
El aire cálido del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México me golpeó el rostro en cuanto crucé las puertas automáticas.
Mateo sujetaba mi mano con fuerza, sus grandes ojitos brillando de emoción por conocer el país donde yo había nacido.
Llevaba cinco años escondiéndome en Japón.
Cinco m*lditos años intentando olvidar lo que pasó aquella noche.
Pero de pronto, mis piernas empezaron a temblar.
El ruido de las maletas rodando y las voces de la gente desaparecieron por completo de mi cabeza.
Ahí estaba él.
Alejandro Castellanos, el poderoso presidente del Grupo Imperial.
Vestía un traje negro impecable, parado justo en la salida.
Su mirada fría, dominante y oscura se clavó en mí.
Sentí que me asfixiaba, que el aire me faltaba por completo.
Pensé que iba a reaccionar con furia, que me iba a destrozar con su desprecio.
Pero se quedó inmóvil.
Mateo tiró de mi blusa y preguntó con inocencia: “Mami… ¿quién es ese señor?”.
Alejandro bajó la vista hacia mi hijo y el tiempo se congeló.
Vi cómo sus ojos recorrían la misma arruga en la frente que se le formaba a Mateo cuando estaba nervioso, exactamente igual a la de su padre.
—¿Cuántos años tiene? —su voz sonó ronca, casi rota.
Tragué saliva, sintiendo el pánico en la garganta.
—Cinco.
Cerró los ojos un instante, como si estuviera soportando un d*lor inmenso.
Cuando los abrió, la calma en su rostro era aterrorizante.
—Cinco años, Valeria —susurró, acercándose un paso—. Cinco años en los que me arrebataste a mi hijo.
—No fue así… —intenté defenderme con un hilo de voz.
—¿Entonces cómo fue? —me cortó, con un tono más peligroso—. Desapareciste sin dejar rastro, renunciaste, cambiaste de país.
Agarré la manita de Mateo con más fuerza.
PARTE 2: EL PRECIO DE LA HUIDA
El silencio entre nosotros pesaba como una losa de cemento.
Agarré la manita de Mateo con más fuerza, tanta que el niño dio un pequeño tirón, quejándose en un murmullo.
—Mami… me aprietas —sollozó mi pequeño, mirándome con esos ojos grandes y oscuros que eran el espejo exacto del hombre que nos bloqueaba el paso.
Relajé el agarre de inmediato, pero mis nudillos seguían blancos.
Alejandro no apartaba la vista de mí.
Su mandíbula estaba tensa, cuadrada, marcando ese músculo que siempre se le notaba cuando estaba a punto de estallar de c*raje.
Recordaba esa expresión.
La vi la noche en que me echó de su oficina, la noche antes de que yo descubriera que estaba embarazada y decidiera que huir era mi única opción para no ser destruida por su familia.
—Alejandro, por favor… —supliqué en un susurro, sintiendo que las piernas no me iban a sostener—. Déjanos pasar. Mi mamá está en el hospital, vengo a verla. No vengo a buscar problemas.
Él soltó una risa seca, sin humor, que me heló la sangre.
—¿Problemas? —dio un paso más, acorralándome contra el carrito de las maletas—. Tú no sabes lo que es un problema, Valeria. Pero estás a punto de averiguarlo.
Levantó una mano y, como si hubieran estado escondidos en las sombras, dos hombres enormes con trajes oscuros aparecieron a nuestros lados.
Eran sus guardaespaldas.
—Señor —dijo uno de ellos, con voz grave, esperando órdenes.
—Lleven las maletas de la señorita a la camioneta. La blindada —ordenó Alejandro sin dejar de mirarme a los ojos—. Y preparen la ruta a la casa de las Lomas.
El pánico me subió desde el estómago hasta la garganta.
—¡No! —grité, más fuerte de lo que pretendía. Varias personas en el aeropuerto voltearon a vernos—. ¡No voy a ir a ningún lado contigo! ¡Tengo que ir a la clínica!
Alejandro se inclinó hacia mí.
Su perfume, esa mezcla de madera de cedro y algo cítrico y caro que siempre me mareaba, inundó mis sentidos.
—No hagas un escándalo aquí, Valeria —susurró cerca de mi oído, su voz sonando como una navaja afilada—. No frente a mi hijo.
La palabra “hijo” salió de su boca con una posesividad que me hizo temblar.
—Él es mío —le respondí, con los dientes apretados, sintiendo cómo las lágrimas de impotencia me quemaban los ojos.
—Tiene mi s*ngre. Tiene mis ojos. Y, por lo que veo, tiene mi mismo maldito carácter —respondió él, bajando la vista hacia Mateo, quien lo miraba fijamente, sin miedo, como si estuviera evaluándolo.
—Mami, ¿nos van a llevar en ese coche grandote? —preguntó Mateo, ajeno a la g*erra que se estaba desatando sobre su pequeña cabeza.
Alejandro suavizó su expresión por un milisegundo al mirar al niño.
—Sí, campeón —le dijo Alejandro, con una voz que jamás le había escuchado. Sonaba… vulnerable—. Te voy a llevar en un coche grandote. ¿Te gustan los coches?
Mateo asintió, soltando mi mano por un segundo para señalar la puerta de salida.
—¡Me gustan los que corren muy rápido! En Japón los trenes van ziuuum —hizo un sonido con la boca y un gesto con la mano.
Alejandro cerró los ojos y respiró hondo.
Pude ver cómo se le marcaban las venas del cuello.
El simple hecho de escuchar a su hijo hablar de Japón, de los cinco años que se había perdido, lo estaba matando por dentro.
—Vamos —dijo Alejandro, abriendo los ojos. Ya no había rastro de vulnerabilidad. Solo una determinación fría y absoluta—. Ahora.
Sabía que si me resistía, sería peor.
Alejandro Castellanos era el hombre más poderoso de México.
Tenía a la policía, a los jueces y a los medios comiendo de su mano.
Si yo hacía un berrinche en pleno aeropuerto, era capaz de quitarme a Mateo ahí mismo con una orden judicial comprada.
Asentí, derrotada.
Caminamos hacia la salida.
El calor húmedo y el olor a smog de la Ciudad de México nos recibieron.
Una camioneta SUV negra, enorme y blindada, estaba estacionada en doble fila.
Uno de los guardaespaldas abrió la puerta trasera.
Subí a Mateo primero. El niño estaba maravillado con los asientos de piel y las pantallas en los respaldos.
Me senté a su lado, sintiéndome pequeña y atrapada.
Alejandro subió del otro lado, cerrando la puerta con un golpe sordo que me sonó a una sentencia de m*erte.
El motor arrancó y la camioneta se integró al tráfico pesado de la ciudad.
El silencio adentro era asfixiante.
El aire acondicionado zumbaba suavemente, pero yo estaba sudando frío.
Mateo se asomaba por la ventana polarizada, viendo los edificios grises y los puestos de tacos en las banquetas.
—Mami, todo está muy sucio aquí —comentó Mateo con su vocecita aguda.
Sentí mis mejillas arder de vergüenza.
Alejandro giró la cabeza para mirarme.
—Lo criaste al otro lado del mundo, lejos de sus raíces, para que piense que su país es sucio —murmuró Alejandro, con veneno en cada sílaba.
—Lo crie donde estaba a salvo —me defendí en voz baja, para que Mateo no escuchara—. Lo crie trabajando de sol a sol limpiando mesas y enseñando español, sin un solo peso tuyo.
—¡Porque tú lo decidiste! —levantó la voz, pero se detuvo abruptamente cuando Mateo se asustó y volteó a verlo.
Alejandro se pasó una mano por el cabello negro, grueso y perfectamente peinado.
—Tú decidiste robarme la oportunidad de ser padre, Valeria —continuó en un tono más bajo, pero igual de dloroso—. Tú decidiste que yo no era digno de saber que mi smen había dado frutos.
—¡No hables así frente al niño! —le reclamé, escandalizada por sus palabras.
—Él no entiende —replicó Alejandro, mirando a Mateo, que ya había vuelto a distraerse con las motos que pasaban esquivando coches—. ¿Qué le dijiste sobre mí? ¿Le dijiste que estaba m*erto? ¿Le dijiste que lo abandoné?
Tragué el nudo espinoso que tenía en la garganta.
—Le dije que su papá vivía muy lejos. Y que nos quería mucho, pero que no podíamos estar juntos.
Alejandro soltó una carcajada amarga.
—Qué considerada. Le mentiste para no quedar como la v*llana del cuento.
—¡Yo no soy la vllana, Alejandro! —estallé, ya sin poder contenerme—. ¡Tu madre me amenazó! ¡Me dijo que si no desaparecía, me iba a destruir! ¡Que me iban a plantar drgas y me iban a meter a la c*rcel, y que el niño se quedaría en el orfanato!
Alejandro se quedó paralizado.
Sus ojos negros se abrieron de par en par.
—¿Qué dijiste? —su voz sonó hueca, como si le hubieran sacado el aire de los pulmones.
Me mordí el labio inferior hasta que sentí el sabor a s*ngre metálica.
Me había prometido nunca decírselo. Me había prometido tragarme ese secreto hasta la tumba.
Pero la presión era demasiada.
—Lo que oíste —susurré, mirando hacia mis manos temblorosas—. El día que me despediste, me sentía tan mal que fui al médico de la empresa. Me confirmaron el embarazo. Tu madre se enteró antes que yo, porque los médicos del corporativo le reportan todo a ella.
Alejandro negaba con la cabeza, lentamente.
—No. Mi madre no haría eso. Ella… ella me habría dicho.
—Tu madre me citó en su oficina esa misma tarde —continué, las lágrimas finalmente desbordándose y resbalando por mis mejillas calientes—. Me tiró un cheque en blanco en la cara. Me dijo que una simple asistente de archivo, una gata de vecindad como yo, jamás iba a mezclar su s*ngre con la dinastía Castellanos.
El rostro de Alejandro palideció.
—Mientes —susurró, pero sonaba débil. Él conocía a su madre. Él sabía de lo que doña Mercedes era capaz.
—No miento —lo miré fijamente, retándolo a ver la verdad en mis ojos—. No acepté el dnero. Pero ella me acorraló. Me dijo que tenía contactos en la policía. Que bastaba una llamada para que encontraran paquetes de ccaína en mi casillero. Que pasaría veinte años en Santa Martha Acatitla y que mi bebé nacería en prisión.
Un sollozo se me escapó del pecho.
Mateo se giró al escucharme llorar.
—Mami, ¿por qué lloras? —el niño se desabrochó el cinturón y se trepó en mis piernas, abrazándome el cuello con sus bracitos cálidos—. No llores, mami. Ya llegamos a México. Ya vamos a ver a la abuelita.
Abrace a mi hijo contra mi pecho, escondiendo mi rostro en su cabello oscuro y lacio.
Alejandro miraba la escena, completamente destruido.
—Por eso huí —le dije, levantando la vista hacia él, con el rímel corrido y el alma hecha pedazos—. Junté mis ahorros, pedí un préstamo y me fui a Japón con una prima. No huí de ti, Alejandro. Huí para salvar la vida de nuestro hijo.
El silencio que siguió a mi confesión fue el más profundo y pesado que he experimentado en mi vida.
El hombre implacable, el tiburón de los negocios, el empresario que destrozaba competidores sin parpadear, estaba llorando.
Una sola lágrima traicionera rodó por la mejilla de Alejandro Castellanos.
Se la limpió de inmediato, con un gesto rudo, casi f*rioso.
—¿Por qué no acudiste a mí? —me preguntó, con la voz rota—. ¿Por qué no me dejaste protegerte?
—Porque me habías corrido esa misma mañana, Alejandro —le recordé, sintiendo un dlor sordo en el pecho al recordar aquel día—. Me habías humillado frente a toda la junta directiva por un error que yo no cometí. Me llamaste inútil. Me gritaste que no querías volver a verme en tu mldita vida.
Él cerró los ojos, apretando los puños sobre sus rodillas.
Sabía que yo tenía razón.
Aquella noche de p*sión, esa noche en la que nos quedamos hasta tarde en la oficina y las barreras se cayeron, fue solo un error para él.
A la mañana siguiente, volvió a ser el jefe frío y calculador, y ante el primer rumor de nuestro romance en los pasillos, me despidió para limpiar su imagen.
—Fui un idota —masculló entre dientes—. Fui un cbrón ciego y est*pido.
No supe qué responder a eso.
La camioneta siguió avanzando, dejando atrás el caos del centro y adentrándose en las zonas más exclusivas de la ciudad.
Las bardas altas cubiertas de enredaderas y los portones de madera maciza me indicaron que estábamos llegando a Lomas de Chapultepec.
—Alejandro —hablé, intentando mantener la calma—. Mi madre está en terapia intensiva en el hospital público de la Raza. Tuve que volar de urgencia porque le dio un infarto. Los médicos dicen que no pasará de esta noche. Por favor, te lo ruego. Déjame ir a verla.
Alejandro me miró. Su expresión había vuelto a cambiar.
Ya no había vulnerabilidad, pero tampoco había crueldad. Había una determinación aterradora.
—Iremos a verla —dijo, sacando su teléfono celular—. Pero no en ese hospital de m*rda.
Marcó un número y se llevó el aparato a la oreja.
—Bueno. Soy Castellanos. Quiero la mejor suite en el Hospital Ángeles del Pedregal. Preparen una ambulancia equipada para cuidados intensivos. Y consíganme al mejor cardiólogo del país. Tienen treinta minutos para trasladar a la señora Rosaura Pérez desde La Raza hasta el Ángeles. Si algo le pasa en el trayecto, los hundo a todos.
Colgó sin esperar respuesta.
Me quedé boquiabierta.
En menos de treinta segundos, había arreglado lo que a mí me habría costado la vida entera.
—¿Por… por qué haces esto? —balbuceé, sin poder creerlo.
—Porque es la abuela de mi hijo —respondió él, como si fuera lo más lógico del mundo—. Y porque es tu madre, Valeria.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—Pero antes de ir al hospital —continuó, y su tono se volvió de acero—, vamos a ir a mi casa. Mateo necesita descansar, bañarse y comer algo decente después de ese vuelo de quince horas.
—Yo me quedo con él —dije rápidamente.
—No —Alejandro me cortó—. Tú te vas al hospital. Yo me quedo con mi hijo.
—¡Estás loco! —grité, abrazando a Mateo con más fuerza. El niño me miró asustado—. ¡No lo voy a dejar contigo! ¡No te conoce! ¡Va a llorar!
Alejandro se acercó, invadiendo mi espacio vital otra vez.
—Vas a ir al hospital a despedirte de tu madre, Valeria. Y yo me voy a quedar en mi casa, con mi hijo, a empezar a recuperar los cinco años que me robaste.
—Alejandro, por favor… no me hagas esto.
—Tú me hiciste cosas peores —susurró, con un rencor profundo brillando en sus ojos negros—. Me escondiste la verdad. Me dejaste pudrirme en la culpa durante años pensando que te habías s*icidado después de que te despedí, porque nadie supo jamás a dónde fuiste.
Esa revelación me golpeó como un mazo.
¿Él pensó que yo estaba m*erta?
La camioneta disminuyó la velocidad y giró hacia un enorme portón de hierro forjado que se abrió automáticamente.
Entramos a una propiedad inmensa. Un jardín perfectamente cuidado, fuentes de piedra y una mansión de estilo colonial moderno que parecía un palacio.
Varios empleados uniformados salieron de inmediato para recibirnos.
El chófer detuvo el vehículo y apagó el motor.
Alejandro abrió su puerta, pero antes de bajar, se giró hacia mí.
—Bienvenida de nuevo a México, Valeria —dijo, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Se acabaron las huidas. De ahora en adelante, ustedes dos me pertenecen.
Un guardaespaldas abrió mi puerta.
El calor de la tarde me envolvió.
Mateo se bajó de mis piernas, emocionado por el lugar tan grande.
—¡Mira, mami! ¡Es un castillo! —gritó el niño, corriendo hacia el pasto.
Intenté ir tras él, pero Alejandro me agarró del brazo. Su agarre era firme, pero no me lastimaba.
—Ni se te ocurra intentar escapar otra vez —me susurró al oído, su aliento rozando mi cuello—. Porque esta vez, Valeria, juro por Dios que removeré cielo, mar y tierra, pero te encontraré. Y si lo vuelves a hacer, te quitaré a Mateo para siempre.
Me soltó y caminó hacia su hijo.
Vi cómo el hombre más temido de los negocios en México se ponía de cuclillas sobre el pasto, ensuciándose su traje de miles de dólares, para ponerse a la altura de Mateo.
—¿Te gustan los perros, campeón? —le preguntó Alejandro, con una sonrisa genuina.
—¡Sí! En Japón mi vecina tenía un Akita, pero yo quiero uno grande y peludo —dijo Mateo, confiando inmediatamente en ese gigante de traje que, en el fondo, sabía que era su s*ngre.
—Tengo un Golden Retriever que se llama Duque —dijo Alejandro—. ¿Quieres ir a conocerlo?
—¡Sí, señor! —brincó Mateo.
—No me digas señor —Alejandro pasó saliva duro, sus ojos brillando de nuevo con lágrimas contenidas—. Dime… dime papá.
Mateo ladeó la cabeza, confundido.
Miró a Alejandro, luego me miró a mí.
—¿Mami? —preguntó, buscando mi aprobación—. ¿Él es el papá que vivía muy lejos?
Sentí que el alma se me desgarraba en pedazos.
Miré a Alejandro. Sus ojos me suplicaban. Debajo de toda esa coraza de hombre implacable, había un padre roto pidiendo una oportunidad.
Asentí lentamente con la cabeza, llorando en silencio.
—Sí, mi amor —le dije con la voz quebrada—. Él es tu papá.
La sonrisa de Mateo iluminó todo el maldito jardín.
Corrió hacia Alejandro y se tiró a sus brazos.
Alejandro Castellanos, el presidente del Grupo Imperial, el hombre de hierro, rompió en llanto. Abrazó a su hijo con desesperación, hundiendo el rostro en el cuellito de Mateo, temblando como un niño pequeño.
Me quedé ahí, de pie frente a la mansión, viendo cómo la vida que había construido con tanto esfuerzo en Tokio se desmoronaba por completo.
Había vuelto a México.
Había vuelto a la jaula de oro.
Y esta vez, sabía perfectamente que Alejandro nunca nos dejaría salir.
Un auto negro más pequeño se estacionó detrás de la camioneta. Un hombre de traje gris bajó y se acercó a mí con respeto.
—Señorita Valeria —dijo el hombre, bajando la cabeza—. Soy el chofer que la llevará al Hospital Ángeles. La señora Rosaura ya está en camino en la ambulancia. El señor Castellanos me ordenó llevarla a usted de inmediato.
Miré hacia el jardín. Alejandro estaba cargando a Mateo en sus hombros, señalándole algo a lo lejos. Se veían como una pintura perfecta. Una pintura en la que yo era solo una sombra.
Subí al auto gris sin decir una palabra.
Mientras nos alejábamos de la mansión en Lomas de Chapultepec, saqué mi celular.
Tenía un mensaje de un número desconocido.
“Tu madre estará bien. Tómate el tiempo que necesites con ella. Mateo está a salvo conmigo. Te veo en la noche en la casa. No intentes nada est*pido, Valeria. Tienes mi tarjeta en tu bolso. Úsala para lo que necesites del hospital. Atentamente: A.C.”
Revisé mi bolso temblando.
En efecto, en uno de los compartimentos donde tenía mi pasaporte, había una tarjeta de crédito Black de American Express a mi nombre.
Él ya lo tenía todo planeado. Desde antes de que yo bajara del avión, él ya había movido todas sus fichas.
Cerré los ojos y dejé caer la cabeza contra la ventana del auto.
Había perdido la b*talla.
El viaje al hospital me pareció eterno. El nudo en mi estómago no desaparecía, y la culpa me carcomía. Culpa por mi madre, culpa por Mateo, culpa por Alejandro.
Llegué al Hospital Ángeles y, tal como él lo había prometido, el trato fue de la realeza.
Me dirigieron de inmediato al piso VIP.
Ahí estaba mi madre, conectada a decenas de monitores en una habitación que parecía más un cuarto de hotel de cinco estrellas que un hospital.
Un doctor de bata impecable y reloj caro se acercó a mí.
—¿Usted es la señorita Valeria Pérez? —preguntó.
—Sí, doctor. ¿Cómo está mi mamá?
—El traslado fue un éxito. El infarto fue severo, pero la hemos estabilizado. El señor Castellanos cubrió todos los gastos y autorizó el tratamiento más avanzado. Tiene suerte de contar con un apoyo así, señorita. Sin esta intervención privada, su madre probablemente no habría sobrevivido la noche en las condiciones de salud pública en las que se encontraba.
Me dejé caer en una silla de la sala de espera, sintiendo un peso inmenso sobre mis hombros.
Le debía la vida de mi madre al hombre del que había huido.
Entré a la habitación. Mi mamá estaba dormida, pálida, pero respirando tranquila. Le tomé la mano, áspera por los años de trabajo lavando ajeno, y lloré. Lloré por todo. Por el miedo, por el alivio, por el futuro incierto que nos esperaba.
Pasé horas ahí sentada, viendo el monitor cardíaco.
Alrededor de las nueve de la noche, mi celular vibró.
Era él otra vez.
“Mateo ya cenó y se quedó dormido. Preguntó por ti. El chofer está abajo esperándote. Ven a casa. Tenemos que hablar.”
Miré a mi madre una última vez, le di un b*so en la frente y salí.
El camino de regreso a las Lomas fue oscuro y silencioso. La Ciudad de México de noche era un monstruo iluminado.
Al llegar a la mansión, el silencio era absoluto.
Una empleada me recibió en la puerta.
—Buenas noches, señorita Valeria. El señor la espera en la biblioteca. Por aquí, por favor.
Seguí a la mujer por pasillos decorados con obras de arte invaluables y pisos de mármol que reflejaban la luz de candelabros de cristal.
La puerta de madera doble de la biblioteca estaba entreabierta.
Entré con cuidado.
Alejandro estaba sentado en un sillón de cuero frente a una gran ventana que daba al jardín oscuro. Tenía un vaso con líquido ámbar en una mano. Se había quitado el saco y la corbata, y tenía los primeros tres botones de la camisa desabrochados.
Se veía agotado. Mayor. Los cinco años no habían pasado en vano para él tampoco.
—Tu madre está fuera de p*ligro —dijo, sin mirarme, tomando un trago de su vaso—. El doctor me mandó el reporte.
—Gracias —murmuré, quedándome de pie junto a la puerta, sintiéndome como una intrusa en ese lugar tan elegante—. Te lo pagaré. Cada centavo. Trabajaré de lo que sea.
Alejandro soltó una risa amarga y finalmente giró para verme. Sus ojos oscuros estaban fijos en mí, analíticos, profundos.
—No me ofendas, Valeria. No necesito tu d*nero. Necesito a mi familia.
La palabra “familia” me hizo tragar saliva con dificultad.
—Nosotros no somos una familia, Alejandro. Tú y yo tuvimos una noche. Fue un error. Tú mismo me lo dijiste al día siguiente cuando me corriste.
Él se levantó de golpe. El vaso casi se le resbala de la mano.
—¡Te corrí porque estaba asustado, p*ndejo y no sabía qué hacer con lo que sentía por ti! —gritó, su voz retumbando en las paredes llenas de libros—. ¡Eras mi asistente! ¡Eras prohibida! ¡Pero me volvías loco desde el día que entraste a trabajar aquí!
Me quedé muda. El corazón me latía tan fuerte que pensé que me iba a desmayar.
—Esa noche no fue un error para mí —continuó, bajando la voz y acercándose lentamente, como un dpredador—. Fue la única noche en mi mldita vida en la que sentí algo real. Y al día siguiente, el miedo a arruinarte la vida y a destruir mi propio imperio me hizo actuar como un c*barde. Te despedí para protegerte de los buitres de esta empresa, pensando que te buscaría después, cuando las aguas se calmaran.
—Pero no lo hiciste —le reclamé, sintiendo un nudo de d*lor y rabia—. Me dejaste sola. A merced de tu madre.
—¡Porque cuando fui a buscarte a tu pequeño departamento en la colonia Doctores, ya no estabas! —rugió, agarrándose el cabello—. ¡Tu casera me dijo que te habías ido a la madrugada con unas maletas! ¡Puse a investigadores privados, Valeria! ¡Pagué m*llones! Pero te fuiste en un vuelo comercial a nombre de tu prima, cruzaste la frontera por tierra y luego volaste a Asia. ¡Fuiste un fantasma!
La intensidad de su mirada me quemaba.
—Pensé que te habías tirado a las vías del metro. Pensé que te habías qu*tado la vida por mi culpa. Viví cinco años yendo a psicólogos y emborrachándome cada aniversario del día que te despedí. Y hoy… hoy me entero de que estabas al otro lado del mundo, criando a mi hijo, enseñándole a decir ‘papá’ al aire vacío.
Se detuvo frente a mí. Estábamos tan cerca que podía sentir el calor que emanaba su cuerpo.
El olor a w*isky y a su perfume me invadió.
—Mi madre… —empezó a decir, y su mandíbula se tensó hasta hacer un sonido audible—. Mi madre ya no será un problema, Valeria.
Levanté la vista.
—¿Qué quieres decir?
—Esta tarde, mientras tú estabas en el hospital con la tuya, yo tuve una plática muy extensa con mi querida madre —sus ojos brillaron con una frialdad absoluta—. Le informé que su nieto había aparecido. Que la mujer a la que amenazó hace cinco años, la mujer que huyó por su culpa, estaba de regreso.
Me estremecí. Doña Mercedes era una víbora. Una mujer de alta sociedad dispuesta a destruir vidas de clase baja como la mía sin despeinarse.
—¿Y qué te dijo? —pregunté, temblando.
—Negó todo al principio. Clásica Mercedes —Alejandro tomó otro sorbo de su bebida—. Pero le enseñé pruebas. Le enseñé el rastro del dinero que intentó mover a la cuenta que te ofreció. Cuando no pudo negarlo más, le dije que empacara sus cosas.
—¿La corriste? —pregunté incrédula. Alejandro adoraba a su madre. Era su única familia después de la muerte de su padre.
—La mandé a la residencia de retiro en Valle de Bravo. Le quité su asiento en la junta directiva y le bloqueé sus cuentas principales. Le dije que si intentaba acercarse a ti o a Mateo, la destruiría públicamente.
El impacto de sus palabras me dejó sin aliento.
Alejandro Castellanos acababa de desterrar a su propia madre para protegerme a mí. A la empleada. A la mujer que le ocultó a su hijo.
—Tú… ¿tú hiciste eso por mí? —susurré.
Él dejó el vaso en una mesa cercana y dio un paso más. Acortó la distancia que quedaba entre nosotros. Levantó una mano grande y cálida, y acarició mi mejilla.
Cerré los ojos instintivamente al sentir su tacto. Quería odiarlo. Llevaba cinco años ensayando cómo odiarlo. Pero la verdad es que mi piel recordaba exactamente cómo se sentía estar bajo sus manos.
—Lo hice por mi familia, Valeria —susurró, inclinándose hasta que sus labios rozaron mi oreja—. Por la mujer que no he podido sacar de mi cabeza en cinco años. Y por el hijo que me diste.
—Alejandro, esto es una locura. No puedes retenernos aquí a la fuerza. Yo tengo un trabajo en Japón. Tenemos una vida allá. Mateo va a la escuela…
—Mateo irá a la mejor escuela privada de México —me interrumpió con tono definitivo, alejándose un poco para mirarme a los ojos—. Y tú no tienes que volver a limpiar mesas en tu vida. Te daré todo, Valeria. Te pondré el mundo a tus pies si eso es lo que quieres. Una empresa, casas, joyas, lo que me pidas.
—No quiero tus m*lditos lujos —le escupí, sintiendo que la rabia volvía—. ¡Quiero mi libertad!
Su mirada se oscureció de inmediato. El empresario posesivo volvió a salir a la luz.
—Eso es lo único que no te puedo dar.
—¿Me vas a tener s*cuestrada en este castillo?
—Te voy a tener donde perteneces —respondió con calma, pero con una firmeza que no admitía réplica—. Eres la madre del heredero del Grupo Imperial. No vas a vivir en un departamento barato en Tokio. No vas a ser empleada de nadie. Te vas a casar conmigo, Valeria.
Abrí la boca para protestar, pero de mi garganta no salió ningún sonido.
¿Casarme con él?
—¡Estás desquiciado! —exclamé, retrocediendo hacia la puerta—. ¡No te amo! ¡Y tú no me amas! ¡Esto es solo por el niño!
Alejandro me acorraló de nuevo contra la pesada puerta de madera. Apoyó ambas manos a los lados de mi cabeza, encerrándome en su jaula personal.
—No te atrevas a decirme qué siento y qué no siento —gruñó, con los labios a milímetros de los míos. Su mirada bajó a mi boca por un segundo, y vi el deseo crudo, sin filtrar, brillar en sus pupilas—. Quizás esto empezó por el niño. Quizás la rabia de que me lo ocultaras es lo que me mueve ahora. Pero te aseguro, Valeria, que cuando te vi hoy en ese aeropuerto, mi mundo entero volvió a girar en su eje.
Se acercó más. Podía sentir los latidos de su corazón contra mi pecho.
—Dime que me odias —me retó en un susurro ronco—. Mírame a los ojos y dime que en estos cinco años nunca pensaste en mí. Dime que cuando otro hombre te tocaba en Japón, no imaginabas que eran mis manos.
Tragué saliva, avergonzada porque mis mejillas se calentaron.
No hubo otros hombres en Japón.
No tuve tiempo, ni energía, ni… ganas. Porque, muy en el fondo de mi alma, esa noche en la oficina de la Ciudad de México me había marcado para siempre.
Mi silencio fue su mejor respuesta.
Una sonrisa arrogante, esa típica sonrisa de Alejandro Castellanos cuando ganaba una negociación multimillonaria, apareció en su rostro.
—Eso pensé —susurró, y antes de que pudiera esquivarlo, estampó sus labios contra los míos.
Fue un bso rudo, desesperado, lleno de furia contenida y cinco años de frustración. Intenté empujarlo, golpeé su pecho con mis puños, pero él era una pared de músculo. Me agarró por la cintura, pegándome a su cuerpo, y profundizó el bso hasta robarme el aliento.
Y lo peor de todo, es que mi cuerpo lo traicionó.
Mis manos, que lo estaban empujando, terminaron enredándose en el cabello de su nuca. Le respondí el bso con la misma desesperación. Llena de rabia, de dlor, pero también de un deseo que había intentado enterrar bajo miles de kilómetros de distancia.
Se separó de mí jadeando, juntando su frente con la mía.
—Te vas a casar conmigo —repitió, con la respiración entrecortada—. Mañana mismo llamaré a los abogados para redactar el acuerdo prenupcial. Tu madre tendrá los mejores cuidados médicos por el resto de su vida. Mateo tendrá el imperio que le corresponde por s*ngre.
—Esto es un chantaje —susurré, con los ojos cerrados, derrotada.
—Llámalo como quieras, Valeria. Llámalo negocio. Llámalo protección. Pero te aseguro algo… no vas a volver a huir de mí. Nunca más.
La puerta de la biblioteca se abrió de golpe en ese momento.
Alejandro y yo nos separamos rápidamente, como dos adolescentes atrapados.
Era Nana Lupe, el ama de llaves que llevaba trabajando para los Castellanos toda la vida. Tenía una expresión de terror en el rostro.
—Señor Alejandro… —tartamudeó la mujer mayor, retorciéndose el delantal.
—¿Qué pasa, Lupe? Te dije que no nos interrumpieran.
—Es el niño, señor. Mateo.
El corazón se me detuvo.
—¿Qué tiene mi hijo? —preguntó Alejandro, su tono de hombre de negocios desapareciendo de inmediato para darle paso al pánico de un padre.
—No está en su cuarto, señor. Fui a arroparlo y la cama está vacía. La ventana que da al jardín está abierta y los perros de guardia están ladrando en la parte trasera de la propiedad.
La s*ngre se me fue a los pies.
Alejandro soltó una m*ldición en voz alta y salió corriendo de la biblioteca, conmigo siguiéndole los pasos de cerca.
El infierno en la Ciudad de México apenas estaba comenzando.
FIN