
La nieve aullaba contra los vidrios de “La Última Lumbre”, una vieja cantina en la sierra de Chihuahua. Llevaba ocho inviernos viviendo allá arriba, solo, convertido en un hombre enorme, de barba espesa y con una cicatriz que me cruzaba la cara. Detestaba bajar al pueblo, así que me senté en el rincón más oscuro para tragar en paz y no mirar a nadie.
De pronto, una voz apenas audible rompió el ruido de los platos.
—Señor… por favor… ¿nos deja lo que no vaya a comer?.
Levanté la vista con fastidio. Era una mujer temblando dentro de un abrigo hecho pedazos. Tenía la cara tiznada por el frío, los labios resecos y el rastro de un m*retón viejo marcándole el ojo. Escondida detrás de su falda, una niña de unos cinco años me miraba con terror.
Iba a empujarles el plato para que se largaran, pero ella levantó el rostro. Sentí como si me abrieran el pecho con un machete.
Esos ojos color ámbar… eran los mismos.
—¿Josefina? —murmuré.
Tardó un segundo en reconocer al gigante salvaje que tenía enfrente. Cuando lo hizo, perdió todo el color del rostro. Sus rodillas cedieron y tuve que atraparla antes de que c*yera al piso sucio.
Las metí a la fuerza a mi rincón y les acerqué el sartén con carne caliente. La niña se abalanzó sobre la comida, pero Josefina miraba el plato con una vergüenza que me d*lía ver.
—No puedo —susurró, con las manos temblando tanto que apenas podía sostener el trozo de pan. —Sí puedes. Cómaselo —le ordené, con la voz dura. —De toda la gente… tenía que encontrarme así —dijo con la voz rota.
Ya no quedaba ni la sombra de la muchacha fina, la hija de aquel ganadero rico de la que fui un simple peón enamorado hace diez años. La mujer que, tras mi supuesta m*erte, se había casado con un poderoso magnate. Ahora era una fugitiva, pidiendo sobras como una mendiga.
Iba a preguntarle qué dablos había pasado, pero las puertas de la cantina se abrieron de un glpe seco. El ruido del lugar m*rió al instante.
Entró el comandante Castañeda, junto a un hombre de traje fino, guantes de piel y una placa privada en la solapa.
Josefina aplastó a la niña contra su pecho, tan fuerte que la pequeña soltó el pan.
—Es Elías Cervera, el cazador de mi marido… —susurró, aterrorizada.
El forastero desenrolló un cartel y ofreció 500 pesos por la c*ptura de Josefina y la niña. Vi cómo la codicia iluminaba los ojos de todos los hombres en la barra.
PARTE 2: EL DESPERTAR DEL LOBO DE LA SIERRA
El aire dentro de “La Última Lumbre” se volvió espeso de golpe, tan pesado que parecía que estuviéramos respirando plomo. El zumbido constante de las conversaciones, el tintineo de los vasos de vidrio barato y el rasgueo de una guitarra vieja en el fondo m*rieron al instante en que las botas de cuero fino de Elías Cervera pisaron las tablas podridas de la entrada.
Yo me quedé inmóvil en mi rincón, en la penumbra más profunda del lugar. Con un movimiento lento, casi imperceptible, deslicé mi cuerpo enorme hacia adelante, creando una barrera de carne, hueso y abrigo de piel de borrego entre la luz de las lámparas de aceite y las dos almas aterrorizadas que temblaban a mis espaldas. Josefina había dejado de respirar. Podía sentir el temblor errático de la niña, que se aferraba a la pierna de mi pantalón de mezclilla como si yo fuera un roble a punto de caer.
Cervera se paró en medio del salón. No era un hombre de la sierra, eso se notaba a leguas. Su traje de lana oscura, perfectamente cortado, contrastaba con los overoles sucios de grasa y tierra roja que llevaban los mineros. Llevaba unos guantes de piel negra ajustados y una sonrisa delgada, cínica, de esas que solo tienen los hombres que están acostumbrados a comprar la vida de los demás. A su lado, el comandante Castañeda sudaba frío a pesar de que la temperatura afuera estaba por debajo de los cero grados. Castañeda era una rata local, un hombre gordo y corrupto que vendía a su propia madre por un puñado de billetes.
—Señores —la voz de Cervera resonó en el silencio absoluto, con un acento refinado que escocía en los oídos—. Mi nombre es Elías Cervera. Represento los intereses de Don Arturo Montenegro, un hombre que muchos de ustedes conocen por ser el dueño de la mitad de las minas de este estado.
Al escuchar ese nombre, sentí cómo la sngre se me congelaba en las venas, para luego hervir con una furia que había mantenido enterrada bajo ocho años de hielo y soledad. Montenegro. El magnate. El maldito dablo de traje que me lo había arrebatado todo.
—La esposa de Don Arturo, la señora Josefina, ha sufrido un… colapso mental —continuó Cervera, desenrollando un papel grueso con movimientos teatrales—. En su delirio, ha secuestrado a la hija de mi patrón, la pequeña Lucero, y ha huido hacia estas montañas. Es una mujer inestable. P*ligrosa para sí misma y para la niña.
Cervera clavó el cartel en el poste central de la cantina usando un c*chillo de caza que sacó de su cinturón. El sonido de la hoja perforando la madera hizo que Josefina ahogara un sollozo contra mi espalda.
—Quinientos pesos oro —anunció Cervera, dejando que las palabras cayeran como monedas sobre la mesa—. Para el buen ciudadano que me diga dónde están. Y mil, si me las entregan en este preciso momento, sanas y salvas.
El silencio que siguió no fue de miedo, fue de pura codicia. Vi cómo las miradas de los mineros y los borrachos empezaban a barrer la sala. Mil pesos era más de lo que cualquiera de estos infelices ganaría rompiéndose el lomo en los túneles durante cinco años. Sus ojos se volvieron salvajes, escudriñando debajo de las mesas, en la barra, en las esquinas.
Yo bajé mi mano lentamente hacia la bota derecha, donde guardaba un revólver pesado, de cañón largo. No quería usarlo. Si empezaba a soltar blazos en un lugar tan cerrado, la niña podría salir lstimada. Tenía que usar la cabeza.
A dos mesas de distancia, un tipo al que le decían “El Tuerto” Rivas, un malviviente con la cara picada de viruela, entrecerró su único ojo bueno y miró hacia mi rincón. La luz de la chimenea proyectaba mi sombra enorme sobre la pared, pero no tapaba del todo el bulto del abrigo de Josefina.
El Tuerto ladeó la cabeza, como un perro olfateando s*ngre. Se puso de pie lentamente, rascándose la barba roñosa.
—Oiga, jefe… —murmuró El Tuerto, señalando con una mano temblorosa hacia la oscuridad donde estábamos—. Ahí con el ermitaño loco… el de la cicatriz. Yo vi que entró una vieja pidiendo sobras hace rato.
Cervera giró el rostro hacia mí. Sus ojos oscuros se clavaron en mi figura. Castañeda desenfundó su p*stola de cargo, temblando.
—A ver, tú, el gigante —ladró el comandante—. Hazte a un lado. Déjame ver qué tienes ahí atrás.
Josefina me agarró de la camisa. —Silas… —susurró, con un hilo de voz lleno de lágrimas—. No dejes que se la lleven. M*tame a mí si quieres, pero a la niña no. Por lo que más quieras.
Esa frase. Esa maldita frase fue la chispa que detonó el polvorín.
—Tranquila —le gruñí por lo bajo—. Agarra a la niña y tápale los ojos.
No esperé a que Cervera diera un paso más. Agarré la botella de tequila barato que estaba a medio terminar en mi mesa y, con toda la fuerza de mi brazo derecho, la lancé como si fuera una roca de la mina. La botella cruzó el aire y se estrelló directamente contra el rostro del Tuerto Rivas. El vidrio estalló en mil pedazos y el hombre cyó al suelo soltando un alarido de dlor, llevándose las manos a la cara ens*ngrentada.
¡Fue el c*os total!
Castañeda, asustado por el estruendo, soltó un d*sparo al techo. La detonación hizo que todos los hombres en la cantina se tiraran al suelo o corrieran hacia la barra buscando refugio.
Pateé la pesada mesa de roble macizo frente a mí, volcándola para crear una barricada. —¡Al suelo, Josefina! —grité.
Cervera no perdió la calma. Con una velocidad espeluznante, sacó un par de rfles cortos de debajo de su abrigo y empezó a dsparar contra la mesa. Las astillas de madera saltaban por todas partes, rozándome la cara y los brazos. Yo saqué mi revólver, me asomé apenas un segundo por el borde de la mesa y solté dos t*ros hacia las lámparas de aceite que colgaban del techo.
¡Crash! ¡Crash!
Las lámparas estallaron, derramando fuego líquido sobre la barra y sumiendo la mitad de la cantina en la oscuridad más absoluta, iluminada solo por el resplandor anaranjado y caótico de las llamas que empezaban a devorar la madera reseca del mostrador. El humo negro empezó a llenar el lugar al instante, asfixiando a los presentes.
—¡Cierren las puertas, idiotas! ¡Que no salgan! —gritaba Cervera, tosiendo por el humo, mientras intentaba apuntar a través de las sombras.
No iba a enfrentarme a veinte hombres en ese infierno. Agarré a Josefina por el brazo con una mano, y con la otra cargué a la pequeña Lucero como si fuera un costal de plumas. La niña ni siquiera lloraba; estaba en estado de shock, con los ojitos apretados y la cara escondida en mi cuello.
—¡Corre hacia la cocina! —le ordené a Josefina, empujándola hacia la puerta batiente que estaba a nuestra izquierda.
Un par de mineros, cegados por la codicia y el humo, intentaron cerrarnos el paso. Al primero le acomodé un g*lpe seco con la culata del revólver en la sien, mandándolo a dormir al piso. El segundo intentó sacar un navajón, pero le di una patada en el pecho con mi bota de trabajo que le sacó el aire y lo estrelló contra una columna.
Rompimos las puertas de la cocina. El cocinero, un viejito tembloroso, estaba escondido debajo de una mesa. Había una olla inmensa de caldo de res hirviendo sobre la estufa de leña. Detrás de nosotros, escuché las botas de los hombres de Cervera rompiendo las puertas batientes.
Agarré la olla hirviendo por las asas, ignorando el d*lor en mis palmas, y la arrojé hacia la entrada justo cuando dos matones asomaban la cabeza. El caldo ardiente les cayó de lleno. Sus gritos de agonía resonaron por todo el pueblo mientras el vapor llenaba la cocina.
De una patada, volé la puerta trasera que daba al callejón.
El frío de la noche me glpeó la cara como un latigazo. La tormenta de nieve había empeorado; el viento soplaba con una furia dabólica, levantando remolinos blancos que no dejaban ver a más de tres metros de distancia. Era el clima perfecto para desaparecer. Era mi clima.
—¡No te detengas! —le grité a Josefina por encima del aullido del viento.
La tomé de la mano y nos sumergimos en la tormenta, dejando atrás el caos, los gritos y el resplandor del fuego de “La Última Lumbre”.
Corrimos, o más bien, nos arrastramos por la ladera de la montaña durante lo que parecieron horas. La nieve nos llegaba hasta las rodillas. Cada paso era una batalla contra la naturaleza. Yo llevaba a Lucero envuelta dentro de mi gran abrigo, pegada a mi pecho para que mi calor corporal evitara que se congelara. La niña estaba tan fría que apenas sentía sus latidos.
Josefina luchaba por no quedarse atrás. Sus zapatos no servían para esto; eran unos botines rotos que ya estaban empapados. Varias veces tropezó y c*yó de bruces en la nieve. Cada vez, yo regresaba, la agarraba de los harapos que llevaba por ropa y la levantaba casi en vilo.
—No… no puedo más, Silas… —jadeó, cayendo por cuarta vez al pie de un pino gigante. Sus labios estaban morados y las cejas llenas de escarcha—. Déjame aquí. Llévate a la niña. A ti no te buscarán si no me tienen a mí. Sálvala, por favor.
Me detuve y la miré a través de la cortina de nieve. Sentí una punzada en el corazón, una mezcla de odio, resentimiento y un amor viejo que me negaba a aceptar que seguía vivo. Diez años atrás, yo habría dado la vida entera por esa mujer. Y ahora me pedía que la dejara m*rir en la nieve.
—No seas estúpida —le gruñí, acercando mi rostro al suyo, ignorando el pasado por un momento de pura supervivencia—. Si te quedas, te meres en diez minutos. Y si te encuentran esos infelices, te harán desear estar merta. Arriba.
—Mis piernas ya no me responden —lloró ella, desesperada.
Solté un bufido. Me acomodé a la niña en un brazo, asegurándola bien contra mi pecho, y con el brazo libre, agarré a Josefina por la cintura y la levanté del suelo.
—Agárrate de mi cuello y no te sueltes —le ordené.
Con Josefina colgando de mi costado y la niña en mi pecho, continué el ascenso. Yo era un hombre de la montaña, acostumbrado a cargar troncos enteros, a cazar venados y a soportar el castigo de la sierra. Mis músculos ardían, mis pulmones quemaban como si estuviera tragando vidrios rotos por el aire helado, pero no me iba a detener. No iba a dejar que ese maldito cazador de recompensas me quitara mi montaña. Y mucho menos a ella.
Caminamos en la oscuridad total, guiándome solo por el instinto, por la forma de las rocas y la dirección del viento, hasta que finalmente, tras una saliente de piedra, apareció la silueta de mi cabaña. Estaba construida con troncos gruesos, medio enterrada en la ladera para protegerla de los vientos, escondida del resto del mundo.
Pateé la puerta, entré y la cerré de un g*lpe, echando el pesado cerrojo de hierro.
El silencio dentro fue ensordecedor. Solo se escuchaba nuestra respiración agitada y el aullido de la tormenta golpeando las paredes de madera.
Solté a Josefina con cuidado en el suelo, cerca de la piedra del fogón, y recosté a Lucero sobre una piel de oso que usaba como alfombra. Estaban empapadas y temblando incontrolablemente, al borde de la hipotermia.
Me moví rápido. Agarré unos troncos de ocote seco, un poco de yesca, y en menos de un minuto tenía una buena lumbre ardiendo en la chimenea. La luz amarilla inundó la habitación, iluminando las paredes llenas de herramientas de supervivencia, pieles curtidas, r*fles de cacería y provisiones.
Fui al baúl de madera que tenía junto a mi cama y saqué dos de mis camisas gruesas de franela, unos pantalones viejos pero secos, y un par de cobijas de lana tejida a mano.
Se las aventé a Josefina.
—Quítense esa ropa mojada de inmediato o se les congelará la s*ngre en las venas —dije sin mirarla, dándoles la espalda y acercándome a la pequeña estufa para poner a hervir agua con hierbas del monte.
Detrás de mí, escuché el roce de la tela mojada cayendo al suelo. Mi mente era un torbellino. No podía creer que la estuviera viendo otra vez. La última vez que vi a Josefina, llevaba un vestido de algodón blanco, su cabello negro brillante caía sobre sus hombros, y nos jurábamos amor eterno a escondidas de su padre en el viejo granero de la hacienda. Yo era el caporal, el peón sin dinero. Ella era la heredera.
Ahora, estaba aquí, arruinada, golpeada, huyendo como un animal asustado.
—Ya… ya estamos —dijo ella en un susurro, con la voz tiritando.
Me giré. Josefina estaba envuelta en mi camisa a cuadros, que le llegaba casi hasta las rodillas. Había enrollado a la pequeña Lucero en la cobija de lana y la mecía junto al fuego. La niña poco a poco dejaba de temblar y sus mejillas recuperaban algo de color.
Le tendí dos tazas de peltre con el té caliente de hierbas. Josefina tomó una con ambas manos, dejando que el calor le penetrara en la piel, y le dio pequeños sorbos a su hija.
Me senté en un banco de madera al otro lado de la lumbre. La luz del fuego delineaba mis cicatrices, la barba enmarañada, el aspecto de bestia salvaje que había adoptado para alejar a todo el mundo. Nos quedamos en silencio durante un largo rato, escuchando solo el crepitar de la madera y el viento afuera.
Finalmente, no aguanté más.
—¿Qué ching*deras estás haciendo aquí, Josefina? —solté, con la voz ronca, raspando el silencio—. ¿Por qué te busca la gente de tu esposo como si fueras un perro rabioso?
Ella bajó la mirada hacia su taza. El temblor de sus manos volvió.
—Arturo… no es lo que todos creen —comenzó a decir, con la voz quebrada—. El mundo lo ve como un empresario respetable, un magnate. Pero a puerta cerrada… es un monstruo.
—¿Y te diste cuenta de eso después de casarte con sus millones? —escupí las palabras con veneno, sin poder contener el resentimiento de diez años—. Porque recuerdo muy bien el día que desapareciste de la hacienda. Yo esperándote en el granero con los dos caballos ensillados para fugarnos. Y tú… te fuiste a la capital con él.
Josefina levantó la cabeza de golpe. Sus ojos color ámbar estaban inundados en lágrimas, pero había un fuego en ellos, una desesperación que me dejó paralizado.
—¡No me fui, Silas! ¡Me llevaron! —gritó, con un d*lor tan profundo que me erizó los vellos de los brazos—. ¿Qué crees que pasó ese día? Mi padre nos descubrió. Vio las notas que me mandabas. Y cuando fui al granero… no te encontré a ti. Encontré a los capataces de mi padre.
Me quedé helado. Mi mente volvió a esa noche negra. Yo iba de camino al granero cuando alguien me g*lpeó por la espalda. Desperté horas después, atado de pies y manos dentro de una de las minas abandonadas de cobre, escuchando cómo encendían la dinamita en la entrada. Sobreviví de milagro, arrastrándome por un ducto de ventilación angosto durante tres días, rasgándome la cara y el cuerpo con las rocas afiladas. Esa era la cicatriz que ahora me cruzaba el rostro.
—A mí me dijeron que te habías merto —continuó Josefina, llorando amargamente, abrazando a Lucero más fuerte—. A los dos días del accidente en la mina de cobre, mi padre me llevó una medalla chamuscada. Tu medalla de San Judas. Me dijo que te había caído un derrumbe encima. Me mostraron un cerpo cubierto con una lona… Yo me quería m*rir, Silas. Me quería tragar veneno.
Me quedé sin aire. Instintivamente, llevé mi mano a mi pecho, donde antes solía llevar la medalla de plata que ella me había regalado. Me la habían robado mientras estaba inconsciente.
Todo había sido una mldita trampa.*
—Mi padre me vendió a Montenegro para pagar sus deudas de juego —continuó ella, limpiándose las lágrimas con la manga grande de mi camisa—. Yo estaba m*erta por dentro, no me importaba nada. Pensé que el mundo se había acabado cuando te perdí. Me casé por obligación. Pero desde el primer día… el infierno comenzó.
Ella bajó un poco el cuello de la camisa, revelando marcas moradas y amarillentas en sus clavículas, quemaduras circulares de cigarro en su hombro. Cerré los ojos, sintiendo unas ganas asquerosas de vomitar y, al mismo tiempo, de ir a buscar a Montenegro y arrancarle la cabeza con mis propias manos.
—Me trató como a un animal. Como a una posesión que podía r*mper a su antojo —la voz de Josefina era ahora un susurro frío—. Aguanté, Silas. Aguanté ocho años de ese infierno. Hasta que ella creció.
Miró a la pequeña Lucero, que se había quedado profundamente dormida, ajena al mundo brutal que la rodeaba.
—Lucero… no es hija de Arturo —confesó Josefina en un hilo de voz.
Abrí los ojos de par en par. La miré, intentando hacer las matemáticas en mi cabeza. —Si tiene cinco años… y nosotros hace diez que… no, es imposible que sea mía.
—No es tuya, Silas —dijo, con una sonrisa triste—. Es de mi hermana menor, Clara. Clara mrió al dar a luz. El padre de la niña era un muchacho pobre, que desapareció asustado. Yo me hice cargo de Lucero. Arturo la aceptó al principio por mantener la imagen pública de una familia caritativa. Pero con los años… su lcura empeoró. Empezó a mirarla con asco. Luego con ira. La semana pasada… —Josefina tragó saliva, incapaz de seguir, sus sollozos rompiendo el silencio de la cabaña—. La semana pasada, la encontré llorando en su cuarto. Arturo la había g*lpeado con el cinturón porque rompió una taza de porcelana. Me dijo que, si no la internaba en un orfanato de monjas de clausura, él mismo la iba a “desaparecer”.
Apreté los puños con tanta fuerza que mis nudillos tronaron como ramas secas.
—Esa noche empacé lo que pude. Le robé dinero de su caja fuerte, agarré a la niña y hui a la estación de trenes. Viajé en vagones de carga, me escondí en graneros, hasta llegar a este pueblo minero. Quería cruzar la sierra y perdernos en el norte. No sabía que él había contratado a Cervera, el peor cazador de recompensas de todo México, para rastrearnos.
Se hizo un silencio espeso, cargado de diez años de lamentos, verdades a medias y d*lor acumulado.
Yo había pasado todo este tiempo odiándola. Convenciéndome de que era una niña rica y caprichosa que había jugado con el peón hasta aburrirse. Me exilié en la sierra, soportando inviernos crudos, volviéndome una bestia solitaria, todo para castigar a mi propio corazón por haber sido tan tonto.
Y todo había sido una mentira. Nos habían r*bado nuestras vidas.
Me levanté del banco. Caminé hacia la ventana de la cabaña y miré hacia afuera a través del pequeño cristal empañado. La nieve seguía cayendo sin piedad. El viento borraba cualquier huella que hubiéramos dejado en la subida, pero sabía que eso no detendría a Cervera por mucho tiempo. Ese hombre era un perro de presa. En cuanto amaneciera y amainara un poco la tormenta, estarían rastreando el monte.
Eran unos asesnos pagados y policías corruptos. Si nos encontraban, mtarían a Josefina frente a mí, o peor, se la llevarían de vuelta a ese monstruo en la capital y a mí me meterían una b*la en la cabeza.
Me giré hacia Josefina. Ella me miraba con terror, como esperando que en cualquier momento abriera la puerta y las echara a la nieve.
—Duerme —le dije, mi voz sonando mucho más suave de lo que había sonado en toda una década—. Acuéstense en la cama. Hay pieles gruesas. Duerman.
—Silas… —susurró—. ¿Qué vas a hacer? Nos van a encontrar. Cervera no se rinde nunca. Trae a la policía con él. Trae hombres armados.
Caminé hacia el baúl donde guardaba mis provisiones, pero no saqué comida. Saqué un r*fle Winchester de repetición, viejo pero impecablemente aceitado. Lo puse sobre la mesa de madera. Luego, saqué una caja de cartón pesada, llena de munición de grueso calibre, mi cuchillo de caza de hoja ancha y una vieja hacha de doble filo.
Me colgué la canana cruzada sobre el pecho. El metal frío de las b*las contrastaba con el fuego que por fin sentía arder dentro de mi pecho. Ya no era furia ciega, era un propósito claro y helado.
—Esta es mi montaña, Josefina —le dije, mirándola directo a esos ojos color ámbar que nunca pude olvidar—. Yo conozco cada cueva, cada barranco, cada sombra de estos pinos. Llevo ocho años cazando lobos, pumas y osos en esta sierra.
Cargué el r*fle, y el sonido metálico del mecanismo al hacer clic resonó en la cabaña como una sentencia definitiva.
—Cervera cree que está persiguiendo a una mujer indefensa y a un ermitaño asustado —dije, caminando hacia la puerta para asegurar los trancos—. Pero allá abajo, en el pueblo, despertaron a la bestia equivocada. Si el señor Montenegro y sus perros quieren cazar en mi territorio… mañana por la mañana, les voy a enseñar cómo se tiñe de rojo la nieve.
Josefina me miró. Por primera vez desde que entró en aquella maldita cantina, vi un atisbo de esperanza en su rostro exhausto. Se acostó abrazando a su sobrina y cerró los ojos, confiando, por primera vez en años, en que alguien las estaba cuidando.
Yo me senté frente a la lumbre, con el r*fle sobre las rodillas, a esperar el amanecer. La cacería apenas comenzaba.
PARTE 3: EL CAZADOR SE VUELVE LA PRESA
El viento aullaba contra las paredes de troncos gruesos de mi cabaña, una estructura medio enterrada en la ladera que yo mismo había levantado con mis propias manos, sangre y sudor. Sentado frente a la piedra del fogón, el fuego arrojaba sombras largas y retorcidas sobre mi viejo r*fle Winchester de repetición. Las horas pasaban lentas, espesas, cargadas con el peso de diez años de mentiras. Mis ojos, acostumbrados a la oscuridad total de la sierra, no se apartaban de las brasas anaranjadas. A unos pasos de mí, en la cama cubierta con pesadas pieles de oso, Josefina y la pequeña Lucero dormían profundamente, exhaustas hasta el tuétano, temblando ocasionalmente bajo el calor de las mantas.
Mi mente era una tormenta mucho peor que la que azotaba allá afuera, levantando remolinos blancos a ciegas. No podía dejar de repasar cada palabra que había salido de la boca de Josefina. El magnate Arturo Montenegro. Ese maldito dablo de traje fino que me lo había arrebatado todo. Él no la había enamorado. La había comprado. Había pagado las deudas de juego del desgraciado de su padre a cambio de su vida. Y a mí… a mí me habían mandado a mrir atado como un animal dentro de una mina de cobre abandonada, rodeado de dinamita.
Inconscientemente, me llevé la mano áspera a la cara, delineando la profunda cicatriz que me cruzaba el rostro. Sentí de nuevo el d*lor fantasma de las rocas afiladas desgarrándome la piel mientras me arrastraba por aquel angosto ducto de ventilación durante tres días agónicos. Sobreviví de milagro, solo para que me dijeran que el amor de mi vida se había largado a la capital a revolcarse en millones. El odio me había mantenido vivo. El resentimiento había sido mi pan de cada día. Me exilié en esta sierra, soportando los inviernos más crudos, convirtiéndome en una bestia solitaria. Y ahora, la bestia tenía un propósito claro y helado.
Agarré la caja de cartón pesada que descansaba sobre la mesa y comencé a sacar la munición de grueso calibre. El sonido metálico de cada b*la deslizándose en la recámara de mi Winchester resonaba en la habitación como el latido de un corazón de hierro. Yo conocía cada barranco, cada cueva, cada maldita sombra de estos pinos. Llevaba ocho largos años cazando pumas, lobos y osos en este territorio. Cervera, el supuesto mejor cazador de recompensas de México, no tenía ni la más remota idea del infierno en el que acababa de meterse al pisar mi montaña.
La primera luz del alba comenzó a filtrarse por el pequeño cristal empañado de la ventana. No era un amanecer brillante; el cielo estaba pintado de un gris plomo, amenazante, pero la tormenta había cedido un poco. Ya no era un viento d*abólico, sino una brisa cortante que levantaba escarcha. Me puse de pie en silencio, acomodándome la canana cruzada sobre el pecho. Agarré mi cuchillo de caza de hoja ancha y me lo aseguré al cinto, junto con la vieja hacha de doble filo.
Un leve quejido provino de la cama. Josefina se removió entre las cobijas de lana tejida a mano y abrió los ojos lentamente. Al principio, el pánico se apoderó de su mirada color ámbar, pero al reconocer las paredes de troncos y mi figura de pie junto a la puerta, su respiración se calmó. Se incorporó con cuidado para no despertar a la niña, aún envuelta en mi camisa gruesa de franela a cuadros que le quedaba como un vestido inmenso.
—Ya amaneció… —susurró, con la voz ronca por el humo de la cantina y el frío de la noche. Se acercó a la estufa, abrazándose a sí misma—. Pensé que todo había sido una pesadilla. Que iba a despertar en esa mansión otra vez.
—Estás en mi territorio ahora —le contesté, manteniendo un tono bajo pero firme—. Nadie te va a llevar de regreso a ese infierno. Ni Montenegro, ni Cervera, ni todo el d*nero del mundo.
Ella me miró fijamente, detallando mi equipo militar improvisado. Vio las blas, el cuchillo, el hacha, la rabia contenida en mis ojos. Se acercó un par de pasos, acortando la distancia entre nosotros. Podía ver las marcas moradas y las quemaduras de cigarro asomándose por el cuello abierto de la camisa. Cada vez que miraba esas hridas, sentía unas ganas asquerosas de vomitar y de m*tar.
—Silas… —su voz temblaba, pero no de frío—. Cervera no está solo. Viene con Castañeda, el comandante de la policía local. Ese hombre es una rata corrupta que vendió su alma por billetes. Traen al menos una docena de hombres armados, matones a sueldo, mineros cegados por la recompensa de los quinientos pesos oro. No puedes enfrentarlos a todos tú solo de frente. Te van a a*cribillar.
Solté una risa seca y amarga que raspó mi garganta.
—No pienso enfrentarlos de frente, Josefina. No soy un soldado marchando en un campo de batalla. Soy el caporal al que deron por merto. Soy el fantasma de esta sierra. Cervera está acostumbrado a cazar en la ciudad, a asustar a gente débil y a comprar información. Pero aquí arriba, el d*nero no compra el viento. La placa de ese desgraciado de Castañeda no detiene el frío.
Me acerqué a ella y le puse una mano enorme y callosa en el hombro, con extrema delicadeza para no lastimar sus hematomas.
—Escúchame bien. Bajo ninguna circunstancia vas a salir de esta cabaña. El cerrojo de hierro es grueso. Hay suficiente leña, hay agua, hay tasajo de venado en la alacena. Te vas a quedar aquí con Lucero. No abras la puerta a menos que escuches tres glpes rápidos, seguidos de dos lentos. Esa es mi señal. Si escuchas cualquier otra cosa, si alguien intenta tumbar la puerta… —Caminé hacia el baúl, saqué un revólver calibre .38 corto y se lo entregé en la mano—. Apunta al centro del pecho y no dejes de jalar el gtillo hasta que el tambor esté vacío. ¿Me entiendes?
Josefina tomó el revólver con ambas manos. Pesaba. Asintió lentamente, con la mandíbula apretada, demostrando una valentía que había estado enterrada bajo ocho años de tortura psicológica.
—¿Qué vas a hacer tú, Silas? —preguntó, aferrando el arma contra su pecho.
—Voy a darles la bienvenida —murmuré.
Me puse mi pesado abrigo de piel de borrego, me calé el sombrero de ala ancha que me protegía del resplandor de la nieve, agarré el Winchester y abrí la puerta principal. El frío me g*lpeó la cara, pero esta vez no lo sentí. Salí al exterior blanco, cerré la puerta tras de mí y escuché cómo Josefina echaba el pesado cerrojo de hierro desde adentro. Ahora, la cabaña era un búnker.
El paisaje frente a mí era un lienzo en blanco traicionero. La nieve fresca llegaba hasta las rodillas, cubriendo las rocas irregulares y las raíces traicioneras de los pinos gigantes. Caminé rodeando la estructura, borrando mis propias huellas inmediatas con una rama de abeto, y comencé el descenso hacia el cañón del “Grito Mudo”, el único paso natural que conectaba la ladera de mi montaña con el pueblo minero de abajo. Si Cervera y sus hombres querían subir, tenían que pasar forzosamente por ese embudo geográfico.
Me movía con la agilidad de un depredador, una habilidad pulida a base de necesidad pura y hambre durante mis primeros años de exilio. Mis botas de trabajo no hacían ruido sobre la nieve blanda. El silencio de la mañana era sepulcral, roto solo por el crujido ocasional de las ramas cediendo bajo el peso del hielo.
Tras una hora de descenso calculado, llegué a un risco elevado que dominaba el paso estrecho del cañón. Me agazapé detrás de unas rocas gigantescas cubiertas de liquen congelado y esperé. No tuve que aguardar mucho. A lo lejos, rompiendo la armonía blanca del valle, distinguí un grupo de manchas oscuras avanzando con torpeza.
Eran unos diez hombres. El Tuerto Rivas no venía con ellos; seguramente seguía en el pueblo desangrándose por el botellazo de tequila barato que le partí en la cara. A la cabeza del grupo, montado en una mula mula parda, iba el comandante Castañeda, envuelto en tres capas de cobijas que lo hacían parecer una albóndiga gigante y sudando frío pese al clima helado. Detrás de él, caminando con pasos firmes y calzando sus botas de cuero fino, venía Elías Cervera. Su traje de lana oscura estaba manchado de nieve, pero su postura seguía siendo arrogante. Llevaba los rfles cortos cruzados a la espalda y seguía usando esos ridículos guantes de piel negra ajustados. Los demás eran matones locales y mineros armados con ecopetas viejas y m*chetes, arrastrando los pies y quejándose del clima.
—¡Muévanse, bola de imbéciles! —gritó Cervera, su acento refinado escociendo en el aire frío. Sus palabras hacían eco en las paredes del cañón—. Esa mujer no pudo haber llegado muy lejos con una niña a cuestas en medio de la tormenta de anoche. Y el ermitaño ese de la cicatriz no es inmortal. Mil pesos al que me traiga la cabeza del gigante. Quinientos por la mujer viva.
Observé a través de la mira metálica del Winchester. Tenía a Cervera justo en el centro del punto de mira. Podía apretar el gtillo en ese mismo instante y volarle los sesos, esparciendo su arrogancia sobre la nieve virgen. Pero un dsparo alertaría a todo el grupo de inmediato, y estando yo en un punto fijo, podrían rodearme. No. Quería aterrarlos. Quería que sintieran el mismo pánico que Josefina sintió durante ocho años en esa maldita mansión. Quería desmoralizarlos hasta que corrieran llorando de vuelta a su agujero.
Dejé que la vanguardia del grupo pasara por debajo de mi risco. Dos mineros rezagados caminaban a unos treinta metros detrás del resto, deteniéndose a cada rato para frotarse las manos y maldecir al comandante. Me deslicé en silencio por la pendiente trasera del risco, bajando hasta el nivel del suelo, fundiéndome con las sombras espesas de los abetos.
Me acerqué al último minero por la espalda. Era un tipo delgado, con una chamarra percudida y un rfle oxidado colgando del hombro. No escuchó mis botas. No sintió mi presencia hasta que mi mano izquierda, del tamaño de una pala de carbón, le tapó la boca y la nariz, sofocando su aliento al instante. Con la derecha, desenvainé el cuchillo de caza y le asesté un glpe certero y silencioso con el mango pesado en la nuca. El hombre cayó redondo, sin emitir un solo sonido. Lo arrastré rápidamente hacia la maleza, enterrando su cuerpo inconsciente bajo un montículo de nieve y ramas. Uno menos. Faltaban nueve.
El otro minero rezagado se detuvo un momento para encender un cigarro, cubriendo la llama del cerillo con sus manos temblorosas.
—Oye, Chuy, apúrate que nos dejan atrás… —murmuró, girando la cabeza. Al no ver a su compañero, frunció el ceño—. ¿Chuy? ¿Dónde te metiste, c*brón? No estés jugando, que hace mucho frío.
Di un paso fuera de la sombra del árbol. Estaba a menos de dos metros de él. Mi figura enorme, cubierta por el abrigo de borrego, parecía la de un oso erguido. El minero soltó el cerillo. Sus ojos se abrieron como platos, reflejando el terror más absoluto al ver mi rostro marcado por la cicatriz y la ira sorda que desprendía.
Intentó levantar su ecopeta y gritar, pero fui más rápido. En un movimiento brutal, agarré el cañón de su arma, la empujé hacia arriba y conecté un cabezazo devastador directamente en su tabique nasal. El crujido del hueso resonó débilmente bajo el ruido del viento. El hombre se desplomó hacia atrás, soltando el arma, chorreando líquido rojo sobre la nieve pura. Le quité la ecopeta, saqué los cartuchos y la lancé a un barranco cercano. Otro más a dormir.
El grupo principal seguía avanzando a unos sesenta metros de distancia, completamente ajenos a que su retaguardia acababa de desaparecer en menos de tres minutos.
Decidí que era hora de jugar con la psicología del comandante Castañeda. Sabía que Castañeda era un cobarde. Un hombre gordo y corrupto que operaba desde la seguridad de su escritorio y que solo era valiente cuando tenía una chapa y diez hombres respaldándolo. Avanzando por el flanco derecho, a media ladera y escondido por los pinos, logré adelantarme a la columna.
Llegué a una zona donde el sendero se estrechaba peligrosamente al borde de un desfiladero de cuarenta metros de caída. Allí, yo había colocado una trampa para osos bajo una fina capa de nieve, asegurada al tronco de un árbol viejo con una pesada cadena de acero.
Me acomodé detrás de un peñasco, levanté el Winchester y apunté, no a los hombres, sino a una gran roca suelta que sobresalía en la pared del cañón, justo por encima de donde debían pasar.
Castañeda, en su mula, lideraba la marcha sudando a mares. —Cervera, jefe, yo digo que mejor nos regresamos —gimoteaba el gordo comandante—. Esta sierra está mldita. Aquí no hay más que hielo y pumas. Ese ermitaño loco se ha de haber cído a un barranco con las viejas. Ya pa’ qué buscamos.
—Cállese la boca, cerdo inútil —siseó Cervera, deteniéndose y mirando hacia atrás—. ¿Dónde están los dos pendejos que venían atrás? ¡Chuy! ¡Ramón!
Cervera entornó los ojos, dándose cuenta por primera vez del silencio artificial del bosque. Su instinto de cazador urbano pareció activarse.
—Posiciones defensivas —ordenó en un susurro áspero—. Alguien nos está cazando.
Eres listo, Cervera. Pero no lo suficiente.
Apreté el gtillo del Winchester. El dsparo estalló con una violencia atronadora, multiplicándose por los ecos del cañón y sonando como si veinte rfles hubieran dsparado a la vez. La b*la impactó exactamente en la base de la roca suelta que colgaba sobre ellos. La piedra de doscientos kilos se desprendió, arrastrando consigo una lluvia de tierra roja, hielo y piedras más pequeñas, cayendo directamente sobre el sendero a escasos metros por delante de la mula de Castañeda.
¡El c*os volvió a estallar, igual que anoche en la cantina de “La Última Lumbre”!
La mula de Castañeda se paró sobre sus patas traseras, aterrorizada por el estruendo y el desprendimiento. El comandante gordo perdió el equilibrio y cayó de espaldas, aterrizando pesadamente sobre la nieve con un grito agudo.
Los matones a sueldo entraron en pánico, dsparando a ciegas hacia los árboles, hacia las sombras, hacia los ecos. —¡Al suelo! ¡No dsparen a lo pendejo! —bramaba Cervera, arrodillándose y escaneando la ladera con sus r*fles cortos.
Uno de los hombres, un matón vestido con un gabán de lana tejida, retrocedió aterrorizado, alejándose del desprendimiento de rocas. Dio tres pasos hacia el borde del sendero, justo hacia donde yo quería.
¡CLACK!
El sonido metálico y brutal de la trampa para osos cerrándose cortó el aire. Las fauces de hierro oxidado y dientes afilados se cerraron de g*lpe alrededor de la pantorrilla izquierda del matón, rompiendo el hueso de inmediato.
El alarido de agonía absoluta que soltó el hombre heló la sangre del resto del grupo. Cayó al suelo retorciéndose, desgarrándose más la carne al intentar liberarse, manchando la nieve con un torrente de s*ngre caliente.
—¡Me atrapó! ¡Me rompió la p*erna! —gritaba, llorando descontroladamente.
Cervera corrió hacia él, intentando abrir la trampa con sus manos enguantadas, pero la presión de los resortes era para animales de trescientos kilos. Era imposible abrirla sin una palanca.
Castañeda, aún en el suelo, sacó su pstola de cargo temblando como una gelatina. —¡Vámonos de aquí, Cervera! ¡Ese tipo es el dablo! ¡Es el lobo de la sierra! Nos va a m*tar a todos uno por uno.
—¡Cobarde de merda, levántate y dspara! —le rugió Cervera, agarrándolo de las solapas y levantándolo a la fuerza.
Aprovechando la confusión, me moví rápidamente por la parte superior del risco, posicionándome justo encima de ellos. Saqué uno de los cartuchos de dinamita minera que guardaba en mi morral, uno de los mismos explosivos que habían usado para intentar enterrarme vivo en la mina de cobre hace una década. La ironía era deliciosa.
Raspé un cerillo largo en la suela de mi bota, encendí la mecha corta y conté mentalmente hasta tres. Lanzé el cartucho volando por los aires. Aterrizó con un sordo plop en la nieve profunda, a un lado del sendero y a unos diez metros del grupo principal.
Cervera, con sus reflejos de depredador urbano, vio el humo blanco siseando en la nieve.
—¡Explosivos! ¡Corran! —rugió, empujando a Castañeda por el barranco superficial para protegerse.
La explosión fue devastadora. Una onda de choque caliente barrió la nieve, levantando un géiser de tierra, rocas fragmentadas y humo negro espeso. El impacto sordo retumbó en mi pecho, incluso a veinte metros de altura. La explosión no m*tó a nadie directamente, pero la metralla de hielo y piedra hirió a tres de los matones y desorientó por completo al resto.
El humo negro empezó a asfixiarlos temporalmente, creando una cortina perfecta.
Salté desde el risco, cayendo rodando por la ladera escarpada, amortiguando la caída con la nieve profunda. Aparecí como un demonio surgiendo del infierno helado en medio de su formación destrozada.
Un policía municipal corrupto intentó apuntarme con su rfle. De un manotazo violento desvié el cañón, saqué mi vieja hacha de doble filo con la mano derecha y le glpeé con la parte plana, directo en las costillas. El impacto fracturó al menos tres huesos, dejándolo sin aire y de rodillas en el piso.
—¡Ahí está! ¡M*ten a ese perro gigante! —gritaba Castañeda desde el suelo, arrastrándose patéticamente hacia atrás en la nieve, manchando sus pantalones de terror puro.
Cervera se levantó de entre la nube de humo, tosiendo furiosamente, con la cara manchada de hollín. Levantó sus dos r*fles cortos, apuntando directo a mi pecho.
No tenía tiempo de levantar el Winchester. La distancia entre nosotros era de apenas siete metros.
—Se acabó el juego, ermitaño —escupió Cervera, con una sonrisa sanguinaria cortando su rostro refinado y manchado—. Quinientos por la vieja, pero tu cabeza vale oro puro. Don Arturo Montenegro se va a alegrar mucho de verla sobre su escritorio.
—El único que va a mandar algo en una caja seré yo, catrín —le respondí con voz gutural, sin retroceder un milímetro, preparado para lanzarme hacia él a riesgo de recibir los t*ros.
Cervera apretó los g*tillos.
¡Click! ¡Click!
El sonido en seco de los percutores glpeando casquillos vacíos o atascados fue música para mis oídos. La onda expansiva de la dinamita, mezclada con la humedad extrema de la nieve derritiéndose sobre las armas calientes, había encasquillado sus delicados rfles urbanos. Las armas finas no sirven para nada cuando la sierra te escupe en la cara.
La sorpresa duró una fracción de segundo en el rostro de Cervera, pero fue suficiente.
Arrojé el hacha hacia un lado, clavándose profundamente en el tronco de un pino, y desenfundé mi revólver pesado de cañón largo de la bota con una velocidad que desmentía mi tamaño. Disparé una sola vez. La b*la le destrozó el hombro derecho a Cervera, enviándolo volando hacia atrás contra un banco de nieve con un grito de dolor, soltando sus armas inservibles.
El resto de los hombres vivos, al ver a su líder caído sangrando profusamente y al gigante de la cicatriz parado intacto en medio de la s*ngría, rompieron filas por completo.
—¡Vámonos a la merda! ¡El dablo nos lleva! —gritó uno de ellos.
Soltaron las armas, abandonaron al herido en la trampa de osos, ignoraron las órdenes desesperadas del comandante Castañeda y salieron corriendo cuesta abajo por el cañón, tropezando entre la nieve, dispuestos a abandonar el pueblo minero para siempre.
Castañeda intentó levantarse, pero yo di tres zancadas largas y le planté la suela de mi bota de trabajo en medio del pecho, dejándolo clavado contra el piso helado. Le apunté con el revólver humeante directamente a la frente sudorosa.
—Comandante… —le hablé despacio, saboreando el miedo en sus ojos—. Tú eres una rata gorda que vende a su madre. Dime, ¿qué tanto sabes del patrón de este perro faldero? —Señalé a Cervera con la barbilla, quien gemía agarrándose el hombro destrozado en la nieve—. ¿Arturo Montenegro está en la capital?
Castañeda tragó saliva de manera audible. Se estaba orinando en los pantalones.
—¡No, no! ¡Señor Silas, por favor, no me m*te! Yo no sabía nada, yo solo cobré la cuota. ¡Montenegro no está en la capital!
Fruncí el ceño, apretando la bota un poco más contra su esternón.
—Habla claro, cerdo, o te dejo aquí para que los pumas te cenen vivo.
—¡Viene para acá! —chilló el comandante, con lágrimas congelándose en sus mejillas gordas—. ¡Don Arturo tomó su tren privado anoche mismo! Cervera le mandó un telegrama desde el pueblo vecino diciendo que las había acorralado en la sierra. ¡El magnate viene con sus propios pistoleros, los de seguridad privada! ¡Un ejército entero llega a la estación esta misma tarde!
Me quedé de piedra. El aire pareció volverse aún más espeso y frío en mis pulmones. Arturo Montenegro, el monstruo que torturó a Josefina, el hombre que me enterró vivo. Venía hacia aquí. Venía a reclamar a Lucero, la niña que despreciaba y a la que quería desaparecer, y a arrastrar a Josefina de nuevo a su jaula de oro y s*ngre.
Aparté la mirada del policía llorón y me fijé en Elías Cervera. El cazador de recompensas estaba apoyado contra un árbol, pálido como la muerte, apretando los dientes para no gritar, intentando contener la h*morragia de su hombro con sus guantes de piel negra, ahora empapados de rojo.
Caminé lentamente hacia él, la nieve crujiendo bajo mis pies pesados. Me agaché hasta quedar a la altura de su rostro refinado, ahora deformado por el d*lor y la derrota.
—Quinientos pesos oro por la captura de una mujer rota y una niña asustada, ¿eh? —le susurré, agarrándolo de las solapas del traje manchado—. ¿Mil por mí? Creíste que ibas a entrar a “La Última Lumbre”, soltar un par de billetes y llevarte un trofeo.
Cervera escupió saliva ens*ngrentada a mis botas.
—Montenegro… te va a cazar como a un perro sarnoso, ermitaño. No tienes a dónde huir. Esta montaña será tu tumba… otra vez.
Lo miré directo a los ojos. En su mirada oscurecida pude ver su certeza, su confianza ciega en el poder aplastante del dinero y la influencia. Era el mismo poder que diez años atrás me había parecido invencible. El mismo poder que hizo que los capataces me g*lpearan por la espalda en el granero y me lanzaran a las minas de cobre.
Pero las cosas habían cambiado. Yo ya no era el peón sin dnero asustado. Yo era el hombre de la montaña. Había sobrevivido al fuego, a la dinamita, al hielo, al dlor de la traición y a la soledad aplastante. Había forjado mi cuerpo y mi alma en este castigo implacable de la sierra.
—Dile a Don Arturo Montenegro, cuando lo veas en el infierno, que el lobo de la sierra bajó a saludarlo —dije con voz grave y calmada.
Le arrebaté la insignia privada de la solapa con un tirón violento y me puse de pie. Miré al matón con la pierna rota en la trampa para osos, gimoteando débilmente, y luego a Castañeda, que seguía tirado en la nieve sin atreverse a respirar.
—Tú, comandante —le ladré, haciendo que Castañeda diera un salto en el piso—. Levanta a este imbécil ens*ngrentado, libera al animal de la trampa si tienes fuerza, y lárguense de mi montaña antes de que me arrepienta de dejarlos vivos. Si los veo a ti, o a cualquier otro de tus perros uniformados cruzar el límite del bosque de nuevo, les voy a clavar las cabezas en picas a la entrada del pueblo.
Castañeda asintió frenéticamente, incorporándose y corriendo torpemente para ayudar a Cervera a ponerse de pie, temblando bajo la nevada constante.
Les di la espalda sin preocuparme de que intentaran algo. Estaban quebrados. El terror absoluto que les infundí era mil veces más seguro que tenerlos apuntados con un arma.
Tomé mi hacha clavada en el pino, colgué mi rfle en el hombro y comencé el ascenso empinado de regreso hacia la cabaña. El viento volvía a soplar con fuerza, aullando furioso, borrando el rastro de la escaramuza, tapando la sngre y devolviendo la pureza blanca a la ladera.
Pero mientras caminaba contra la tormenta de nieve, mi mente trabajaba a una velocidad vertiginosa. Las piezas en el tablero habían cambiado drásticamente. Mi plan inicial era repeler a Cervera y cruzar con Josefina y Lucero hacia la frontera norte en cuanto el clima lo permitiera. Pero si Montenegro venía en camino con un ejército privado de pistoleros… no habría suficiente distancia ni clima extremo que pudiera detener a un hombre obsesionado y con recursos ilimitados para sobornar autoridades federales y locales.
Nos cazarían como animales por todo el estado de Chihuahua, y eventualmente nos arrinconarían.
Me detuve en seco a mitad de la cuesta, dejando que la nieve me g*lpeara la cara cortada. Recordé la mirada vacía de Josefina bajo la luz del fuego de mi cabaña. Recordé el moretón en su ojo, las marcas asquerosas en sus clavículas. Recordé el terror de la pequeña Lucero aferrándose a mi pantalón de mezclilla en la cantina. Recordé la medalla chamuscada de San Judas con la que Montenegro construyó su imperio de engaños.
Apreté los puños de nuevo, sintiendo cómo mis nudillos se ponían blancos de furia.
Huir ya no era una opción. Si huía ahora, viviría el resto de mis días mirando sobre el hombro, esperando el día en que los hombres de traje negro patearan mi puerta. No iba a permitir que Montenegro me robara otra vez la oportunidad de proteger lo poco de humanidad que me quedaba. No iba a permitir que se sintiera intocable en su trono de millones construidos sobre la msria de los demás.
Si el demonio quería jugar en la nieve, le íbamos a encender una lumbre que se vería desde la capital.
Cuando llegué a la saliente de piedra que ocultaba mi cabaña, golpeé la puerta de gruesos troncos con el código establecido: tres g*lpes rápidos, seguidos de dos lentos.
A los pocos segundos, escuché el rechinar pesado del cerrojo de hierro abriéndose. La puerta se entreabrió, revelando el rostro asustado de Josefina, quien bajó de inmediato el cañón del revólver calibre .38 que sostenía con las dos manos. Su suspiro de alivio fue tan profundo que casi se desploma.
Entré sacudiéndome la nieve del abrigo y aseguré la puerta tras de mí. La temperatura adentro era un bálsamo reconfortante; la lumbre seguía ardiendo con fuerza en la chimenea, alimentada por los gruesos troncos de ocote seco. Lucero seguía durmiendo en el rincón sobre las pieles, su respiración profunda y acompasada.
Josefina me escudriñó de arriba a abajo. Vio mi abrigo intacto, vio mi respiración controlada, y luego vio la s*ngre oscura que manchaba la hoja de mi hacha y mis botas. No preguntó. En el fondo, sabía lo brutal que tenía que ser la respuesta.
Me acerqué a la mesa de madera, dejé el r*fle y arrojé la insignia metálica de la agencia de detectives privados de Elías Cervera. Cayó con un tintineo seco sobre la madera tallada.
—Están fuera del juego. Cervera va en camino al pueblo con el hombro hecho trizas y la mitad de sus hombres corrieron como cobardes —le informé de golpe, desabrochándome la canana—. Pero hay un problema peor.
Josefina se tensó de inmediato, abrazándose los brazos. Sus ojos color ámbar reflejaron las llamas, y el pánico viejo, el pánico de ocho años de cautiverio, asomó de nuevo.
—Él viene para acá, ¿verdad? —preguntó con voz quebrada, adivinando mis pensamientos con la misma conexión visceral que compartíamos diez años atrás en los graneros de la hacienda.
Asentí lentamente, mirándola a los ojos con total franqueza.
—Castañeda cantó como un pájaro asustado antes de salir corriendo. Arturo Montenegro agarró su tren privado en cuanto recibió la noticia del rastreo de anoche. Trae consigo a toda su guardia armada, su seguridad de choque. Debe estar llegando a la estación del pueblo vecino en un par de horas. Para el atardecer, estarán a los pies de esta montaña con e*copetas recortadas y órdenes de arrasar con todo lo que respire.
Josefina se dejó caer de rodillas frente a la chimenea, cubriéndose la cara con las manos, sollozando con una desesperación amarga e impotente.
—Estamos mertos, Silas —lloró amargamente—. Estamos mertos. Yo te arrastré a esto. No debí venir. Debí dejarme mrir en algún callejón de la ciudad. Ahora te van a mtar a ti también. Él no tiene límites, Silas. Tú no sabes de lo que es capaz ese hombre cuando se siente desafiado. Él compra jueces, compra policías, compra vidas. Y nos va a aplastar como a insectos.
Caminé hacia ella. Me arrodillé a su lado, ignorando el d*lor en mis músculos exhaustos, y tomé sus manos, apartándolas suavemente de su rostro manchado de lágrimas y hollín. La obligué a mirarme.
—Josefina, mírame —le ordené, con una firmeza absoluta—. Escúchame bien. Hace diez años, me creí todo lo que me dijeron porque era un peón ingenuo que pensaba que el mundo se movía solo por el peso del d*nero. Dejé que me quitaran mi vida sin dar la batalla adecuada. Y tú sufriste un infierno por esa misma mentira de cobardía.
Le limpié las lágrimas con mis pulgares ásperos, acariciando sus mejillas pálidas.
—No pienso cometer el mismo error dos veces —continué, sintiendo que el pecho me ardía con una pasión y una determinación furiosa—. Él será un dios en sus oficinas de caoba y en los juzgados comprados de la capital. Pero aquí, a dos mil metros sobre el nivel del mar, en medio de la tormenta más brutal del invierno chihuahuense, sus millones no sirven ni para encender la estufa. Aquí, yo soy el que manda.
Ella dejó de sollozar. Me miró, asimilando mis palabras. En la profundidad de sus ojos asustados, vi una pequeña chispa, una brasa minúscula de la joven valiente y rebelde que alguna vez conocí.
—¿Qué propones, Silas? —preguntó, en un susurro apenas audible—. No podemos escondernos en esta cabaña para siempre. Eventualmente nos encontrarán, y si resistimos aquí, nos quemarán vivos o nos volarán en pedazos.
Sonreí de medio lado, una sonrisa de depredador que había afilado durante ocho inviernos implacables.
—Exactamente. No vamos a quedarnos aquí sentados a esperar a que vengan a m*tarnos. Si Montenegro quiere cazarnos como a animales salvajes… lo vamos a atraer directo a la boca del lobo.
Me puse de pie de un salto, lleno de una energía frenética. Comencé a sacar bultos y herramientas escondidas debajo de la tarima de madera. Saqué rollos de alambre de púas, cajas pesadas de madera selladas con cera, sacos de pólvora negra para minería y mechas de combustión lenta.
Josefina me observaba atónita mientras mi arsenal oculto emergía a la luz amarilla del fuego.
—Montenegro es un cobarde, igual que Castañeda —le expliqué mientras organizaba las trampas sobre la mesa de madera cruda—. Solo es fuerte detrás de sus matones. No conoce el terreno. No está aclimatado a este frío, y su furia arrogante lo va a cegar. Tú le robaste su ego, Josefina, lo hiciste ver como un idiota frente a sus empleados al escaparte con la niña que odiaba. Él no va a venir pensando tácticamente; va a subir esta sierra furioso, queriendo humillarte él mismo. Y ahí es donde lo vamos a quebrar.
Agarré una botella de aceite para armas y empecé a limpiar minuciosamente el cañón de repetición de mi Winchester viejo pero mortal.
—A diez kilómetros al norte de aquí, atravesando el bosque de abetos quemados, hay un laberinto de cañones profundos y minas de plata abandonadas de la época de la revolución. Conozco esas cuevas como la palma de mi mano. Hay cuellos de botella geográficos donde un solo hombre bien armado y posicionado puede detener a veinte. Vamos a llevarlos hacia allá. Los vamos a arrastrar lejos del pueblo, lejos de cualquier camino marcado. Los meteremos profundo en el infierno blanco.
Josefina asintió despacio, sus ojos se abrieron y una resolución de acero endureció su mandíbula. Había dejado de temblar. El llanto se había secado. Se levantó, caminó hacia la mesa y se arremangó la gruesa camisa de franela.
—¿Qué necesitas que haga? —preguntó con voz firme, lista para la batalla por primera vez en su vida adulta.
Miré a la mujer frente a mí. Ya no era la niña rica asustada, y yo no era el peón abandonado. Éramos dos almas marcadas por el fuego y el dolor que la crueldad de un hombre había forjado.
Le tendí los sacos pesados con provisiones secas, cantimploras, vendas, alcohol y más municiones.
—Empaca todo esto. Abriga a Lucero con todas las pieles que puedas cargar. Nos vamos de esta cabaña antes de que caiga el sol. Les dejaremos un rastro muy obvio para que lo sigan, un rastro directo a las minas. El señor Montenegro y su ejército privado están a punto de descubrir que, en esta montaña de hielo y muerte, el d*nero es solo papel barato… y la cacería de verdad está por comenzar.
PARTE FINAL: EL ÚLTIMO ECO EN LA MINA DE PLATA
El viento comenzó a cambiar de dirección, trayendo consigo el olor metálico y crudo de una tormenta que amenazaba con tragarse la sierra entera. Dentro de la cabaña, el ambiente era una mezcla de adrenalina pura y un silencio sepulcral, roto únicamente por el crujido de los troncos de ocote en la chimenea. Josefina se movía con una rapidez y una precisión que no le había visto en la década que estuvimos separados. Había dejado de ser la presa aterrorizada; ahora, bajo la luz parpadeante del fuego, sus movimientos tenían la determinación de una loba protegiendo a su cría.
Metió las vendas, el alcohol, las provisiones secas y las cantimploras en los pesados sacos de lona. Mientras ella hacía eso, yo me dediqué a preparar mi propio infierno portátil. Abrí las cajas pesadas de madera selladas con cera. El inconfundible olor a azufre y salitre de la pólvora negra para minería llenó el espacio. Corté metros de mecha de combustión lenta, calculando los tiempos de detonación en mi cabeza con la fría precisión de un relojero. Cada rollo de alambre de púas, cada cartucho adicional de dinamita que guardaba en mi morral, representaba una trampa, un clavo más en el ataúd de Arturo Montenegro y su ejército de mercenarios.
—Silas… —la voz de Josefina me sacó de mi concentración. Estaba arrodillada junto a la cama, envolviendo a la pequeña Lucero en tres capas de pieles gruesas de oso y venado. La niña seguía medio dormida, ajena a la matanza que se avecinaba—. ¿Crees que de verdad nos sigan hasta allá arriba? ¿Al bosque de abetos quemados?
Levanté la vista de mi Winchester y me acerqué a ella. —Montenegro es un hombre devorado por su propio ego, Josefina. No tolera que le quiten lo que él considera su propiedad. El hecho de que hayas huido con la niña que él tanto odia , y que ahora, según él, un simple ermitaño de la sierra haya humillado a su mejor cazador de recompensas… eso lo va a enloquecer. No viene pensando con la cabeza, viene pensando con el orgullo y la bilis. Dejaremos un rastro tan obvio en la nieve que hasta un ciego podría seguirlo. Y cuando lleguen a la entrada del laberinto de cañones… ya será demasiado tarde para ellos.
Le tendí uno de los sacos más ligeros. Yo me eché a la espalda la mochila de combate, cargada con más de cuarenta kilos de explosivos, munición y trampas de acero. Me colgué el viejo rfle de repetición al hombro , acomodé la canana cruzada sobre mi pecho y palpé el mango de mi cuchillo de caza y mi hacha de doble filo. Estaba listo. Era el hombre de la montaña, forjado en el hielo y la soledad aplastante, y estaba a punto de reclamar la sngre que me debían desde hace diez años.
Cargué a Lucero, que ahora parecía un pequeño osito envuelto en pieles, asegurándola contra mi pecho para que compartiera mi calor corporal. —Es hora —dije, mirando por última vez el interior de la cabaña que había sido mi refugio, mi prisión y mi santuario durante ocho largos inviernos.
Apagué la lumbre con un balde de nieve derretida. El siseo del agua sobre las brasas sonó como el último aliento de mi vida pasada. Salimos al exterior blanco. El frío de la tarde nos g*lpeó con la fuerza de un mazo, pero la tormenta había amainado lo suficiente como para permitirnos ver a unos cincuenta metros de distancia.
Comenzamos el ascenso. Caminamos pesadamente, hundiendo las botas en la nieve fresca. Esta vez no me molesté en borrar nuestras huellas con ramas de abeto. Al contrario, me aseguré de romper ramas a nuestro paso, dejar caer algunos retazos de tela vieja y marcar profundamente la nieve. Un camino de migajas de pan directo al matadero.
Fueron tres horas de una marcha brutal y silenciosa. El paisaje cambió drásticamente cuando alcanzamos la cresta norte. Frente a nosotros se extendía el “Bosque de los Lamentos”, una vasta extensión de pinos y abetos que habían sido devorados por un incendio forestal décadas atrás. Los troncos carbonizados se alzaban hacia el cielo gris plomo como garras negras y retorcidas que perforaban la alfombra blanca de nieve. Era un lugar lúgubre, carente de vida, donde el viento silbaba entre la madera muerta creando un sonido espeluznante que helaba la s*ngre.
Más allá del bosque negro, se abría la garganta del diablo: el laberinto de cañones profundos y escarpados que albergaba las ruinas de las minas de plata abandonadas desde la época de la revolución. Era un terreno traicionero, lleno de desfiladeros, falsos pisos de hielo y rocas sueltas.
—Estamos cerca —le indiqué a Josefina, quien jadeaba exhausta, pero no se había quejado ni una sola vez. Su resistencia era admirable, alimentada por el terror de volver a su jaula de oro y s*ngre —. En ese barranco de enfrente, el camino se estrecha a no más de dos metros de ancho, flanqueado por paredes de roca maciza de treinta metros de altura. Ese será su primer filtro.
Llegamos al cuello de botella geográfico. Dejé a Lucero y a Josefina resguardadas en una pequeña cueva superficial mientras me ponía a trabajar. Las siguientes dos horas transcurrieron en una actividad frenética. Mi mente trabajaba con una claridad asesina.
Primero, tendí líneas de alambre de púas casi invisibles a la altura de los tobillos, enterradas bajo una fina capa de nieve polvo. Detrás de los alambres, coloqué tres pesadas trampas para osos similares a la que había destrozado la pierna del matón de Cervera horas antes. Luego, escalé las paredes del desfiladero usando las grietas naturales de la roca. En las salientes superiores, coloqué cargas dobles de pólvora negra, conectadas por mechas de combustión lenta, incrustadas estratégicamente en las fisuras de enormes peñascos sueltos.
—Si Montenegro trae un ejército entero como dijo Castañeda, no van a poder pasar todos a la vez por aquí —le expliqué a Josefina mientras bajaba, sacudiéndome la tierra roja y el hielo de los guantes—. Tendrán que marchar en columna, de dos en dos a lo mucho. Cuando la vanguardia cruce este punto, detonaré las rocas de arriba. Quedarán divididos. Los de atrás no podrán avanzar por el derrumbe, y los de adelante quedarán atrapados conmigo en el laberinto.
Terminamos de preparar la zona de merte justo cuando el sol comenzaba a ocultarse detrás de los picos nevados, tiñendo el cielo de un rojo sngre ominoso. El frío se volvió aún más intenso, penetrando hasta los huesos.
Retomamos la marcha hacia las minas abandonadas. La entrada principal era un enorme agujero negro bostezando en la falda de la montaña, enmarcado por vigas de madera podrida e hierro oxidado. En el interior, la oscuridad era absoluta y el eco de nuestros pasos se multiplicaba infinitamente en la profundidad de los túneles. Encendí una vieja linterna de queroseno, manteniendo la llama al mínimo.
—Conozco estas cuevas como la palma de mi mano —susurré, guiando a Josefina a través de la red de galerías subterráneas—. Pasé mis primeros dos años de exilio escondiéndome aquí. Hay múltiples salidas de ventilación, ductos angostos y tiros de mina verticales de cien metros de caída. Es un queso gruyer de piedra.
Llegamos a una caverna amplia en el nivel superior, que alguna vez sirvió como almacén de herramientas de los mineros revolucionarios. Estaba seca y sorprendentemente menos fría que el exterior. Dejé a Lucero sobre unas mantas en el rincón más protegido. La niña despertó, parpadeando con sus grandes ojos oscuros, asustada por la penumbra.
—Mamá… tengo frío —murmuró la pequeña, aferrándose al cuello de Josefina.
—Shh, mi amor, ya casi termina todo —la consoló Josefina, besándole la frente sucia de carbón—. El señor Silas nos está cuidando.
Me acerqué y le entregué a Josefina el revólver calibre .38 corto que le había dado en la cabaña, junto con una caja llena de balas. —Te vas a quedar aquí con ella. Esta caverna solo tiene un acceso, que es el túnel por el que acabamos de subir. Voy a bloquear la entrada con maderas pesadas. Pase lo que pase allá afuera, escuches lo que escuches, no salgas. Y si alguien que no sea yo atraviesa esa barricada, vacía el tambor.
Josefina me miró. Sus ojos color ámbar brillaban en la oscuridad. Ya no había pánico, solo una profunda y desgarradora resignación mezclada con coraje.
—Silas… —su voz se quebró ligeramente—. Si algo sale mal… si no regresas… quiero que sepas que estos diez años fueron una mentira para los dos, pero lo que sentía por ti en los graneros de la hacienda… eso nunca lo fue. Arturo me compró el cuerpo , me torturó el alma, pero nunca pudo tocar lo que yo guardaba aquí adentro por ti.
Sentí un nudo apretado en la garganta. El resentimiento y el odio que habían sido mi pan de cada día se desmoronaron por completo, dejando al descubierto al hombre que fui y al que siempre quise ser para ella. Di un paso adelante, tomé su rostro pálido entre mis manos ásperas y grandes, y la besé. Fue un beso salado por las lágrimas y el sudor, corto pero cargado de diez años de ausencias, de fantasmas y de d*lor.
—Voy a regresar, Josefina —le juré, con la frente pegada a la suya, respirando su mismo aire—. Te prometo que, cuando el sol vuelva a salir, no habrá ni una sola sombra de ese mldito dablo de traje fino sobre esta tierra.
Me di la vuelta, levanté la barricada de gruesos tablones de madera podrida en la entrada de su refugio, asegurándola desde afuera, y me interné en la oscuridad total de la mina.
Salí de la cueva hacia una cornisa exterior que dominaba el valle inferior. La noche había caído por completo. La luna llena, blanca y espectral, iluminaba la sierra bañándola en un resplandor fantasmal.
Y entonces, los vi.
Allá abajo, a varios kilómetros de distancia, decenas de luces amarillentas serpenteaban montaña arriba. Eran antorchas y lámparas de carburo. No era un simple grupo de matones. Castañeda no mentía; Arturo Montenegro había traído a su ejército privado. Podía contar al menos cuarenta hombres armados hasta los dientes, marchando en una formación que delataba un entrenamiento casi militar, aplastando la nieve bajo el peso de su ambición.
Me acomodé detrás de una enorme formación rocosa en la cornisa superior, saqué mis binoculares desgastados y ajusté las lentes.
En el centro de la columna, montado en un imponente caballo negro percherón, venía Arturo Montenegro. Incluso desde esa distancia, y a pesar de la década que había pasado, reconocí su silueta arrogante. Llevaba un abrigo largo de piel de lobo negro y un sombrero de copa baja. No parecía un hombre buscando a su esposa; parecía un emperador romano marchando para castigar a una provincia rebelde. A su lado caminaba un hombre fornido que cargaba e*copetas recortadas , probablemente su jefe de seguridad de choque.
Observé cómo la columna llegaba a la saliente de piedra donde estaba mi cabaña. Vi a los hombres rodear la estructura. De repente, una antorcha fue arrojada contra los troncos de ocote. Las llamas naranjas estallaron en la noche, devorando mi hogar en cuestión de minutos. El fuego iluminó el cielo oscuro, una pira funeraria para la bestia solitaria que fui.
Montenegro creía que quemando mi cabaña estaba destruyendo mi espíritu. No sabía que solo estaba encendiendo la mecha de mi propia furia.
Los hombres encontraron el rastro de inmediato. La columna no se detuvo; siguieron las huellas profundas y las ramas rotas que yo había dejado a propósito, dirigiéndose directo hacia el Bosque de los Lamentos.
El tiempo se ralentizó. La temperatura bajó a veinte grados bajo cero. Mi respiración formaba gruesas nubes de vapor blanco frente a mi rostro marcado por la cicatriz. Saqué el r*fle Winchester de repetición, acaricié el frío acero del cañón y me posicioné como un francotirador oculto en las sombras de los peñascos.
Tardaron casi dos horas en cruzar el bosque quemado y llegar a la entrada del cuello de botella geográfico.
El hombre fornido, el jefe de seguridad, levantó la mano ordenando a la columna que se detuviera frente a las estrechas paredes de roca.
—¡Señor Montenegro! —gritó el jefe de seguridad, su voz haciendo eco en las paredes del cañón—. El rastro se mete directo por este desfiladero. Es muy angosto. Es una emboscada perfecta. Deberíamos rodear la montaña o esperar a que amanezca.
La voz de Arturo Montenegro resonó por primera vez en mis oídos en diez años. Era fría, cortante, llena de un desprecio absoluto por todo lo que no fuera él mismo. —No pago cientos de miles de pesos al año para que un montón de cobardes asustados me digan que le tienen miedo a la oscuridad y a un estúpido minero mugriento —ladró Montenegro, espoleando a su caballo negro para acercarse a la vanguardia—. ¡Esa mujer me humilló frente a todos mis socios! ¡Se robó a la b*starda que toleré bajo mi techo! Y no voy a permitir que un ermitaño de pacotilla se burle de mí. ¡Avanzan ahora mismo o yo mismo les vuelo los sesos!
La arrogancia lo cegaba, tal como le había dicho a Josefina.
Los hombres, aterrorizados más por su jefe que por el peligro del terreno, comenzaron a adentrarse en el desfiladero de dos en dos, con las lámparas en alto y las armas listas.
Dejé que entraran quince hombres. Dejé que Montenegro, en su caballo, llegara justo al centro de la trampa.
Raspé un cerillo largo contra la suela de mi bota. La pequeña llama roja y amarilla era la única luz en mi cornisa oscura. Encendí la mecha madre que conectaba todas las cargas de pólvora negra colocadas en los peñascos superiores. La mecha siseó como una serpiente furiosa, consumiéndose rápidamente mientras viajaba por las fisuras de la roca.
—Dile hola al lobo de la sierra, catrín —susurré al vacío.
Me tiré cuerpo a tierra y me cubrí los oídos.
¡BOOOOOM! ¡BOOOOOOM! ¡KRAK-BOOOOM!
La serie de explosiones fue tan titánica que sentí cómo la montaña entera temblaba bajo mi estómago. Tres estallidos ensordecedores desgarraron el silencio de la noche. Una inmensa bola de fuego naranja iluminó el cañón, seguida por el sonido aterrador de miles de toneladas de roca sólida desprendiéndose de las paredes.
Allá abajo, el caos fue indescriptible.
Las gigantescas rocas cayeron con la fuerza de meteoritos. Aplastaron instantáneamente a cinco de los hombres de la retaguardia, bloqueando por completo la entrada al desfiladero. Una nube de polvo espeso y tierra roja se elevó hacia la luna, asfixiando los gritos de agonía.
¡CLACK! ¡CLACK!
En medio del pandemónium y la ceguera del polvo, los hombres de la vanguardia que intentaron correr hacia adelante activaron los alambres de púas y cayeron de bruces directamente sobre las trampas para osos. Los gruñidos mecánicos del acero rompiendo huesos humanos y los alaridos de dolor rasgaron la noche, sumándose a la cacofonía del infierno blanco.
La columna quedó partida a la mitad. Veinte hombres quedaron atrapados afuera del derrumbe, bloqueados por las rocas. Pero unos quince, incluyendo a Arturo Montenegro, quedaron atrapados dentro del cañón, encerrados entre la barrera de rocas humeantes y el laberinto de las minas.
El caballo negro de Montenegro, enloquecido por el estruendo y el olor a sngre, se alzó sobre sus patas traseras y lanzó a su jinete. El magnate cayó de espaldas sobre la nieve ensngrentada, perdiendo el sombrero y su aura de intocabilidad.
—¡Dsparen hacia arriba! ¡Dsparen a los riscos! —bramaba el jefe de seguridad, disparando su e*copeta a ciegas hacia las sombras.
Me levanté lentamente, asomando apenas el cañón de mi Winchester por encima de la roca protectora. No apunté al bulto, apunté con precisión quirúrgica. Fijé la mira en el destello del arma del jefe de seguridad. Contuve la respiración. Apreté el g*tillo.
El retroceso del rfle me glpeó el hombro, un latido de corazón de hierro. La b*la de grueso calibre silbó en la oscuridad y se incrustó exactamente en el centro de la frente del jefe de seguridad, apagando su vida y su arma al instante. Su cuerpo masivo se desplomó como un saco de papas mojadas.
El pánico absoluto se apoderó de los sobrevivientes. Estaban siendo acribillados por un enemigo invisible que se fundía con la montaña.
—¡No dsparen a lo loco, cobardes! —chillaba Montenegro, arrastrándose histéricamente para cubrirse detrás del cadáver fresco de su jefe de seguridad—. ¡Maten a ese prro gigante! ¡Diez mil pesos de oro a quien me traiga su cabeza!
Pero el dinero ya no importaba. De los quince hombres que habían cruzado, cuatro estaban aplastados, tres gritaban con las piernas destrozadas en las trampas de acero, y uno yacía muerto por mi disparo. Quedaban siete matones a sueldo contra el fantasma de la sierra.
Cambié de posición rápidamente, deslizándome por una cuerda oculta hacia un nivel inferior, moviéndome como una sombra espectral en medio del humo de la pólvora. Saqué un par de cartuchos de dinamita minera, les encendí la mecha corta y los arrojé como si fueran piedras hacia el centro del grupo de mercenarios que intentaban flanquearme.
—¡Granadas! —gritó uno, antes de que las dos detonaciones sincronizadas levantaran géiseres de hielo, metralla de piedra y miembros destrozados.
Los cinco hombres restantes, ensordecidos, sangrando por los oídos y con la moral completamente rota, tiraron sus armas finas y trataron de huir escalando frenéticamente la montaña de rocas del derrumbe que los separaba de su grupo exterior. No tenían ninguna intención de pelear por un patrón que los estaba usando como carne de cañón.
Arturo Montenegro se quedó completamente solo.
El dablo de traje fino, el magnate todopoderoso, estaba ahora de rodillas en la nieve ensngrentada, manchado de hollín y tierra, rodeado de los cadáveres y los gemidos de los hombres que él mismo había arrastrado a la muerte.
Descendí por la ladera de roca escarpada sin importarme hacer ruido. Mis botas pesadas aterrizaron sobre la nieve crujiente del fondo del cañón. Aparecí frente a él como un demonio surgiendo del infierno helado , con el abrigo de borrego cubierto de escarcha , empuñando el revólver pesado de cañón largo en mi mano derecha y mi hacha de doble filo goteando hielo en la izquierda.
El silencio que siguió a la batalla fue abrumador. Solo se escuchaba el quejido del viento y la respiración errática y aterrada de Montenegro.
Me miró. Al principio, su rostro mostró pura confusión. No estaba viendo al ermitaño de la cicatriz. Estaba viendo, bajo la luz fantasmal de la luna, los rasgos endurecidos y viejos del caporal al que había mandado m*rir atado como un animal dentro de una mina de cobre abandonada.
El reconocimiento g*lpeó sus ojos como un látigo físico. Toda la sangre abandonó su rostro.
—No… no es posible… —tartamudeó Montenegro, retrocediendo a rastras sobre la nieve, levantando las manos enguantadas en un patético gesto defensivo—. A ti… a ti te cayó la montaña encima. Estás m*erto. ¡Castañeda me dijo que eras un ermitaño loco, no dijo que eras tú!
—El amor de mi vida se fue a la capital a revolcarse en tus millones —escupí cada palabra con veneno, citando las mentiras que me habían torturado durante una década —. Eso fue lo que me obligaron a creer. Pagaste las deudas del desgraciado de su padre a cambio de su vida. Compraste una esposa y te encargaste de mtar su alma a glpes y quemaduras de cigarro. Y a mí… a mí me regalaste la soledad aplastante de esta sierra.
Caminé lentamente hacia él, como la muerte inexorable.
—Te equivocaste en una cosa, Arturo —continué, mi voz sonando ronca, gutural, como dos rocas moliéndose—. Creíste que enterrándome vivo me estabas m*tando. Pero esta montaña no es una tumba. Es una forja. Me exilié en esta sierra soportando los inviernos más crudos, convirtiéndome en una bestia solitaria. Y esta noche, bajé a cazar.
Montenegro, desesperado, intentó sacar un pequeño revólver de bolsillo que llevaba en su chaleco de seda manchado. Fui infinitamente más rápido. De un manotazo brutal, pateé su mano con la punta de mi bota de trabajo, destrozándole la muñeca. El arma salió volando hacia la oscuridad.
Arturo soltó un grito agudo y lastimero, agarrándose la mano rota. Lloraba. El magnate intocable lloraba como un niño asustado, orinándose en sus pantalones de lana italiana fina.
—¡Espera! ¡Espera, Silas, por favor! —gimoteó, arrastrándose hasta abrazarse a mi bota, en un acto supremo de cobardía y humillación—. ¡Te doy lo que quieras! ¡Dinero! ¡Millones! ¡Puedo darte minas enteras, haciendas! Puedes quedarte con Josefina, con la bstarda de Lucero, ¡no me importa! ¡Solo déjame vivir! ¡Por favor, te lo suplico, no me mtes!
Miré al hombre a mis pies. Sentí un inmenso vacío en el estómago. No sentía triunfo, no sentía la euforia ardiente de la venganza. Solo sentía un asco profundo, unas ganas asquerosas de vomitar, al ver lo patético y pequeño que era realmente el monstruo que había arruinado nuestras vidas. Un hombre que pensaba que todo en este mundo, incluso el perdón, tenía un precio en billetes.
Levanté el revólver humeante y le apunté directamente al centro de la frente sudorosa, tal y como había hecho con el comandante Castañeda horas antes.
—Tus millones de pesos no sirven ni para encender la estufa en medio de esta mldita tormenta, Montenegro —susurré, con la voz fría y carente de cualquier tipo de misericordia—. Y el dnero no compra el viento.
Amartillé el revólver. El clic metálico fue el sonido más fuerte de toda la noche.
Montenegro cerró los ojos, apretando los dientes, esperando el impacto letal.
Pero no disparé.
Mtarlo de un tro en la cabeza era demasiado rápido, demasiado compasivo. Él no había tenido compasión cuando dejó que sus matones me g*lpearan por la espalda en el granero y me rodearan de dinamita. No había tenido compasión cuando aterrorizó a una pequeña niña de cinco años aferrada a un pantalón de mezclilla.
Lentamente, bajé el martillo del revólver y lo guardé en su funda de cuero.
Montenegro abrió los ojos lentamente, jadeando incrédulo. Una chispa de esperanza miserable se encendió en su rostro asustado.
—¿Me… me vas a dejar ir? —tartamudeó, casi con una sonrisa nerviosa—. Te lo juro, Silas, te haré el hombre más rico del norte.
Me agaché hasta quedar a su altura, clavando mis ojos directamente en su mirada oscurecida.
—No, Arturo. No te voy a dejar ir. Pero tampoco te voy a m*tar rápido. Eso sería un acto de piedad.
Lo agarré por el cuello del abrigo de lobo con una fuerza sobrehumana, levantándolo del suelo en vilo. Sus pies pataleaban en el aire buscando apoyo en la nieve. Lo arrastré como a un muñeco de trapo hacia la entrada secundaria de una de las minas abandonadas más antiguas, una boca negra y siniestra que se abría a un lado de la pared rocosa del desfiladero.
—¡No, no! ¿Qué haces? ¡Suéltame! —gritaba, arañando mi brazo y mi mano callosa y enorme con su única mano buena.
Lo arrojé sin contemplaciones hacia el interior de la mina profunda. Cayó rodando por un túnel inclinado de tierra y escombros en la más absoluta oscuridad, hasta quedar tendido en el lodo congelado varios metros hacia adentro.
Tomé mi hacha de doble filo y, con tres g*lpes devastadores que aprovecharon cada onza de fuerza de mi cuerpo forjado en el castigo implacable de la sierra, destrocé las viejas vigas de soporte de madera podrida que sostenían el techo en la entrada de ese túnel específico.
La roca crujió. La montaña soltó un quejido profundo, como un monstruo despertando.
Arturo Montenegro se dio cuenta de lo que acababa de hacer.
—¡NO! ¡SILAS, POR DIOS, NO ME DEJES AQUÍ ADENTRO! —sus gritos de terror absoluto rebotaban en las paredes oscuras de su nueva tumba.
Toneladas de roca, tierra y hielo cedieron de g*lpe. El derrumbe sepultó la entrada de la cueva por completo en cuestión de segundos, bloqueando la única salida y sumiendo a Arturo Montenegro en una oscuridad total, sofocante y eterna.
Me quedé de pie frente a la pared de escombros frescos. Podía escuchar, muy tenuemente amortiguados por la piedra maciza, los gritos histéricos y los glpes inútiles del magnate arañando su prisión desde adentro. Exactamente el mismo dlor fantasma y el terror desgarrador que yo había sentido mientras me arrastraba por aquel angosto ducto de ventilación durante tres días agónicos hace una década.
La ironía era deliciosa. El círculo se había cerrado.
—Sobrevive de milagro, si puedes —murmuré para mí mismo, devolviéndole la misma condena que él me había otorgado.
Me giré, dándole la espalda a la merte, al caos y al infierno blanco que habíamos desatado. Al otro lado del derrumbe principal, los hombres de Montenegro que habían quedado atrapados afuera, los que no habían muerto aplastados, estaban huyendo despavoridos montaña abajo, igual que los hombres de Cervera. El dablo de traje fino estaba enterrado, el ejército privado estaba disuelto. El lobo de la sierra había ganado.
El amanecer trajo consigo un silencio nuevo a la montaña. Ya no era un silencio hostil y amenazante, sino una paz inmensa y profunda. El sol apareció en el horizonte, rompiendo las nubes gris plomo , derramando una luz cálida y dorada sobre los picos nevados, derritiendo la escarcha de los pinos y devolviendo la pureza blanca a la ladera.
Caminé lentamente por los túneles seguros del nivel superior hasta llegar a la caverna seca donde había dejado a mis dos motivos para seguir viviendo.
Quité los pesados tablones de madera podrida de la barricada. La luz de mi linterna iluminó la estancia.
Josefina estaba sentada en el suelo, con Lucero acurrucada en su regazo, durmiendo pacíficamente. Al escuchar el ruido, Josefina levantó de golpe el revólver calibre .38, con las manos temblorosas y el rostro pálido de angustia.
Me quedé de pie en el umbral, recortado contra la débil luz del alba que se filtraba por un respiradero cercano. Me quité el sombrero de ala ancha y lo dejé caer al suelo. Estaba cubierto de hollín, tierra y un cansancio que me llegaba hasta el alma, pero por primera vez en diez largos años , mis ojos ya no cargaban el peso del odio.
Josefina bajó el arma lentamente. El revólver resbaló de sus dedos, cayendo al suelo con un clac sordo. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas pálidas , pero esta vez no eran lágrimas de terror, ni de vergüenza, ni de d*lor amargo y desesperado. Eran lágrimas de pura liberación.
Corrió hacia mí, tropezando con las mantas, y se arrojó a mis brazos con tanta fuerza que casi me derriba. La rodeé con mis enormes brazos, apretándola contra mi abrigo de borrego aún frío por la nieve, hundiendo mi rostro en su cabello oscuro y alborotado. La abracé con la desesperación de un hombre ahogado que acaba de encontrar la superficie del océano.
—Se acabó, Josefina —le susurré al oído, con la voz quebrada por la emoción, sintiendo su corazón latir desbocado contra mi pecho—. Se acabó la cacería. No volverán a lastimarte nunca más. El d*ablo de traje fino ya no existe. Se tragó la misma oscuridad que nos impuso.
Ella sollozó, aferrándose a las solapas de mi abrigo, asintiendo frenéticamente contra mi pecho. Estábamos vivos. Después de diez años de mentiras, de tortura psicológica , de msria ajena y de soledad aplastante , habíamos sobrevivido al fuego, a la dinamita, al hielo y a la traición.
Un pequeño quejido proveniente del rincón nos hizo separarnos. La pequeña Lucero se frotaba los ojos asustados, observando la escena.
Caminé hacia ella y me agaché sobre una rodilla. La niña de cinco años, que anoche me miraba con terror aferrándose a la falda rota de Josefina, ahora me miraba con curiosidad en la penumbra de la cueva.
—¿Ya nos vamos a ir, señor gigante? —preguntó Lucero, con una vocecita inocente que rompió la tensión brutal de la noche anterior.
Sonreí. Fue una sonrisa genuina, la primera sonrisa real y cálida que la cicatriz que me cruzaba el rostro se permitía hacer en una década.
—Sí, pequeña. Ya nos vamos. Lejos de aquí.
Tomé a la niña en mis brazos, cargándola sin ningún esfuerzo, asegurando que sus pequeñas manitas estuvieran abrigadas. Josefina recogió los sacos ligeros con provisiones y se colgó una cantimplora al hombro.
Salimos de las minas abandonadas de plata y recibimos el sol de la mañana de frente. La luz bañó nuestros rostros cansados, limpiando las sombras de la noche. Atrás, en el fondo del cañón bloqueado, yacía el final de Arturo Montenegro. A nuestras espaldas dejábamos una montaña que había sido mi infierno personal y mi fortaleza infranqueable.
Frente a nosotros, más allá de los picos nevados del norte de Chihuahua , se extendía el horizonte inmenso, libre y abierto de la frontera norte. Un lienzo en blanco que ya no era traicionero, sino una promesa de vida nueva.
Extendí mi mano áspera y callosa. Josefina la tomó con firmeza, entrelazando sus dedos con los míos. Con Lucero en mi otro brazo, comenzamos a descender la ladera norte, alejándonos del pueblo minero, alejándonos del pasado, y caminando paso a paso hacia el resplandor de nuestro nuevo amanecer. El lobo de la sierra por fin regresaba a casa, y no lo hacía solo.
FIN