El costal se retorcía en el arroyo helado, golpeando contra las piedras. Cuando escuché esa vocecita ahogada gritar “papá” desde adentro, caí de rodillas en el lodo sin sentir el frío.
La cuerda estaba tan apretada que tuve que morder el lazo hasta que la sngre me llenó la boca. Al rasgar la tela, el aire se me atascó en la garganta.
Dos niñas pequeñas, abrazadas, empapadas y moradas.
La más grande me miró con los labios azules.
—No nos devuelva, señor.
Me arranqué el abrigo de lana y las envolví a las dos. La más chiquita apenas jalaba aire. Su pechito sonaba como una puerta oxidada.
—Ella es Alma —susurró la mayor—. Yo soy Lucía. No la suelte.
Mi casa llevaba siete años muerta desde el incendio. Pero al sentirlas temblando contra mi pecho, mi dolor viejo se volvió fuego.
—¿Quién las metió ahí? —pregunté, subiéndolas a mi caballo Relámpago.
—El hombre alto. El de la hebilla plateada. Dijo que el agua se llevaría todo.
Sentí un escalofrío. Solo don Aurelio, el patrón y dueño de las tierras, usaba esa hebilla. Su propio abuelo.
Llegamos a la casa del doctor Benavides reventando la puerta a golpes. Frotábamos los pies de las niñas con alcohol cuando Lucía, casi dormida, habló.
—La señora del cuarto oscuro me dio pan… dijo que iba a volver.
El doctor se quedó inmóvil. Todos creíamos que la madre de estas niñas llevaba años merta.
De pronto, unos golpes lentos y pesados retumbaron en la entrada. No eran golpes de vecino. Eran golpes de dueño.
Una voz fría y amenazante cruzó la madera.
—Doctor Benavides, abra. Vengo por mis nietas.
¿QUÉ HARÍAS TÚ SI EL DABLO MISMO TOCA A TU PUERTA PARA LLEVARSE A DOS NIÑAS QUE ACABAS DE RESCATAR DE LA MERTE?!
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