó a atrapar antes de que mi cara golpeara el suelo empedrado, pero mientras la oscuridad de la inconsciencia me tragaba, alcancé a escuchar algo que hizo que mi s*ngre se helara aún más.
—Llévenla adentro rápido —ordenó Don Arturo a sus hombres, su voz sonando tensa—. Y que nadie se entere que está aquí. Julián y su abogado están en la sala de juntas, firmando los papeles de la herencia en este preciso momento.
PARTE FINAL: LA RESURRECCIÓN DE LA HEREDERA Y EL COBRO DE S*NGRE
El olor a sábanas de algodón egipcio limpio y a yodo medicinal fue lo primero que registró mi cerebro al salir de las tinieblas. La oscuridad de la inconsciencia me había tragado justo cuando Don Arturo me atrapó antes de que mi cara golpeara el suelo empedrado. Mis párpados pesaban como si estuvieran hechos de plomo, pero el instinto maternal, esa fuerza primitiva y salvaje que me había mantenido viva bajo aquel puente húmedo y en los túneles fétidos, me obligó a abrir los ojos de g*lpe.
—¡Mi bebé! —grité, o al menos intenté gritar. De mi garganta solo salió un graznido seco y rasposo.
Me incorporé bruscamente, sintiendo un tirón en el dorso de mi mano derecha. Tenía una aguja intravenosa conectada, administrándome suero y lo que supuse eran fuertes antibióticos. El d*lor en mi zona pélvica seguía ahí, un recordatorio latente de que había dado a luz sobre el frío concreto, pero ya no era esa agonía cegadora que me había hecho caer de rodillas entre los escombros.
—Tranquila, mi niña, tranquila —una voz gruesa y cálida resonó a mi derecha.
Giré la cabeza. Don Arturo Garza estaba sentado en un sillón de cuero junto a la enorme cama en la que me encontraba. Su sombrero tejano descansaba sobre sus rodillas. A su lado, de pie y con los brazos cruzados, estaba un hombre de bata blanca que ajustaba el goteo de mi suero.
Pero lo que hizo que mi alma volviera al cuerpo fue lo que vi al otro lado de la habitación. En una cuna de caoba maciza, envuelto en mantas de lana fina, estaba Leonardo. Dormía plácidamente, con el rostro limpio y rosado. Ya no tenía ese tono moradito de frío. Estaba a salvo.
—El niño está en perfectas condiciones, Valeria —me dijo Don Arturo, levantándose con dificultad y acercándose a la cama—. El Doctor Medina los revisó a ambos en cuanto mis hombres la metieron a la casa. Tienes una infección severa por las condiciones del parto y la suciedad de las alcantarillas, y perdiste mucha s*ngre, pero eres fuerte. Igual de terca y fuerte que tu padre.
—¿Dónde está Checo? —fue lo segundo que pregunté, recordando al muchacho sucio y valiente que había arriesgado su propia vida enfrentándose a los mtones de Julián y a la perco de Renata para salvar a una extraña.
—Ese chamaco tiene más vidas que un gato callejero —respondió Don Arturo con una sonrisa torcida, señalando hacia la puerta doble de la habitación—. Se está bañando en el cuarto de huéspedes del fondo. Mis cocineras le prepararon un festín que alcanzaría para un regimiento. Me contó todo, Valeria. Me contó lo de Julián. Lo de la emboscada. Lo del pnche cdáver falso que plantaron en tu camioneta.
La mención de Julián hizo que la s*ngre me hirviera en las venas. La debilidad desapareció, reemplazada por una inyección letal de adrenalina. Recordé las palabras de Don Arturo justo antes de que yo me desmayara en el patio: Julián y su abogado están en la sala de juntas, firmando los papeles de la herencia en este preciso momento.
—Dime que no lo dejaste ir, Arturo. Dime que ese infeliz sigue en tu casa —supliqué, intentando arrancarme la vía intravenosa con la mano libre.
El Doctor Medina se apresuró a detenerme.
—Señora De la Torre, por favor, su cuerpo ha sufrido un trauma masivo. No puede levantarse.
—¡No me toque! —le espeté, mis ojos inyectados en una furia fría y calculadora que nunca antes había conocido en mí—. Mi marido intentó mtarme. Contrató scarios para que me czaran como a un animal. Mtó a mi padre fingiendo una falla en los frenos en la carretera a Saltillo. No me voy a quedar en esta cama mientras él se roba el imperio que mi familia construyó con s*ngre y sudor.
Don Arturo le hizo una seña al doctor para que retrocediera. El viejo empresario norteño me miró con un respeto profundo, asintiendo lentamente.
—No se ha ido, Valeria. Lo tengo entretenido en el ala este de la hacienda. Le dije que mis abogados necesitaban revisar minuciosamente las cláusulas de la fusión antes de que yo estampara mi firma final y reconociera su toma de poder absoluta sobre el Grupo De la Torre. Está desesperado. Quiere cerrar el trato hoy mismo, escudándose en su papel de “viudo destrozado”. Ha llorado lágrimas de cocodrilo frente a mi notario durante las últimas dos horas.
—Quiero ir —sentencié, apartando las pesadas sábanas y bajando mis pies desnudos al piso de madera pulida. Las piernas me temblaron como gelatina, pero me sostuve del borde de la cama—. Voy a desenmascarar a ese b*stardo.
Don Arturo no intentó detenerme. En su lugar, caminó hacia un enorme armario antiguo y sacó un vestido negro, elegante, de corte sobrio.
—Era de mi difunta esposa —murmuró, entregándomelo con cuidado—. Si vas a volver de entre los m*ertos, Valeria, hazlo con la dignidad que te arrebataron. El chamaco, Checo, me dijo que te prometiste cobrar cada lágrima. Ha llegado la hora de cobrar la factura completa.
Tardé veinte minutos en arreglarme. El Doctor Medina, a regañadientes, me inyectó un analgésico de grado militar directo en la vena para adormecer el dlor físico de las crtadas y el postparto. Me lavé la cara en el baño adjunto. Al mirarme en el espejo, no reconocí a la mujer que me devolvía la mirada. Ya no era la ingenua Valeria, la esposa trofeo, la heredera confiada que no sabía que estaba durmiendo con el enemigo. Mi rostro estaba pálido, tenía un crte irregular en la mejilla izquierda (un recuerdo de mi pelea a merte con Renata y la botella rota), y mis ojos lucían oscuros, hundidos, pero llenos de un fuego abrasador.
Salí de la habitación vestida de luto riguroso. Checo ya me estaba esperando en el pasillo. Llevaba ropa limpia, unos jeans ajustados y una camisa negra que le quedaba un poco grande. Su brazo herido había sido vendado profesionalmente por el médico. Se acercó a mí con paso firme, ya no parecía un niño de la calle; parecía mi guardaespaldas personal.
—¿Lista, jefa? —me preguntó en un susurro, acomodándose la chaqueta. Pude ver el bulto del rev*lver que le habíamos quitado a Renata asomando discretamente por su cintura.
—Nunca he estado más lista en mi vida, Checo. Vamos a cazar ratas.
Don Arturo nos guió a través de los interminables y silenciosos pasillos de su hacienda colonial. Sus hombres de seguridad, vestidos de civil pero fuertemente rmados con rfles de asalto, estaban apostados estratégicamente en cada esquina. El rancho era una verdadera fortaleza. Si Julián había traído a sus scarios, estarían completamente superados en número y pder de fuego.
Llegamos a unas pesadas puertas dobles de roble tallado. Desde el otro lado, se escuchaba la voz de Julián. Sonaba tan elocuente, tan perfecta. La misma voz con la que me juraba amor eterno, la misma voz con la que le prometía a Renata que mi f*nal sería “un simple accidente médico”.
—…es una trgedia incomprensible, Licenciado —decía Julián, fingiendo un quiebre en su voz—. Mi Valeria… mi adorada esposa. Las autoridades dicen que perdió el control de la camioneta. El vehículo se incendió al caer al barranco. No quedó… no quedó casi nada de ella. El dlor es insoportable, pero ella hubiera querido que el legado de su padre no se detuviera. Por eso necesito que Don Arturo firme la liberación de las acciones. Es mi deber como su viudo proteger la empresa de cualquier caída en la bolsa.
Escuché el sonido de unos papeles siendo arrastrados por una mesa de madera.
—Comprendo su dolor, Arquitecto De la Torre —respondió el notario, ignorante de la monstruosidad del hombre que tenía enfrente—. Si el acta de defunción ha sido certificada y los restos calcinados fueron identificados positivamente por usted… entonces, procedamos. En cuanto Don Arturo entre, cerramos el protocolo.
Don Arturo me miró, asintió levemente y empujó las puertas de roble con ambas manos.
Entramos a la inmensa sala de juntas. Julián estaba sentado a la cabeza de la mesa de cristal, vestido con un traje negro impecable, una corbata oscura y el cabello perfectamente peinado. Su abogado personal y el notario de Don Arturo estaban sentados a su derecha.
Cuando Julián levantó la vista y me vio entrar detrás de Don Arturo, el tiempo se congeló.
La pluma Montblanc que sostenía en su mano derecha resbaló entre sus dedos y cayó al suelo, manchando la alfombra persa de tinta azul. El color desapareció de su rostro en un segundo, dejándolo tan blanco como el papel que estaba a punto de firmar. Sus pupilas se dilataron al máximo, reflejando el pánico más puro y primitivo que he visto en un ser humano.
—Buenas tardes, caballeros —dijo Don Arturo con voz tronante, caminando hacia su asiento—. Disculpen la demora. Traje a alguien que estaba muy interesada en escuchar sobre la fusión.
Julián intentó ponerse de pie, pero sus piernas le fallaron y volvió a caer pesadamente sobre la silla de cuero. Abrió la boca varias veces, pero ningún sonido salió de su garganta. Parecía estar viendo a un f*ntasma. Y, a todos los efectos legales de su plan, yo lo era.
—¿Julián? Mi amor… —dije, dando pasos lentos y medidos hacia la mesa. Mi voz era suave, venenosa, replicando exactamente el tono que Renata había usado conmigo en el sótano —. No deberías llorar tanto por los m*ertos… especialmente cuando todavía respiran.
El abogado de Julián se puso de pie, completamente desconcertado.
—¿Señora De la Torre? ¡Pero… las noticias! ¡Los reportes policiales! Julián, ¿qué está pasando aquí? ¡Usted juró bajo protesta de decir verdad que ella estaba dentro del vehículo en La Huasteca!
Julián comenzó a hiperventilar. El sudor frío le perló la frente.
—Es… es un error… —balbuceó, retrocediendo su silla—. ¡Tú estás merta! ¡Yo vi las ftos del vehículo!
—¿Qué pasa, Julián? —me acerqué hasta quedar al otro lado de la mesa, apoyando mis manos sobre el cristal frío—. ¿Tus mtones no te avisaron que tu plan perfecto se fue al crajo? ¿Tus s*carios de Santa Catarina no te llamaron para decirte que me escapé por debajo del puente? Qué raro. Pensé que el gran arquitecto De la Torre no dejaba cabos sueltos.
El pánico de Julián se transformó repentinamente en una rabia animal al verse acorralado. Comprendió en fracciones de segundo que todo su teatro se había derrumbado. No solo no iba a quedarse con la empresa; iba a pasar el resto de sus días pudriéndose en una celda de máxima seguridad.
—¡Eres una p*rra! —gritó, perdiendo cualquier rastro de la elegancia que lo caracterizaba.
Metió la mano rápidamente bajo su saco, un movimiento que gritaba peligro. Pero antes de que pudiera sacar el rma que llevaba escondida, Checo ya había saltado sobre la mesa de cristal con la agilidad de un felino. El muchacho callejero le propinó una ptada voladora directa a la mandíbula que lo hizo salir despedido hacia atrás, chocando violentamente contra un librero de caoba.
El *rma de Julián, una escuadra cromada, salió volando por el suelo.
Los hombres de seguridad de Don Arturo irrumpieron en la sala de juntas, cortando cartucho y apuntando sus rfles de asalto directamente a la cabeza del traidor, que gemía en el suelo, escupiendo sngre y tocándose la mandíbula fracturada.
—¡No te muevas, cabr*n, o te vuelo los sesos aquí mismo! —rugió uno de los escoltas norteños, pisándole el pecho con su bota.
El notario y el abogado de Julián estaban encogidos en una esquina, temblando de terror.
—Licenciado Morales —me dirigí al abogado de mi esposo, con la misma frialdad de quien dicta una carta—. Más le vale que empiece a redactar un documento donde mi todavía esposo confiesa todo el desfalco, la conspiración de assinato en mi contra, y el sabotaje a la camioneta de mi padre. Porque si descubro que usted sabía un gramo de esta asquerosidad, me voy a encargar personalmente de que le quiten la licencia y termine de compañero de celda de este m*nstruo.
El abogado asintió frenéticamente, con los ojos llenos de lágrimas. —Yo no sabía nada, señora De la Torre, se lo juro por mi familia. Él me dijo que fue un accidente.
Caminé lentamente hacia donde Julián estaba tirado, tosiendo y mirando con *dio puro a Checo. Me agaché a su nivel, sin importarme que el vestido rozara la alfombra manchada de tinta. Lo agarré del cabello perfectamente engominado y le levanté la cara para que me mirara a los ojos.
—Mi padre te abrió las puertas de nuestra casa. Te di mi vida entera. Te amé ciegamente —le susurré, sintiendo una última punzada de dolor emocional antes de bloquearlo para siempre—. Y tú planeaste m*tarme mientras estaba embarazada de tu propio hijo.
—Ese mocoso solo era un maldito estorbo… —escupió Julián, sonriendo con los dientes manchados de s*ngre rojo brillante.
Le di una bofetada con todas las fuerzas que me quedaban, el sonido resonó como un l*tigazo en la sala silenciosa.
—Pues el estorbo y yo te acabamos de destruir. Ah, y por si te lo preguntabas, tu querida Renata está tirada en un charco de lodo en las alcantarillas de la ciudad. Sobrevivió, lamentablemente. Lo suficiente para que la policía que Don Arturo ya llamó la recoja y la procese por intento de h*micidio. Los van a encerrar en pabellones separados, pero espero que se piensen mucho el uno al otro mientras se pudren en el infierno de Penal del Topo Chico.
En ese momento, el sonido de sirenas inundó el ambiente. Los destellos rojos y azules de las patrullas de la Policía Federal (contactos de extrema confianza de Don Arturo, que no estaban en la nómina de Julián) iluminaron los ventanales de la hacienda.
—Todo tuyo, Comandante —dijo Don Arturo cuando los agentes irrumpieron en la sala.
Julián comenzó a forcejear, a gritar como un lunático mientras lo esposaban y lo levantaban del suelo.
—¡La empresa es mía! ¡Yo la hice crecer! ¡Ustedes no son nada sin mí! —bramaba, mientras lo arrastraban hacia la salida, perdiendo un zapato en el camino.
Me quedé de pie en medio de la sala, escuchando cómo sus gritos se desvanecían en la distancia hasta ser apagados por el portazo de la patrulla blindada. El silencio que siguió fue el más hermoso que había escuchado en mi vida. El peso opresivo que había llevado en el pecho desde que descubrí su traición en el penthouse finalmente se evaporó.
El peligro había pasado. Habíamos ganado.
Checo se acercó a mí, frotándose los nudillos raspados. Me miró con esa mezcla de respeto y chulería callejera que lo caracterizaba.
—P*gado y empacado, jefa. ¿Se encuentra bien?
Lo miré y, por primera vez en veinticuatro horas de puro infierno, sonreí de verdad. Una sonrisa cansada, rota, pero genuina.
—Estoy viva, Checo. Gracias a ti.
Don Arturo se acercó y me puso una mano paternal en el hombro.
—El abogado ya está redactando la anulación y la transferencia total de poderes, Valeria. A partir de hoy, tú eres la dueña absoluta del Grupo De la Torre. Y de tu propio destino. Ve a descansar. Tu hijo te necesita.
SEIS MESES DESPUÉS
El viento cálido de Monterrey soplaba sobre la terraza de mi nuevo penthouse en San Pedro Garza García. Había vendido la antigua casa; no quería que mi hijo creciera rodeado de fantasmas.
Estaba sentada en una silla de diseñador, sosteniendo a Leonardo, que ahora era un bebé fuerte, sano y risueño, ajeno a la tempestad de s*ngre y traición que rodeó su llegada a este mundo. Le acaricié su cabello oscuro, sintiendo una paz absoluta.
Detrás de mí, la puerta corrediza de cristal se abrió. Checo entró en la terraza. Ya no vestía ropa desgastada ni olía a humedad. Llevaba un traje hecho a la medida, lucía un corte de cabello profesional y sostenía una carpeta de cuero.
—Señora Valeria, los reportes de seguridad de las nuevas obras ya están revisados. Y el Licenciado Morales envió los últimos documentos del fideicomiso que pidió para mi universidad —dijo, usando un tono profesional, aunque sus ojos seguían teniendo ese brillo pícaro.
Lo había nombrado jefe de mi equipo de seguridad personal y le estaba pagando la carrera de ingeniería que siempre había soñado tener pero que la calle le había negado. Él no era un empleado; era el hermano menor que la vida me debía, el tío protector de Leonardo.
—Gracias, Sergio —le dije, usando su nombre real, aunque para nosotros siempre sería Checo—. Déjalos en el escritorio.
Julián y Renata habían sido condenados a cuarenta y cinco años de prisión sin derecho a fianza. El imperio constructor que mi padre fundó estaba alcanzando niveles récord de ganancias bajo mi mando.
Miré la ciudad extendiéndose bajo mis pies, iluminada por los rayos dorados del atardecer. Me habían tirado al lodo, me habían cazado y me habían dado por m*erta. Pero olvidaron la regla más importante de este mundo despiadado: si vas a enterrar a una heredera, más vale que te asegures de no dejarla salir.
Porque si sale… regresará para quemar todo tu mundo hasta los cimientos. Y yo, Valeria de la Torre, apenas estaba empezando a construir el mío.
FIN