Una turba enfurecida me juzgó por abandonar al perro en la acera, pero la confesión de un vecino reveló la traición.

El calor sofocante del mediodía en el mercado de Tepito, en la CDMX, parecía querer incinerarlo todo. El olor a humo quemado de los tacos se mezclaba con el estruendo de la cumbia

“¡Eres un monstruo sin corazón, suéltalo ya, no manches!”. Elena me gritaba, con las lágrimas cortando su rostro sudoroso. Clavó sus uñas en mi brazo hasta hacerme sangrar. Intentaba evitar que yo atara la cuerda deshilachada de mi perro Canelo a un poste de luz oxidado.

Le di un manotazo brusco para quitármela de encima. “¡Cállate el hocico, tú crees que yo quiero hacer esta chngadera!” siseé entre dientes. “¡Fuiste tú quien llevó las cosas a este mldito extremo!”.

Canelo soltaba gemidos lastimeros. Me miraba con ojos suplicantes, con la cola entre las patas. No entendía por qué su dueño lo estaba estrangulando rodeado de extraños. Una anciana que vendía chiles me aventó un jitomate podrido a la espalda. “¡Poco hombre, qué culpa tiene el p*nche perro para que lo tires en medio de este mercado!” me insultó.

Me di la vuelta de golpe, con el rostro deformado por la frustración. “¡Acaba de destrozarle el brazo al hijo de seis años de Carlos, el vecino, la tira ya va para mi casa para dormirlo, lo estoy dejando aquí para darle una oportunidad de sobrevivir!” le grité a la multitud.

La multitud se quedó en silencio y Elena colapsó en la basura llorando. “Perdóname, nunca debimos adoptarlo”, murmuró.

Pero justo en ese momento, una mano áspera me agarró por el cuello de la camisa desde atrás. Me jaló con tanta fuerza que casi me hace caer sobre un puesto de discos piratas. Era Carlos, el vecino de la cara con cicatrices.

“¡Qué pndejadas estás ladrando, Mateo!” me dijo jadeando por haber corrido. “¡Yo no tengo ningún pnche hijo de seis años, mi único chamaco tiene dieciocho y está en el ejército en Monterrey!”.

Sus palabras cayeron como agua helada y mi mente trató de armar los pedazos de la horrenda verdad. Me volví de golpe hacia Elena, que retrocedía temblando, pálida y sin sangre en el rostro.

“¿Qué significa esto… tú me mentiste?” le rugí, agarrándola por los hombros.

¿¡CÓMO FUE CAPAZ MI PROPIA ESPOSA DE INVENTAR ALGO ASÍ Y QUÉ PELIGRO LETAL ESTABA ACECHANDO A MI PERRO A MIS ESPALDAS EN ESE MISMO INSTANTE!?

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